terça-feira, 27 de janeiro de 2009

Actas del Magistério – Dom Marcel Lefebvre

Introducción

Un programa pontificio completo:

«Instaurarlo todo en Cristo»

¿Para qué estudiar los documentos del magisterio de la Iglesia? Sencillamente para conocer la si-tuación actual de la Iglesia. Nos damos cuenta que desde hace casi tres siglos los Papas han conde-nado siempre los mismos errores, a los que llamaban “errores modernos”.

El liberalismo es el fundamento de todos esos errores (protestantismo, “sillonismo”, progresismo e incluso socialismo y comunismo) que envenenan almas y entendimientos, y han provocado la si-tuación actual. Desde hace tiempo, los Papas han procurado designar y denunciar el error, pues su función es proclamar la Verdad, como dice el Papa Pío IX en el primer párrafo de su encíclica Quanta Cura, del 8 de diciembre de 1864:

«Con cuánto cuidado y pastoral vigilancia cumplieron en todo tiempo los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, la misión a ellos confiada por el mismo Cristo Nuestro Señor, en la persona de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles —con el encargo de apacentar las ovejas y corderos, ya nutriendo a toda la grey del Señor con las enseñanzas de la fe, ya imbuyéndola con sanas doctrinas y apartándola de los pastos envenenados—, de todos, pero muy especialmente de vosotros, Vene-rables Hermanos, es perfectamente conocido y sabido. Porque, en verdad, Nuestros Predecesores, defensores y vindicadores de la sacrosanta religión católica, de la verdad y de la justicia, llenos de solicitud por el bien de las almas en modo extraordinario, nada cuidaron tanto como descubrir y condenar con sus Cartas y Constituciones, llenas de sabiduría, todas las herejías y errores que, con-trarios a nuestra fe divina, a la doctrina de la Iglesia católica, a la honestidad de las costumbres y a la eterna salvación de los hombres, levantaron con frecuencia graves tormentas, y trajeron lamenta-bles ruinas así sobre la Iglesia como sobre la misma sociedad civil. Por eso Nuestros Predecesores, con apostólica fortaleza resistieron sin cesar a las inicuas maquinaciones de los malvados que, lan-zando como las olas del fiero mar la espuma de sus conclusiones, y prometiendo libertad, cuando en realidad eran esclavos del mal, trataron con sus engañosas opiniones y con sus escritos pernicio-sos de destruir los fundamentos del orden religioso y del orden social, de quitar de en medio toda virtud y justicia, de pervertir todas las almas, de separar a los incautos —y, sobre todo, a la inexper-ta juventud— de la recta norma de las sanas costumbres, corrompiéndola miserablemente, para en-redarla en los lazos del error y, por último, arrancarla del seno de la Iglesia católica».

Para poder juzgar los acontecimientos tan graves que vivimos hoy, es indispensable conocer lo que los Papas han enseñado y condenado.

La sociedad sin Dios

Estamos sumergidos en un ambiente que ya no es católico. Los que tienen la gracia de haber naci-do en una familia cristiana tienen que darle gracias a Dios, pues yo diría que gracias a ella han co-nocido un pequeño oasis de lo que la Iglesia desea y pide a los padres cristianos. Fuera de ella, en la escuela, en los colegios y en la universidad, los jóvenes frecuentan personas que no creen y que ni siquiera tienen una idea de la religión católica.

La sociedad está tan imbuida de los errores modernos, que ya parecen algo normal. No es fácil desprenderse de algunos prejuicios.

Un ejemplo es el indiferentismo religioso que los Papas han condenado. Ahora es una idea difun-dida incluso en los medios católicos: “Todas las religiones son iguales y válidas, y el hombre tiene libertad para escoger su religión y practicar la que quiera; no se puede imponer a nadie una reli-gión”…

Sin embargo, los hombres no tienen libertad ni son libres en esto, porque Dios mismo ha fundado una religión. ¿Acaso le pueden decir los hombres: “tu religión no me interesa; yo prefiero otra: la de Mahoma, la de Buda o la de Lutero…”? Eso no puede ser. Nuestro Señor Jesucristo ha fundado la religión católica y le ha dado el santo sacrificio de la Misa, los sacramentos, una jerarquía y un sa cerdocio. ¿Tenemos la libertad de decirle: “no necesito nada de eso y prefiero buscar mi religión en otra parte”?

Sin embargo, hoy el indiferentismo ha pasado a las constituciones de los Estados. Después del Concilio, la Santa Sede invitó a los que aún eran católicos o en los que la religión católica era reco-nocida oficialmente, a que acabaran con esa postura. Hasta tal punto llega el espíritu del liberalismo religioso. Vivimos en un ambiente en el que reina el error.

La Iglesia y el Estado

Otro ejemplo lo tomo de mi propia experiencia. Cuando entré en el seminario francés de Roma en 1923, si alguien me hubiese preguntado sobre la separación de la Iglesia y del Estado, le hubiera respondido: “Sí: tiene que haber una separación; la Iglesia y el Estado no tienen la misma finalidad y cada uno tiene que permanecer en su propio terreno”. Fue necesario que los sacerdotes del semi-nario francés me hiciesen descubrir las encíclicas, en particular las de León XIII y las de San Pío X, para corregir mi error. No: la Iglesia no tiene que estar separada del Estado, por lo menos en princi-pio, pues en los hechos a menudo hay que tolerar una situación que no se puede cambiar. Pero es sí la Iglesia y el Estado tienen que estar unidos y trabajar juntos para la salvación de las almas. El Es-tado ha sido creado por Dios y su creación es divina; no puede, pues, ser indiferente en materia reli-giosa.

Hace pocos años, un buen número de países: Italia, Irlanda (del Sur), España, países de América del Sur, y los Estados suizos católicos del Valais, Tesino y Friburgo, en el primer artículo de su constitución antes afirmaban su carácter oficialmente católico; pero esto ya se acabó. Ahora ya no quieren soportar la presión que podría ejercer un Estado católico para disminuir la propagación de las religiones protestante, musulmana o budista. Hay que dar libertad a todas las religiones.

Es una locura. Esas mismas religiones tienen Estados en donde se les proclama como religión ofi-cial y no desean para nada que se cambie su constitución. Inglaterra tiene una constitución protes-tante, lo mismo Suecia, Noruega, Dinamarca y los estados suizos de Ginebra y Zurich. Los Estados musulmanes son tales sin ninguna concesión. La religión forma parte de la sociedad. ¿Qué decir de los estados comunistas, pues el comunismo es una religión? No se puede ser miembro del gobierno sin serlo del Partido.

Y nosotros los católicos, ¿vamos a pensar que se puede separar a la Iglesia del Estado? ¡Qué error! ¡Cuántas consecuencias para la sociedad, la familia y todos los ámbitos!

Tenemos que volver a empaparnos de la fe católica, y para esto estudiar las encíclicas. ¿Qué pien-san los Papas sobre los grandes principios? ¿Cómo han visto y juzgado el mundo en su época?

Nos damos cuenta de que lo que ellos han condenado son los mismos errores y deficiencias que vemos hoy, de modo que nos podemos apoyar en sus declaraciones oficiales para combatir los erro-res de nuestra época y explicar cómo destruyen el plan de Dios respecto a la sociedad.

Plan de nuestro estudio

Vamos a empezar con una encíclica de San Pío X porque encomendamos tanto nuestra enseñanza como nuestra Fraternidad bajo la protección de quien ha sido el Papa de nuestra época, el único ca-nonizado desde San Pío V. Este Papa de principios de este siglo ha sido considerado por la Iglesia como la luz de su tiempo. Recurrimos a esta luz y le pedimos a San Pío X que nos dé la luz que ne-cesitamos. Vamos a empezar, pues, con la primera encíclica de este Papa santo, que contiene las grandes líneas directivas de su pontificado.

Luego veremos que los Papas han señalado la raíz de los errores modernos y los sitios en que se han elaborado, que son las sociedades secretas y la masonería. Hay muchas encíclicas sobre este tema. Hoy son desconocidas y no se habla de ellas. Sin embargo, estos documentos son luminosos y explican cómo se han podido difundir a través del mundo esos errores y cómo han llegado a trastor-nar la sociedad, pues los masones han llegado a transformarlo todo no sólo con la revolución arma-da sino con una revolución total de ideas. Infundiendo ideas falsas, han cambiado la sociedad y aho ra, en cierta medida, están cambiando a la Iglesia.

En toda una serie de documentos, de los cuales el primero de Clemente VII, data de 1738, los Pa-pas Pío VII, Benedicto XIV, León XII, Pío IX y León XIII han estudiado de una manera muy perti-nente y profunda las sectas, que son el origen del mal actual.

Luego nos detendremos en las encíclicas que condenan el liberalismo y también, como su conse-cuencia, el socialismo, el comunismo y el modernismo: las encíclicas de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y San Pío X. Estos textos son de una importancia capital, pues yo no me niego a lo que me pide ahora la Santa Sede: “leer el Concilio Vaticano II a la luz del magisterio constante de la Iglesia”. Este magisterio está en los documentos de estos Papas, de modo que si en el Concilio hay cosas que no están de acuerdo con ellos y los contradicen, ¿cómo podemos aceptarlas? No puede haber contradicciones. Los Papas enseñan con mucha claridad y nitidez. El Papa Pío IX escribió in-cluso un Syllabus, es decir, un catálogo de verdades que hay que abrazar. San Pío X hizo otro tanto en su decreto Lamentabili. ¿Cómo podríamos, pues, aceptar estas verdades enseñadas por siete u ocho Papas y al mismo tiempo aceptar una enseñanza impartida por el Concilio que contradice lo que han afirmado esos Papas de modo tan explícito?

Durante dos siglos, los Papas no han enseñado ni han dejado que se enseñen errores. Eso no debi-era suceder. Puede ocurrir que lo hagan momentáneamente, o que ellos mismos los abracen, como por desgracia el Papa Pablo VI o ahora el Papa Juan Pablo II; eso sí puede ser, pero en ese caso es-tamos obligados a resistir, apoyados en el magisterio constante de la Iglesia desde hace siglos.

Fonte: STAT VERITAS

Nenhum comentário: