terça-feira, 4 de agosto de 2009

LA IGLESIA, DESBORDADA POR EL CRISTIANISMO SECUNDARIO. LA «POPULORUM PROGRESSIO»

Iota Unum – Romano Amerio

Tomo 7 – Capítulo XLI

En §§ 220-221 hemos atribuído el presente declive del catolicismo al alejamiento de su propio fin primario para aplicarse a la perfección mundana del hombre. La religión redunda ciertamente en una perfección también temporal, y éste es el punto principal de las filosofías de Campanella y de Gioberti; pero no puede, sin desnaturalizarse, tomar tal perfección como fin primario o co-primario.

La variación afecta realmente a toda la teoría de los valores mundanos, tratada en §§ 205-210 y presupuesta en nuestro razonamiento. La Iglesia maduró la civilización europea como un efecto natural de la religión, pero secundario; ha desarrollado las virtualidades civilizadoras del mundo profano; ha asumido con el Vaticano II la toma directa de partido en el perfeccionamiento temporal, y así ha intentado hacer entrar el progreso de los pueblos en la finalidad del Evangelio.

La Populorum progressio explicita la doctrina. Se presenta como un desarrollo de la Rerum novarum: ésta enseñaba la armonización de las clases (ricas y pobres) en el ámbito de los Estados individuales; la encíclica de Pablo VI promueve sin embargo la armonización de los diversos pueblos (ricos y pobres) entre sí, ahora que la semejanza entre las gentes se ha hecho más conocida, más sentida y más estrecha, y son los pueblos (y no los individuos hambrientos) los que se presentan ante la solicitud de los pueblos opulentos.

También Juan Pablo II, en el discurso al Bureau international du travail, afirma ser el bien común mundial el problema social que hoy nos incumbe (OR, 16 junio 1982).

No entro a observar cómo en la Populorum progressio llega a su consumación un deslizamiento desde el orden de la beneficencia, que es un deber moral, al orden de la justicia, convertido en un derecho exigible.

Este deslizamiento se justifica en el sistema católico: como dije, las circunstancias históricas no sólo pueden cambiar el grado, sino incluso las especies de una conducta moral, hacer de una culpa leve una culpa grave, y convertir un acto de beneficencia en un acto jurídicamente obligatorio.

Prescindimos aquí de las propuestas concretas de la encíclica, como la constitución de un fondo mundial para socorrer a los países pobres, propuesta impugnada por sociólogos y economistas, movidos quizá por una visión demasiado unilateral. Más relevante es la variación de prospectiva por la cual se invierte la teleología, convirtiendo al progreso técnico y crematístico no exactamente en el fin, pero sí al menos en la condición previa de la perfección espiritual y de la obra de la Iglesia, según la orientación doctrinal del padre Montuclard (4 117).

Ciertamente, el término al que se dirige el desarrollo es un «un crecimiento integral»: un humanismo destinado a integrarse con Cristo, convirtiéndose así en un humanismo trascendente. Pero la relación entre ese todo que es el hombre humanamente desarrollado y ese otro que es el hombre sobrenaturalizado no resulta determinada.

Pablo VI auspicia un mundo en el cual la parábola de Lázaro y de Epulón sea corregida, «la libertad no sea una palabra vana y donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la misma mesa que el rico» (n. 47).

Se invierte así el sentido de la parábola. En el Evangelio el rico «accepit bona in vita sua [recibe bienes durante su vida] », y por esta razón «cruciatur». Lázaro, al contrario, «recepit mala et nunc consolatur [recibe males y ahora es consolado]» (cfr. Luc. 16, 25).

Querer que Lázaro goce como el rico significaría igualar esos bienes mundanos a la consolación celeste y hacer de la fruición de los bienes del mundo un valor conectado con la fruición de Dios e incluído en ella.

Además, como enseña solemnemente el Sermón de la Montaña, hay una contraposición entre el llanto y la consolación, entre la sed de justicia y la saciedad de justicia» [1]. Sin embargo no se puede sostener que el llanto sea una consolación incipiente (ésta consiste en la cesación del llanto) o que estar sediento sea un incipiente no tener sed. El preámbulo de una cosa no es la cosa. La fórmula del cristianismo es aut aut, no et et. Se puede quizá legitimar también et et, pero no a la par, porque las cosas del mundo se quieren solamente hipotéticamente y como medio, mientras las del cielo absolutamente y como fin de todos los fines.

Pero el pensamiento de la encíclica de Pablo VI está bien aventurado por su difusor, el padre Lebret [2] el oficio de la Iglesia en la transformación del mundo no es ni supletorio ni secundario, sino más bien esencial a la predicación del Evangelio, que es «la misión de la Iglesia [dice el Sínodo de obispos de 1971] para la redención de la Humanidad y la liberación de toda situación opresora». La dualidad de redención y liberación repropone el et et sofístico; en realidad redención y liberación no son dos, sino una, porque la redención coincide con la liberación: pero una liberación en Cristo, espiritual y escatológica.


[1] Esta contraposición es hoy debilitada y eludida.

[2] Ver V. COSMAO, Transformar el mundo: una tarea para la Iglesia, Ed. Sal Terrae, Santander 1981. El autor es el director del Centre Lebret.

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