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terça-feira, 27 de janeiro de 2009

Actas del Magistério – Dom Marcel Lefebvre

Introducción

Un programa pontificio completo:

«Instaurarlo todo en Cristo»

¿Para qué estudiar los documentos del magisterio de la Iglesia? Sencillamente para conocer la si-tuación actual de la Iglesia. Nos damos cuenta que desde hace casi tres siglos los Papas han conde-nado siempre los mismos errores, a los que llamaban “errores modernos”.

El liberalismo es el fundamento de todos esos errores (protestantismo, “sillonismo”, progresismo e incluso socialismo y comunismo) que envenenan almas y entendimientos, y han provocado la si-tuación actual. Desde hace tiempo, los Papas han procurado designar y denunciar el error, pues su función es proclamar la Verdad, como dice el Papa Pío IX en el primer párrafo de su encíclica Quanta Cura, del 8 de diciembre de 1864:

«Con cuánto cuidado y pastoral vigilancia cumplieron en todo tiempo los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, la misión a ellos confiada por el mismo Cristo Nuestro Señor, en la persona de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles —con el encargo de apacentar las ovejas y corderos, ya nutriendo a toda la grey del Señor con las enseñanzas de la fe, ya imbuyéndola con sanas doctrinas y apartándola de los pastos envenenados—, de todos, pero muy especialmente de vosotros, Vene-rables Hermanos, es perfectamente conocido y sabido. Porque, en verdad, Nuestros Predecesores, defensores y vindicadores de la sacrosanta religión católica, de la verdad y de la justicia, llenos de solicitud por el bien de las almas en modo extraordinario, nada cuidaron tanto como descubrir y condenar con sus Cartas y Constituciones, llenas de sabiduría, todas las herejías y errores que, con-trarios a nuestra fe divina, a la doctrina de la Iglesia católica, a la honestidad de las costumbres y a la eterna salvación de los hombres, levantaron con frecuencia graves tormentas, y trajeron lamenta-bles ruinas así sobre la Iglesia como sobre la misma sociedad civil. Por eso Nuestros Predecesores, con apostólica fortaleza resistieron sin cesar a las inicuas maquinaciones de los malvados que, lan-zando como las olas del fiero mar la espuma de sus conclusiones, y prometiendo libertad, cuando en realidad eran esclavos del mal, trataron con sus engañosas opiniones y con sus escritos pernicio-sos de destruir los fundamentos del orden religioso y del orden social, de quitar de en medio toda virtud y justicia, de pervertir todas las almas, de separar a los incautos —y, sobre todo, a la inexper-ta juventud— de la recta norma de las sanas costumbres, corrompiéndola miserablemente, para en-redarla en los lazos del error y, por último, arrancarla del seno de la Iglesia católica».

Para poder juzgar los acontecimientos tan graves que vivimos hoy, es indispensable conocer lo que los Papas han enseñado y condenado.

La sociedad sin Dios

Estamos sumergidos en un ambiente que ya no es católico. Los que tienen la gracia de haber naci-do en una familia cristiana tienen que darle gracias a Dios, pues yo diría que gracias a ella han co-nocido un pequeño oasis de lo que la Iglesia desea y pide a los padres cristianos. Fuera de ella, en la escuela, en los colegios y en la universidad, los jóvenes frecuentan personas que no creen y que ni siquiera tienen una idea de la religión católica.

La sociedad está tan imbuida de los errores modernos, que ya parecen algo normal. No es fácil desprenderse de algunos prejuicios.

Un ejemplo es el indiferentismo religioso que los Papas han condenado. Ahora es una idea difun-dida incluso en los medios católicos: “Todas las religiones son iguales y válidas, y el hombre tiene libertad para escoger su religión y practicar la que quiera; no se puede imponer a nadie una reli-gión”…

Sin embargo, los hombres no tienen libertad ni son libres en esto, porque Dios mismo ha fundado una religión. ¿Acaso le pueden decir los hombres: “tu religión no me interesa; yo prefiero otra: la de Mahoma, la de Buda o la de Lutero…”? Eso no puede ser. Nuestro Señor Jesucristo ha fundado la religión católica y le ha dado el santo sacrificio de la Misa, los sacramentos, una jerarquía y un sa cerdocio. ¿Tenemos la libertad de decirle: “no necesito nada de eso y prefiero buscar mi religión en otra parte”?

Sin embargo, hoy el indiferentismo ha pasado a las constituciones de los Estados. Después del Concilio, la Santa Sede invitó a los que aún eran católicos o en los que la religión católica era reco-nocida oficialmente, a que acabaran con esa postura. Hasta tal punto llega el espíritu del liberalismo religioso. Vivimos en un ambiente en el que reina el error.

La Iglesia y el Estado

Otro ejemplo lo tomo de mi propia experiencia. Cuando entré en el seminario francés de Roma en 1923, si alguien me hubiese preguntado sobre la separación de la Iglesia y del Estado, le hubiera respondido: “Sí: tiene que haber una separación; la Iglesia y el Estado no tienen la misma finalidad y cada uno tiene que permanecer en su propio terreno”. Fue necesario que los sacerdotes del semi-nario francés me hiciesen descubrir las encíclicas, en particular las de León XIII y las de San Pío X, para corregir mi error. No: la Iglesia no tiene que estar separada del Estado, por lo menos en princi-pio, pues en los hechos a menudo hay que tolerar una situación que no se puede cambiar. Pero es sí la Iglesia y el Estado tienen que estar unidos y trabajar juntos para la salvación de las almas. El Es-tado ha sido creado por Dios y su creación es divina; no puede, pues, ser indiferente en materia reli-giosa.

Hace pocos años, un buen número de países: Italia, Irlanda (del Sur), España, países de América del Sur, y los Estados suizos católicos del Valais, Tesino y Friburgo, en el primer artículo de su constitución antes afirmaban su carácter oficialmente católico; pero esto ya se acabó. Ahora ya no quieren soportar la presión que podría ejercer un Estado católico para disminuir la propagación de las religiones protestante, musulmana o budista. Hay que dar libertad a todas las religiones.

Es una locura. Esas mismas religiones tienen Estados en donde se les proclama como religión ofi-cial y no desean para nada que se cambie su constitución. Inglaterra tiene una constitución protes-tante, lo mismo Suecia, Noruega, Dinamarca y los estados suizos de Ginebra y Zurich. Los Estados musulmanes son tales sin ninguna concesión. La religión forma parte de la sociedad. ¿Qué decir de los estados comunistas, pues el comunismo es una religión? No se puede ser miembro del gobierno sin serlo del Partido.

Y nosotros los católicos, ¿vamos a pensar que se puede separar a la Iglesia del Estado? ¡Qué error! ¡Cuántas consecuencias para la sociedad, la familia y todos los ámbitos!

Tenemos que volver a empaparnos de la fe católica, y para esto estudiar las encíclicas. ¿Qué pien-san los Papas sobre los grandes principios? ¿Cómo han visto y juzgado el mundo en su época?

Nos damos cuenta de que lo que ellos han condenado son los mismos errores y deficiencias que vemos hoy, de modo que nos podemos apoyar en sus declaraciones oficiales para combatir los erro-res de nuestra época y explicar cómo destruyen el plan de Dios respecto a la sociedad.

Plan de nuestro estudio

Vamos a empezar con una encíclica de San Pío X porque encomendamos tanto nuestra enseñanza como nuestra Fraternidad bajo la protección de quien ha sido el Papa de nuestra época, el único ca-nonizado desde San Pío V. Este Papa de principios de este siglo ha sido considerado por la Iglesia como la luz de su tiempo. Recurrimos a esta luz y le pedimos a San Pío X que nos dé la luz que ne-cesitamos. Vamos a empezar, pues, con la primera encíclica de este Papa santo, que contiene las grandes líneas directivas de su pontificado.

Luego veremos que los Papas han señalado la raíz de los errores modernos y los sitios en que se han elaborado, que son las sociedades secretas y la masonería. Hay muchas encíclicas sobre este tema. Hoy son desconocidas y no se habla de ellas. Sin embargo, estos documentos son luminosos y explican cómo se han podido difundir a través del mundo esos errores y cómo han llegado a trastor-nar la sociedad, pues los masones han llegado a transformarlo todo no sólo con la revolución arma-da sino con una revolución total de ideas. Infundiendo ideas falsas, han cambiado la sociedad y aho ra, en cierta medida, están cambiando a la Iglesia.

En toda una serie de documentos, de los cuales el primero de Clemente VII, data de 1738, los Pa-pas Pío VII, Benedicto XIV, León XII, Pío IX y León XIII han estudiado de una manera muy perti-nente y profunda las sectas, que son el origen del mal actual.

Luego nos detendremos en las encíclicas que condenan el liberalismo y también, como su conse-cuencia, el socialismo, el comunismo y el modernismo: las encíclicas de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y San Pío X. Estos textos son de una importancia capital, pues yo no me niego a lo que me pide ahora la Santa Sede: “leer el Concilio Vaticano II a la luz del magisterio constante de la Iglesia”. Este magisterio está en los documentos de estos Papas, de modo que si en el Concilio hay cosas que no están de acuerdo con ellos y los contradicen, ¿cómo podemos aceptarlas? No puede haber contradicciones. Los Papas enseñan con mucha claridad y nitidez. El Papa Pío IX escribió in-cluso un Syllabus, es decir, un catálogo de verdades que hay que abrazar. San Pío X hizo otro tanto en su decreto Lamentabili. ¿Cómo podríamos, pues, aceptar estas verdades enseñadas por siete u ocho Papas y al mismo tiempo aceptar una enseñanza impartida por el Concilio que contradice lo que han afirmado esos Papas de modo tan explícito?

Durante dos siglos, los Papas no han enseñado ni han dejado que se enseñen errores. Eso no debi-era suceder. Puede ocurrir que lo hagan momentáneamente, o que ellos mismos los abracen, como por desgracia el Papa Pablo VI o ahora el Papa Juan Pablo II; eso sí puede ser, pero en ese caso es-tamos obligados a resistir, apoyados en el magisterio constante de la Iglesia desde hace siglos.

Fonte: STAT VERITAS

segunda-feira, 26 de janeiro de 2009

Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros

 

Comentarios de los Documentos Pontificios que condenan los errores modernos

«Con la Declaración sobre la Libertad Religiosa no se pueden condenar los documentos del Ma-gisterio que condenan el Liberalismo».

Mons. Marcel Lefebvre

Prefacio [As Actas de Magisterio]

Desde el principio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Mons. Lefebvre instituyó, para la formación impartida a los seminaristas, un curso muy especial que recibían durante su primer año, titulado Actas del Magisterio. Este curso expone las grandes encíclicas de los Sumos Pontífices y los documentos pontificios que tratan sobre el orden social cristiano y la realeza social de Nuestro Señor. Tiene como finalidad colocar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio en el contexto concreto de la situación de la Iglesia actual y poscristiana, marco de su futuro apostolado y santificación.

Durante los años 1979-1982, S. Ex. Mons. Marcel Lefebvre enseñó personalmente esta materia en el seminario de Ecône, mostrando así la importancia capital de nuestra lucha contra los errores modernos, especialmente el liberalismo, el modernismo y el comunismo y sus propagadores, en particular la Masonería. Así mostraba también su adhesión filial e indefectible a las enseñanzas de los Sumos Pontífices, al Magisterio de la Iglesia y a la Roma eterna.

El gran dolor de su vida fue ver a la Iglesia invadida por todos los errores del Concilio Vaticano II —al que muchas veces llamaba su “tercera guerra mundial”—, sus puestos principales ocupados por los enemigos, y que los Papas conciliares y posconciliares se apartaban de las enseñanzas de sus predecesores. Fue también para él una gran tristeza ver en ruinas el sacerdocio católico, cómo se difundía la libertad religiosa y cómo los estados católicos se iban secularizando en nombre de esta misma libertad proclamada por el Concilio.

Pero él no cedió. Al contrario, su curso sobre las Actas del Magisterio es una ilustración única de su declaración del 21 de noviembre de 1974, que empieza así: «Nos adherimos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma a la Roma Católica, guardiana de la fe católica y de las tradicio-nes necesarias para mantenerla, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y verdad. Nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se ha manifestado claramente en el Concilio Vaticano II, y después del Concilio en todas las reformas que provienen de él».

Aquí transcribimos, gracias al trabajo del señor André Cagnon y su esposa, el curso que dio en 1980-1981, aunque con ciertos retoques tomados del curso de 1979-1980 sobre Quanta cura y el Syllabus. Mons. Tissier de Mallerais ha arreglado un poco la forma del texto y ha añadido algunas precisiones, aunque guardando el estilo hablado para dejar la exposición lo más clara y ordenada posible. No podemos más que agradecerles y felicitarles por su trabajo, que pone en manos de los católicos a finales del siglo XX un libro tan útil y precioso. El lector hallará en él todos los juicios del mismo Dios vivo, pronunciados por boca de los Pontífices, sobre los errores contemporáneos, sus propagadores y seguidores. También hallará en él luz y valor, y sacará de esta lectura el amor a la Santa Iglesia Católica Romana, maestra de verdad.

Dígnese la Santísima Virgen, Mediadora de todas las gracias, hacer que esta obra traiga frutos abundantes para todo el Cuerpo Místico de su Divino Hijo.

Menzingen, Miércoles Santo, 30 de marzo de 1994

Franz Schmidberger

Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

2

«Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros»

Nos acordamos que los obispos franceses habían calificado a Ecône como “seminario salvaje”, cosa completamente falsa, pues Mons. Charrière, obispo de Friburgo, había aprobado con un do-cumento oficial del 1º de noviembre de 1970, la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en su diócesis, y el cardenal Wright, prefecto de la Congregación para el Clero, le había dirigido una carta laudatoria a Mons. Lefebvre el 18 de febrero de 1971.

Sin embargo, las persecuciones iban a desencadenarse rápidamente. Una comisión creada por Pablo VI y compuesta por los cardenales Garrone, Wright y Tabera envió a Ecône dos visitadores apostólicos, Mons. Descamps y Mons. Onclin, cuyas actitudes y palabras fueron tan repulsivas que provocaron la famosa declaración de Mons. Lefebvre del 21 de noviembre de 1974.

Unas diez semanas después, Monseñor fue invitado por esta comisión a hablar sobre algunos puntos que ofrecían alguna perplejidad.

«Respondiendo a esta invitación —contaba Monseñor— acudí a la cita el 13 de febrero de 1975 en la Congregación para la Educación católica. Sus Eminencias los cardenales Garrone, Wright y Tabera, junto con un secretario, me invitaron a sentarme a la mesa. S. Ex. el cardenal Garrone me preguntó si no había ningún inconveniente en que se grabase la conversación (…)

»Después de manifestarme la buena impresión habían tenido los visitadores apostólicos, no se habló más ni de la Fraternidad ni del seminario. Solamente se habló de mi declaración del 21 de noviembre (…)

»El cardenal Garrone me reprochó duramente esta declaración, llegando incluso a tratarme de “loco” y diciendo que yo me hacía “un Atanasio”, y esto durante veinticinco minutos. El cardenal Tabera insistió, diciéndome: “Lo que Vd. hace es peor que todo lo que hacen los progresistas”, y que yo había roto la comunión con la Iglesia, etc.

»¿Eran interlocutores, o más bien jueces?

» (…) Tuve la impresión de haber sido engañado. Me habían invitado a una conversación y de hecho estaba ante un tribunal decidido a condenarme.

» (…) Pedí una copia de la grabación. El cardenal Garrone respondió que era muy justo que yo tuviese una copia, que era mi derecho (…) Esa misma tarde envié a una persona con los aparatos necesarios, pero el secretario le dijo que sólo se trataba de una trascripción. Al día siguiente yo mismo fui a pedir esa copia. El secretario fue a ver al cardenal y volvió para decirme que se trata-ba sólo de una trascripción; me la prometió para el día siguiente en la tarde. Para asegurarme que estaría lista, llamé al día siguiente por la mañana, y el secretario me dijo que no era que me iban a dar una trascripción, sino que podía ir a consultarla entre las 5 y las 8 de la tarde. Ante este pro-cedimiento, no fui».

(Monseñor nunca pudo tener una copia de esta grabación ni tampoco la relación de los dos visi-tadores apostólicos; más tarde, tampoco pudo tener la del cardenal Gagnon).

«Hubo que esperar tres años y medio, hasta el 23 de noviembre de 1979, para que se iniciara una investigación más profunda sobre la doctrina que profesaba Mons. Lefebvre y que se enseñaba en Ecône. El 28 de enero, el cardenal Seper, prefecto del antiguo Santo Oficio, envió a Ecône un cues-tionario muy extenso (…) Era el principio de la investigación (…)

» A los encargados de la Congregación para la Doctrina de la fe que me acusaban de dividir a la Iglesia, les respondí en resumidas cuentas: “Señores: ustedes tienen un conocimiento de la historia de la Iglesia de estos últimos siglos más amplio quizás que el mío. Esta historia nos hace ver que hay en la Iglesia una división desde hace por lo menos dos siglos entre católicos y liberales, y estos últimos han sido condenados siempre por los Papas hasta el Concilio Vaticano II, en que por un misterio insondable de la Providencia, los liberales han podido hacer triunfar sus ideas y ocupar los lugares más importantes de la Curia romana. Cuando pienso que estamos en el edificio del San-to Oficio, que es el testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la fe católica, no puedo dejar de pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, al que vosotros llamáis ‘el tradicionalista’, quien tendría que juzgaros (…) Un día la Verdad volverá a recuperar sus derechos”».

3

(Cf. revista francesa: Itineraires, números de diciembre de 1976 y nº 233 de mayo de 1979;

y revista Fideliter, nº 55 de enero-febrero de 1987 y nº 59 de septiembre-octubre de 1987)

Fonte: Stat Veritas

Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros

 

Comentarios de los Documentos Pontificios que condenan los errores modernos

«Con la Declaración sobre la Libertad Religiosa no se pueden condenar los documentos del Ma-gisterio que condenan el Liberalismo».

Mons. Marcel Lefebvre

Prefacio [As Actas de Magisterio]

Desde el principio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Mons. Lefebvre instituyó, para la formación impartida a los seminaristas, un curso muy especial que recibían durante su primer año, titulado Actas del Magisterio. Este curso expone las grandes encíclicas de los Sumos Pontífices y los documentos pontificios que tratan sobre el orden social cristiano y la realeza social de Nuestro Señor. Tiene como finalidad colocar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio en el contexto concreto de la situación de la Iglesia actual y poscristiana, marco de su futuro apostolado y santificación.

Durante los años 1979-1982, S. Ex. Mons. Marcel Lefebvre enseñó personalmente esta materia en el seminario de Ecône, mostrando así la importancia capital de nuestra lucha contra los errores modernos, especialmente el liberalismo, el modernismo y el comunismo y sus propagadores, en particular la Masonería. Así mostraba también su adhesión filial e indefectible a las enseñanzas de los Sumos Pontífices, al Magisterio de la Iglesia y a la Roma eterna.

El gran dolor de su vida fue ver a la Iglesia invadida por todos los errores del Concilio Vaticano II —al que muchas veces llamaba su “tercera guerra mundial”—, sus puestos principales ocupados por los enemigos, y que los Papas conciliares y posconciliares se apartaban de las enseñanzas de sus predecesores. Fue también para él una gran tristeza ver en ruinas el sacerdocio católico, cómo se difundía la libertad religiosa y cómo los estados católicos se iban secularizando en nombre de esta misma libertad proclamada por el Concilio.

Pero él no cedió. Al contrario, su curso sobre las Actas del Magisterio es una ilustración única de su declaración del 21 de noviembre de 1974, que empieza así: «Nos adherimos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma a la Roma Católica, guardiana de la fe católica y de las tradicio-nes necesarias para mantenerla, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y verdad. Nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se ha manifestado claramente en el Concilio Vaticano II, y después del Concilio en todas las reformas que provienen de él».

Aquí transcribimos, gracias al trabajo del señor André Cagnon y su esposa, el curso que dio en 1980-1981, aunque con ciertos retoques tomados del curso de 1979-1980 sobre Quanta cura y el Syllabus. Mons. Tissier de Mallerais ha arreglado un poco la forma del texto y ha añadido algunas precisiones, aunque guardando el estilo hablado para dejar la exposición lo más clara y ordenada posible. No podemos más que agradecerles y felicitarles por su trabajo, que pone en manos de los católicos a finales del siglo XX un libro tan útil y precioso. El lector hallará en él todos los juicios del mismo Dios vivo, pronunciados por boca de los Pontífices, sobre los errores contemporáneos, sus propagadores y seguidores. También hallará en él luz y valor, y sacará de esta lectura el amor a la Santa Iglesia Católica Romana, maestra de verdad.

Dígnese la Santísima Virgen, Mediadora de todas las gracias, hacer que esta obra traiga frutos abundantes para todo el Cuerpo Místico de su Divino Hijo.

Menzingen, Miércoles Santo, 30 de marzo de 1994

Franz Schmidberger

Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

2

«Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros»

Nos acordamos que los obispos franceses habían calificado a Ecône como “seminario salvaje”, cosa completamente falsa, pues Mons. Charrière, obispo de Friburgo, había aprobado con un do-cumento oficial del 1º de noviembre de 1970, la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en su diócesis, y el cardenal Wright, prefecto de la Congregación para el Clero, le había dirigido una carta laudatoria a Mons. Lefebvre el 18 de febrero de 1971.

Sin embargo, las persecuciones iban a desencadenarse rápidamente. Una comisión creada por Pablo VI y compuesta por los cardenales Garrone, Wright y Tabera envió a Ecône dos visitadores apostólicos, Mons. Descamps y Mons. Onclin, cuyas actitudes y palabras fueron tan repulsivas que provocaron la famosa declaración de Mons. Lefebvre del 21 de noviembre de 1974.

Unas diez semanas después, Monseñor fue invitado por esta comisión a hablar sobre algunos puntos que ofrecían alguna perplejidad.

«Respondiendo a esta invitación —contaba Monseñor— acudí a la cita el 13 de febrero de 1975 en la Congregación para la Educación católica. Sus Eminencias los cardenales Garrone, Wright y Tabera, junto con un secretario, me invitaron a sentarme a la mesa. S. Ex. el cardenal Garrone me preguntó si no había ningún inconveniente en que se grabase la conversación (…)

»Después de manifestarme la buena impresión habían tenido los visitadores apostólicos, no se habló más ni de la Fraternidad ni del seminario. Solamente se habló de mi declaración del 21 de noviembre (…)

»El cardenal Garrone me reprochó duramente esta declaración, llegando incluso a tratarme de “loco” y diciendo que yo me hacía “un Atanasio”, y esto durante veinticinco minutos. El cardenal Tabera insistió, diciéndome: “Lo que Vd. hace es peor que todo lo que hacen los progresistas”, y que yo había roto la comunión con la Iglesia, etc.

»¿Eran interlocutores, o más bien jueces?

» (…) Tuve la impresión de haber sido engañado. Me habían invitado a una conversación y de hecho estaba ante un tribunal decidido a condenarme.

» (…) Pedí una copia de la grabación. El cardenal Garrone respondió que era muy justo que yo tuviese una copia, que era mi derecho (…) Esa misma tarde envié a una persona con los aparatos necesarios, pero el secretario le dijo que sólo se trataba de una trascripción. Al día siguiente yo mismo fui a pedir esa copia. El secretario fue a ver al cardenal y volvió para decirme que se trata-ba sólo de una trascripción; me la prometió para el día siguiente en la tarde. Para asegurarme que estaría lista, llamé al día siguiente por la mañana, y el secretario me dijo que no era que me iban a dar una trascripción, sino que podía ir a consultarla entre las 5 y las 8 de la tarde. Ante este pro-cedimiento, no fui».

(Monseñor nunca pudo tener una copia de esta grabación ni tampoco la relación de los dos visi-tadores apostólicos; más tarde, tampoco pudo tener la del cardenal Gagnon).

«Hubo que esperar tres años y medio, hasta el 23 de noviembre de 1979, para que se iniciara una investigación más profunda sobre la doctrina que profesaba Mons. Lefebvre y que se enseñaba en Ecône. El 28 de enero, el cardenal Seper, prefecto del antiguo Santo Oficio, envió a Ecône un cues-tionario muy extenso (…) Era el principio de la investigación (…)

» A los encargados de la Congregación para la Doctrina de la fe que me acusaban de dividir a la Iglesia, les respondí en resumidas cuentas: “Señores: ustedes tienen un conocimiento de la historia de la Iglesia de estos últimos siglos más amplio quizás que el mío. Esta historia nos hace ver que hay en la Iglesia una división desde hace por lo menos dos siglos entre católicos y liberales, y estos últimos han sido condenados siempre por los Papas hasta el Concilio Vaticano II, en que por un misterio insondable de la Providencia, los liberales han podido hacer triunfar sus ideas y ocupar los lugares más importantes de la Curia romana. Cuando pienso que estamos en el edificio del San-to Oficio, que es el testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la fe católica, no puedo dejar de pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, al que vosotros llamáis ‘el tradicionalista’, quien tendría que juzgaros (…) Un día la Verdad volverá a recuperar sus derechos”».

3

(Cf. revista francesa: Itineraires, números de diciembre de 1976 y nº 233 de mayo de 1979;

y revista Fideliter, nº 55 de enero-febrero de 1987 y nº 59 de septiembre-octubre de 1987)

Fonte: Stat Veritas

domingo, 18 de janeiro de 2009

¿HABRÁ QUE HACERSE PROTESTANTE PARA SER BUEN CATÓLICO?

 

 

"Vae mihi si non evangilzavero"

(I Corintios, IX, 16)

Sin referirnos a las vías inesperadas en las que se vieron los Padres del Concilio al tratarse ciertos esquemas desarraigados del magisterio de la Iglesia pretendemos en las páginas que siguen hacernos eco de aquella palabra que los Padres del Concilio no han podido olvidar: ¡Caveamus" (cuidémonos).

Cuidémonos de que nos influya un espíritu absolutamente inconciliable con el que los Pontífices romanos y los precedentes Concilios se esforzaron incansablemente por difundir entre los cristianos. No se trata de un espíritu de progreso, sino de ruptura y de suicidio.

Las declaraciones de algunos Padres a ese respecto son orientadoras: unos afirman que entre las declaraciones pasadas y las de los autores de determinados esquemas no existe contradicción, porque las circunstancias se han modificado. Cuanto el Magisterio de la Iglesia ha afirmado hace cien años regía para aquellos tiempos, pero no para los nuestros.

Hay otros que se refugian en el misterio de la Iglesia.

Otros consideran que un Concilio tiene por objeto modificar la doctrina de los Concilios anteriores.

Por último, otros sostienen que todo el Concilio está por encima del magisterio ordinario, por lo cual puede prescindir de éste t bastarse por sí solo.

Se oye, además la voz de la prensa liberal afirmando que por fin la Iglesia admite la evolución del dogma.

¿Es posible discernir el motivo, al menos aparente, que permitió a esas tesis revolucionarias instalarse oficialmente en las deliberaciones del concilio? Nos creemos con autoridad para afirmar que ello se produjo a favor de un ecumenismo presentado primero como católico y que, durante el curso de las Sesiones, se transformó en ecumenismo racionalista.

Ese espíritu de ecumenismo no católico ha sido el instrumento del cual manos misteriosas se sirvieron para intentar quebrar y pervertir la doctrina enseñada desde los tiempos envangélicos hasta nuestros días, doctrina por la que ha corrido y sigue corriendo tanta sangre de mártires.

Por inconcebible que parezca, así ha sucedido: de ahora en adelante, en la historia de la Iglesia se hablará siempre de esas tesis contrarias a la doctrina que, so pretexto de ecumenismo, se presentaron a los Padres conciliares del Vaticano II.

De esa manera, se hicieron esfuerzos para elaborar esquemas que atenúen o incluso hagan desaparecer ciertos puntos de doctrina específicamente católica que pudieran desagradar a los ortodoxos y, especialmente, a los protestantes. 70

Quisiéramos abordar algunos ejemplos de las nuevas tesis propuestas. Nos parece útil desarrollar las tesis católicas tradicionales sobre tales puntos, pues se trata de una doctrina conocida por todos, enseñada en nuestros catecismos, que nutre nuestra Liturgia y que ha sido objeto de las más firmes y luminosas enseñanzas de los Papas desde hace un siglo.

Expresar el dolor que experimentaron los Padres firmemente aferrados a la continuidad de la doctrina al escuchar la exposición de las nuevas tesis hecha por los relatores oficiales de las Comisiones, es tarea imposible. Pensábamos en las voces de los Papas cuyos cuerpos yacían sepultados en el preciso lugar donde nos encontrábamos. Pensábamos en el inmenso escándalo que pronto haría la prensa por su manera de transmitir esas exposiciones.

La Primacía de Pedro

Veamos primero la Primacía de Pedro, a la cual se quiere desplazar en beneficio de una colegialidad mal definida y mal comprendida, que culmina en un desafío al sentido común. ¡Cuánto mejor y más provechoso hubiera sido señalar la función del obispo en la Iglesia con relación a su grey particular bajo la vigilancia de Pedro, y mostrar cómo -a través de esa grey particular- se debe por caridad a la Iglesia universal, comenzando por las Iglesias que le son próximas, siguiendo por las de las misiones, y luego por la Iglesia entera, pero en dependencia inmediata de Pedro, ¡qué es el único que se debe en justicia y directamente a todas las Iglesias y a toda la Iglesia!

Pero veamos la tesis nueva y las dos afirmaciones que contiene:

1) Todo, absolutamente todo poder sobre la Iglesia ha sido confiado solamente a Pedro.

2) Todo ese mismo poder ha sido confiado también a Pedro y a los Apóstoles colectiva-mente.

Si verdaderamente todo el poder ha sido confiado sólo a Pedro, lo que los otros puedan tener lo habrán recibido de él. Si los obispos tienen con Pedro una parte en el gobierno universal, parte que Pedro no puede quitarles, ya Pedro no tiene todo el poder él solo.

¡Que no hablen de misterio! La contradicción, es manifiesta. En el segundo caso, Pedro no tiene sino la cuota mayor del poder, lo cual ha sido condenado por el Vaticano I: "Si alguien dijere que el Pontífice romano no tiene sino las potiores partes y no la plenitud del poder supremo, que sea anatema".

Después de Pedro, se ataca a la Curia, que es considerada secretaría del Papa, cuando en realidad es la parte más noble de la Iglesia particular de Roma, Iglesia cuya fe es indefectible y que es Madre y Maestra de todas las Iglesias. Hacia ella deben dirigirse las miradas de los Padres, porque pueden estar ciertos de que allí encontrarán la verdad.

¿Por qué se pretende que la Iglesia de Roma calle? ¿De dónde nos vendría la luz si los Padres conciliares de la Iglesia de Roma enmudecieran?

Por otra parte, intercalar entre el obispo de Roma y la Iglesia el cuerpo episcopal de la Iglesia Universal en forma institucionalizada significaría quitar a la Iglesia de Roma su título de Madre de todas las Iglesias.

Con eso no queremos contradecir la posibilidad de que el Soberano Pontífice consulte más frecuentemente a los obispos y modifique, si lo considera conveniente, algunas modalidades o estructuras de la Curia.

Pero el propósito de quienes aspiran a crear una institución jurídica nueva ceñida a una colegialidad siempre en ejercicio, podría hacer de la nueva institución el cuerpo electoral del Soberano Pontífice. Porque es inconcebible que el Papa no resulte elegido por su clero dado que debe ser Obispo de Roma para ser luego sucesor de Pedro.

La Virgen María

Con imprudencia increíble, a despecho del deseo explícito del Santo Padre, el esquema propuesto suprime el título de María Madre de la Iglesia; los ecumenistas lamentan que la Virgen María sea nombrada Mediadora.

Sin embargo, cabe esperar que la devoción de los Padres a María restablecerá el honor que el Concilio debe a la Virgen, proclamándola solemnemente Madre de la Iglesia y consagrando el mundo a Su Corazón Inmaculado.

La Eucaristía

Se habrá observado que a propósito de la Eucaristía – aunque este tema no ha sido tratado ex professo – existen dos alusiones tendientes a disminuir la estimación de la Presencia Real de Nuestro Señor.

Al final del esquema sobre las Sagradas Escrituras, se pone a la Eucaristía en un mismo pie de igualdad con las Escrituras. ¡Cómo no pensar en todos esos evangelios que desde entonces han reemplazado a la Eucaristía en los altares mayores de nuestras Iglesias!

Se afirma, por otra parte, que los protestantes carecen de "la plena realidad de la Eucaristía". ¿De qué Eucaristía se trata? Ciertamente no puede ser de la Eucaristía católica, pues la presencia real ésta no está...

La Revelación

En todos los esquemas relativos a la Revelación se tiende a minimizar el valor de la Tradición en provecho de la Escritura. Se reprocha exageradamente a los fieles y a los sacerdotes no alentar una mayor devoción a la Sagrada Escritura.

En efecto, las Escrituras han sido destinadas a la Comunidad del pueblo de Dios en sus jefes y no a cada miembro individual aisladamente, como sostiene los protestantes. Por eso la iglesia, como una madre, brinda la leche de la doctrina a sus hijos mediante su feliz presentación en la Liturgia, en el catecismo, en la homilía dominical. Está dentro del orden de la naturaleza que la Escritura nos sea enseñada por personas autorizadas. Así lo ha querido Nuestro Señor. Nada tenemos que tomar de los protestantes, cuya historia ha demostrado suficientemente que por sí sola la Escritura no puede mantener la unidad ni preservar del error.

La Verdad de la Iglesia

La Verdad de la Iglesia tiene, evidentemente, consecuencias que molestan a los protestantes y también a ciertos católicos imbuidos de liberalismo.

En lo sucesivo el nuevo dogma que ocupará el lugar que correspondía a la Verdad de la Iglesia será el de la dignidad de la persona humana junto con el bien supremo de la libertad: dos nociones que se evita definir con claridad.

De ello se sigue, según nuestros novadores, que la libertad de manifestar públicamente la religión de su propia conciencia es un derecho estricto de toda persona humana que ninguna otra persona del mundo puede prohibir. Que sea una religión verdadera o falsa, que promueva virtudes o vicios, poco les importa. ¡El único límite será un bien común que evitan celosamente definir!

Por consiguiente, se haría necesario revisar los acuerdos entre el Vaticano y las naciones que con toda justicia reconocen una situación preferencial a la religión católica.

El Estado debería ser neutro en materia de religión. Habría que revisar muchas constitucio-nes de Estado, no solamente en las naciones de religión católica. ¿Habrán pensado esos nuevos legisladores de la naturaleza humana que el Papa también es jefe de Estado? ¿Se lo invitará a laicizar el Vaticano?

Según ello, los católicos perderían el derecho de obrar para establecer o restablecer un 72

Estado católico. Su deber sería mantener el indiferentismo religioso del Estado.

Recordando a Gregorio XVI, Pío IX calificó esa actitud de "delirio", y, más aún, de "libertad de perdición" (Quanta Cura, 8 de diciembre de 1864).

León XIII trató el tema en su admirable Encíclica Libertas præstantissimum. ¡Pero todo eso era adecuado para su época, no para mil novecientos sesenta y cuatro!

La libertad que desean quienes la consideran un bien absoluto es quimérica. Si se admite que la libertad suele estar restringida en el orden moral, ¡cuánto más no lo estará en el orden de la elección intelectual! Dios ha atendido admirablemente las deficiencias de la naturaleza humana por medio de las familias que nos rodean: aquella en la cual hemos nacido y que debe educarnos, es decir, la patria, cuyos dirigentes deben facilitar el desarrollo normal de las familias hacia la perfección material, moral y espiritual; la Iglesia, mediante sus diócesis cuyo Padre es el Obispo, cuyas parroquias forman células religiosas donde las almas nacen a la vida divina y se alimentan en esta vida con los sacramentos.

Definir la libertad como ausencia de coacción significa destruir todas las autoridades colocadas por Dios en el seno de esas familias para facilitar el buen uso de la libertad que nos ha sido dada para buscar espontáneamente el Bien y eventualmente para proporcionarlo, como ocurre con los niños y asimilados.

La verdad de la Iglesia es la razón de ser de su celo evangelizador, de su proselitismo, y -por ende- la razón profunda de las vocaciones misioneras, sacerdotales y religiosas que exigen generosidad, sacrificio, perseverancia en las aflicciones y en las cruces.

Ese celo, ese fuego que quiere abrazar al mundo molesta a los protestantes. Se trazará, pues, un esquema sobre la Iglesia en el mundo que evitará celosamente hablar de evangelización. ¡Toda la ciudad terrestre podrá construirse sin que se dé en ella intervención a los sacerdotes, religiosos o religiosas, sacramentos, Sacrificio de la Misa, instituciones católicas, como escuelas, obras espirituales y materiales de caridad!...

En semejante espíritu un esquema sobre las Misiones se hace muy difícil. ¿Pensarán los novadores llenar así los seminarios y noviciados?

La Verdad de la Iglesia es también razón de ser de las escuelas católicas. Con el nuevo dogma se insinúa que sería preferible fusionarlas con las demás escuelas en tanto éstas observen el derecho natural (sic).

Evidentemente, no queda lugar para Hermanos ni Hermana docentes... ¡La admirable Encíclica de Pío XI sobre la educación de la juventud era para mil novecientos veintinueve, no para mil novecientos sesenta y cuatro!...

La doctrina social de la Iglesia

También la doctrina social de la Iglesia molesta al ecumenismo.

Por ello se nos dirá "que la distribución de la propiedad está librada a la prudencia de los hombres y a las instituciones de los pueblos, dado que ninguna parte de la tierra ni ningún bien ha sido conferido por Dios a ningún hombre en particular". ¡Así la doctrina también afirmada por Juan XXIII de la propiedad privada como derecho esencial de la naturaleza humana no tendría fundamen-to sino en el derecho positivo!.

La lucha de clases y de naciones sería necesaria para el progreso y para la evolución continua de las estructuras sociales.

El bien común sería una noción en continua evolución y "puesto que nadie es universal, nadie tendría una visión completa del bien común", del cual, sin embargo, se da una nueva definición: "La libertad y la plenitud de la vida humana".

¿Qué queda de las enseñanzas de los Papas acerca de a doctrina social de la Iglesia: Rerum 73

Novarum, Quadragesimo Anno, Pacem in Terris

? Estamos en mil novecientos setenta y cuatro. Que nos digan, entonces que pasará mañana con las enseñanzas de mil novecientos sesenta y cuatro en mil novecientos setenta y cuatro...

Estos ejemplos bastan para demostrar que en las comisiones prevalece una mayoría de miembros ganados por un ecumenismo que no sólo es ajeno a lo católico sino que, según propia confesión, se parece extrañamente al modernismo condenado por San Pío X y del cual el Papa Pablo VI nos dice en su Encíclica Ecclesiam Suam que ha comprobado su resurgimiento.

La prensa liberal se ha adueñado de esas tesis antes de que las mismas hayan sido propuestas no bien se las presentó en los esquemas y, particularmente, cuando obtuvieron mayoría importante en la sala conciliar.

Una vez obtenida la victoria, quedó abierta la vía a todos los diálogos, esto es, a todas las transacciones. Por fin concluían la "papolatría" y el régimen monárquico de la Iglesia, el Santo Oficio y el Index, las conciencias quedaban liberadas, etcétera.

¿Qué corresponde que hagamos ante ese desenfreno, ante esa tempestad?

1) Guardar indefectiblemente nuestra fe, nuestra adhesión a todo lo que la Iglesia nos ha enseñado siempre, sin turbarnos ni descorazonarnos. Nuestro Señor pone a prueba nuestra fe, como lo hizo con los apóstoles, como lo hizo con Abraham. Para ello es preciso que nos domine realmente la sensación de que vamos a perecer. De ese modo, la Victoria de la Verdad será auténticamente la victoria de Dios y no la nuestra.

2) Ser objetivo. Reconocer los aspectos positivos que se manifiestan en los deseos de los Padres conciliares, deseos que desgraciadamente y como a su pesar han sido utilizados para establecer textos jurídicos que sirven a tesis que la mayoría de los mismos Padres ni habían imaginado.

Intentemos definir esos deseos del siguiente modo:

Deseo profundo de colaboración mayor en pro de una más intensa eficacia del apostolado: colaboración entre pastores y con el Pastor Supremo. ¿Quién podría condenar semejante deseo?

Deseo de manifestar a los hermanos separados y al mundo entero su gran caridad a fin de que todos acudan a Nuestro Señor y a Su Iglesia.

Deseo de dar a la Iglesia mayor sencillez, en su Liturgia, en el comportamiento habitual de los pastores y, en particular, de sus obispos, en la formación de los clérigos que los preparen más directamente para su ministerio pastoral. Tendencia esta motivada por el temor de ya no ser escuchados ni comprendidos por el conjunto del pueblo fiel.

Estos deseos tan legítimos y oportunos podrían manifestarse perfectamente en textos admirables y orientaciones adaptadas a nuestro tiempo sin la colegialidad, mal fundada y mal definida; sin la libertad religiosa, falsa; sin la declaración sobre los judíos, inoportuna; sin indicios de demolición de la autoridad del Papa, sin negar el título de Madre de la Iglesia a la Virgen María, y sin calumniar a la Curia romana.

No son, en conjunto, los Padres del Concilio quienes alentaron esos textos con semejante redacción que expresa una doctrina nueva, sino un grupo de Padres y de periti que aprovecharon los muy legítimos deseos de los Padres para introducir sus doctrinas.

Los esquemas, gracias a Dios, no tiene todavía redacción definitiva. El papa aún no los ha aprobado en sesión pública. Por lo demás, el Concilio ha afirmado su voluntad de no definir ningún dogma nuevo, sino de ser un Concilio pastoral y ecuménico. La iglesia de Roma, única indefectible entre todas las Iglesias particulares, permanece firmemente en la fe; la mayoría de los cardenales no aprueba las nuevas tesis. Los Padres conciliares que desempeñan tareas importantes en la iglesia romana, así como la mayoría, sin la casi totalidad de los teólogos romanos, no se colocan junto a los novadores. Eso es fundamental, pues los fieles del mundo entero deben unirse en torno de esa Iglesia de Roma, Maestra de Verdad; ya lo afirmó así San Ireneo. 74

3) Afirmar nuestra fe públicamente sin desfallecimientos: en la prensa, en nuestras conversaciones, en nuestra correspondencia; y estar dispuestos a obedecer al Papa y permanecer indefectiblemente unidos a él.

4) Orar y hacer penitencia. Orar a la Virgen María, Madre de la Iglesia, pues Ella está en el centro de todos los debates y ha vencido siempre todas las herejías. En Ella encontrarán los Padres conciliares unanimidad, como los hijos alrededor de su Madre. Ella vela sobre el Sucesor de Pedro y actuará de manera que Pedro confirme siempre a sus hermanos en la fe, en la fe que fue la de los Apóstoles y de Pedro en particular y de todos sus sucesores.

Hay que hacer penitencia para merecer los auxilios de la gracia de Nuestro Señor; penitencia en el cumplimiento de nuestros deberes de estado sin desfallecimientos, sin abandono, sin desánimo, a pesar del ambiente infernal de libertinaje, de impudicia, de desprecio por la autoridad, de atropello a uno mismo y al prójimo.

Tengamos confianza: Dios es todopoderoso y ha dado a Nuestro Señor todo poder en el cielo y en la tierra. Esos poderes, ¿serán menores en 1964 que en 1870, menores en el último Concilio que en todos los anteriores? Nuestro Señor no abandonará las promesas de asistir perpetuamente a la Santa Iglesia Católica y Romana.

"Confidite, ewgo sum, nolite timere" (Mc. 6, 50).

¡Oh, María, Madre de la Iglesia, mostrad que sois nuestra Madre!

11 de octubre de 1964, en la

Fiesta de la Maternidad de la Virgen

[Nota Complementaria]

No hemos modificado en nada este texto, y creemos que hoy corresponde reflexionar particularmente sobre la realidad expresada por el título: en efecto, no se puede negar que en todos los dominios de la iglesia se ha producido un peligroso deslizamiento hacia el protestantismo.

El más grave es el que concierne a la fe a causa de la redacción de los nuevos catecismos, a partir del de Holanda hasta llegar al italiano pasando por los de Francia, Alemania y en particular el inverosímil catecismo de Canadá. Todos están impregnados de la doctrina expuesta en el primer esquema de "la Iglesia en el mundo", el cual, se impone decirlo, no es católico. La fe, la Palabra de Dios, el Espíritu, el Pueblo de Dios son explicados a la manera modernista y protestante, esto es, racionalista. A la Revelación se la reemplaza por la conciencia, que bajo el soplo del Espíritu se expresa mediante el profetismo. Ese profetismo que corresponde a todo el pueblo de Dios se manifiesta particularmente en la Liturgia de la Palabra. El bautismo y los sacramentos son más expresiones de la Fe que causas de la gracia y de las virtudes. No acabaríamos de señalar todos los peligros involucrados en esos catecismos, todos referidos al Vaticano II. Y no hay duda que en el Concilio, especialmente en el documento Gaudium et Spes, pueden encontrarse frases equívocas y un espíritu surgido del primer esquema.

Según el magisterio, también el ministerio sacerdotal se atribuye a todo el Pueblo de Dios, que en virtud del mismo, constituye la Asamblea Eucarística y cumple el culto comunitario, cuyo sacerdote es el presidente, que pronto será su delegado electo. Su carácter sacerdotal y su celibato ya no tienen razón de ser. No puede negarse que las reformas litúrgicas concurren a esa orientación. Los comentarios correspondientes se expresan según la modalidad protestante, minimizando la función del sacerdote, la realidad del sacrificio y la presencia real y permanente de Nuestro Señor en la Eucaristía.

Por último, el gobierno conferido por Nuestro Señor al Sacerdocio se transforma en el poder real del Pueblo de Dios, esto es, la "democratización" de la autoridad en la Iglesia por la Colegiali-75

dad entendida a la manera del Cardenal Suenens, por los Sínodos nacionales en los cuales todas las instituciones de la Iglesia se someten a los votos del Pueblo de Dios, profeta, sacerdote y rey.

De este modo, en los tres poderes confiados al Sacerdocio por Nuestro Señor se introduce el virus protestante, racionalista, naturalista y liberal. Esos poderes destinados a humanizar las personas recreadas por Nuestro Señor a la imagen de Dios, minadas por el virus del racionalismo, deshumani-zan y lanzan a personas y sociedades a todos los vicios de la humanidad caída.

Debemos luchar por la salvaguarda del sacerdocio tal como Nuestro Señor lo ha instituido, en la integridad de su magisterio, de su ministerio y de su gobierno.

Debemos enseñar la fe de siempre, adorar la Eucaristía y venerar el Santo Sacrificio de la Misa como lo enseñan la Escritura y la Tradición, respetar las personas de nuestros sacerdotes, de nuestros obispos y del Vicario de Jesucristo porque llevan en ellos el Sacerdocio y la Misión de Nuestro Señor Jesucristo y no porque sean delegados del Pueblo de Dios.

Se preparan Sínodos nacionales después de los de Holanda y Copenhagen. Si tiene los mismos efectos, pronto habrá otras tantas sectas protestantes. Eso es de esperar, dada la oposición entre las conclusiones de esos Sínodos y las directivas de la Santa Sede. El momento es muy grave. Corremos el riesgo de que la elección impuesta a los fieles holandeses y a los daneses se no imponga mañana a nosotros. Ya se impone en los catecismos y en ciertas formas de culto litúrgico, en las orientaciones de algunos obispos o asociaciones de obispos contrarias a las dictadas por el Sucesor de Pedro, por ejemplo en materia de moral familiar y de celibato sacerdotal.

Recordemos que Pedro vela por todos los Pastores y por todas las ovejas, y que en caso de contradicción entre la fe de nuestro Pastor y la de Pedro, Pedro no ha advertido contra el catecismo holandés y por consiguiente contra todos los nuevos catecismos de él derivados. Pedro nos ha dictado la moral familiar. Pedro nos ha afirmado en el Credo. Pedro nos ha prescripto el manteni-miento del celibato sacerdotal. Nuestros Pastores no tiene derecho a minimizar esas enseñanzas del Pastor de los Pastores.

Recordemos también que las autorizaciones concedidas en el terreno de la Liturgia no son obligatorias; eso vale para la Misa de cara al pueblo, la concelebración, la comunión bajo las dos especies, la comunión de pie, la recepción de la Santa Eucaristía en la mano.

La actitud de vigilancia se ha tornado necesaria a causa de los escándalos de que somos testigos, acontecidos dentro de la misma Iglesia. No podemos desconocer los hechos, los escritos, los discursos, que tienden al sometimiento de la Iglesia de Roma y a su aniquilación como Madre y Maestra de todas las Iglesias, y que buscan transformarnos en protestantes. Resistir a esos escánda-los significa vivir la fe, conservarla pura de todo contagio, mantener la gracia en nuestras almas. No resistir significa dejarnos intoxicar lenta pero seguramente y volvernos protestantes sin saberlo.

En la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús,

Roma, 5 de junio de 1970.

Fonte: Stat Veritas – Cartas Pastorales e outros escritos – Dom Lefebvre

quarta-feira, 29 de outubro de 2008

O LIBERALISMO É PECADO

Dom Felix Sardá y Salvany

III. – Se é pecado o Liberalismo, e que pecado é...

O Liberalismo é pecado, já se o consideremos na ordem das doutrinas, já na ordem dos fatos.
Na ordem das doutrinas é pecado grave contra a fé, porque o conjunto de suas doutrinas é heresia, ainda que não o seja, talvez, uma ou outra de suas afirmações ou negações isoladas. Na ordem dos fatos é pecado contra os diversos Mandamentos da lei de Deus e de sua Igreja, porque de todos é infração. Mais claramente, na ordem das doutrinas o Liberalismo é a heresia universal e radical, porque a todas compreende; na ordem dos fatos é a infração radical e universal, porque a todas autoriza e sanciona.

Procedamos por partes na demonstração.

Na ordem das doutrinas o liberalismo é heresia. Heresia é toda doutrina que nega com negação formal e pertinaz um dogma da fé cristã. O liberalismo doutrina primeiro os nega todos em geral e depois cada um em particular. Nega todos em geral quando afirma ou supõe a independência absoluta da razão individual no indivíduo, e da razão social, ou critério público, na sociedade. Dizemos que afirma ou supõe porque, às vezes, nas conseqüências secundárias, não se afirma o princípio liberal, mas se lhe dá por suposto e admitido. Nega a jurisdição absoluta de Cristo Deus sobre os indivíduos e as sociedades, e, em conseqüência, a jurisdição delegada que sobre todos e sobre cada um dos fiéis, de qualquer condição ou dignidade que seja, recebeu de Deus a Cabeça visível da Igreja. Nega a necessidade da revelação divina, e a obrigação que tem o homem de admiti-la, se quiser alcançar seu fim último. Nega o motivo formal da fé, isto é, a autoridade de Deus que revela, admitindo da doutrina revelada apenas aquelas verdades que alcança seu limitado entendimento. Nega o magistério infalível da Igreja e do Papa, e, em conseqüência, todas as doutrinas por eles definidas e ensinadas. E depois desta negação geral e global, nega cada um dos dogmas, parcial ou concretamente, à medida que, segundo as circunstâncias, os julga opostos a seu critério racionalista. Assim, nega a fé do Batismo quando admite ou supõe a igualdade de todos os cultos; nega a santidade do matrimônio quando sanciona a doutrina do chamado matrimônio civil; nega a infalibilidade do Pontífice Romano quando se recusa a admitir como lei seus mandatos e ensinamentos oficiais, sujeitando-os a seu passe ou exequatur — não em seu princípio, para assegurar-se de sua autenticidade, mas para julgar seu conteúdo.

Na ordem dos fatos é a imoralidade radical. Assim o é porque destrói o princípio ou regra eterna de Deus, impondo-se à humana; canoniza o absurdo princípio da moral independente, que é, no fundo, a moral sem lei, ou, o que dá no mesmo, a moral livre — isto é, uma moral que não é moral, pois a idéia de moral, além de sua condição dirigente, encerra essencialmente a idéia de enfrentamento ou limitação. Ademais, o Liberalismo é toda imoralidade, porque em seu processo histórico cometeu e sancionou como lícita a infração de todos os mandamentos, desde o que manda o culto de um único Deus, que é o primeiro do Decálogo, até o que prescreve o tributo dos direitos temporais à Igreja, que é o último dos seus cinco mandamentos.

Por onde cabe dizer que o Liberalismo, na ordem das idéias, é o erro absoluto, e na ordem dos fatos, é a desordem absoluta. E por ambas as coisas o Liberalismo é pecado, ex genere suo, gravíssimo — é pecado mortal.

http://www.permanencia.org.br/revista/politica/liberalismo3.htm

sexta-feira, 24 de outubro de 2008

Rahner teólogo gnóstico

Pe Júlio Meinvielle

En el número 117 de «La Pensée Catholique»1 se publica un artículo crítico del teólogo dominico Michel Guérard des Lauriers2 sobre la doctrina de otro teólogo, el célebre jesuita Karl Rahner3. Creemos que este trabajo es de una importancia singular y está llamado a suscitar un diálogo doctrinal inevitable. El P. R. es up teólogo «famoso» en la Iglesia de hoy; sus obras constituyen un verdadero «éxito».

No hace mucho, el no menos célebre Hans Urs von Balthasar, en un librito-librazo en que descubre y describe la grave situación actual de la lglesia, la «amenaza de perder la continuidad con el cristianismo tal como se lo entendía hasta ahora»4, señala a R. como enraizado y comprometido con el idealismo alemán, que está a la base del neomodernismo fundamental que asuela a la lglesia y carcome los cimientos de la vida cristiana.

“¿Quién no apela a Rahner — dice allí — de una manera o de otra, cuando se trata de ampliar el dogma en un sentido liberal, de transformar su contenido en algo «no objetivo», algo que.. . es en todo caso susceptible de cambio?”.

El diagnóstico de von Balthasar aparece ahora más certero a la luz de la lectura que G. d. L. nos ofrece de la doctrina teológica del P. R.

El artículo que comentamos es de una sobriedad ejemplar. Su «objeto» son los textos
rahnerianos, su obra fundamental, «Escritos de Teología»5. Cada afirmación de G. d. L. responde a una cita de R. . Su intención es descubrir los principios de la inspiración teológica del P. R. y demostrar cómo toda su doctrina, es decir, su interpretación de la doctrina cristiana, procede sistemáticamente de esos principios. Parece haber dado con la clave, con la vertebración interna del pensamiento rahneriano, de lo quo el jesuita alemán llama su «hermenéutica trascendental» (su método teológico, podríamos decir).
Para G. d. L. ese principio de inspiración es una tesis del orden de la teoría del conocimiento, tesis que determina la antropología de R. y a través de ella, con lógica rigurosa, la teología fijada en sus escritos. Encuentra tal principio en la conclusión de «El Espíritu en el Mundo»6: «Para Santo Tomas, abstractio y conversio son lo mismo: el Hombre». R. identifica (y atribuye incorrectamente esa identificación al Doctor Angélico) el proceso de formación o proferición del verbo mental (el término del
acto de intelección ), que pone al espíritu en posesión de la realidad, de la esencia, del «logos» u ordenación íntima del ser, con el “retorno al fantasma” o imagen sensible, es decir, con el proceso por el cual se adquiere conciencia de la configuración del acto intelectual en cuanto que tal acto procede de un término sensible y singular. Es decir, identifica la objetividad, la estructura del ser que puede ser concebida y proferida en una definición, con la subjetividad, la contemplación de la organización interna del acto cognoscitivo, de su origen y del lazo que lo enraíza en lo sensible y singular.

“La realidad sólo es captada como inmanente al Hombre: he allí todo el rahnerismo”G sentencia G. d. L. El hombre se convierte así en la medida de todas las cosas, de toda relación entre lo creado y Dios. El hombre rahneriano está abierto al infinito, pero en virtud de una «auto-trascendencia» de orden entitativo, de naturaleza ontológica, quo le es inmanente y connatural (t. V p. 192).

Según G. d. L., la teología de R. es una interpretación de toda la doctrina cristiana en función de tal concepción del hombre y de su poder inmanente de auto-trascendencia. Esa es la norma, la “hermenéutica trascendental”, aunque R. invoque a la Escritura, al Magisterio eclesiástico y a la doctrina tradicional.
A continuación G. d. L., examina las formulaciones que R. propone de los dogmas de la
Encarnación, la Redención, la Trinidad y la Eucaristía. Nosotros seguiremos su razonamiento y su presentación de los textos.

La Encarnación

Señala en primer lugar Guérard des Lauriers que R. concibe las relaciones de la Persona del Verbo con la Naturaleza divina y con la naturaleza humana como relaciones del mismo orden. Ambas relaciones desempeñarían el mismo papel respecto de la Persona divina. “La fe —dice Rahner— profesa una unidad substancial, durable, indisoluble, hipostática, y la desapropiación de dos naturalezas en virtud de la misma Persona” (t. Ip. 195).

El Verbo, así como es El mismo según la Naturaleza divina (y permaneciendo en sí inmutable), deviene verdaderamente El mismo en virtud de la naturaleza humana, en cuanto se constituye (por la Encarnación) diferente de sí y unido a sí mismo (t. I p. 202).

La naturaleza humana —concluye G. d. L.— condiciona al Verbo en su Ser, así como la Naturaleza divina es idéntica a su Ser. Y acopia una serie de textos rahnerianos para avalar esta conclusión.
Veamos.

“¿Qué significa ( la comunicación de idiomas) si la realidad humana verdadera, atribuida al Verbo en cuanto que El es una Persona, no lo cambia; como si esa humanidad no lo convirtiera en aquello que sin ella El no sería?”. (t. I p. 200).

Hay un cambio en el Verbo. Dios, aun siendo inmutable, puede ser sujeto de un devenir “Dios puede devenir algo, Aquel que es inmutable en sí mismo puede ser cambiado en otro”, (t. IV p. 147). El Verbo se cambia en la naturaleza humana. “Es necesario decir (ya que Dios es en sí inmutable) que el Dios inmutable en sí mismo puede cambiar, hacerse otro (propiamente: puede devenir hombre); y «cambiarse a sí mismo en otro» no está en contradicción con la inmutabilidad divina ni es, por otra parte, reductible a un «cambio del otro» (t. IV p. 147, nota 3).

Más todavía, o dicho de otro modo, la naturaleza humana de Cristo, a semejanza de la
Naturaleza divina, es la realidad misma del Verbo. “La humanidad de Cristo —arguye R.— en su realidad concreta (de ningún modo abstracta) sólo puede tener importancia teológica si ella es, como tal y no únicamente en cuanto formalmente unida al Verbo a posteriori, la manifestación de Dios en el mundo. Porque ella es la realidad del Verbo, forma una unidad con el Verbo” (t. I; p. 212).

Así, por presentar a la naturaleza humana en paridad con la Naturaleza divina en su referencia al Verbo, R. concibe de manera contradictoria la humanidad de Cristo. Por un lado, esa naturaleza humana es la realidad misma del Verbo. Por otro, esa humanidad de Dios considerada en sí misma, “no puede recibir ni de hecho recibe la gracia de aproximarse y encontrar a Dios de una manera esencialmente outra o esencialmente superior a la que, por la gracia, está reservada efectivamente a cada hombre” (t. IV, p.
145). Más aún, esbozando una especie de Kenósis invertida, R. explica: “Dios há asumido una naturaleza humana porque ésta es en sí misma abierta y asumible; porque sólo ella (a diferencia de los seres no trascendentes, objeto de definición) puede existir en un total desprendimiento de sí, que le permite realizar el acabamiento de su tendencia esencial, la cual es incomprensible” (t. IV; p. 143).

Por fin, cuál es el significado de la Encarnación en la interpretación rahneriana? “Que Dios suscite la auto-trascendencia del hombre y lo induzca a penetrar en su propio seno, que Dios por otra parte obre así en virtud de su absoluta auto-comunicación, que las dos cosas concurran a realizar la promesa hecha a todos los hombres y acabada en un solo: eso es la Unión hipostática” (t. V, p. 210).

G. d. L., entiende que según R., Cristo es simplemente el Hombre que en un individuo alcanza la perfección de la cual lleva en sí una exigencia connatural: “Cristo es el caso único y supremo del cumplimiento de la realidad humana en su esencia: este cumplimiento consiste en que el hombre exista renunciando a sí mismo” (t. IV, p. 142). Se trata —siempre siguiendo la lectura de G. d. L. — de un ascenso del hombre (y no de un descenso de Dios) insertado en un evolucionismo generalizado (cf. t. V pp. 191, 193).

La Redención

De acuerdo con su interpretación del misterio de la Encarnación, la Redención (el don de la gracia) es considerada por el P. R. como un resultado, para cada hombre, de una potencia de la humanidad a la auto-comunicación de Dios. Es obrada por Dios, pero resulta de una fuerza inmanente al Hombre, entiende G. d. L. He aquí el texto rahneriano: “Si se admite que esta comunicación original de la gracia ha sido hecha a la humanidad antes del pecado, no solamente como una exigencia sino como una potencialidad ya firmemente establecida, dada que en su misma fuente estaba ordenada a la Encarnación y por consiguiente a la irrevocable auto-comunicación de Dios a toda la humanidad (y no en razón de que ya había comenzado a actuarse en Adán) ... entonces se tiene la idea exacta de la redención cristiana...” (t. V, p. 216).

La Trinidad

Según R., la tesis que pone en luz al misterio de la Trinidad “como misterio de salvación (en su realidad y no solamente en cuanto doctrina) podría formularse así: la Trinidad de la economía de la salvación es la Trinidad inmanente, e inversamente” (t. IV, p. 115).

G. d. L., observa que esa identificación de la Trinidad en sí misma con la Trinidad en cuanto manifestada en la historia de la salvación, es un error que proviene del subjetivismo de R. Señala tres jalones:

•Teniendo en cuenta que en el mundo se ha producido algo (la Encarnación) “que pertenece únicamente al Verbo, que es la historia de una de las Personas divinas y no de las otras” (t. IV, p. 116), R. concluye que todo lo que concierne a la “economía” (el designio salvífico de Dios realizado en la historia) “puede ser dicho del Dios Trino en su conjunto y de cada persona en particular” (ib.). G. d. L., advierte una contradicción en la deducción rahneriana, pues si el Verbo es una Persona distinta (lo cual se manifiesta en la “economía”), también el Padre y el Espíritu Santo son Personas distintas. Y como el Verbo solo se encarnó, resulta evidente que la manifestación de la Trinidad en la historia de la salvación no es siempre, sin más, la Trinidad inmanente.

• R. sostiene que “no se puede distinguir adecuadamente entre la doctrina de la Trinidad y la doctrina de la economía” (ib.). Pero en realidad —objeta G. d. L.—, hay afirmaciones que conciernen a la Trinidad en sí misma, distintamente, aunque de hecho esas afirmaciones se hallen ligadas mas o menos directamente a la historia de la salvación. Es lo que la tradición ha entendido a partir de la palabra del Señor en Juan 8,38: “Yo digo lo que he visto junto a mi Padre”.

• R. pone en duda una verdad metafísica fundamental: Dios no puede tener una relación o referencia real a una realidad distinta de El (cf. t. IV, p. 116, nota 15). G. d. L., deduce que de la tesis rahneriana se desprende necesariamente la negación misma de esta verdad. En efecto, si se identifica la Trinidad inmanente con la Trinidad de la “economía”, y por consiguiente al Verbo encarnado según su humanidad con el Logos íntimo de la Trinidad, entonces las relaciones quo el Verbo encarnado tiene según su humanidad con algo distinto de El mismo, relaciones que pertenecen al orden de lo creado, se convierten en relaciones de Dios a lo creado.

Si no se acepta su tesis —arguye finalmente R. — no se puede captar el misterio de Dios mas que “de una manera verbal y nocional, por pura revelación verbal, opuesta a una revelación por la acción salvífica de Dios en nosotros”. G. d. L. responde: “Otra vez R. ha suplantado el verbo por el fantasma impuesto como autosuficiente; ya que la verdad es que en esta tierra «la Trinidad inmanente que el creyente abraza en su verbo está absolutamente por encima de cualquier manifestación por íntima que sea de la Trinidad percibida por el creyente en su propia interioridad».”

La Eucaristía

Sobre la Presencia de Cristo en el Sacramento de la Cena del Señor (t. IV, p. 357-385), distingue R. dos tipos de interpretación. Una quo llama lógica y que consiste en analizar en sí mismas la palabra “Esto es mi Cuerpo”, es la explicación expresada en las formulas dogmáticas. Y otra, la explicación óntica, que corresponde a su “hermenéutica trascendental”, excluye tal análisis y consiste en relacionar con otros hechos el hecho constituido por la pronunciación de esas palabras.

Su interpretación, que él mismo dice expresar en tono polémico, la encuentra G. d. L., en el siguiente texto (t. IV, p. 379-380) :
“Se quiere circunscribir la acción de Dios a la esfera puramente divina; entonces esa acción no está más presente y transformante en las cosas del mundo (la paz, la moral, el sepulcro, etc.) De ese modo, tal acción permanece no solo mas allá de la experiencia del que no cree (lo cual siempre es verdadero ), sino también más allá de las realidades mismas de la tierra; Dios queda en el cielo; donde está el pan, no pasa nada. En esas condiciones, me parece más coherente decir:
Cristo (el de la Eucaristía) no está más que en la fe, sólo en virtud de la fe está presente”.

Por otra parte, continúa R., los teólogos católicos podrían aprender algo de los cristianosevangélicos y de su teoría de la presencia “in usu”, es decir, durante la celebración del Sacramento (t. IV, p. 383).

En cuanto a la Presencia real después de la comunión, R. sostiene que “la Presencia real de Cristo subsiste solamente mientras la unidad sensible del pan constituye un dato humano” (t. IV, p. 390). O sea que cesa inmediatamente después de la deglutición, ya que el pan no puede ser percibido entonces como tal por los sentidos externos (cf. t. IV, p. 390).

G. d. L., objeta coma deformación subjetivista el apoyo que R. busca en la enseñanza de Santo Tomás (la Presencia cesa si una partícula es demasiado pequeña) y responde que el criterio de la Presencia real es objetivo como la Presencia misma (que solo cesa si la partícula corresponde a una desintegración de la molécula).

Hasta aquí llega este asombroso examen. La conclusión la ha expresado G. d. L., a lo largo de su artículo, y ya está dicha en la detectación de la “inspiración” del R. teólogo. Según el avisado dominico sentencia, esta inspiración es la antigua y siempre renovada inspiración de la gnosis: el Hombre, que se va convirtiendo evolutivamente hacia la fuerza divina que connaturalmente lo habita, es la medida de todas las cosas, incluso la medida del misterio de Dios.

En cuanto a nosotros, tendremos que volver a leer, con paciencia y atención los “Escritos Teológicos” de Rahner. . .

Julio Meinvielle
1 La Pensée Catholique - Cahiers de Synthése, París, n° 117 (1968), p. 78-93.
2 Abreviamos G. d. L.
3 Abreviamos R.
4 Hans Urs von Balthasar. Cordula oder der Ernstfall; Einsiedeln, Johannes Verlag, 1966. Fue traducido al
español bajo el título de “Seriedad con las cosas” (Córdula o el caso auténtico).
5 Karl Rahner. Schriften zur Theologie; Einsiedeln; Benziger Verlag, t.I-VI,1954-1965. Las citas, donde se
indica tomo y página, responden a esta edición. Hay una traducción española en ed. Taurus.
6 K. Rahner. Geist ist in Welt. Zur Metaphysik der endlichen Erkenntniss bet Thomas
von Aquin. Kösel Verlag, München 1957 (Zweite Auflage), p. 407). Ha sido traducido al español por ed.
Herder.

http://www.juliomeinvielle.org/libros.asp?ID=614&seccion=577&titulo=Rahner+teol%F3go+gn%F3stico

sábado, 18 de outubro de 2008

O modernista Henrici de Lubac




HENRI DE LUBAC S.J., UM "MESTRE" QUE NUNCA FOI DISCÍPULO



I - Inclinações "liberais" e deformação teológica
II - "Mestres" Que Nunca Foram Discípulos
III - Desprezo por Roma e Falsa Obediência
IV -A "Simbiose intelectual de Blondel"
V - O Desprezo pelo Magistério Infalível
VI - Os "reformadores"
VII - A Arma do Desprezo e da Difamação
VIII - A Crise Pós-Conciliar e o "Exame de Consciência" de De Lubac


Inclinações "liberais" e deformação teológica



Chegamos ao jesuíta Henri de Lubac, pai da "nova teologia".
Partiremos de sua formação filosófico-teológica, porque ela mostra o clima de desprezo pela autoridade e pela orientação da Roma católica em que amadureceu a crise atual da Igreja. Para lutar contra a agressão dos modernistas, São Pio X tinha mandado que se afastassem dos seminários e das casas de formação de religiosos os professores suspeitos e que fossem excluídos das ordenações os "jovens que demonstrassem o menor sinal de apego às doutrinas condenadas e às novidades perniciosas"1.
De acordo com essas diretivas, o jovem De Lubac nunca deveria ter sido ordenado. Foi ele mesmo que, em sua obra Memória em Torno de Minhas Obras2, reconheceu suas simpatias pelo liberalismo católico, condenado de modo repetido pelos Pontífices Romanos, simpatias que o predispuseram a "correr atrás dos sistemas e das tendências turbulentas do pensamento moderno"3.
De Lubac escreveu, por exemplo, do Cardeal Couillé:
"por mim aureolado, desde minha adolescência, por causa da lembrança de Mons. Dupanloup, de quem ele foi colaborador". Mons. Dupanloup, o "herói", ou antes o "santo", de De Lubac adolescente, foi uma figura marcante da corrente liberal no Concílio Vaticano I, e deixou este Concílio antes de sua conclusão, para não assistir à proclamação da infalibilidade pontifical, a que ele se opunha. Ao contrário de Mons. Lavallée, reitor das Faculdades Católicas de Lyon, de quem De Lubac escreveu: "O que me preocupou sempre um pouquinho nele foi... sua reputação de tradicionalista extremo."4
Esse horror ao "integrismo" e aos "integristas" não deixou nunca De Lubac até o fim de seus dias, como veremos. Contra a agressão do modernismo, São Pio X e todos os seus sucessores, até Pio XII, tinham confirmado a obrigação de "seguir religiosamente (sancte) a doutrina, o método, os princípios de Santo Tomás"5. Mas dessa orientação romana faziam pouco caso ou até não se davam conta nas casas de formação dos jesuítas freqüentadas por De Lubac. Assim, durante seus estudos de filosofia, em Jersey (1920-1923), o jovem De Lubac pôde ler "apaixonadamente" L’Action, La Lettre (sobre Apologética) e diversos outros estudos de Maurice Blondel.
"Por uma louvável exceção, alguns de nossos mestres de então, apesar das interdições serem severas, permitiam, sem nos encorajar, que seguíssemos o pensamento do filósofo de Aix."6
E ainda, na página 192:
"Entre os autores de mais fraca envergadura, éramos loucos por Lachelier [que se mete, como Blondel, no domínio do kantismo], recomendado pelo Pe. Auguste Valensin mais pelo seu estilo do que por suas idéias [ainda que isto seja verdade, as idéias penetravam também com o estilo]. É preciso lembrar que, nesse tempo, para os escolásticos de filosofia tais leituras eram, para a maioria, um fruto semiproibido. Graças a mestres e conselheiros indulgentes, nunca foram leituras clandestinas."
E assim o jovem De Lubac, em vez de receber uma séria e sã formação filosófica, base indispensável de uma séria formação teológica, deformou-se, "graças a mestres e conselheiros indulgentes , com a leitura apaixonante de filósofos viciados de imanentismo e de subjetivismo.



"Mestres" Que Nunca Foram Discípulos



O prejuízo de tal "formação" é enorme e irreparável:
"Porque a doutrina tradicional de Santo Tomás é a mais forte, a mais luminosa e a mais segura nos seus princípios — é preciso crer na Igreja — é dever munir-se dessa força e dessa luz, para afastar as teorias arriscadas ou falsas. Não se faz sempre o contrário? Estuda-se aos trancos uma filosofia ou uma teologia diminuída e sem coesão; em seguida, tem-se contato com Santo Tomás e com a Tradição, mas episodicamente. Esse contato não é uma formação: pior, ele falsifica a realização do pensamento escolástico e tradicional. Ora, a Igreja pede uma formação tomista tradicional. Se realmente Santo Tomás é um guia, é a ele que é preciso recorrer, antes e sobretudo; é sua doutrina, pura, que é preciso ensinar na formação teológica; sua leitura, para ser realmente formadora, não deve vir como um estudo secundário e acessório."7
Essa carência de uma sólida formação filosófica e teológica é o "defeito de fábrica" que se constata em todos os "novos teólogos".
Henri Bouillard, veterano da "turma" de De Lubac, por ocasião da inauguração do Centro de Arquivos Maurice Blondel8 ofereceu "o testemunho" seguinte:
"Faço parte desses jovens estudantes de teologia que, em meados de 1930, arrumavam um exemplar fotocopiado de L’Action [principal obra de Blondel], livro que não se achava, na época, em livrarias. A obra era suspeita, e sua leitura, sem guia competente, era difícil. Mas, profundamente decepcionados com a filosofia escolástica e com a apologética ensinada nos Seminários [mal ou sem convicção por professores fascinados, também eles, pela ‘filosofia moderna’], procurávamos aí uma iniciação, entre outras, ao pensamento moderno e, mais ainda, o modo, que não achávamos em outro lugar, de compreender e
justificar nossa fé."
Continua Bouillard:
"Mesmo como professor, o conjunto de minhas lições se inspirava largamente no pensamento blondeliano. Outros teólogos [entre os quais seu amigo De Lubac] haviam se engajado, fazia muito tempo, neste caminho, e outros dele se aproximavam. Devo testemunhar não somente o que Blondel me ensinou mas a influência que ele exerceu sobre numerosos teólogos e, através deles, sobre o conjunto da teologia."9
Com razão, então, o Pe. Garrigou-Lagrange escreveu de De Lubac, de Bouillard e de seus companheiros:
"Não achamos que eles abandonam a doutrina de Santo Tomás; eles nunca aderiram a ela e nunca a compreenderam bem. É doloroso e inquietante."10
Como sempre, os "inovadores", para falar como Santo Afonso, "querem ser tidos por mestres, sem nunca terem sido discípulos"11.




Desprezo por Roma e Falsa Obediência




Junto com as "novidades", o jovem De Lubac absorveu, inevitavelmente, o desprezo pela orientação "romana":
"Entre os contemporâneos que eu segui na época de minha formação, tive uma dívida particular para com Blondel, Maréchal, Rousselot."12
Entretanto, nenhum desses três era visto como ortodoxo, nem pelo Santo Ofício nem pela sede romana da Companhia de Jesus.13 E De Lubac escreve sobre o jesuíta Pierre Charles:
"seu prestígio cresceu [sic] a nossos olhos, por causa da semidesgraça em que ele caiu [diante das autoridades romanas], como o padre Huby depois do caso de Les yeux de la Foi", obra de Rousselot que os jesuítas Charles e Huby tentaram muitas vezes publicar,
contra a oposição de Roma14.
Mais tarde, De Lubac aprendeu a praticar uma real desobediência sob a aparência da mais formal obediência. O padre Podechard, "o mais submisso dos filhos da Igreja", conta De Lubac, acabava de terminar um curso sobre o servo de Jahvé, na Faculdade de Teologia de Lyon.
"Disse-lhe que ele deveria escrever um livro e publicá-lo. ‘É impossível’, replicou-me. ‘E por quê?’ ‘Há na base posições críticas que hoje não são admitidas. Sobre essas questões bíblicas, Padre, a Igreja e eu, realmente, não nos entendemos; é preciso então que um dos dois se cale, e é normal que seja eu’."15
Mas isso não impedia o "mais submisso dos filhos da Igreja" de falar sem tais precauções nos seus cursos, propondo aos jovens eclesiásticos teses que ele sabia desaprovadas pela Igreja.
De Lubac aprenderá a lição e, no seu devido tempo, saberá esconder, ele também, sua real desobediência sob uma submissão formal. Com conhecimento de causa, Pio XII, na Humani Generis, escreverá que os "novos teólogos" ensinam o erro "de modo prudente e encoberto": "Se nos livros impressos falam com prudência, nos escritos transmitidos em particular, nas lições e conferências, se exprimem mais livremente." Constataremos a mesma coisa, mais adiante, para von Balthasar. E isso explica como o mundo católico, com o Vaticano II, pôde "acordar" modernista sem nem sequer gemer16.



A "Simbiose Intelectual" de Blondel



O primeiro passo da "nova teologia", para abandonar a tradição dogmática da Igreja, é o abandono da filosofia escolástica. E esse passo, vimos no capítulo precedente, foi dado por Blondel. O segundo passo é o abandono da teologia católica tradicional, e é Henri de Lubac que dele se encarregará.
O "teólogo modernista" — escreveu São Pio X — critica "a Igreja porque, com grande obstinação, ela se recusa a submeter-se e acomodar seus dogmas às opiniões da filosofia [moderna]"; de seu lado, "tendo posto de lado a antiga teologia", ele se esforça "para pôr em voga uma novidade, fiel em tudo aos delírios dos filósofos"17. Toda teologia, de fato, pressupõe uma filosofia, e a "nova teologia" de De Lubac pressupõe a "nova filosofia" de Blondel.
Em 8 de abril de 1932, Henri de Lubac S.J. escrevia a Blondel que agora era possível "a elaboração de uma [nova] teologia do sobrenatural [...] porque sua obra filosófica [de Blondel] lhe havia preparado os caminhos"18.
Recentemente, em março de 1991, o Osservatore Romano consagrou uma página inteira à apresentação (naturalmente elogiosa) da obra Henri de Lubac: Théologie et dogme dans l’Histoire. L’influence de Blondel19. O autor, A. Russo, aluno italiano do alemão Walter Kasper (ele também da turma "dos que pensam que venceram"), escreve que a correspondência De Lubac/Blondel "oferece um exemplo de simbiose intelectual que raramente se encontra na história do pensamento"20. É, na realidade, uma velha história: os semelhantes se atraem. Inúmeros pontos uniam Blondel e De Lubac: a mesma falta de confiança no valor da razão (antiintelectualismo ou, ainda, gnosticismo ou cepticismo); a mesma falta de vigor intelectual já assinalada pelo Pe. de Tonquedec S.J. em Blondel e que não é difícil mostrar nos escritos de De Lubac; o mesmo complexo de inferioridade em face do "homem moderno" (identificado com o filósofo moderno, doente de cepticismo e de subjetivismo); o mesmo medo de intelectuais, escondido sob a ansiedade apologética de um "apostolado pacificante" (Blondel), "de ficar ou ser expulso" (A. Russo21) por uma cultura que recusa o Cristo e sua Igreja, e a miragem correlativa de conciliar a pseudofilosofia moderna com a fé, como São Tomás tinha conciliado com a fé a filosofia de sua época. Blondel e De Lubac não notaram que São Tomás havia saneado uma filosofia fundamentalmente sã, mas que até um pensador da têmpera de São Tomás (Blondel é como um ratinho diante de uma montanha, em relação a ele) não poderia sanar os sofismas dos filósofos modernos. Não há conflito entre a fé e a razão reta22, mas há conflito entre a fé e a filosofia moderna, porque esta última anda muito longe da sã razão. Querer "reler" a Fé segundo os critérios da filosofia moderna é dissolver a fé nos erros da filosofia moderna, sem libertar para tanto o "pensamento cristão" (e a nós) do ostracismo a que a cultura moderna o relegou.
Isso toca o erro, que não é suscetível de conversão.Quanto aos que erram, é preciso lembrar que é difícil reconduzir à verdade aqueles que, como os filósofos modernos, se enganam nos princípios23 e que, em todo caso, aqueles que se enganam nos princípios devem ser corrigidos nos princípios. Supor, ao contrário, esses princípios errados (gnosticismo, subjetivismo etc.) como ponto de partida para uma "nova filosofia cristã" ou então para uma "nova teologia" conduz inevitavelmente a conclusões erradas, uma vez que é impossível tirar conclusões verdadeiras de princípios falsos.
E então a "simbiose intelectual" que houve entre De Lubac e Blondel só poderia conduzir a resultados muito infelizes, e não somente para os dois personagens diretamente interessados.



O Desprezo pelo Magistério Infalível



De Lubac e Blondel compartilhavam, sobretudo, o mesmo desprezo pelo Magistério infalível. E este desprezo aparece evidente quando se pensa que eles deviam sustentar (ou, mais exatamente, insinuar e difundir mais ou menos clandestinamente, porque não as sustentavam nunca de cara descoberta) suas "novidades" não contra uma escola teológica diferente, numa matéria controversa, mas contra o Magistério da Igreja, numa matéria sobre a qual existiam ensinamentos constantes e condenações repetidas dos Pontífices Romanos.
Quando Blondel e, no rastro de sua "filosofia" De Lubac consideraram o sobrenatural como uma exigência, um aperfeiçoamento necessário da natureza, que sem ele se acharia frustrada nas suas aspirações essenciais e, por isso, num estado anormal, e, em conseqüência, negavam que se pudesse admitir, ainda que por mera hipótese, um estado de "natureza pura", eles vinham opor-se à doutrina universal e constante da Igreja sobre a gratuidade do sobrenatural: se o sobrenatural é necessário à natureza, já não é gratuito, mas sim devido, e, se é devido à natureza, já não é sobrenatural, mas... natural, e com efeito o naturalismo é o fundo real do modernismo, como
também da "nova teologia".
A gratuidade do sobrenatural foi constantemente ensinada pela Igreja e defendida por ela contra os erros de Baius e de Lutero, que, como Blondel e De Lubac, diziam seguir a Santo Agostinho. Contra o modernismo, São Pio X tinha assim confirmado a doutrina constante da Igreja:
"Não Nos podemos impedir de deplorar mais uma vez, e com firmeza, que se encontrem católicos [e aqui o Pe. de Tonquedec não podia deixar de pensar em Blondel] que, repudiando a imanência como doutrina, a empregam, contudo, como método de apologética; que o fazem, digamos Nós, com tão pouca discrição, que parecem admitir na natureza humana, em relação à ordem sobrenatural, não somente uma capacidade e uma conveniência — coisas que, em todos os tempos, os apologetas católicos tiveram o cuidado de pôr em relevo — mas uma verdadeira e rigorosa exigência." Assim, na natureza humana, o filósofo, o apologeta, o teólogo católico não podem admitir mais que "uma capacidade ou uma conveniência" (poder de obediência) de receber o sobrenatural. Ultrapassar esses limites é abalar uma pedra fundamental da teologia católica, acarretando em seguida a ruína de todo o resto, como o vemos hoje, no curto caminho que vai do "sobrenatural",
que já não é aquele de Blondel e de De Lubac, à "visão antropológica" e aos "cristãos anônimos" de Karl Rahner, ao indiferentismo religioso ou "ecumenismo", à importância secundária da Igreja como meio de salvação24.
A encíclica Pascendi data de 1907. Em 1932, Blondel, com um desprezo evidente pelo Magistério infalível da Igreja, estava ainda chocado ou, como ele diz, "amadurecendo"
sua concepção heterodoxa do sobrenatural. Por sua vez, De Lubac, exaltado como modelo de "obediência" e de "fidelidade" à Igreja por ocasião de sua morte25, com igual desprezo pelo Magistério, encoraja-o e faz do sobrenatural naturalizado de Blondel o fundamento de sua "nova teologia".
Do mesmo modo, quando Blondel e De Lubac apresentam e difundem uma "nova" noção de "verdade", vitalista e evolucionista, eles sabem que essa noção fora condenada por São Pio X na Pascendi26 e em seguida pelo Santo Ofício, em 1º de dezembro de 1924, mas continuam imperturbáveis no seu caminho do erro.



Os "Reformadores"



Na realidade, o que espanta em Blondel e De Lubac é, justamente, sua maneira de se apresentar como critérios indiscutíveis de verdade, contra o Magistério secular da Igreja: sua causa é a causa do "cristianismo autêntico"27; eles são os artistas do retorno à "tradição mais autêntica"28, aqueles que restituíram a vida à "antiga doutrina"29, da qual, segundo eles, o "pensamento cristão" e, necessariamente, o Magistério da Igreja se teriam desviado no curso dos séculos, o que é "uma coisa absurda e a mais ultrajante
para a própria Igreja"30.
São Pio X, na Pascendi, bem descreveu a consciência falsificada dos modernistas, que tiravam do santo Papa toda a esperança em suas possibilidades de arrependimento:
"O que se lhes reprova como uma falta é o que eles vêem, ao contrário, como um dever sagrado... Que a autoridade os repreenda tanto quanto queira, eles têm para si suas consciências... E eles seguem seus caminhos; repreendidos e condenados, vão sempre dissimulando, sob mentiras de submissão exterior, uma audácia sem limites. Curvam hipocritamente a cabeça, enquanto com todos os seus pensamentos, com todas as suas energias perseguem, mais audaciosamente que nunca, o plano traçado. Isto é neles uma vontade e uma tática: porque acham que é preciso estimular a autoridade, não destruí-la; e porque lhes importa ficar no seio da Igreja para aí trabalhar e aí modificar pouco a pouco a consciência comum."
E ainda:
"Essa gente faz maravilhas, porque nós não os contamos no número dos inimigos da Igreja [...]; mas deixemos de lado as intenções, de que somente Deus é juiz, e examinemos suas doutrinas [é o critério objetivo para julgar] e suas maneiras de falar e de agir. Na verdade, aqueles que os consideram como os mais nocivos inimigos da Igreja não se afastam da verdade."31




A Arma do Desprezo e da Difamação



De Lubac, como Blondel (ver o capítulo anterior), utiliza o sistema dos modernistas para não se revelar excessivamente, a fim de, como disse São Pio X na Pascendi, "ficar no seio da Igreja para aí trabalhar e aí modificar pouco a pouco a consciência comum".
Apesar disto, os grandes teólogos tomistas viram imediatamente o termo aonde iriam conduzir as "novidades" propostas por ele, precavidamente encobertas; e imediatamente o futuro Cardeal Journet, fortalecido por sua formação tomista, assinala que "o Pe. De Lubac já não consegue distinguir a filosofia da teologia"32 ou, ainda, o natural do sobrenatural, e, adiante, percebe nele um "fideísta"33.
Não foi difícil para De Lubac convencer "o excelente" Charles Journet34, mas não foi assim com os outros teólogos tomistas. Às suas argumentações De Lubac oporá, então, a arma do desprezo e da difamação.
Em 1946 o Pe. Garrigou-Lagrange lança sua grave advertência: "Para onde vai a nova teologia? Ela retorna ao modernismo"; "a verdade já não é o que é, mas o em que se torna, e muda sempre", e isto "conduz ao relativismo completo"35. Além disso, numa carta pessoal, o grande teólogo dominicano lembra a Blondel, agora avançado em idade, sua responsabilidade diante de Deus. Em vão. De Lubac "utiliza" a carta para desacreditar o autor"36 e intervém prontamente para sossegar o inquieto Blondel: "A carta que ele Garrigou-Lagrange] acaba de nos enviar explica-se, ao menos em parte, pelo despeito que sente por ter visto recusado um artigo seu para a própria Revue Thomiste. Ele já não é somente o homem limitado que nós sabíamos, mas se torna num verdadeiro maníaco; daqui a alguns meses estará fabricando um espectro de heresia, para se dar a satisfação de salvar a ortodoxia. Recorre ao senso comum, mas é ele que já não tem o senso comum. O que se poderia responder é que o fato de pertencer a uma Ordem que tem por divisa ‘Veritas’ não lhe confere nenhum privilégio de infalibilidade [...]. O senhor não é responsável por nenhum dos desvios teológicos que ele imagina.
Neste momento existe um forte impulso integrista, denúncias e tagarelices de todo o gênero confluem ao quarto do Padre Garrigou-Lagrange."37 E, em 28 de julho de 1948, ele voltará a falar de "suas [de Garrigou-Lagrange] idéias simplistas sobre o absoluto da verdade"38.
Mas em 17 de setembro de 1946 Pio XII, interferindo pessoalmente na questão, exprimiu "idéias simplistas" idênticas às do Pe. Garrigou-Lagrange, idéias que foram sempre as da Igreja sobre o absoluto da verdade. Aos padres da Companhia de Jesus, numa alocução que teve grande repercussão, ele exprimira seu ponto de vista sobre a "nova teologia", "que deve evoluir como todas as coisas evoluem, estar em progresso sem se fixar nunca (...) Se fosse necessário abraçar tal opinião [advertiu o Santo Padre], que seria dos dogmas imutáveis da Igreja Católica? Que seria da unidade e da estabilidade da fé?"39
A advertência caíra no vazio. E igualmente cairá, para De Lubac (nesse tempo Blondel já estava morto), a encíclica Humani Generis (1950), que repete a imutabilidade da verdade e condena a "nova teologia do sobrenatural", de De Lubac:
"Ela me parece — escreve este sobre a grande Encíclica — como muitos outros documentos eclesiásticos, muito unilateral; o que não me espantou: é um pouco a lei do gênero. Mas nada vi que me tenha atingido."40
E às críticas vigorosas e luminosas de seus grandes adversários (Garrigou-Lagrange, Labourdette, Cordovan, Boyer etc.) ele continuará a responder com o desprezo e a difamação. Escreve ele a seu provincial em 1 de julho de 1950: "Fui atacado por alguns teólogos, é verdade, em geral pouco estimados [sic] por causa de sua ignorância notória [sic] da tradição católica ou por qualquer outro motivo."41 Adiante fala de "críticos obstinados de um grupo enfurecido" (é o sistema sempre utilizado pelos "que pensam que venceram"; ver a caricatura, tão injuriosa quanto injusta, do Pe. Garrigou- Lagrange apresentada pelo Pe. Martini S.J. — que reserva um tratamento parecido para Pio IX em Vaticano II — Balanço e Perspectivas).
De Lubac pratica um sistema "transversal" idêntico para defender seus companheiros:
Teilhard de Chardin S.J., que fazia teologia através da ciência, como De Lubac fez teologia através da história, é criticado por seus erros teológicos? De Lubac adverte que a culpa vem da "ignorância de seus críticos quanto ao estado atual da ciência [sic] e aos problemas que daí derivam"42!




A Crise Pós-Conciliar e o "Exame de Consciência" de De
Lubac




Nem as advertências e condenações dos Pontífices Romanos nem as condenações de seus adversários arranharam, em De Lubac, a segurança de "reformador". Para conter tal segurança, era preciso o horrível desastre do pós-concílio.
Do estado de alma de De Lubac (e de von Balthasar), Paulo VI se fará eco fiel — falaremos nisso depois — no seu famoso discurso de 30 de junho de 1972 sobre "as fumaças de Satanás no templo de Deus", que é também a confissão de uma ilusão longamente cultivada e obstinadamente perseguida:
"Acreditava-se que, depois do Concílio, viria um dia de sol para a história de Igreja. E, pelo contrário, veio um dia de nuvens, de tempestade, de obscuridade."
A impossibilidade de cavalgar o tigre das contestações desencadeadas e o desastre que desmentiu as róseas ilusões dos "reformadores" obrigaram De Lubac a um "exame de consciência", que ele registra na já citada Mémoire autour de mes oeuvres. Entretanto, estamos muito longe de uma conversão. Ele admite, no máximo, que "essa época não é menos [sic] sujeita aos desvios, aos passos em falso, às ilusões, aos assaltos do espírito do mal".
E continua:
"O que eu percebo hoje desses assaltos não me faz maldizer minha época, mas me leva a perguntar: não teria sido melhor considerar mais seriamente, desde o começo, meu caráter de fiel, meu papel de padre e de membro de uma Ordem apostólica, em suma, minha vocação, e principalmente concentrar com maior decisão meu trabalho intelectual precisamente no centro da fé e da vida cristã, em vez de o desperdiçar em domínios mais ou menos periféricos, segundo meus gostos ou segundo a atualidade? [...]
Não estaria eu preparado, dessa maneira, para interferir, com um pouco mais de competência e, sobretudo, de autoridade moral, no grande debate espiritual de nossa geração? Não estaria eu, agora, um pouco menos desprovido para esclarecer a uns e encorajar a outros?"
E ainda:
"Há sete ou oito anos estou paralisado pelo medo de afrontar de cara, de maneira concreta, os problemas essenciais, na sua atualidade viva. Isto foi sabedoria ou fraqueza? Tive eu razão ou não? [...]. Não teria eu aparentemente acabado, contra a minha vontade, no clã
integrista que me causa horror?"43
Entre tantas dúvidas, uma única parece não ter jamais aflorado à consciência de De Lubac, a saber, que este "integrismo", com o "horror" que o paralisava, não era nada menos que a fidelidade à ortodoxia católica, fiel e infalivelmente guardada pela Igreja, e que ele desprezava, para se dispersar em "domínios mais ou menos periféricos",
43 Pp. 389 ss. 77 segundo seus "gostos ou segundo a atualidade", pretendendo em seguida — o que é pior — ser um "mestre" na Igreja, sem jamais ter sido um discípulo:
"Cegos e condutores de cegos, que, inflamados de uma ciência orgulhosa, chegaram a essa loucura de perverter a eterna noção da verdade e, ao mesmo tempo, a verdadeira natureza do sentimento religioso; inventores de um sistema onde, sob o império de um amor cego e desenfreado por novidades, não se preocupam de maneira nenhuma em achar um ponto de apoio sólido para a verdade, mas, desprezando as santas e apostólicas tradições, abraçam outras doutrinas, vãs, fúteis, incertas, condenadas pela Igreja, nas quais homens muito vaidosos pretendem apoiar e assentar a verdade."44










Notas: 1 Motu Proprio de 18 de novembro de 1907.
2 Milão, Jaca Book.
3 Pe. Parente, La Théologie, ed. Studium.
4 P. 5.
5 São Pio X, Motu Próprio, cit.; Pio XII, Humani Generis; Direito Canônico
(1917), Cânon 1366 nº2.
6 Memória, p. 10.
7 Lavaud, La Vie spirituelle, pp. 174 ss, citado por J. B. Aubry, L’Étude de
la Tradition, p. 100.
8 Louvaina, 30-31 de março de 1973.
9 Centre d’Archives Maurice Blondel — Journée d’inauguration, 30-31 de
março de 1973; textos das intervenções, p. 41.
10 "La nouvelle théologie où va-t-elle?", Angelicum 23, 1946.
11 A. M. Tannoia, Vita, L.II, c. LV.
12 Op. cit.
13 Ibid., pp.13 ss.
14 Ibid., p. 14.
15 P. 17.
16 Cf. São Jerônimo: "O mundo acordou ariano e gemeu."
17 Pascendi.
18 Op. cit., p. 26.
19 Roma, ed. Studium.
20 P. 307.
21 Op. cit.
22 Dz. 1799.
23 Santo Tomás, II-II, q. 156, a. 3, ad 2m.
24 Sì Sì No No, ed. francesa, nº 131, pp. 2-7, "O Elogio do Padre Henri de
Lubac, um dos Padres do Vaticano II".
25 Ver Sì Sì No No, ed. francesa, cit.
26 Dz. 2058 e 2080.
27 Blondel a De Lubac, 15 de abril de 1945 e 16 de março de 1946, in A.
Russo, op. cit., pp. 307 e 309.
28 De Lubac in A.Russo, op. cit., p. 373.
29 Ibid.
30 Gregório XVI, Mirari vos.
31 Ibid.
32 Mémoire, cit., p. 7.
33 Ibid. p. 20.
34 Ibid., pp. 7-20.
35 "La Nouvelle Théologie...", op. cit.
36 A. Russo, op. cit.
37 Citado por A. Russo, op. cit., pp. 354 ss.
38 Ibid., p. 356.
39 Acta Apostolicae Sedis, 38, S., 2, 13, 1946, p. 385.
40 Mémoire, cit. p. 240.
41 Mémoire, cit., p. 219.
42 Nota pró-memória a seus superiores, de 6 de março de 1947, in
Mémoire, cit., p. 178.
43 Pp. 389 ss.
44 São Pio X, Pascendi, citação da Encíclica Singulari Nos, de Gregório
XVI..