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segunda-feira, 26 de janeiro de 2009

Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros

 

Comentarios de los Documentos Pontificios que condenan los errores modernos

«Con la Declaración sobre la Libertad Religiosa no se pueden condenar los documentos del Ma-gisterio que condenan el Liberalismo».

Mons. Marcel Lefebvre

Prefacio [As Actas de Magisterio]

Desde el principio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Mons. Lefebvre instituyó, para la formación impartida a los seminaristas, un curso muy especial que recibían durante su primer año, titulado Actas del Magisterio. Este curso expone las grandes encíclicas de los Sumos Pontífices y los documentos pontificios que tratan sobre el orden social cristiano y la realeza social de Nuestro Señor. Tiene como finalidad colocar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio en el contexto concreto de la situación de la Iglesia actual y poscristiana, marco de su futuro apostolado y santificación.

Durante los años 1979-1982, S. Ex. Mons. Marcel Lefebvre enseñó personalmente esta materia en el seminario de Ecône, mostrando así la importancia capital de nuestra lucha contra los errores modernos, especialmente el liberalismo, el modernismo y el comunismo y sus propagadores, en particular la Masonería. Así mostraba también su adhesión filial e indefectible a las enseñanzas de los Sumos Pontífices, al Magisterio de la Iglesia y a la Roma eterna.

El gran dolor de su vida fue ver a la Iglesia invadida por todos los errores del Concilio Vaticano II —al que muchas veces llamaba su “tercera guerra mundial”—, sus puestos principales ocupados por los enemigos, y que los Papas conciliares y posconciliares se apartaban de las enseñanzas de sus predecesores. Fue también para él una gran tristeza ver en ruinas el sacerdocio católico, cómo se difundía la libertad religiosa y cómo los estados católicos se iban secularizando en nombre de esta misma libertad proclamada por el Concilio.

Pero él no cedió. Al contrario, su curso sobre las Actas del Magisterio es una ilustración única de su declaración del 21 de noviembre de 1974, que empieza así: «Nos adherimos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma a la Roma Católica, guardiana de la fe católica y de las tradicio-nes necesarias para mantenerla, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y verdad. Nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se ha manifestado claramente en el Concilio Vaticano II, y después del Concilio en todas las reformas que provienen de él».

Aquí transcribimos, gracias al trabajo del señor André Cagnon y su esposa, el curso que dio en 1980-1981, aunque con ciertos retoques tomados del curso de 1979-1980 sobre Quanta cura y el Syllabus. Mons. Tissier de Mallerais ha arreglado un poco la forma del texto y ha añadido algunas precisiones, aunque guardando el estilo hablado para dejar la exposición lo más clara y ordenada posible. No podemos más que agradecerles y felicitarles por su trabajo, que pone en manos de los católicos a finales del siglo XX un libro tan útil y precioso. El lector hallará en él todos los juicios del mismo Dios vivo, pronunciados por boca de los Pontífices, sobre los errores contemporáneos, sus propagadores y seguidores. También hallará en él luz y valor, y sacará de esta lectura el amor a la Santa Iglesia Católica Romana, maestra de verdad.

Dígnese la Santísima Virgen, Mediadora de todas las gracias, hacer que esta obra traiga frutos abundantes para todo el Cuerpo Místico de su Divino Hijo.

Menzingen, Miércoles Santo, 30 de marzo de 1994

Franz Schmidberger

Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

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«Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros»

Nos acordamos que los obispos franceses habían calificado a Ecône como “seminario salvaje”, cosa completamente falsa, pues Mons. Charrière, obispo de Friburgo, había aprobado con un do-cumento oficial del 1º de noviembre de 1970, la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en su diócesis, y el cardenal Wright, prefecto de la Congregación para el Clero, le había dirigido una carta laudatoria a Mons. Lefebvre el 18 de febrero de 1971.

Sin embargo, las persecuciones iban a desencadenarse rápidamente. Una comisión creada por Pablo VI y compuesta por los cardenales Garrone, Wright y Tabera envió a Ecône dos visitadores apostólicos, Mons. Descamps y Mons. Onclin, cuyas actitudes y palabras fueron tan repulsivas que provocaron la famosa declaración de Mons. Lefebvre del 21 de noviembre de 1974.

Unas diez semanas después, Monseñor fue invitado por esta comisión a hablar sobre algunos puntos que ofrecían alguna perplejidad.

«Respondiendo a esta invitación —contaba Monseñor— acudí a la cita el 13 de febrero de 1975 en la Congregación para la Educación católica. Sus Eminencias los cardenales Garrone, Wright y Tabera, junto con un secretario, me invitaron a sentarme a la mesa. S. Ex. el cardenal Garrone me preguntó si no había ningún inconveniente en que se grabase la conversación (…)

»Después de manifestarme la buena impresión habían tenido los visitadores apostólicos, no se habló más ni de la Fraternidad ni del seminario. Solamente se habló de mi declaración del 21 de noviembre (…)

»El cardenal Garrone me reprochó duramente esta declaración, llegando incluso a tratarme de “loco” y diciendo que yo me hacía “un Atanasio”, y esto durante veinticinco minutos. El cardenal Tabera insistió, diciéndome: “Lo que Vd. hace es peor que todo lo que hacen los progresistas”, y que yo había roto la comunión con la Iglesia, etc.

»¿Eran interlocutores, o más bien jueces?

» (…) Tuve la impresión de haber sido engañado. Me habían invitado a una conversación y de hecho estaba ante un tribunal decidido a condenarme.

» (…) Pedí una copia de la grabación. El cardenal Garrone respondió que era muy justo que yo tuviese una copia, que era mi derecho (…) Esa misma tarde envié a una persona con los aparatos necesarios, pero el secretario le dijo que sólo se trataba de una trascripción. Al día siguiente yo mismo fui a pedir esa copia. El secretario fue a ver al cardenal y volvió para decirme que se trata-ba sólo de una trascripción; me la prometió para el día siguiente en la tarde. Para asegurarme que estaría lista, llamé al día siguiente por la mañana, y el secretario me dijo que no era que me iban a dar una trascripción, sino que podía ir a consultarla entre las 5 y las 8 de la tarde. Ante este pro-cedimiento, no fui».

(Monseñor nunca pudo tener una copia de esta grabación ni tampoco la relación de los dos visi-tadores apostólicos; más tarde, tampoco pudo tener la del cardenal Gagnon).

«Hubo que esperar tres años y medio, hasta el 23 de noviembre de 1979, para que se iniciara una investigación más profunda sobre la doctrina que profesaba Mons. Lefebvre y que se enseñaba en Ecône. El 28 de enero, el cardenal Seper, prefecto del antiguo Santo Oficio, envió a Ecône un cues-tionario muy extenso (…) Era el principio de la investigación (…)

» A los encargados de la Congregación para la Doctrina de la fe que me acusaban de dividir a la Iglesia, les respondí en resumidas cuentas: “Señores: ustedes tienen un conocimiento de la historia de la Iglesia de estos últimos siglos más amplio quizás que el mío. Esta historia nos hace ver que hay en la Iglesia una división desde hace por lo menos dos siglos entre católicos y liberales, y estos últimos han sido condenados siempre por los Papas hasta el Concilio Vaticano II, en que por un misterio insondable de la Providencia, los liberales han podido hacer triunfar sus ideas y ocupar los lugares más importantes de la Curia romana. Cuando pienso que estamos en el edificio del San-to Oficio, que es el testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la fe católica, no puedo dejar de pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, al que vosotros llamáis ‘el tradicionalista’, quien tendría que juzgaros (…) Un día la Verdad volverá a recuperar sus derechos”».

3

(Cf. revista francesa: Itineraires, números de diciembre de 1976 y nº 233 de mayo de 1979;

y revista Fideliter, nº 55 de enero-febrero de 1987 y nº 59 de septiembre-octubre de 1987)

Fonte: Stat Veritas

domingo, 18 de janeiro de 2009

¿HABRÁ QUE HACERSE PROTESTANTE PARA SER BUEN CATÓLICO?

 

 

"Vae mihi si non evangilzavero"

(I Corintios, IX, 16)

Sin referirnos a las vías inesperadas en las que se vieron los Padres del Concilio al tratarse ciertos esquemas desarraigados del magisterio de la Iglesia pretendemos en las páginas que siguen hacernos eco de aquella palabra que los Padres del Concilio no han podido olvidar: ¡Caveamus" (cuidémonos).

Cuidémonos de que nos influya un espíritu absolutamente inconciliable con el que los Pontífices romanos y los precedentes Concilios se esforzaron incansablemente por difundir entre los cristianos. No se trata de un espíritu de progreso, sino de ruptura y de suicidio.

Las declaraciones de algunos Padres a ese respecto son orientadoras: unos afirman que entre las declaraciones pasadas y las de los autores de determinados esquemas no existe contradicción, porque las circunstancias se han modificado. Cuanto el Magisterio de la Iglesia ha afirmado hace cien años regía para aquellos tiempos, pero no para los nuestros.

Hay otros que se refugian en el misterio de la Iglesia.

Otros consideran que un Concilio tiene por objeto modificar la doctrina de los Concilios anteriores.

Por último, otros sostienen que todo el Concilio está por encima del magisterio ordinario, por lo cual puede prescindir de éste t bastarse por sí solo.

Se oye, además la voz de la prensa liberal afirmando que por fin la Iglesia admite la evolución del dogma.

¿Es posible discernir el motivo, al menos aparente, que permitió a esas tesis revolucionarias instalarse oficialmente en las deliberaciones del concilio? Nos creemos con autoridad para afirmar que ello se produjo a favor de un ecumenismo presentado primero como católico y que, durante el curso de las Sesiones, se transformó en ecumenismo racionalista.

Ese espíritu de ecumenismo no católico ha sido el instrumento del cual manos misteriosas se sirvieron para intentar quebrar y pervertir la doctrina enseñada desde los tiempos envangélicos hasta nuestros días, doctrina por la que ha corrido y sigue corriendo tanta sangre de mártires.

Por inconcebible que parezca, así ha sucedido: de ahora en adelante, en la historia de la Iglesia se hablará siempre de esas tesis contrarias a la doctrina que, so pretexto de ecumenismo, se presentaron a los Padres conciliares del Vaticano II.

De esa manera, se hicieron esfuerzos para elaborar esquemas que atenúen o incluso hagan desaparecer ciertos puntos de doctrina específicamente católica que pudieran desagradar a los ortodoxos y, especialmente, a los protestantes. 70

Quisiéramos abordar algunos ejemplos de las nuevas tesis propuestas. Nos parece útil desarrollar las tesis católicas tradicionales sobre tales puntos, pues se trata de una doctrina conocida por todos, enseñada en nuestros catecismos, que nutre nuestra Liturgia y que ha sido objeto de las más firmes y luminosas enseñanzas de los Papas desde hace un siglo.

Expresar el dolor que experimentaron los Padres firmemente aferrados a la continuidad de la doctrina al escuchar la exposición de las nuevas tesis hecha por los relatores oficiales de las Comisiones, es tarea imposible. Pensábamos en las voces de los Papas cuyos cuerpos yacían sepultados en el preciso lugar donde nos encontrábamos. Pensábamos en el inmenso escándalo que pronto haría la prensa por su manera de transmitir esas exposiciones.

La Primacía de Pedro

Veamos primero la Primacía de Pedro, a la cual se quiere desplazar en beneficio de una colegialidad mal definida y mal comprendida, que culmina en un desafío al sentido común. ¡Cuánto mejor y más provechoso hubiera sido señalar la función del obispo en la Iglesia con relación a su grey particular bajo la vigilancia de Pedro, y mostrar cómo -a través de esa grey particular- se debe por caridad a la Iglesia universal, comenzando por las Iglesias que le son próximas, siguiendo por las de las misiones, y luego por la Iglesia entera, pero en dependencia inmediata de Pedro, ¡qué es el único que se debe en justicia y directamente a todas las Iglesias y a toda la Iglesia!

Pero veamos la tesis nueva y las dos afirmaciones que contiene:

1) Todo, absolutamente todo poder sobre la Iglesia ha sido confiado solamente a Pedro.

2) Todo ese mismo poder ha sido confiado también a Pedro y a los Apóstoles colectiva-mente.

Si verdaderamente todo el poder ha sido confiado sólo a Pedro, lo que los otros puedan tener lo habrán recibido de él. Si los obispos tienen con Pedro una parte en el gobierno universal, parte que Pedro no puede quitarles, ya Pedro no tiene todo el poder él solo.

¡Que no hablen de misterio! La contradicción, es manifiesta. En el segundo caso, Pedro no tiene sino la cuota mayor del poder, lo cual ha sido condenado por el Vaticano I: "Si alguien dijere que el Pontífice romano no tiene sino las potiores partes y no la plenitud del poder supremo, que sea anatema".

Después de Pedro, se ataca a la Curia, que es considerada secretaría del Papa, cuando en realidad es la parte más noble de la Iglesia particular de Roma, Iglesia cuya fe es indefectible y que es Madre y Maestra de todas las Iglesias. Hacia ella deben dirigirse las miradas de los Padres, porque pueden estar ciertos de que allí encontrarán la verdad.

¿Por qué se pretende que la Iglesia de Roma calle? ¿De dónde nos vendría la luz si los Padres conciliares de la Iglesia de Roma enmudecieran?

Por otra parte, intercalar entre el obispo de Roma y la Iglesia el cuerpo episcopal de la Iglesia Universal en forma institucionalizada significaría quitar a la Iglesia de Roma su título de Madre de todas las Iglesias.

Con eso no queremos contradecir la posibilidad de que el Soberano Pontífice consulte más frecuentemente a los obispos y modifique, si lo considera conveniente, algunas modalidades o estructuras de la Curia.

Pero el propósito de quienes aspiran a crear una institución jurídica nueva ceñida a una colegialidad siempre en ejercicio, podría hacer de la nueva institución el cuerpo electoral del Soberano Pontífice. Porque es inconcebible que el Papa no resulte elegido por su clero dado que debe ser Obispo de Roma para ser luego sucesor de Pedro.

La Virgen María

Con imprudencia increíble, a despecho del deseo explícito del Santo Padre, el esquema propuesto suprime el título de María Madre de la Iglesia; los ecumenistas lamentan que la Virgen María sea nombrada Mediadora.

Sin embargo, cabe esperar que la devoción de los Padres a María restablecerá el honor que el Concilio debe a la Virgen, proclamándola solemnemente Madre de la Iglesia y consagrando el mundo a Su Corazón Inmaculado.

La Eucaristía

Se habrá observado que a propósito de la Eucaristía – aunque este tema no ha sido tratado ex professo – existen dos alusiones tendientes a disminuir la estimación de la Presencia Real de Nuestro Señor.

Al final del esquema sobre las Sagradas Escrituras, se pone a la Eucaristía en un mismo pie de igualdad con las Escrituras. ¡Cómo no pensar en todos esos evangelios que desde entonces han reemplazado a la Eucaristía en los altares mayores de nuestras Iglesias!

Se afirma, por otra parte, que los protestantes carecen de "la plena realidad de la Eucaristía". ¿De qué Eucaristía se trata? Ciertamente no puede ser de la Eucaristía católica, pues la presencia real ésta no está...

La Revelación

En todos los esquemas relativos a la Revelación se tiende a minimizar el valor de la Tradición en provecho de la Escritura. Se reprocha exageradamente a los fieles y a los sacerdotes no alentar una mayor devoción a la Sagrada Escritura.

En efecto, las Escrituras han sido destinadas a la Comunidad del pueblo de Dios en sus jefes y no a cada miembro individual aisladamente, como sostiene los protestantes. Por eso la iglesia, como una madre, brinda la leche de la doctrina a sus hijos mediante su feliz presentación en la Liturgia, en el catecismo, en la homilía dominical. Está dentro del orden de la naturaleza que la Escritura nos sea enseñada por personas autorizadas. Así lo ha querido Nuestro Señor. Nada tenemos que tomar de los protestantes, cuya historia ha demostrado suficientemente que por sí sola la Escritura no puede mantener la unidad ni preservar del error.

La Verdad de la Iglesia

La Verdad de la Iglesia tiene, evidentemente, consecuencias que molestan a los protestantes y también a ciertos católicos imbuidos de liberalismo.

En lo sucesivo el nuevo dogma que ocupará el lugar que correspondía a la Verdad de la Iglesia será el de la dignidad de la persona humana junto con el bien supremo de la libertad: dos nociones que se evita definir con claridad.

De ello se sigue, según nuestros novadores, que la libertad de manifestar públicamente la religión de su propia conciencia es un derecho estricto de toda persona humana que ninguna otra persona del mundo puede prohibir. Que sea una religión verdadera o falsa, que promueva virtudes o vicios, poco les importa. ¡El único límite será un bien común que evitan celosamente definir!

Por consiguiente, se haría necesario revisar los acuerdos entre el Vaticano y las naciones que con toda justicia reconocen una situación preferencial a la religión católica.

El Estado debería ser neutro en materia de religión. Habría que revisar muchas constitucio-nes de Estado, no solamente en las naciones de religión católica. ¿Habrán pensado esos nuevos legisladores de la naturaleza humana que el Papa también es jefe de Estado? ¿Se lo invitará a laicizar el Vaticano?

Según ello, los católicos perderían el derecho de obrar para establecer o restablecer un 72

Estado católico. Su deber sería mantener el indiferentismo religioso del Estado.

Recordando a Gregorio XVI, Pío IX calificó esa actitud de "delirio", y, más aún, de "libertad de perdición" (Quanta Cura, 8 de diciembre de 1864).

León XIII trató el tema en su admirable Encíclica Libertas præstantissimum. ¡Pero todo eso era adecuado para su época, no para mil novecientos sesenta y cuatro!

La libertad que desean quienes la consideran un bien absoluto es quimérica. Si se admite que la libertad suele estar restringida en el orden moral, ¡cuánto más no lo estará en el orden de la elección intelectual! Dios ha atendido admirablemente las deficiencias de la naturaleza humana por medio de las familias que nos rodean: aquella en la cual hemos nacido y que debe educarnos, es decir, la patria, cuyos dirigentes deben facilitar el desarrollo normal de las familias hacia la perfección material, moral y espiritual; la Iglesia, mediante sus diócesis cuyo Padre es el Obispo, cuyas parroquias forman células religiosas donde las almas nacen a la vida divina y se alimentan en esta vida con los sacramentos.

Definir la libertad como ausencia de coacción significa destruir todas las autoridades colocadas por Dios en el seno de esas familias para facilitar el buen uso de la libertad que nos ha sido dada para buscar espontáneamente el Bien y eventualmente para proporcionarlo, como ocurre con los niños y asimilados.

La verdad de la Iglesia es la razón de ser de su celo evangelizador, de su proselitismo, y -por ende- la razón profunda de las vocaciones misioneras, sacerdotales y religiosas que exigen generosidad, sacrificio, perseverancia en las aflicciones y en las cruces.

Ese celo, ese fuego que quiere abrazar al mundo molesta a los protestantes. Se trazará, pues, un esquema sobre la Iglesia en el mundo que evitará celosamente hablar de evangelización. ¡Toda la ciudad terrestre podrá construirse sin que se dé en ella intervención a los sacerdotes, religiosos o religiosas, sacramentos, Sacrificio de la Misa, instituciones católicas, como escuelas, obras espirituales y materiales de caridad!...

En semejante espíritu un esquema sobre las Misiones se hace muy difícil. ¿Pensarán los novadores llenar así los seminarios y noviciados?

La Verdad de la Iglesia es también razón de ser de las escuelas católicas. Con el nuevo dogma se insinúa que sería preferible fusionarlas con las demás escuelas en tanto éstas observen el derecho natural (sic).

Evidentemente, no queda lugar para Hermanos ni Hermana docentes... ¡La admirable Encíclica de Pío XI sobre la educación de la juventud era para mil novecientos veintinueve, no para mil novecientos sesenta y cuatro!...

La doctrina social de la Iglesia

También la doctrina social de la Iglesia molesta al ecumenismo.

Por ello se nos dirá "que la distribución de la propiedad está librada a la prudencia de los hombres y a las instituciones de los pueblos, dado que ninguna parte de la tierra ni ningún bien ha sido conferido por Dios a ningún hombre en particular". ¡Así la doctrina también afirmada por Juan XXIII de la propiedad privada como derecho esencial de la naturaleza humana no tendría fundamen-to sino en el derecho positivo!.

La lucha de clases y de naciones sería necesaria para el progreso y para la evolución continua de las estructuras sociales.

El bien común sería una noción en continua evolución y "puesto que nadie es universal, nadie tendría una visión completa del bien común", del cual, sin embargo, se da una nueva definición: "La libertad y la plenitud de la vida humana".

¿Qué queda de las enseñanzas de los Papas acerca de a doctrina social de la Iglesia: Rerum 73

Novarum, Quadragesimo Anno, Pacem in Terris

? Estamos en mil novecientos setenta y cuatro. Que nos digan, entonces que pasará mañana con las enseñanzas de mil novecientos sesenta y cuatro en mil novecientos setenta y cuatro...

Estos ejemplos bastan para demostrar que en las comisiones prevalece una mayoría de miembros ganados por un ecumenismo que no sólo es ajeno a lo católico sino que, según propia confesión, se parece extrañamente al modernismo condenado por San Pío X y del cual el Papa Pablo VI nos dice en su Encíclica Ecclesiam Suam que ha comprobado su resurgimiento.

La prensa liberal se ha adueñado de esas tesis antes de que las mismas hayan sido propuestas no bien se las presentó en los esquemas y, particularmente, cuando obtuvieron mayoría importante en la sala conciliar.

Una vez obtenida la victoria, quedó abierta la vía a todos los diálogos, esto es, a todas las transacciones. Por fin concluían la "papolatría" y el régimen monárquico de la Iglesia, el Santo Oficio y el Index, las conciencias quedaban liberadas, etcétera.

¿Qué corresponde que hagamos ante ese desenfreno, ante esa tempestad?

1) Guardar indefectiblemente nuestra fe, nuestra adhesión a todo lo que la Iglesia nos ha enseñado siempre, sin turbarnos ni descorazonarnos. Nuestro Señor pone a prueba nuestra fe, como lo hizo con los apóstoles, como lo hizo con Abraham. Para ello es preciso que nos domine realmente la sensación de que vamos a perecer. De ese modo, la Victoria de la Verdad será auténticamente la victoria de Dios y no la nuestra.

2) Ser objetivo. Reconocer los aspectos positivos que se manifiestan en los deseos de los Padres conciliares, deseos que desgraciadamente y como a su pesar han sido utilizados para establecer textos jurídicos que sirven a tesis que la mayoría de los mismos Padres ni habían imaginado.

Intentemos definir esos deseos del siguiente modo:

Deseo profundo de colaboración mayor en pro de una más intensa eficacia del apostolado: colaboración entre pastores y con el Pastor Supremo. ¿Quién podría condenar semejante deseo?

Deseo de manifestar a los hermanos separados y al mundo entero su gran caridad a fin de que todos acudan a Nuestro Señor y a Su Iglesia.

Deseo de dar a la Iglesia mayor sencillez, en su Liturgia, en el comportamiento habitual de los pastores y, en particular, de sus obispos, en la formación de los clérigos que los preparen más directamente para su ministerio pastoral. Tendencia esta motivada por el temor de ya no ser escuchados ni comprendidos por el conjunto del pueblo fiel.

Estos deseos tan legítimos y oportunos podrían manifestarse perfectamente en textos admirables y orientaciones adaptadas a nuestro tiempo sin la colegialidad, mal fundada y mal definida; sin la libertad religiosa, falsa; sin la declaración sobre los judíos, inoportuna; sin indicios de demolición de la autoridad del Papa, sin negar el título de Madre de la Iglesia a la Virgen María, y sin calumniar a la Curia romana.

No son, en conjunto, los Padres del Concilio quienes alentaron esos textos con semejante redacción que expresa una doctrina nueva, sino un grupo de Padres y de periti que aprovecharon los muy legítimos deseos de los Padres para introducir sus doctrinas.

Los esquemas, gracias a Dios, no tiene todavía redacción definitiva. El papa aún no los ha aprobado en sesión pública. Por lo demás, el Concilio ha afirmado su voluntad de no definir ningún dogma nuevo, sino de ser un Concilio pastoral y ecuménico. La iglesia de Roma, única indefectible entre todas las Iglesias particulares, permanece firmemente en la fe; la mayoría de los cardenales no aprueba las nuevas tesis. Los Padres conciliares que desempeñan tareas importantes en la iglesia romana, así como la mayoría, sin la casi totalidad de los teólogos romanos, no se colocan junto a los novadores. Eso es fundamental, pues los fieles del mundo entero deben unirse en torno de esa Iglesia de Roma, Maestra de Verdad; ya lo afirmó así San Ireneo. 74

3) Afirmar nuestra fe públicamente sin desfallecimientos: en la prensa, en nuestras conversaciones, en nuestra correspondencia; y estar dispuestos a obedecer al Papa y permanecer indefectiblemente unidos a él.

4) Orar y hacer penitencia. Orar a la Virgen María, Madre de la Iglesia, pues Ella está en el centro de todos los debates y ha vencido siempre todas las herejías. En Ella encontrarán los Padres conciliares unanimidad, como los hijos alrededor de su Madre. Ella vela sobre el Sucesor de Pedro y actuará de manera que Pedro confirme siempre a sus hermanos en la fe, en la fe que fue la de los Apóstoles y de Pedro en particular y de todos sus sucesores.

Hay que hacer penitencia para merecer los auxilios de la gracia de Nuestro Señor; penitencia en el cumplimiento de nuestros deberes de estado sin desfallecimientos, sin abandono, sin desánimo, a pesar del ambiente infernal de libertinaje, de impudicia, de desprecio por la autoridad, de atropello a uno mismo y al prójimo.

Tengamos confianza: Dios es todopoderoso y ha dado a Nuestro Señor todo poder en el cielo y en la tierra. Esos poderes, ¿serán menores en 1964 que en 1870, menores en el último Concilio que en todos los anteriores? Nuestro Señor no abandonará las promesas de asistir perpetuamente a la Santa Iglesia Católica y Romana.

"Confidite, ewgo sum, nolite timere" (Mc. 6, 50).

¡Oh, María, Madre de la Iglesia, mostrad que sois nuestra Madre!

11 de octubre de 1964, en la

Fiesta de la Maternidad de la Virgen

[Nota Complementaria]

No hemos modificado en nada este texto, y creemos que hoy corresponde reflexionar particularmente sobre la realidad expresada por el título: en efecto, no se puede negar que en todos los dominios de la iglesia se ha producido un peligroso deslizamiento hacia el protestantismo.

El más grave es el que concierne a la fe a causa de la redacción de los nuevos catecismos, a partir del de Holanda hasta llegar al italiano pasando por los de Francia, Alemania y en particular el inverosímil catecismo de Canadá. Todos están impregnados de la doctrina expuesta en el primer esquema de "la Iglesia en el mundo", el cual, se impone decirlo, no es católico. La fe, la Palabra de Dios, el Espíritu, el Pueblo de Dios son explicados a la manera modernista y protestante, esto es, racionalista. A la Revelación se la reemplaza por la conciencia, que bajo el soplo del Espíritu se expresa mediante el profetismo. Ese profetismo que corresponde a todo el pueblo de Dios se manifiesta particularmente en la Liturgia de la Palabra. El bautismo y los sacramentos son más expresiones de la Fe que causas de la gracia y de las virtudes. No acabaríamos de señalar todos los peligros involucrados en esos catecismos, todos referidos al Vaticano II. Y no hay duda que en el Concilio, especialmente en el documento Gaudium et Spes, pueden encontrarse frases equívocas y un espíritu surgido del primer esquema.

Según el magisterio, también el ministerio sacerdotal se atribuye a todo el Pueblo de Dios, que en virtud del mismo, constituye la Asamblea Eucarística y cumple el culto comunitario, cuyo sacerdote es el presidente, que pronto será su delegado electo. Su carácter sacerdotal y su celibato ya no tienen razón de ser. No puede negarse que las reformas litúrgicas concurren a esa orientación. Los comentarios correspondientes se expresan según la modalidad protestante, minimizando la función del sacerdote, la realidad del sacrificio y la presencia real y permanente de Nuestro Señor en la Eucaristía.

Por último, el gobierno conferido por Nuestro Señor al Sacerdocio se transforma en el poder real del Pueblo de Dios, esto es, la "democratización" de la autoridad en la Iglesia por la Colegiali-75

dad entendida a la manera del Cardenal Suenens, por los Sínodos nacionales en los cuales todas las instituciones de la Iglesia se someten a los votos del Pueblo de Dios, profeta, sacerdote y rey.

De este modo, en los tres poderes confiados al Sacerdocio por Nuestro Señor se introduce el virus protestante, racionalista, naturalista y liberal. Esos poderes destinados a humanizar las personas recreadas por Nuestro Señor a la imagen de Dios, minadas por el virus del racionalismo, deshumani-zan y lanzan a personas y sociedades a todos los vicios de la humanidad caída.

Debemos luchar por la salvaguarda del sacerdocio tal como Nuestro Señor lo ha instituido, en la integridad de su magisterio, de su ministerio y de su gobierno.

Debemos enseñar la fe de siempre, adorar la Eucaristía y venerar el Santo Sacrificio de la Misa como lo enseñan la Escritura y la Tradición, respetar las personas de nuestros sacerdotes, de nuestros obispos y del Vicario de Jesucristo porque llevan en ellos el Sacerdocio y la Misión de Nuestro Señor Jesucristo y no porque sean delegados del Pueblo de Dios.

Se preparan Sínodos nacionales después de los de Holanda y Copenhagen. Si tiene los mismos efectos, pronto habrá otras tantas sectas protestantes. Eso es de esperar, dada la oposición entre las conclusiones de esos Sínodos y las directivas de la Santa Sede. El momento es muy grave. Corremos el riesgo de que la elección impuesta a los fieles holandeses y a los daneses se no imponga mañana a nosotros. Ya se impone en los catecismos y en ciertas formas de culto litúrgico, en las orientaciones de algunos obispos o asociaciones de obispos contrarias a las dictadas por el Sucesor de Pedro, por ejemplo en materia de moral familiar y de celibato sacerdotal.

Recordemos que Pedro vela por todos los Pastores y por todas las ovejas, y que en caso de contradicción entre la fe de nuestro Pastor y la de Pedro, Pedro no ha advertido contra el catecismo holandés y por consiguiente contra todos los nuevos catecismos de él derivados. Pedro nos ha dictado la moral familiar. Pedro nos ha afirmado en el Credo. Pedro nos ha prescripto el manteni-miento del celibato sacerdotal. Nuestros Pastores no tiene derecho a minimizar esas enseñanzas del Pastor de los Pastores.

Recordemos también que las autorizaciones concedidas en el terreno de la Liturgia no son obligatorias; eso vale para la Misa de cara al pueblo, la concelebración, la comunión bajo las dos especies, la comunión de pie, la recepción de la Santa Eucaristía en la mano.

La actitud de vigilancia se ha tornado necesaria a causa de los escándalos de que somos testigos, acontecidos dentro de la misma Iglesia. No podemos desconocer los hechos, los escritos, los discursos, que tienden al sometimiento de la Iglesia de Roma y a su aniquilación como Madre y Maestra de todas las Iglesias, y que buscan transformarnos en protestantes. Resistir a esos escánda-los significa vivir la fe, conservarla pura de todo contagio, mantener la gracia en nuestras almas. No resistir significa dejarnos intoxicar lenta pero seguramente y volvernos protestantes sin saberlo.

En la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús,

Roma, 5 de junio de 1970.

Fonte: Stat Veritas – Cartas Pastorales e outros escritos – Dom Lefebvre

sábado, 18 de outubro de 2008

O modernista Henrici de Lubac




HENRI DE LUBAC S.J., UM "MESTRE" QUE NUNCA FOI DISCÍPULO



I - Inclinações "liberais" e deformação teológica
II - "Mestres" Que Nunca Foram Discípulos
III - Desprezo por Roma e Falsa Obediência
IV -A "Simbiose intelectual de Blondel"
V - O Desprezo pelo Magistério Infalível
VI - Os "reformadores"
VII - A Arma do Desprezo e da Difamação
VIII - A Crise Pós-Conciliar e o "Exame de Consciência" de De Lubac


Inclinações "liberais" e deformação teológica



Chegamos ao jesuíta Henri de Lubac, pai da "nova teologia".
Partiremos de sua formação filosófico-teológica, porque ela mostra o clima de desprezo pela autoridade e pela orientação da Roma católica em que amadureceu a crise atual da Igreja. Para lutar contra a agressão dos modernistas, São Pio X tinha mandado que se afastassem dos seminários e das casas de formação de religiosos os professores suspeitos e que fossem excluídos das ordenações os "jovens que demonstrassem o menor sinal de apego às doutrinas condenadas e às novidades perniciosas"1.
De acordo com essas diretivas, o jovem De Lubac nunca deveria ter sido ordenado. Foi ele mesmo que, em sua obra Memória em Torno de Minhas Obras2, reconheceu suas simpatias pelo liberalismo católico, condenado de modo repetido pelos Pontífices Romanos, simpatias que o predispuseram a "correr atrás dos sistemas e das tendências turbulentas do pensamento moderno"3.
De Lubac escreveu, por exemplo, do Cardeal Couillé:
"por mim aureolado, desde minha adolescência, por causa da lembrança de Mons. Dupanloup, de quem ele foi colaborador". Mons. Dupanloup, o "herói", ou antes o "santo", de De Lubac adolescente, foi uma figura marcante da corrente liberal no Concílio Vaticano I, e deixou este Concílio antes de sua conclusão, para não assistir à proclamação da infalibilidade pontifical, a que ele se opunha. Ao contrário de Mons. Lavallée, reitor das Faculdades Católicas de Lyon, de quem De Lubac escreveu: "O que me preocupou sempre um pouquinho nele foi... sua reputação de tradicionalista extremo."4
Esse horror ao "integrismo" e aos "integristas" não deixou nunca De Lubac até o fim de seus dias, como veremos. Contra a agressão do modernismo, São Pio X e todos os seus sucessores, até Pio XII, tinham confirmado a obrigação de "seguir religiosamente (sancte) a doutrina, o método, os princípios de Santo Tomás"5. Mas dessa orientação romana faziam pouco caso ou até não se davam conta nas casas de formação dos jesuítas freqüentadas por De Lubac. Assim, durante seus estudos de filosofia, em Jersey (1920-1923), o jovem De Lubac pôde ler "apaixonadamente" L’Action, La Lettre (sobre Apologética) e diversos outros estudos de Maurice Blondel.
"Por uma louvável exceção, alguns de nossos mestres de então, apesar das interdições serem severas, permitiam, sem nos encorajar, que seguíssemos o pensamento do filósofo de Aix."6
E ainda, na página 192:
"Entre os autores de mais fraca envergadura, éramos loucos por Lachelier [que se mete, como Blondel, no domínio do kantismo], recomendado pelo Pe. Auguste Valensin mais pelo seu estilo do que por suas idéias [ainda que isto seja verdade, as idéias penetravam também com o estilo]. É preciso lembrar que, nesse tempo, para os escolásticos de filosofia tais leituras eram, para a maioria, um fruto semiproibido. Graças a mestres e conselheiros indulgentes, nunca foram leituras clandestinas."
E assim o jovem De Lubac, em vez de receber uma séria e sã formação filosófica, base indispensável de uma séria formação teológica, deformou-se, "graças a mestres e conselheiros indulgentes , com a leitura apaixonante de filósofos viciados de imanentismo e de subjetivismo.



"Mestres" Que Nunca Foram Discípulos



O prejuízo de tal "formação" é enorme e irreparável:
"Porque a doutrina tradicional de Santo Tomás é a mais forte, a mais luminosa e a mais segura nos seus princípios — é preciso crer na Igreja — é dever munir-se dessa força e dessa luz, para afastar as teorias arriscadas ou falsas. Não se faz sempre o contrário? Estuda-se aos trancos uma filosofia ou uma teologia diminuída e sem coesão; em seguida, tem-se contato com Santo Tomás e com a Tradição, mas episodicamente. Esse contato não é uma formação: pior, ele falsifica a realização do pensamento escolástico e tradicional. Ora, a Igreja pede uma formação tomista tradicional. Se realmente Santo Tomás é um guia, é a ele que é preciso recorrer, antes e sobretudo; é sua doutrina, pura, que é preciso ensinar na formação teológica; sua leitura, para ser realmente formadora, não deve vir como um estudo secundário e acessório."7
Essa carência de uma sólida formação filosófica e teológica é o "defeito de fábrica" que se constata em todos os "novos teólogos".
Henri Bouillard, veterano da "turma" de De Lubac, por ocasião da inauguração do Centro de Arquivos Maurice Blondel8 ofereceu "o testemunho" seguinte:
"Faço parte desses jovens estudantes de teologia que, em meados de 1930, arrumavam um exemplar fotocopiado de L’Action [principal obra de Blondel], livro que não se achava, na época, em livrarias. A obra era suspeita, e sua leitura, sem guia competente, era difícil. Mas, profundamente decepcionados com a filosofia escolástica e com a apologética ensinada nos Seminários [mal ou sem convicção por professores fascinados, também eles, pela ‘filosofia moderna’], procurávamos aí uma iniciação, entre outras, ao pensamento moderno e, mais ainda, o modo, que não achávamos em outro lugar, de compreender e
justificar nossa fé."
Continua Bouillard:
"Mesmo como professor, o conjunto de minhas lições se inspirava largamente no pensamento blondeliano. Outros teólogos [entre os quais seu amigo De Lubac] haviam se engajado, fazia muito tempo, neste caminho, e outros dele se aproximavam. Devo testemunhar não somente o que Blondel me ensinou mas a influência que ele exerceu sobre numerosos teólogos e, através deles, sobre o conjunto da teologia."9
Com razão, então, o Pe. Garrigou-Lagrange escreveu de De Lubac, de Bouillard e de seus companheiros:
"Não achamos que eles abandonam a doutrina de Santo Tomás; eles nunca aderiram a ela e nunca a compreenderam bem. É doloroso e inquietante."10
Como sempre, os "inovadores", para falar como Santo Afonso, "querem ser tidos por mestres, sem nunca terem sido discípulos"11.




Desprezo por Roma e Falsa Obediência




Junto com as "novidades", o jovem De Lubac absorveu, inevitavelmente, o desprezo pela orientação "romana":
"Entre os contemporâneos que eu segui na época de minha formação, tive uma dívida particular para com Blondel, Maréchal, Rousselot."12
Entretanto, nenhum desses três era visto como ortodoxo, nem pelo Santo Ofício nem pela sede romana da Companhia de Jesus.13 E De Lubac escreve sobre o jesuíta Pierre Charles:
"seu prestígio cresceu [sic] a nossos olhos, por causa da semidesgraça em que ele caiu [diante das autoridades romanas], como o padre Huby depois do caso de Les yeux de la Foi", obra de Rousselot que os jesuítas Charles e Huby tentaram muitas vezes publicar,
contra a oposição de Roma14.
Mais tarde, De Lubac aprendeu a praticar uma real desobediência sob a aparência da mais formal obediência. O padre Podechard, "o mais submisso dos filhos da Igreja", conta De Lubac, acabava de terminar um curso sobre o servo de Jahvé, na Faculdade de Teologia de Lyon.
"Disse-lhe que ele deveria escrever um livro e publicá-lo. ‘É impossível’, replicou-me. ‘E por quê?’ ‘Há na base posições críticas que hoje não são admitidas. Sobre essas questões bíblicas, Padre, a Igreja e eu, realmente, não nos entendemos; é preciso então que um dos dois se cale, e é normal que seja eu’."15
Mas isso não impedia o "mais submisso dos filhos da Igreja" de falar sem tais precauções nos seus cursos, propondo aos jovens eclesiásticos teses que ele sabia desaprovadas pela Igreja.
De Lubac aprenderá a lição e, no seu devido tempo, saberá esconder, ele também, sua real desobediência sob uma submissão formal. Com conhecimento de causa, Pio XII, na Humani Generis, escreverá que os "novos teólogos" ensinam o erro "de modo prudente e encoberto": "Se nos livros impressos falam com prudência, nos escritos transmitidos em particular, nas lições e conferências, se exprimem mais livremente." Constataremos a mesma coisa, mais adiante, para von Balthasar. E isso explica como o mundo católico, com o Vaticano II, pôde "acordar" modernista sem nem sequer gemer16.



A "Simbiose Intelectual" de Blondel



O primeiro passo da "nova teologia", para abandonar a tradição dogmática da Igreja, é o abandono da filosofia escolástica. E esse passo, vimos no capítulo precedente, foi dado por Blondel. O segundo passo é o abandono da teologia católica tradicional, e é Henri de Lubac que dele se encarregará.
O "teólogo modernista" — escreveu São Pio X — critica "a Igreja porque, com grande obstinação, ela se recusa a submeter-se e acomodar seus dogmas às opiniões da filosofia [moderna]"; de seu lado, "tendo posto de lado a antiga teologia", ele se esforça "para pôr em voga uma novidade, fiel em tudo aos delírios dos filósofos"17. Toda teologia, de fato, pressupõe uma filosofia, e a "nova teologia" de De Lubac pressupõe a "nova filosofia" de Blondel.
Em 8 de abril de 1932, Henri de Lubac S.J. escrevia a Blondel que agora era possível "a elaboração de uma [nova] teologia do sobrenatural [...] porque sua obra filosófica [de Blondel] lhe havia preparado os caminhos"18.
Recentemente, em março de 1991, o Osservatore Romano consagrou uma página inteira à apresentação (naturalmente elogiosa) da obra Henri de Lubac: Théologie et dogme dans l’Histoire. L’influence de Blondel19. O autor, A. Russo, aluno italiano do alemão Walter Kasper (ele também da turma "dos que pensam que venceram"), escreve que a correspondência De Lubac/Blondel "oferece um exemplo de simbiose intelectual que raramente se encontra na história do pensamento"20. É, na realidade, uma velha história: os semelhantes se atraem. Inúmeros pontos uniam Blondel e De Lubac: a mesma falta de confiança no valor da razão (antiintelectualismo ou, ainda, gnosticismo ou cepticismo); a mesma falta de vigor intelectual já assinalada pelo Pe. de Tonquedec S.J. em Blondel e que não é difícil mostrar nos escritos de De Lubac; o mesmo complexo de inferioridade em face do "homem moderno" (identificado com o filósofo moderno, doente de cepticismo e de subjetivismo); o mesmo medo de intelectuais, escondido sob a ansiedade apologética de um "apostolado pacificante" (Blondel), "de ficar ou ser expulso" (A. Russo21) por uma cultura que recusa o Cristo e sua Igreja, e a miragem correlativa de conciliar a pseudofilosofia moderna com a fé, como São Tomás tinha conciliado com a fé a filosofia de sua época. Blondel e De Lubac não notaram que São Tomás havia saneado uma filosofia fundamentalmente sã, mas que até um pensador da têmpera de São Tomás (Blondel é como um ratinho diante de uma montanha, em relação a ele) não poderia sanar os sofismas dos filósofos modernos. Não há conflito entre a fé e a razão reta22, mas há conflito entre a fé e a filosofia moderna, porque esta última anda muito longe da sã razão. Querer "reler" a Fé segundo os critérios da filosofia moderna é dissolver a fé nos erros da filosofia moderna, sem libertar para tanto o "pensamento cristão" (e a nós) do ostracismo a que a cultura moderna o relegou.
Isso toca o erro, que não é suscetível de conversão.Quanto aos que erram, é preciso lembrar que é difícil reconduzir à verdade aqueles que, como os filósofos modernos, se enganam nos princípios23 e que, em todo caso, aqueles que se enganam nos princípios devem ser corrigidos nos princípios. Supor, ao contrário, esses princípios errados (gnosticismo, subjetivismo etc.) como ponto de partida para uma "nova filosofia cristã" ou então para uma "nova teologia" conduz inevitavelmente a conclusões erradas, uma vez que é impossível tirar conclusões verdadeiras de princípios falsos.
E então a "simbiose intelectual" que houve entre De Lubac e Blondel só poderia conduzir a resultados muito infelizes, e não somente para os dois personagens diretamente interessados.



O Desprezo pelo Magistério Infalível



De Lubac e Blondel compartilhavam, sobretudo, o mesmo desprezo pelo Magistério infalível. E este desprezo aparece evidente quando se pensa que eles deviam sustentar (ou, mais exatamente, insinuar e difundir mais ou menos clandestinamente, porque não as sustentavam nunca de cara descoberta) suas "novidades" não contra uma escola teológica diferente, numa matéria controversa, mas contra o Magistério da Igreja, numa matéria sobre a qual existiam ensinamentos constantes e condenações repetidas dos Pontífices Romanos.
Quando Blondel e, no rastro de sua "filosofia" De Lubac consideraram o sobrenatural como uma exigência, um aperfeiçoamento necessário da natureza, que sem ele se acharia frustrada nas suas aspirações essenciais e, por isso, num estado anormal, e, em conseqüência, negavam que se pudesse admitir, ainda que por mera hipótese, um estado de "natureza pura", eles vinham opor-se à doutrina universal e constante da Igreja sobre a gratuidade do sobrenatural: se o sobrenatural é necessário à natureza, já não é gratuito, mas sim devido, e, se é devido à natureza, já não é sobrenatural, mas... natural, e com efeito o naturalismo é o fundo real do modernismo, como
também da "nova teologia".
A gratuidade do sobrenatural foi constantemente ensinada pela Igreja e defendida por ela contra os erros de Baius e de Lutero, que, como Blondel e De Lubac, diziam seguir a Santo Agostinho. Contra o modernismo, São Pio X tinha assim confirmado a doutrina constante da Igreja:
"Não Nos podemos impedir de deplorar mais uma vez, e com firmeza, que se encontrem católicos [e aqui o Pe. de Tonquedec não podia deixar de pensar em Blondel] que, repudiando a imanência como doutrina, a empregam, contudo, como método de apologética; que o fazem, digamos Nós, com tão pouca discrição, que parecem admitir na natureza humana, em relação à ordem sobrenatural, não somente uma capacidade e uma conveniência — coisas que, em todos os tempos, os apologetas católicos tiveram o cuidado de pôr em relevo — mas uma verdadeira e rigorosa exigência." Assim, na natureza humana, o filósofo, o apologeta, o teólogo católico não podem admitir mais que "uma capacidade ou uma conveniência" (poder de obediência) de receber o sobrenatural. Ultrapassar esses limites é abalar uma pedra fundamental da teologia católica, acarretando em seguida a ruína de todo o resto, como o vemos hoje, no curto caminho que vai do "sobrenatural",
que já não é aquele de Blondel e de De Lubac, à "visão antropológica" e aos "cristãos anônimos" de Karl Rahner, ao indiferentismo religioso ou "ecumenismo", à importância secundária da Igreja como meio de salvação24.
A encíclica Pascendi data de 1907. Em 1932, Blondel, com um desprezo evidente pelo Magistério infalível da Igreja, estava ainda chocado ou, como ele diz, "amadurecendo"
sua concepção heterodoxa do sobrenatural. Por sua vez, De Lubac, exaltado como modelo de "obediência" e de "fidelidade" à Igreja por ocasião de sua morte25, com igual desprezo pelo Magistério, encoraja-o e faz do sobrenatural naturalizado de Blondel o fundamento de sua "nova teologia".
Do mesmo modo, quando Blondel e De Lubac apresentam e difundem uma "nova" noção de "verdade", vitalista e evolucionista, eles sabem que essa noção fora condenada por São Pio X na Pascendi26 e em seguida pelo Santo Ofício, em 1º de dezembro de 1924, mas continuam imperturbáveis no seu caminho do erro.



Os "Reformadores"



Na realidade, o que espanta em Blondel e De Lubac é, justamente, sua maneira de se apresentar como critérios indiscutíveis de verdade, contra o Magistério secular da Igreja: sua causa é a causa do "cristianismo autêntico"27; eles são os artistas do retorno à "tradição mais autêntica"28, aqueles que restituíram a vida à "antiga doutrina"29, da qual, segundo eles, o "pensamento cristão" e, necessariamente, o Magistério da Igreja se teriam desviado no curso dos séculos, o que é "uma coisa absurda e a mais ultrajante
para a própria Igreja"30.
São Pio X, na Pascendi, bem descreveu a consciência falsificada dos modernistas, que tiravam do santo Papa toda a esperança em suas possibilidades de arrependimento:
"O que se lhes reprova como uma falta é o que eles vêem, ao contrário, como um dever sagrado... Que a autoridade os repreenda tanto quanto queira, eles têm para si suas consciências... E eles seguem seus caminhos; repreendidos e condenados, vão sempre dissimulando, sob mentiras de submissão exterior, uma audácia sem limites. Curvam hipocritamente a cabeça, enquanto com todos os seus pensamentos, com todas as suas energias perseguem, mais audaciosamente que nunca, o plano traçado. Isto é neles uma vontade e uma tática: porque acham que é preciso estimular a autoridade, não destruí-la; e porque lhes importa ficar no seio da Igreja para aí trabalhar e aí modificar pouco a pouco a consciência comum."
E ainda:
"Essa gente faz maravilhas, porque nós não os contamos no número dos inimigos da Igreja [...]; mas deixemos de lado as intenções, de que somente Deus é juiz, e examinemos suas doutrinas [é o critério objetivo para julgar] e suas maneiras de falar e de agir. Na verdade, aqueles que os consideram como os mais nocivos inimigos da Igreja não se afastam da verdade."31




A Arma do Desprezo e da Difamação



De Lubac, como Blondel (ver o capítulo anterior), utiliza o sistema dos modernistas para não se revelar excessivamente, a fim de, como disse São Pio X na Pascendi, "ficar no seio da Igreja para aí trabalhar e aí modificar pouco a pouco a consciência comum".
Apesar disto, os grandes teólogos tomistas viram imediatamente o termo aonde iriam conduzir as "novidades" propostas por ele, precavidamente encobertas; e imediatamente o futuro Cardeal Journet, fortalecido por sua formação tomista, assinala que "o Pe. De Lubac já não consegue distinguir a filosofia da teologia"32 ou, ainda, o natural do sobrenatural, e, adiante, percebe nele um "fideísta"33.
Não foi difícil para De Lubac convencer "o excelente" Charles Journet34, mas não foi assim com os outros teólogos tomistas. Às suas argumentações De Lubac oporá, então, a arma do desprezo e da difamação.
Em 1946 o Pe. Garrigou-Lagrange lança sua grave advertência: "Para onde vai a nova teologia? Ela retorna ao modernismo"; "a verdade já não é o que é, mas o em que se torna, e muda sempre", e isto "conduz ao relativismo completo"35. Além disso, numa carta pessoal, o grande teólogo dominicano lembra a Blondel, agora avançado em idade, sua responsabilidade diante de Deus. Em vão. De Lubac "utiliza" a carta para desacreditar o autor"36 e intervém prontamente para sossegar o inquieto Blondel: "A carta que ele Garrigou-Lagrange] acaba de nos enviar explica-se, ao menos em parte, pelo despeito que sente por ter visto recusado um artigo seu para a própria Revue Thomiste. Ele já não é somente o homem limitado que nós sabíamos, mas se torna num verdadeiro maníaco; daqui a alguns meses estará fabricando um espectro de heresia, para se dar a satisfação de salvar a ortodoxia. Recorre ao senso comum, mas é ele que já não tem o senso comum. O que se poderia responder é que o fato de pertencer a uma Ordem que tem por divisa ‘Veritas’ não lhe confere nenhum privilégio de infalibilidade [...]. O senhor não é responsável por nenhum dos desvios teológicos que ele imagina.
Neste momento existe um forte impulso integrista, denúncias e tagarelices de todo o gênero confluem ao quarto do Padre Garrigou-Lagrange."37 E, em 28 de julho de 1948, ele voltará a falar de "suas [de Garrigou-Lagrange] idéias simplistas sobre o absoluto da verdade"38.
Mas em 17 de setembro de 1946 Pio XII, interferindo pessoalmente na questão, exprimiu "idéias simplistas" idênticas às do Pe. Garrigou-Lagrange, idéias que foram sempre as da Igreja sobre o absoluto da verdade. Aos padres da Companhia de Jesus, numa alocução que teve grande repercussão, ele exprimira seu ponto de vista sobre a "nova teologia", "que deve evoluir como todas as coisas evoluem, estar em progresso sem se fixar nunca (...) Se fosse necessário abraçar tal opinião [advertiu o Santo Padre], que seria dos dogmas imutáveis da Igreja Católica? Que seria da unidade e da estabilidade da fé?"39
A advertência caíra no vazio. E igualmente cairá, para De Lubac (nesse tempo Blondel já estava morto), a encíclica Humani Generis (1950), que repete a imutabilidade da verdade e condena a "nova teologia do sobrenatural", de De Lubac:
"Ela me parece — escreve este sobre a grande Encíclica — como muitos outros documentos eclesiásticos, muito unilateral; o que não me espantou: é um pouco a lei do gênero. Mas nada vi que me tenha atingido."40
E às críticas vigorosas e luminosas de seus grandes adversários (Garrigou-Lagrange, Labourdette, Cordovan, Boyer etc.) ele continuará a responder com o desprezo e a difamação. Escreve ele a seu provincial em 1 de julho de 1950: "Fui atacado por alguns teólogos, é verdade, em geral pouco estimados [sic] por causa de sua ignorância notória [sic] da tradição católica ou por qualquer outro motivo."41 Adiante fala de "críticos obstinados de um grupo enfurecido" (é o sistema sempre utilizado pelos "que pensam que venceram"; ver a caricatura, tão injuriosa quanto injusta, do Pe. Garrigou- Lagrange apresentada pelo Pe. Martini S.J. — que reserva um tratamento parecido para Pio IX em Vaticano II — Balanço e Perspectivas).
De Lubac pratica um sistema "transversal" idêntico para defender seus companheiros:
Teilhard de Chardin S.J., que fazia teologia através da ciência, como De Lubac fez teologia através da história, é criticado por seus erros teológicos? De Lubac adverte que a culpa vem da "ignorância de seus críticos quanto ao estado atual da ciência [sic] e aos problemas que daí derivam"42!




A Crise Pós-Conciliar e o "Exame de Consciência" de De
Lubac




Nem as advertências e condenações dos Pontífices Romanos nem as condenações de seus adversários arranharam, em De Lubac, a segurança de "reformador". Para conter tal segurança, era preciso o horrível desastre do pós-concílio.
Do estado de alma de De Lubac (e de von Balthasar), Paulo VI se fará eco fiel — falaremos nisso depois — no seu famoso discurso de 30 de junho de 1972 sobre "as fumaças de Satanás no templo de Deus", que é também a confissão de uma ilusão longamente cultivada e obstinadamente perseguida:
"Acreditava-se que, depois do Concílio, viria um dia de sol para a história de Igreja. E, pelo contrário, veio um dia de nuvens, de tempestade, de obscuridade."
A impossibilidade de cavalgar o tigre das contestações desencadeadas e o desastre que desmentiu as róseas ilusões dos "reformadores" obrigaram De Lubac a um "exame de consciência", que ele registra na já citada Mémoire autour de mes oeuvres. Entretanto, estamos muito longe de uma conversão. Ele admite, no máximo, que "essa época não é menos [sic] sujeita aos desvios, aos passos em falso, às ilusões, aos assaltos do espírito do mal".
E continua:
"O que eu percebo hoje desses assaltos não me faz maldizer minha época, mas me leva a perguntar: não teria sido melhor considerar mais seriamente, desde o começo, meu caráter de fiel, meu papel de padre e de membro de uma Ordem apostólica, em suma, minha vocação, e principalmente concentrar com maior decisão meu trabalho intelectual precisamente no centro da fé e da vida cristã, em vez de o desperdiçar em domínios mais ou menos periféricos, segundo meus gostos ou segundo a atualidade? [...]
Não estaria eu preparado, dessa maneira, para interferir, com um pouco mais de competência e, sobretudo, de autoridade moral, no grande debate espiritual de nossa geração? Não estaria eu, agora, um pouco menos desprovido para esclarecer a uns e encorajar a outros?"
E ainda:
"Há sete ou oito anos estou paralisado pelo medo de afrontar de cara, de maneira concreta, os problemas essenciais, na sua atualidade viva. Isto foi sabedoria ou fraqueza? Tive eu razão ou não? [...]. Não teria eu aparentemente acabado, contra a minha vontade, no clã
integrista que me causa horror?"43
Entre tantas dúvidas, uma única parece não ter jamais aflorado à consciência de De Lubac, a saber, que este "integrismo", com o "horror" que o paralisava, não era nada menos que a fidelidade à ortodoxia católica, fiel e infalivelmente guardada pela Igreja, e que ele desprezava, para se dispersar em "domínios mais ou menos periféricos",
43 Pp. 389 ss. 77 segundo seus "gostos ou segundo a atualidade", pretendendo em seguida — o que é pior — ser um "mestre" na Igreja, sem jamais ter sido um discípulo:
"Cegos e condutores de cegos, que, inflamados de uma ciência orgulhosa, chegaram a essa loucura de perverter a eterna noção da verdade e, ao mesmo tempo, a verdadeira natureza do sentimento religioso; inventores de um sistema onde, sob o império de um amor cego e desenfreado por novidades, não se preocupam de maneira nenhuma em achar um ponto de apoio sólido para a verdade, mas, desprezando as santas e apostólicas tradições, abraçam outras doutrinas, vãs, fúteis, incertas, condenadas pela Igreja, nas quais homens muito vaidosos pretendem apoiar e assentar a verdade."44










Notas: 1 Motu Proprio de 18 de novembro de 1907.
2 Milão, Jaca Book.
3 Pe. Parente, La Théologie, ed. Studium.
4 P. 5.
5 São Pio X, Motu Próprio, cit.; Pio XII, Humani Generis; Direito Canônico
(1917), Cânon 1366 nº2.
6 Memória, p. 10.
7 Lavaud, La Vie spirituelle, pp. 174 ss, citado por J. B. Aubry, L’Étude de
la Tradition, p. 100.
8 Louvaina, 30-31 de março de 1973.
9 Centre d’Archives Maurice Blondel — Journée d’inauguration, 30-31 de
março de 1973; textos das intervenções, p. 41.
10 "La nouvelle théologie où va-t-elle?", Angelicum 23, 1946.
11 A. M. Tannoia, Vita, L.II, c. LV.
12 Op. cit.
13 Ibid., pp.13 ss.
14 Ibid., p. 14.
15 P. 17.
16 Cf. São Jerônimo: "O mundo acordou ariano e gemeu."
17 Pascendi.
18 Op. cit., p. 26.
19 Roma, ed. Studium.
20 P. 307.
21 Op. cit.
22 Dz. 1799.
23 Santo Tomás, II-II, q. 156, a. 3, ad 2m.
24 Sì Sì No No, ed. francesa, nº 131, pp. 2-7, "O Elogio do Padre Henri de
Lubac, um dos Padres do Vaticano II".
25 Ver Sì Sì No No, ed. francesa, cit.
26 Dz. 2058 e 2080.
27 Blondel a De Lubac, 15 de abril de 1945 e 16 de março de 1946, in A.
Russo, op. cit., pp. 307 e 309.
28 De Lubac in A.Russo, op. cit., p. 373.
29 Ibid.
30 Gregório XVI, Mirari vos.
31 Ibid.
32 Mémoire, cit., p. 7.
33 Ibid. p. 20.
34 Ibid., pp. 7-20.
35 "La Nouvelle Théologie...", op. cit.
36 A. Russo, op. cit.
37 Citado por A. Russo, op. cit., pp. 354 ss.
38 Ibid., p. 356.
39 Acta Apostolicae Sedis, 38, S., 2, 13, 1946, p. 385.
40 Mémoire, cit. p. 240.
41 Mémoire, cit., p. 219.
42 Nota pró-memória a seus superiores, de 6 de março de 1947, in
Mémoire, cit., p. 178.
43 Pp. 389 ss.
44 São Pio X, Pascendi, citação da Encíclica Singulari Nos, de Gregório
XVI..

domingo, 5 de outubro de 2008

Theos Vacantismo: A tese judaíca

"...Não é por causa de alguma boa obra que te queremos apedrejar, mas por uma blasfêmia, porque, sendo homem, te fazes Deus." Jo 10,33

Cristo escandalizou os judeus por estes considerarem no um homem que se fez DEUS, eles não o apedrejaram, mas o crucificaram. Há cruz foi a prova exigida pela grande maioria judaíca para que viessem a crer em Nosso Senhor, daí dizerem "Tu, que destróis o templo e o reconstróis em três dias, salva-te a ti mesmo! Se és o Filho de Deus, desce da cruz!"(1). Como Cristo não desceu da cruz, concluíram que em Cristo, a divindade estava vacante (Theos Vacantismo).

Em nosso tempo a tese judaíca adentrou na Igreja, a pelo menos dois séculos através do liberalismo. O modernismo nega a divindade de Cristo afirmando com o Sinédrio Judaíco que ele é o homem que se fez DEUS. O que os judeus fizeram grosseiramente, os modernistas fazem refinidamente desenvolvendo intelectualmente a tese judaíca. A diferença entre ambos reside naquilo que era a liberdade naquele tempo e naquilo que hoje é a liberdade. Naquele tempo a liberdade tinha uma definição racional, hoje ela é definida pelo sentimento. Assim, mesmo que as escrituras chamem deuses apenas a quem a palavra foi dirigida(2), o modernismo estende a todos o direito negado pelo Sinédrio judaíco a Cristo. Deste modo, a finalidade principal do modernismo é fazer com que o Cristo deixe de ser escândalo para os judeus e loucura para os gregos, através da "revelação" da filosofia e ciência moderna que afirmam a divindade humana. Consequentemente afirma-se a igualdade das religiões, culturas e filosofias, porque para eles, o logus é a matéria e não o verbo.

O modernismo é a teologia do homem da iniqüidade, "o adversário, aquele que se levanta contra tudo o que é divino e sagrado, a ponto de tomar lugar no templo de Deus, e apresentar-se como se fosse Deus" (3). O resultado desta teologia, nada mais é do que a pura e simples apostasia. Manifesta pela tolerância ao erro que nada mais é do a dúvida assumindo o lugar da certeza(4).

Um outro matiz da tese judaíca, é o sede-vacantismo, que é o efeito do modernismo na Igreja. Sobre o que acima disse a respeito da provação que os judeus submeteram Nosso Senhor, deve-se acrescentar que a sua causa foi "a hora e o poder das trevas"(5). Diante de tantos acontecimentos, não é absurdo e nem contrário a fé crer que estamos diante dos eventos narrados no Apocalipse. Desta maneira, se o perseguiram (6), também perseguiram a Igreja e se submeteram no a prova da cruz, também a Igreja seria submetida a esta prova.

Diante da prova da crucificação a que se expõe a Igreja, quem é provado sobremaneira, é o Papa. Assim, da mesma maneira que Cristo não desceu da cruz para se salvar e provar aos judeus a sua divindade, o Papa não desce de sua cruz para provar empíricamente aos sede-vacantistas a sucessão petrina. E afirmando que a Sé esta vacante, eles consideram que Cristo abandonou a Igreja na mão de seus piores inimigos. Negando indiretamente a divindade de Nosso Senhor e o carácter divino da Igreja, reduzem na ao humano, como fazem os modernistas.Então o que temos é que aquilo que os modernistas negam informalmente pela sua postura frente ao magistério, os sede-vacantistas, o negam formalmente. Não considerando e nem podendo considerar a gravidade da situação em que se encontra a Igreja; a hora e o poder das trevas, confundiram até mesmo os apóstolos, então seriam os modernistas ou os sede-vacantistas a enxergarem a luz neste momento dificílimo?

O Papa é o doce Cristo na terra e diante de tudo que tenho visto, cheguei a conclusão de que para onde ele vai, nós não podemos ir(7). Assim, negar formalmente ou informalmente que a Sé esta ocupada pelo sucessor de São Pedro, é aderir a tese judaíca. Portanto, até que um legítimo sucessor de São Pedro, não se pronúncie contra algum de seus predecessores, ela esteve, esta e estará ocupada por seus legítimos sucessores. Não se deve cair na sedução de sede-vacantistas e modernistas, ambos são os dois lados de uma mesma moeda, pelo menos neste caso.

(1) Mt 27,40
(2) Jo 10,34-35
(3)II Ts 2,4
(4)Tg, 1,6
(5) Lc 22,53
(6) Jo 15,20
(7) Jo 13,33

sábado, 4 de outubro de 2008

O modernismo na Litúrgia

São Paulo, ensinou em seu tempo que "Em um só Espírito fomos batizados todos nós, para formar um só corpo, judeus ou gregos, escravos ou livres; e todos fomos impregnados do mesmo Espírito" (1). A Igreja primitiva cresceu tendo este preceito como um santo mandamento. E já na Idade Média aparece na história com a forma de um único corpo; Santo, Católico, Apostólico e Romano. Veremos neste artigo parte da problemática surgida no Século passado, que tem sua causa no abandono deste simples e fundamental preceito da Igreja.

No inicío Século passado entusiasmados pelos progressos técnicos, um grupo de estudiosos fundou um movimento para reinterpretar o cristianismo, a partir dos progressos de então. Não é nosso objetivo apresentar este movimento, que ficou conhecido como modernismo em sua totalidade. Queremos destacar um de seus princíos que triunfou no Concílio Ecumênico Vaticano II; o da distinção entre substância e forma. Condenado naquele mesmo tempo por São Pio X, na Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis (2).

A distinção entre forma e substância, é tirada da teoria da evolução. Os modernistas entenderam a substância como a matéria e a forma como o seu revestimento. Deste modo, eles entendem que os homens darwinistas tem a mesma substância, mudaram apenas em sua forma. Isto explica porque defenderam que a experiência sentimental é capaz de vencer qualquer experiência racional. São Pio X na Pascendi, condenou este princío:

"Há ainda outra face, além da que já vimos, nesta doutrina da experiência, de todo contrária à verdade católica. Pois, ela se estende e se aplica à tradição que a Igreja tem sustentado até hoje, e a destrói. E com efeito, os modernistas concebem a tradição como uma comunicação da experiência original, feita a outrem pela pregação, mediante a fórmula intelectual."(3)

Diante da condenação, o modernismo foi abafado, mas permaneceu secretamente atuante. Ressurgiu das cinzas no período do pontificado de Pio XII, como diz Dom Aloísio Lorscheider, (um dos Bispos desta nova teologia em sua versão marxista, a Teologia da libertação); "... a Théologie Nouvelle (4) afirmara que a verdade revelada, sendo católica, deveria poder encarnar-se nas categorias de pensamento de qualquer Filosofia e qualquer cultura. (5) No mesmo texto, diz o Bispo, que Pio XII, condenou a Théologie Nouvelle através da Humani Generis, afirmando:

"Que não se pode, sem mais, aceitar tal princípio, pois há sistemas que não servem para encarnar a verdade revelada como o imanentismo, o idealismo, o materialismo, seja histórico, seja dialético, o próprio existencialismo, enquanto professa o ateísmo ou enquanto nega o valor do raciocínio no campo da metafísica.

Para que uma verdade revelada se possa encarnar em determinada Filosofia, requer-se que essa Filosofia aceite o genuíno valor do conhecimento humano, os princípios indestrutíveis da razão suficiente, da causalidade, da finalidade e aceite também a capacidade da inteligência de atingir a verdade certa e imutável."
(6)

Passados oito anos da publicação da Humani Generis, morre Pio XII e lhe sucede João XXIII. Ao terceiro ano de seu pontificado, convoca um Concílio Ecumênico, onde já no discurso de abertura, faz da distinção entre substância e forma, o preceito mestre do Concílio:

" Uma coisa é a substância do « depositum fidei », isto é, as verdades contidas na nossa doutrina, e outra é a formulação com que são enunciadas, conservando-lhes, contudo, o mesmo sentido e o mesmo alcance. Será preciso atribuir muita importância a esta forma e, se necessário, insistir com paciência, na sua elaboração; e dever-se-á usar a maneira de apresentar as coisas que mais corresponda ao magistério, cujo caráter é prevalentemente pastoral. "(7)

O Concílio durará apenas 3 anos (1962-1965), sua aplicação colocará a Igreja em uma crise jamais vista em toda sua história. Hoje passados quase 43 anos de seu término, podemos avaliar este Concílio como algo no mínimo estranho a tradição da Igreja. Porque triunfaram todos os princípios modernistas até então condenados pela Igreja. O que é fácilmente demonstrado pela litúrgia, onde afirmou e reafirmou-se o direito da Théologie Nouvelle:

"Mantendo-se substancialmente a unidade do rito romano, dê-se possibilidade às legítimas diversidades e adaptações aos vários grupos étnicos, regiões e povos, sobretudo nas Missões, de se afirmarem, até na revisão dos livros litúrgicos; tenha-se isto oportunamente diante dos olhos ao estruturar os ritos e ao preparar as rubricas. " (8)

No inicío do artigo referimo nos ao preceito batismal (fundamental) pelo qual fomos batizados, o de formar um só corpo. Caros leitores, pergunto a vocês:

Aplicado a distinção modernista na Igreja, qual seria sua substância e qual seria sua forma?

Como judeus ou gregos, escravos ou livres, formarão um só corpo, se lhes é dado o direito de formar sua própia litúrgia?

Podemos dizer sem sombra de dúvidas que passados quase dois mil anos, foi necessário um Concílio Ecumênico para detectar um grave problema no cristianismo; ele não tem uma forma universal e própia, sua forma é empréstimo de todas as culturas humanas. O cristianismo em si mesmo, não dispõem de uma cultura, uma filosofia e uma teologia própia, ele evoluí e juntamente com ele tudo que o compõe.

A litúrgia caríssimos, encarnou-se em todas as culturas e filosofias humanas. Provando nos o resultado prático da adoção do método moderno que foi condenado pelo Magistério pré-conciliar, por ser a geratriz do preceito modernista exposto.

Ora, ao aplicar-se a misericórdia ao erro, pressupõe-se a tentativa de encarnação da doutrina católica no erro e dá se a este a liberdade para encarnar-se na doutrina católica. Tal aplicação e liberdade, só é possível pelo método moderno, que pressupõe condenações após a experiência. Assim, reduz-se o catolicismo ao natural e humano, pois as condenações são avisos de DEUS para os fiéis não fazerem a experiência do erro. Condenando-se após a experiência, DEUS não fala, mas é o homem quem fala, através da juízos meramente humanos. Digamos, que dariam ouvidos a um São João Bosco, apenas após o cumprimento de cada profecia que fizesse, pois necessitam apenas da prova de que a profecia é profecia, não de seu conteúdo.


(1) São Paulo; Primeira Carta aos Coríntios; Cap. 12, Vers. 13
(2) São Pio X; Pascendi Dominici Gregis; O modernista crente
(3) Ibidem
(4)
(5)Uma Criteriosa teológica; Cardeal Dom Aloisio Lorscheider
(6) Ibid.
(7) João XXIII; Discurso de abertura do Concílio Vaticano II, VI. Como deve ser promovida a doutrina, 5.
(8) Sacrosanctum Concilium 38

domingo, 8 de junho de 2008

Comentário ao artigo Tradição e Tradicionalistas do Pe Françoa

Li o artigo do Pe Françoa, "Tradição e "tradicionalistas"", chamou me a atenção os esforços do autor a tentativa de demonizar Dom Marcel Lefebvre e o movimento tradicionalista. E principalmente a tentativa de impugnar a concepção tradicionalista de Tradição.

No primeiro caso, não falta material para impugnar a falsa acusação de cisma contra Dom Marcel Lefebvre. É mais do que suficiente, citar as palavras do Presidente da Comissão Ecclesia Dei, Cardeal Castrillon Hoyos, a maior autoridade sobre o assunto Tradicionalistas dentro da Igreja. Em entrevista a revista Una Voce, ele diz:

"Non siamo di fronte ad una eresia. Non si può dire in termini corretti, esatti, precisi che ci sia uno scisma. C'è una attitudine scismatica nel consacrare vescovi senza il mandato pontificio. Loro sono dentro la Chiesa, solo che manca una piena, una più perfetta - come è stato detto nell'incontro con monsignor Fellay - una più piena comunione, perchè c'è la comunione".

Não se pode dizer em termos corretos, exatos, precisos, que no que eles fizeram haja um cisma. Há uma atitude cismática no consagrar Bispos sem o mandato pontifício. Eles estão dentro da Igreja, falta apenas uma plena, uma mais perfeita—como foi dito no encontro com Dom Fellay—uma mais plena comunhão, porque comunhão existe”

Una voce - Entrevista com o Cardeal Castríllon Hoyos "non si puó dire che ci sia uno scisma"http://www.unavoce-ve.it/11-05-93.htm

É o Cardeal Hoyos quem diz que "não há cisma" e "Eles estão dentro da Igreja, falta apenas uma plena, uma mais perfeita comunhão". Portanto, tudo o que o Pe Françoa, escreveu em relação a cisma, "tradicionalistas que se afastaram da comunhão Católica e a ela não voltaram ou àqueles que, ainda que se dizem em comunhão com a Igreja, combatem-na" não possuí na própia Comissão Ecclesia Dei nenhum sentido e absolutamente nada de verdade. Uma atitude cismática, não é cisma!

Passemos agora a noção de tradição que ele apresenta no artigo. Segundo ele, os tradicionalistas, não fazem distinção entre "Tradição Apostólica" (experiência) e "tradições teológicas, disciplinares, litúrgicas ou devocionais" (formulação intelectual ). O Pe Françoa ao fazer isto, apenas repete a noção modernista de tradição, infundida pelo Concílio na Igreja, já em seu discurso de abertura, conforme-se lê:

“Uma coisa é a substância do “depositum fidei”, isto é, as verdades contidas na nossa doutrina, e outra é a formulação com que são enunciadas, conservando-lhes, contudo, o mesmo sentido e o mesmo alcance.” Discurso de abertura do Concílio Vaticano II – Papa João XXIII

Justamente esta noção, é condenada por São Pio X, na Encílica Pascendi Dominici Gregis, como pode se ler:

“Há ainda outra face, além da que já vimos, nesta doutrina da experiência, de todo contrária à verdade católica. Pois, ela se estende e se aplica à tradição que a Igreja tem sustentado até hoje, e a destrói. E com efeito, os modernistas concebem a tradição como uma comunicação da experiência original, feita a outrem pela pregação, mediante a fórmula intelectual." Pascendi Dominici Gregis - São Pio X

A distinção entre experiência e formulação intelectual, analogamete, equivaleria a vestir as imagens dos Santos e de Nosso Senhor Jesus Cristo, com terno e gravata. É a formulação intelectual quem gera a experiência, não conservando-se a mesma podera a Igreja gerar a experiência tradicional católica em seus fiéis? E como se não bastasse, ele, ainda apresenta o critério modernista da temporalidade, afetada pelo tempo que dura, como se lê na própia Pascendi:

"Por isto a esta fórmula, além do valor representativo, atribuem certa eficácia de sugestão, tanto naquele que crê, para despertar o sentimento religioso quiçá entorpecido, e restaurar a experiência de há muito adquirida, como naqueles que ainda não crêem, para despertar neles, pela primeira vez, o sentimento religioso e produzir a experiência. Por esta maneira a experiência religiosa abundantemente se propaga entre os povos: não só entre os existentes, pela pregação, mas também entre os vindouros, quer pelo livro, quer pela transmissão oral de uns a outros. Esta comunicação da experiência às vezes lança raízes e vinga; outras vezes se esteriliza logo e morre. O viver para os modernistas é prova de verdade; e a razão disto é que verdade e vida para eles são uma e a mesma coisa. E daqui, mais uma vez, se infere que todas as religiões existentes são verdadeiras, do contrário já não existiriam. " Pascendi Dominici Gregis

O modernismo "a síntese de todas as heresias" nos tempos de São Pio X, estava "nas veias e nas entranhas da Igreja." No período do Concílio, segundo Jacques Maritain, ele tinha evoluído de tal maneira que ele escreve no livro La Paysan de la Garonne (1966):

"O modernismo do tempo de Pio X comparado à febre neomodernista moderna, é um simples resfriado". Le Pavsan de la Garonne (1966) - Jacques Maritain

Não é somente Maritain, quem atesta a febre modernista no período do Concílio. O própio Cardeal Ratzinger dirá no livro "O caminho Pascal":

"A Teologia moderna está muitas vezes procurando uma certeza científica no sentido das ciências (naturais, empíricas); e, procedendo deste ponto de partida, é forçada a reduzir o ambiente bíblico às dimensões desta demonstrabilidade. Penso que este erro ao nível da certeza reside no âmago da crise modernista que reapareceu depois do Concílio" (Joseph Cardeal Ratzinger, O Caminho Pascal, Loyola, São Paulo,, p. 28).

Por essa e outras razões, fica completamente destituída de razão e sentido, o que o Pe Françoa escreveu em seu artigo sobre a Pascendi e sobre o Decreto Lamentabilli, como pode se ler (Nos destaques):

"O decreto e a encíclica, ao entrar em luta contra o modernismo, queriam dar resposta a uma situação pontual, que responde a uma determinada época histórica.Logicamente, esses documentos continuam válidos. No entanto, não seria razoavelmente válido julgar a nossa época da mesma maneira que se fez no principio do século XX e usar a linguagem do documento para atacar e combater o Concílio Vaticano II, a bispos que estão em perfeita comunhão com o Papa e com o seu Magistério." Tradição e "tradicionalistas" - Pe Françoa

São Pio X, não julgou a sua época, ele julgou uma doutrina, por isso dizer que "não seria razoavelmente válido julgar a nossa época da mesma maneira que se fez no principio do século XX", é algo destituído de sentido. Equivaleria a dizer que Jesus Cristo não poderá julgar todos os homens no dia do juízo final, pois ele não vive a nossa época e não seria razoávelmente válido julgar homens que estão sujeitos ao tempo por preceitos eternos. Lógicamente tanto o decreto quanto a encíclica cotinuam válidos e se tanto o Concílio, como Bispos, o Magistério e o Papa, não estão em comunhão com o decreto e pascendi, temos sim uma ruptura na tradição. Ainda mais quando se observa que a "linguagem" anterior ao concílio era um redondo e sonoro Não e após o Concílio ele tornou-se um redondo e sono Sim. O mesmo espírito que nos ensina a dizer Sim Sim e Não Não, diria Sim e depois Não?

O Pe Françoa e todos que professam os erros impugnados pela Pascendi, são modernistas. Há fé para os tradicionalistas, continua sendo a adesão da inteligência e da vontade a verdade revelada, e não a adesão da inteligência e da vontade a experiência que produz o sentimento religioso. A Teologia que conhecemos não é desatualizada e nem atualizada, ela é eterna, não é o tempo que lhe determina a veracidade. Não cremos com Galileu Galilei que "a verdade é filha de seu tempo." E muito menos observamos em toda a história da Igreja um Concílio Ecumênico que dividiu a Igreja em desatualizada e atualizada, a Igreja não caminha com o mundo!

Estes erros já foram denunciados pelo grande Pe Reginald Garrigou Lagrange, no artigo "Para onde vai a nova teologia?" Nele pode se ler que uma teologia que não usa a linguagem de nosso tempo, é uma teologia falsa, como sugere Pe Françoa em seu artigo. Para a nova teologia a matéria, é o Pai, o mundo é o Filho e a Evolução é o Espírito Santo. Por esta razão atualmente Igreja e mundo se confundem, por esta razão desejou-se abrir a Igreja ao mundo e por esta razão ela encontra-se nesta crise de identidade sem precedentes na sua própia história.

O modernismo, que é a fé na ciência humana, triunfa, como o poder das trevas teve a sua hora nos tempos de Nosso Senhor. Porém esse triunfo perdurará por pouco tempo...

sexta-feira, 9 de maio de 2008

Breves reflexões sobre a doutrina da experiência

Por Gederson Falcometa Zagnoli Pinheiro de Faria

O Exôdo destaca algumas das maiores experiências que os homens tiveram com DEUS. Moisés, libertou o povo hebreu do Egito e operou sinais e milagres que até hoje acompanham a cultura judaíca e assombram a humanidade.

Naqueles tempos, o povo hebreu teve a experiência das pragas do Egito, atravessou um Mar a seco, experimentaram o Maná, as Cordonizes e tomaram da água que brotou na rocha, além de terem diante de seus olhos a coluna de fogo que os conduzia. Tudo isto não foi suficiente para conquistar a fidelidade do povo hebreu, bastou Moisés subir ao Monte Sinai, que fizeram um bezerro de ouro e o adoraram.

Os judeus tinham herdado de um certo modo a religião egipcía, foi como se eles tivessem saído do Egito, mas o Egito permanecesse neles. O povo acreditava na experiência e nas provas que DEUS lhes dava, mas não cria em DEUS, eram incapazes de confiar. Como os Egipcíos, eles possuíam apenas um sentimento religioso alimentado pela experiência. Quando cessava a experiência não sentiam DEUS presente, então DEUS já não exstia e assim acabaram por cometer todos os erros relatados no Exôdo.

Apesar deste grande testemunho de que a experiência não produz autêntica conversão, hoje a pregação da maioria das Igrejas se baseia nela. Não querem conhecer a DEUS, querem sentir a DEUS, como se fosse o sentimento e não o conhecimento que libertasse o homem da mais refinada de todas ignorâncias; a ignorância da própia ignorância, como dizia Santo Agostinho. Querem acreditar na experiência, não querem acreditar em DEUS. Comportam-se como aqueles que pediam ao Senhor um sinal e dele recebiam a resposta:"Então alguns escribas e fariseus tomaram a palavra: Mestre, quiséramos ver-te fazer um milagre. Respondeu-lhes Jesus: Esta geração adúltera e perversa pede um sinal, mas não lhe será dado outro sinal do que aquele do profeta Jonas: do mesmo modo que Jonas esteve três dias e três noites no ventre do peixe, assim o Filho do Homem ficará três dias e três noites no seio da terra. No dia do juízo, os ninivitas se levantarão com esta raça e a condenarão, porque fizeram penitência à voz de Jonas. Ora, aqui está quem é mais do que Jonas. No dia do juízo, a rainha do Sul se levantará com esta raça e a condenará, porque veio das extremidades da terra para ouvir a sabedoria de Salomão. Ora, aqui está quem é mais do que Salomão." Mt 12, 38-42

Entre os pregadores da experiência, encontram-se até mesmo alguns Bispos. Não querem mais plantar e regar como São Paulo e Apolo, eles querem dar o crescimento diretamente, conduzindo o povo a experimentar o "incognoscível". Pensam que é a experiência quem conduz o ser humano a DEUS, não o conhecimento. Parecem esquecer-se que os Apóstolos tiveram experiências diretas com Jesus por três anos e nem isso foi suficiente para a maioria estar com ele aos pés da cruz.

A doutrina da experiência nasceu na Igreja Católica com o modernismo, condenado por São Pio X na Carta Encíclica Pascendi Domini Gregis. Através desta doutrina modernista, eles chegaram a afirmar que DEUS se acha apenas na alma do crente, como objeto do sentimento e de afirmação. O fundamento desta asserção, seria a experiência individual de cada crente que segundo os modernistas, seria capaz de vencer qualquer experiência racional. Aqui os modernistas dispensam São Paulo e Apolo, de plantarem e regarem, para transferir ao Espírito Santo todas as funções da conversão. O que fazem é introduzir no Cristianismo a via direta gnóstica, que acabará produzindo o Cristianismo anônimo de Karl Rahner. Daqui se vê o quão honestos eram e são os modernistas, porque o Cristianismo é como a liberdade de expressão, ela veda o anonimato. Alguém sentir-se empolgado por isso, só pode possuir um intelecto falso. O Cristianismo anônimo que os entuasiama, nada mais é do que o humanismo puro.

A Missão da Igreja é a de convencer o homem do pecado, da justiça e do juízo, por esta razão os homens falaram e falam pelo Espírito Santo e é por esta razão que ele foi prometido. Na doutrina da experiência, a verdade torna-se incognoscível, óbviamente ninguém poderá convencer ninguém de algum pecado, de alguma justiça ou de algum juízo. Óbviamente rejeitam o Espírito Santo! O que resta então, é a pregação da dignidade humana que faz Pelágio de um lado exultar em seu túmulo e de outro Santo Agostinho se revirar.

Evidentemente que a ausência de anátemas por parte do Magistério da Igreja, deve-se a adoção da doutrina da experiência. Nada melhor para o humanismo do que a ausência da verdade e a presença da experiência, através disto o cristianismo amolda-se a todas as classes sociais e a todo e qualquer tipo de pecado. Hoje não existe mais conversão no cristianismo, não existe nova criatura, existe a pregação da dignidade humana, dotado de razão e vontade livre; necessitará conhecer a verdade religiosa que confere autenticidade a sua razão e liberdade a sua vontade? Teria o Espírito Santo mudado e modificado a orientação missionária da Igreja?

Uma coisa é certa, entre os católicos os chamados tradicionalistas continuam com a mesma postura anterior ao Concílio. Por esta razão eles são o grupo mais odiado dentro e fora da Igreja, são os excluídos da modernidade, estão como São Paulo; "fora dos muros". A grande apostasia esta ai, a doutrina da experiência é meio pelo qual ela esta atingindo seu fim, para que se cumpra a palavra do Senhor:"... Mas, quando vier o Filho do Homem, acaso achará fé sobre a terra?" Lc 18,8

quinta-feira, 8 de maio de 2008

Lamentabili Sine Exitu
Papa S. Pio X
(DECRETO "LAMENTABILI")
Decreto do Papa S. Pio X sobre os erros do "Modernismo"


Das proposições dos modernistas condenadas pela Igreja Decreto da Sagrada Inquisição Romana e Universal3 de julho de 1907

Autoridade das decisões doutrinais da Igreja
Sagrada Escritura
Filosofia Religiosa da Nova Escola
Cristologia de Loisy
Origem dos Sacramentos
Nova teoria sobre a Igreja
Evolucionismo absoluto e ilimitado

Quarta-feira, 3 de julho de 1907.

Com êxito verdadeiramente Lamentável, a nossa idade, desmandando-se no indagar as razões supremas das coisas, vai não raras vezes atrás de novidades por tal forma, que deixa de parte o que é como herança do gênero humano, para se precipitar em erros gravíssimos. Erros esses que serão muito mais perniciosos, quando se trata das ciências sagradas, ou da interpretação da Sagrada Escritura, ou dos principais mistérios da fé.

E é para lamentar profundamente que também entre os católicos se encontrem não poucos escritos que, ultrapassando os limites demarcados pelos santos Padres e pela própria Santa Igreja, a pretexto de mais elevados conhecimentos e em nome de considerações históricas, procuram esse progresso dos dogmas, que, na realidade, não é senão a sua corruptela.

Para impedir que esses erros, que todos os dias se vão difundindo entre os fiéis, criem raízes em seus corações e corrompam a sinceridade de sua fé, aprouve a nosso Santíssimo Padre por divina providência Papa Pio X que, por ofício desta Sagrada Inquisição Romana e Universal, fossem notados e condenados os principais dentre esses erros.

Por isso, depois de diligentíssimo exame e do parecer prévio dos Reverendos Senhores Consultores, os Eminentíssimos e Reverendíssimos Senhores Cardeais, Inquisidores Gerais em matéria de fé e de costumes, julgaram que deviam ser condenadas e proscritas, como de fato ficam condenadas e proscritas as seguintes proposições:

AUTORIDADE DAS DECISÕES DOUTRINAIS DA IGREJA

1. A lei eclesiástica, que manda submeter à prévia censura os livros que tratem das Divinas Escrituras, não se estende aos cultores da crítica e da exegese científica dos Livros do Antigo e do Novo Testamento.

2. A interpretação dada pela Igreja aos Livros Sagrados, conquanto se não deva desprezar, está todavia sujeita a mais apurado juízo e a correção dos exegetas.

3. Pela sentenças e censuras eclesiásticas fulminadas contra a exegese livre e mais adiantada, pode se concluir que a fé proposta pela Igreja está em contradição com a história e que os dogmas católicos não podem realmente harmonizar-se com as verdadeiras origens da religião cristã.

4. O magistério da Igreja não pode determinar o sentido genuíno das Sagradas Escrituras, nem mesmo por meio de definições dogmáticas.

5. Visto que no depósito da fé se contêm somente as verdades reveladas, não compete a Igreja, sob nenhum respeito, proferir juízo sobre as asserções das ciências humanas.

6. Na definição de verdades, a Igreja discente e a docente colaboram de tal modo, que nada mais resta à Igreja docente senão sancionar as conjecturas comuns da discente.

7.A Igreja, quando proscreve erros, não pode de maneira nenhuma exigir que os fiéis aceitem seus juízos com assentimento interno.

8. Devem ser considerados imunes de toda culpa os que nenhum caso fazem das condenações proferidas pela Sagrada Congregação do Índice, ou pelas outras Sagradas Congregações Romanas.

SAGRADA ESCRITURA

9. Demasiada simplicidade ou ignorância revelam os que crêem que Deus é verdadeiramente o autor das Sagradas Escrituras.

10. A inspiração do livros do Antigo Testamento consistiu em terem os escritores israelitas ensinado doutrinas religiosas sob um aspecto peculiar, desconhecido ou pouco conhecido dos pagãos.

11. A inspiração divina não se estende a toda Sagrada Escritura a ponto de preservar de todo erro todas e cada uma de suas partes.

12. O exegeta, se quiser aplicar-se com proveito aos estudos bíblicos, deve antes de tudo abstrair de qualquer opinião preconcebida sobre a origem sobrenatural da Sagrada Escritura e interpretá-la do mesmo modo que os outros documentos meramente humanos.

13. Foram os próprios Evangelistas e os cristãos da segunda e terceira geração, que artificiosamente elaboraram as parábolas evangélicas e assim deram a razão do pouco fruto da pregação de Cristo entre os judeus.

14. Em diversas narrações, os Evangelistas referiram não tanto o que era verdade, quanto o que, embora falso, julgaram ser mais proveitoso a seus leitores.

15. Os Evangelhos sofreram continuas adições e correções até que fosse estabelecido e constituído o cânon definitivo; portanto, da doutrina cristã não subsiste neles senão um vestígio vago e incerto.

16. As narrações de São João não são propriamente história, são uma contemplação mística do Evangelho; os discursos contidos em seu Evangelho são meditações teológicas sobre o mistério da salvação, destituídas de verdade histórica.

17. O quarto Evangelho exagerou os milagres não só para que eles parecessem mais extraordinários, como também para que se tornassem mais aptos para revelar a obra e a glória do Verbo Encarnado.

18. É certo que João reivindica para si o caráter de testemunha de Cristo; na realidade, porém, ele foi apenas uma excelente testemunha da vida cristã, ou da vida de Cristo na Igreja, nos fins do primeiro século.

19. Os exegetas heterodoxos interpretaram o verdadeiro sentido das Escrituras com mais fidelidade que os exegetas católicos.

FILOSOFIA RELIGIOSA DA NOVA ESCOLA

20. A revelação não podia consistir em outra coisa, senão em ter o homem adquirido consciência de sua relação para com Deus.

21. A revelação, que constitui o objeto da fé católica, não se completou com os Apóstolos.

22. Os dogmas que a Igreja apresenta como revelados não são verdades caídas do Céu; são uma certa interpretação de fatos religiosos que a inteligência humana logrou alcançar à custa de laboriosos esforços.

23. Pode existir e realmente existe oposição entre os fatos relatados na Sagrada Escritura e os dogmas da Igreja que nele se baseiam; de modo que o crítico pode rejeitar, como falsos, fatos que a Igreja crê como certíssimos.

24. Não deve ser condenado o exegeta que estabelece premissas, das quais se segue que os dogmas são historicamente falsos ou duvidosos, contanto que ele não negue diretamente os mesmos dogmas.

25. O assentimento da fé, em última análise, baseia-se num acervo de probabilidades.

26. Os dogmas da fé devem ser considerados somente segundo o sentido prático, isto é, como norma de proceder e não como norma de crer.

CRISTOLOGIA DE LOISY

27. A divindade de Jesus Cristo não se prova pelos Evangelhos; é um dogma que a consciência cristã derivou da noção do Messias.

28. Jesus, quando exercia seu ministério, não falava com o intuito de ensinar que era o Messias, nem os seus milagres tinham por fim demostrá-lo.

29. Pode conceder-se que Cristo, tal como história o representa, é muito inferior ao Cristo, objeto da fé.

30. O nome de Filho de Deus, em todos os textos evangélicos, equivale somente ao nome de Messias; não significa, porém, que Cristo seja Filho verdadeiro e natural de Deus.

31. A doutrina sobre Cristo, que ensinada por S. Paulo, S. João e pelos Concílios de Nicéia, de Éfeso e de Calcedônia, não é a ensinada por Jesus; é a que a consciência cristã ideou a respeito de Jesus.

32. O sentido natural dos textos evangélicos é inconciliável com o que ensinam os nossos teólogos sobre a consciência e ciência infalível de Jesus Cristo.

33. É evidente para quem se não deixa levar por preconceitos que, ou Jesus professou o erro acerca do próximo advento do Messias, ou não tem autenticidade a maior parte de sua doutrina, contida nos Evangelhos Sinóticos.

34. O crítico não pode atribuir a Cristo uma ciência inteiramente ilimitada senão na hipótese, inconcebível historicamente e que repugna ao senso moral, isto é, de ter Cristo, possuído como homem a ciência de Deus, e no entanto, não ter querido comunicar a seus discípulos e à posteridade o conhecimento de tantas coisas.

35. Nem sempre Cristo teve consciência de sua dignidade messiânica.

36. A ressurreição do Salvador não é propriamente um fato de ordem histórica, mas de ordem meramente sobrenatural que não foi demostrado, nem é demonstrável, e que a consciência cristã insensivelmente deduziu de outros fatos.

37. A fé na ressurreição de Cristo consistia a princípio não tanto no próprio fato da ressurreição quanto na vida imortal de Cristo junto de Deus.

38. A doutrina sobre a morte expiatória de Cristo não é evangélica, mas somente paulina (de S. Paulo).

ORIGEM DOS SACRAMENTOS

39. As opiniões de que se achavam imbuídos os Padres de Trento, sobre a origem dos sacramentos, e que sem dúvida influíram em seus Cânones dogmáticos, estão muito distantes das que hoje sustentam os investigadores históricos do cristianismo.

40. Os sacramentos tiveram sua origem dos Apóstolos e seus sucessores que, por inspiração e impulso das circunstâncias e dos acontecimentos, interpretaram alguma idéia e intenção de Cristo.

41. Os sacramentos têm por fim único despertar na mente do homem a idéia da presença sempre benéfica do Criador.

42. A comunidade cristã introduziu a necessidade do batismo, adotando-o como um rito necessário e anexando-lhe as obrigações da profissão cristã.

43. A prática de conferir o batismo às crianças foi uma evolução disciplinar, que concorreu como uma das causas para que este sacramento se desdobrasse em dois, a saber: Batismo e Penitência.
44. Nada há que prove que o rito do sacramento da Confirmação tivesse sido usado pelos Apóstolos; ao contrário, a distinção formal do dois sacramentos, Batismo e Confirmação, não tem nenhuma relação com a história do cristianismo primitivo.

45. Nem tudo o que narra S. Paulo sobre a instituição da Eucaristia (1 Cor. 11, 23-25), pode ser aceito historicamente.

46. Não existia na Igreja primitiva o conceito do cristão pecador cristiano reconciliado pela autoridade da Igreja, mas só muito lentamente ela se afez a este conceito. Além disso, ainda mesmo depois que a Penitência foi reconhecida como uma instituição da Igreja, não se lhe chamava sacramento, porque seria tido como um sacramento infamante.

47. As palavras do Senhor: Recebei o Espírito Santo; os pecados que perdoardes, serão perdoados, e os que retiverdes serão retidos (João, 20, 22. 23), não se referem ao sacramento da Penitência, por mais que o tenham querido os Padres de Trento.

48. S. Tiago, em sua carta (5, 14. 15) não intentou promulgar nenhum sacramento de Cristo, mas de recomendar um pio costume; e se nesse costume ele vê talvez algum meio de graça, não o toma com o rigor com que o tomaram os teólogos que determinaram a noção e o número dos sacramentos.

49. A Ceia Cristã, assumindo a pouco e pouco a índole de cerimônia litúrgica, foi causa de que aqueles que tinham por costume presidi-la adquirissem o caráter sacerdotal.

50. Os anciãos, que exerciam o ministério da vigilância, nas assembléias cristãs, correspondia ou oficio de vigiar, foram instituídos pelos Apóstolos como presbíteros ou bispos para atender à organização necessária das crescentes comunidades, mas não propriamente para perpetuar a missão e poder dos Apóstolos.

51. O Matrimônio só muito tarde pôde tornar-se na Igreja sacramento da nova lei; pois, para que o matrimônio fosse considerado sacramento era necessário que precedesse uma completa explicação teológica sobre a doutrina da graça e dos sacramentos.

NOVA TEORIA SOBRE A IGREJA

52. Cristo não pensou constituir a Igreja como uma sociedade destinada a durar na terra por uma longa série de séculos; além disso, na mente de Cristo, o reino dos céus juntamente com o fim do mundo já deveria ter chegado.

53. A constituição orgânica da Igreja não é imutável; a sociedade cristã assim como a sociedade humana, está submetida a uma perpétua evolução.

54. Os dogmas, os sacramentos e a hierarquia, tanto em sua noção quanto em sua realidade, não passam de interpretações e evoluções do pensamento cristão que, por meio de incrementos externos, desenvolveram e aperfeiçoaram um pequeno germe que existia em estado latente no Evangelho.

55. Simão Pedro verdadeiramente nunca supôs que Cristo lhe confiara o primado na Igreja.

56. A Igreja Romana não por disposição da divina providência, mas em virtude de circunstâncias meramente políticas, tornou-se a cabeça de todas as Igrejas.

EVOLUCIONISMO ABSOLUTO E ILIMITADO

57. A Igreja mostra-se inimiga dos progressos das ciências naturais e teológicas.

58. A verdade não é mais imutável que o homem, pois que evolui com ele, nele e por ele.

59. Cristo não ensinou um determinado corpo de doutrina, aplicável a todos os tempos e a todos os homens; inaugurou em vez certo movimento religioso que se adapta, ou que deve ser adaptado aos diversos tempos e lugares.

60. A doutrina cristã, em seu princípio, foi judaica; mas, por sucessivas evoluções tornou-se primeiro paulina, depois joânica, e finalmente helênica e universal.

61. Pode-se dizer, sem paradoxo que nenhum capítulo da Escritura, desde o primeiro do Génesis até o último do Apocalipse, contém doutrina inteiramente idêntica à que sobre o mesmo ponto ensina Igreja; e por conseguinte nenhum capítulo da Escritura tem o mesmo sentido para o crítico e para o teólogo.

62. Os principais artígos do Símbolo dos Apóstolos não tinham a mesma significação entre os os cristãos dos primeros tempos do que a que tem entre os cristãos de nossos dias.

63. A Igreja se mostra incapaz de defender eficazmente a moral evangélica, porque adere obstinadamente a doutrinas imutávels que não podem conciliar-se com o progresso moderno.

64. O progresso das ciências exige que se reformem os conceitos da doutrina cristã sobre Deus, sobre a Criação, sobre a Revelação, sobre a Pessoa do Verbo Encarnado e sobre a Redenção.

65. O catolicismo atual não pode conciliar-se com a verdadeira ciência, a não ser que se transforme num cristianismo sem dogmas, isto é, num protestantismo amplo e liberal.

E na quinta-feira imediata, dia 4 do mesmo mês e ano, tendo-se feito de tudo isto minuciosa relação a nosso Ssmo. Padre o Papa Pio X, Sua Santidade aprovou e confirmou o Decreto dos Eminentíssimos Padres e mandou que todas e cada uma das proposições acima referidas fossem tidas por todos como condenadas e proscritas.

PEDRO PALOMBELLI

Notário da S. I. R. U.


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