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sexta-feira, 24 de outubro de 2008

Rahner teólogo gnóstico

Pe Júlio Meinvielle

En el número 117 de «La Pensée Catholique»1 se publica un artículo crítico del teólogo dominico Michel Guérard des Lauriers2 sobre la doctrina de otro teólogo, el célebre jesuita Karl Rahner3. Creemos que este trabajo es de una importancia singular y está llamado a suscitar un diálogo doctrinal inevitable. El P. R. es up teólogo «famoso» en la Iglesia de hoy; sus obras constituyen un verdadero «éxito».

No hace mucho, el no menos célebre Hans Urs von Balthasar, en un librito-librazo en que descubre y describe la grave situación actual de la lglesia, la «amenaza de perder la continuidad con el cristianismo tal como se lo entendía hasta ahora»4, señala a R. como enraizado y comprometido con el idealismo alemán, que está a la base del neomodernismo fundamental que asuela a la lglesia y carcome los cimientos de la vida cristiana.

“¿Quién no apela a Rahner — dice allí — de una manera o de otra, cuando se trata de ampliar el dogma en un sentido liberal, de transformar su contenido en algo «no objetivo», algo que.. . es en todo caso susceptible de cambio?”.

El diagnóstico de von Balthasar aparece ahora más certero a la luz de la lectura que G. d. L. nos ofrece de la doctrina teológica del P. R.

El artículo que comentamos es de una sobriedad ejemplar. Su «objeto» son los textos
rahnerianos, su obra fundamental, «Escritos de Teología»5. Cada afirmación de G. d. L. responde a una cita de R. . Su intención es descubrir los principios de la inspiración teológica del P. R. y demostrar cómo toda su doctrina, es decir, su interpretación de la doctrina cristiana, procede sistemáticamente de esos principios. Parece haber dado con la clave, con la vertebración interna del pensamiento rahneriano, de lo quo el jesuita alemán llama su «hermenéutica trascendental» (su método teológico, podríamos decir).
Para G. d. L. ese principio de inspiración es una tesis del orden de la teoría del conocimiento, tesis que determina la antropología de R. y a través de ella, con lógica rigurosa, la teología fijada en sus escritos. Encuentra tal principio en la conclusión de «El Espíritu en el Mundo»6: «Para Santo Tomas, abstractio y conversio son lo mismo: el Hombre». R. identifica (y atribuye incorrectamente esa identificación al Doctor Angélico) el proceso de formación o proferición del verbo mental (el término del
acto de intelección ), que pone al espíritu en posesión de la realidad, de la esencia, del «logos» u ordenación íntima del ser, con el “retorno al fantasma” o imagen sensible, es decir, con el proceso por el cual se adquiere conciencia de la configuración del acto intelectual en cuanto que tal acto procede de un término sensible y singular. Es decir, identifica la objetividad, la estructura del ser que puede ser concebida y proferida en una definición, con la subjetividad, la contemplación de la organización interna del acto cognoscitivo, de su origen y del lazo que lo enraíza en lo sensible y singular.

“La realidad sólo es captada como inmanente al Hombre: he allí todo el rahnerismo”G sentencia G. d. L. El hombre se convierte así en la medida de todas las cosas, de toda relación entre lo creado y Dios. El hombre rahneriano está abierto al infinito, pero en virtud de una «auto-trascendencia» de orden entitativo, de naturaleza ontológica, quo le es inmanente y connatural (t. V p. 192).

Según G. d. L., la teología de R. es una interpretación de toda la doctrina cristiana en función de tal concepción del hombre y de su poder inmanente de auto-trascendencia. Esa es la norma, la “hermenéutica trascendental”, aunque R. invoque a la Escritura, al Magisterio eclesiástico y a la doctrina tradicional.
A continuación G. d. L., examina las formulaciones que R. propone de los dogmas de la
Encarnación, la Redención, la Trinidad y la Eucaristía. Nosotros seguiremos su razonamiento y su presentación de los textos.

La Encarnación

Señala en primer lugar Guérard des Lauriers que R. concibe las relaciones de la Persona del Verbo con la Naturaleza divina y con la naturaleza humana como relaciones del mismo orden. Ambas relaciones desempeñarían el mismo papel respecto de la Persona divina. “La fe —dice Rahner— profesa una unidad substancial, durable, indisoluble, hipostática, y la desapropiación de dos naturalezas en virtud de la misma Persona” (t. Ip. 195).

El Verbo, así como es El mismo según la Naturaleza divina (y permaneciendo en sí inmutable), deviene verdaderamente El mismo en virtud de la naturaleza humana, en cuanto se constituye (por la Encarnación) diferente de sí y unido a sí mismo (t. I p. 202).

La naturaleza humana —concluye G. d. L.— condiciona al Verbo en su Ser, así como la Naturaleza divina es idéntica a su Ser. Y acopia una serie de textos rahnerianos para avalar esta conclusión.
Veamos.

“¿Qué significa ( la comunicación de idiomas) si la realidad humana verdadera, atribuida al Verbo en cuanto que El es una Persona, no lo cambia; como si esa humanidad no lo convirtiera en aquello que sin ella El no sería?”. (t. I p. 200).

Hay un cambio en el Verbo. Dios, aun siendo inmutable, puede ser sujeto de un devenir “Dios puede devenir algo, Aquel que es inmutable en sí mismo puede ser cambiado en otro”, (t. IV p. 147). El Verbo se cambia en la naturaleza humana. “Es necesario decir (ya que Dios es en sí inmutable) que el Dios inmutable en sí mismo puede cambiar, hacerse otro (propiamente: puede devenir hombre); y «cambiarse a sí mismo en otro» no está en contradicción con la inmutabilidad divina ni es, por otra parte, reductible a un «cambio del otro» (t. IV p. 147, nota 3).

Más todavía, o dicho de otro modo, la naturaleza humana de Cristo, a semejanza de la
Naturaleza divina, es la realidad misma del Verbo. “La humanidad de Cristo —arguye R.— en su realidad concreta (de ningún modo abstracta) sólo puede tener importancia teológica si ella es, como tal y no únicamente en cuanto formalmente unida al Verbo a posteriori, la manifestación de Dios en el mundo. Porque ella es la realidad del Verbo, forma una unidad con el Verbo” (t. I; p. 212).

Así, por presentar a la naturaleza humana en paridad con la Naturaleza divina en su referencia al Verbo, R. concibe de manera contradictoria la humanidad de Cristo. Por un lado, esa naturaleza humana es la realidad misma del Verbo. Por otro, esa humanidad de Dios considerada en sí misma, “no puede recibir ni de hecho recibe la gracia de aproximarse y encontrar a Dios de una manera esencialmente outra o esencialmente superior a la que, por la gracia, está reservada efectivamente a cada hombre” (t. IV, p.
145). Más aún, esbozando una especie de Kenósis invertida, R. explica: “Dios há asumido una naturaleza humana porque ésta es en sí misma abierta y asumible; porque sólo ella (a diferencia de los seres no trascendentes, objeto de definición) puede existir en un total desprendimiento de sí, que le permite realizar el acabamiento de su tendencia esencial, la cual es incomprensible” (t. IV; p. 143).

Por fin, cuál es el significado de la Encarnación en la interpretación rahneriana? “Que Dios suscite la auto-trascendencia del hombre y lo induzca a penetrar en su propio seno, que Dios por otra parte obre así en virtud de su absoluta auto-comunicación, que las dos cosas concurran a realizar la promesa hecha a todos los hombres y acabada en un solo: eso es la Unión hipostática” (t. V, p. 210).

G. d. L., entiende que según R., Cristo es simplemente el Hombre que en un individuo alcanza la perfección de la cual lleva en sí una exigencia connatural: “Cristo es el caso único y supremo del cumplimiento de la realidad humana en su esencia: este cumplimiento consiste en que el hombre exista renunciando a sí mismo” (t. IV, p. 142). Se trata —siempre siguiendo la lectura de G. d. L. — de un ascenso del hombre (y no de un descenso de Dios) insertado en un evolucionismo generalizado (cf. t. V pp. 191, 193).

La Redención

De acuerdo con su interpretación del misterio de la Encarnación, la Redención (el don de la gracia) es considerada por el P. R. como un resultado, para cada hombre, de una potencia de la humanidad a la auto-comunicación de Dios. Es obrada por Dios, pero resulta de una fuerza inmanente al Hombre, entiende G. d. L. He aquí el texto rahneriano: “Si se admite que esta comunicación original de la gracia ha sido hecha a la humanidad antes del pecado, no solamente como una exigencia sino como una potencialidad ya firmemente establecida, dada que en su misma fuente estaba ordenada a la Encarnación y por consiguiente a la irrevocable auto-comunicación de Dios a toda la humanidad (y no en razón de que ya había comenzado a actuarse en Adán) ... entonces se tiene la idea exacta de la redención cristiana...” (t. V, p. 216).

La Trinidad

Según R., la tesis que pone en luz al misterio de la Trinidad “como misterio de salvación (en su realidad y no solamente en cuanto doctrina) podría formularse así: la Trinidad de la economía de la salvación es la Trinidad inmanente, e inversamente” (t. IV, p. 115).

G. d. L., observa que esa identificación de la Trinidad en sí misma con la Trinidad en cuanto manifestada en la historia de la salvación, es un error que proviene del subjetivismo de R. Señala tres jalones:

•Teniendo en cuenta que en el mundo se ha producido algo (la Encarnación) “que pertenece únicamente al Verbo, que es la historia de una de las Personas divinas y no de las otras” (t. IV, p. 116), R. concluye que todo lo que concierne a la “economía” (el designio salvífico de Dios realizado en la historia) “puede ser dicho del Dios Trino en su conjunto y de cada persona en particular” (ib.). G. d. L., advierte una contradicción en la deducción rahneriana, pues si el Verbo es una Persona distinta (lo cual se manifiesta en la “economía”), también el Padre y el Espíritu Santo son Personas distintas. Y como el Verbo solo se encarnó, resulta evidente que la manifestación de la Trinidad en la historia de la salvación no es siempre, sin más, la Trinidad inmanente.

• R. sostiene que “no se puede distinguir adecuadamente entre la doctrina de la Trinidad y la doctrina de la economía” (ib.). Pero en realidad —objeta G. d. L.—, hay afirmaciones que conciernen a la Trinidad en sí misma, distintamente, aunque de hecho esas afirmaciones se hallen ligadas mas o menos directamente a la historia de la salvación. Es lo que la tradición ha entendido a partir de la palabra del Señor en Juan 8,38: “Yo digo lo que he visto junto a mi Padre”.

• R. pone en duda una verdad metafísica fundamental: Dios no puede tener una relación o referencia real a una realidad distinta de El (cf. t. IV, p. 116, nota 15). G. d. L., deduce que de la tesis rahneriana se desprende necesariamente la negación misma de esta verdad. En efecto, si se identifica la Trinidad inmanente con la Trinidad de la “economía”, y por consiguiente al Verbo encarnado según su humanidad con el Logos íntimo de la Trinidad, entonces las relaciones quo el Verbo encarnado tiene según su humanidad con algo distinto de El mismo, relaciones que pertenecen al orden de lo creado, se convierten en relaciones de Dios a lo creado.

Si no se acepta su tesis —arguye finalmente R. — no se puede captar el misterio de Dios mas que “de una manera verbal y nocional, por pura revelación verbal, opuesta a una revelación por la acción salvífica de Dios en nosotros”. G. d. L. responde: “Otra vez R. ha suplantado el verbo por el fantasma impuesto como autosuficiente; ya que la verdad es que en esta tierra «la Trinidad inmanente que el creyente abraza en su verbo está absolutamente por encima de cualquier manifestación por íntima que sea de la Trinidad percibida por el creyente en su propia interioridad».”

La Eucaristía

Sobre la Presencia de Cristo en el Sacramento de la Cena del Señor (t. IV, p. 357-385), distingue R. dos tipos de interpretación. Una quo llama lógica y que consiste en analizar en sí mismas la palabra “Esto es mi Cuerpo”, es la explicación expresada en las formulas dogmáticas. Y otra, la explicación óntica, que corresponde a su “hermenéutica trascendental”, excluye tal análisis y consiste en relacionar con otros hechos el hecho constituido por la pronunciación de esas palabras.

Su interpretación, que él mismo dice expresar en tono polémico, la encuentra G. d. L., en el siguiente texto (t. IV, p. 379-380) :
“Se quiere circunscribir la acción de Dios a la esfera puramente divina; entonces esa acción no está más presente y transformante en las cosas del mundo (la paz, la moral, el sepulcro, etc.) De ese modo, tal acción permanece no solo mas allá de la experiencia del que no cree (lo cual siempre es verdadero ), sino también más allá de las realidades mismas de la tierra; Dios queda en el cielo; donde está el pan, no pasa nada. En esas condiciones, me parece más coherente decir:
Cristo (el de la Eucaristía) no está más que en la fe, sólo en virtud de la fe está presente”.

Por otra parte, continúa R., los teólogos católicos podrían aprender algo de los cristianosevangélicos y de su teoría de la presencia “in usu”, es decir, durante la celebración del Sacramento (t. IV, p. 383).

En cuanto a la Presencia real después de la comunión, R. sostiene que “la Presencia real de Cristo subsiste solamente mientras la unidad sensible del pan constituye un dato humano” (t. IV, p. 390). O sea que cesa inmediatamente después de la deglutición, ya que el pan no puede ser percibido entonces como tal por los sentidos externos (cf. t. IV, p. 390).

G. d. L., objeta coma deformación subjetivista el apoyo que R. busca en la enseñanza de Santo Tomás (la Presencia cesa si una partícula es demasiado pequeña) y responde que el criterio de la Presencia real es objetivo como la Presencia misma (que solo cesa si la partícula corresponde a una desintegración de la molécula).

Hasta aquí llega este asombroso examen. La conclusión la ha expresado G. d. L., a lo largo de su artículo, y ya está dicha en la detectación de la “inspiración” del R. teólogo. Según el avisado dominico sentencia, esta inspiración es la antigua y siempre renovada inspiración de la gnosis: el Hombre, que se va convirtiendo evolutivamente hacia la fuerza divina que connaturalmente lo habita, es la medida de todas las cosas, incluso la medida del misterio de Dios.

En cuanto a nosotros, tendremos que volver a leer, con paciencia y atención los “Escritos Teológicos” de Rahner. . .

Julio Meinvielle
1 La Pensée Catholique - Cahiers de Synthése, París, n° 117 (1968), p. 78-93.
2 Abreviamos G. d. L.
3 Abreviamos R.
4 Hans Urs von Balthasar. Cordula oder der Ernstfall; Einsiedeln, Johannes Verlag, 1966. Fue traducido al
español bajo el título de “Seriedad con las cosas” (Córdula o el caso auténtico).
5 Karl Rahner. Schriften zur Theologie; Einsiedeln; Benziger Verlag, t.I-VI,1954-1965. Las citas, donde se
indica tomo y página, responden a esta edición. Hay una traducción española en ed. Taurus.
6 K. Rahner. Geist ist in Welt. Zur Metaphysik der endlichen Erkenntniss bet Thomas
von Aquin. Kösel Verlag, München 1957 (Zweite Auflage), p. 407). Ha sido traducido al español por ed.
Herder.

http://www.juliomeinvielle.org/libros.asp?ID=614&seccion=577&titulo=Rahner+teol%F3go+gn%F3stico

sábado, 18 de outubro de 2008

O que significou a canonização de São Pio X?

O Padre Júlio Meinvielle responde a questão no texto
"El significado de la canonización de Pío X". Vale a pena conferir!

sábado, 16 de agosto de 2008

Liberalismo e comunismo – rebentos da mesma raiz (I)

Carlos Nougué

O liberalismo e o comunismo brotam de um mesmo non serviam, de uma mesma revolta contra Deus, e ambos carecem de uma correta compreensão do que é o homem, seus produtos e seus fins. Mostremo-lo ao longo da série de breves artigos que começa aqui.
I) O homem
O homem, em meio embora à grande complexidade de tendências a que está submetido, mantém una inequívoca e rigorosa unidade hierárquica.Antes de tudo, tem ele um corpo, e dão-se nesse corpo operações físico-químicas que ele tem em comum com todos os outros entes visíveis, animados como inanimados. Mas também há no homem:
1) operações, como as de assimilação e crescimento, de caráter vegetativo, as quais ele tem em comum com as plantas;
2) operações, como o ver, o ouvir etc., de caráter sensitivo ou sensível, as quais, de certa forma, ele tem em comum com os animais;
3) e, por fim, as operações que lhe são próprias e distintivas no mundo visível, o inteligir e o querer, as quais, porém, mutatis mutandis, ele tem em comum com as substâncias espirituais a que chamamos anjos (e com Deus mesmo).
É o homem, portanto, um microcosmo, um epítome da criação, e por isso, pelo fato de que in homine quodam modo sunt omina (“no homem, de certo modo, se encontram todas as coisas”), dizia Santo Tomás de Aquino que merece ele nossa especial atenção (Suma Teológica, I, q. 96, a. 2, corpus)
E, apesar da complexidade de suas tendências e operações naturais, é o homem uma perfeita unidade (ao contrário do que sempre disseram, por um lado, as correntes de pensamento ultra-espiritualistas, como o platonismo, os diversos neoplatonismos e o cartesianismo, e, por outro lado, as correntes materialistas, como o marxismo e o darwinismo).
1) Ele é uno com unidade de natureza, ainda que sua natureza seja composta de dois princípios aparentemente tão incompatíveis, o corpo e a alma.
2) Ele também é uno com unidade de “pessoa”, porque todos os seus atos se atribuem a um mesmo “eu”, que se mantém idêntico a si mesmo ao longo das múltiplas mudanças e alterações da vida.
3) E ele é uno com unidade de orientação e de fim, porque tudo o que faz se destina a uma única e suma meta, a verdade e o bem plenos (e não aceitar isso é incorrer, ipso facto, de alguma maneira, no desespero niilista, que é propriamente o suicídio da vida espiritual).
Mas essa tão complexa unidade da criatura espiritual que é o homem (espiritual porque sua natureza dupla tem por princípio constitutivo e formal [ou atual] a alma espiritual) se torna ainda mais complexa porque o homem, conquanto se destine à verdade e ao bem plenos, vem ao mundo — como dizia o Padre Julio Meinvielle em De Lamennais a Maritain — em estado de “maior indigência. Ele é feito, sim, para toda a Verdade e Bem e a eles tende com toda a força de seu ser, mas vem ao mundo em total privação de toda Verdade e de todo Bem. Numa árdua e progressiva conquista, deve primeiro adquirir perfeições puramente materiais, para por meio delas alcançar as de sua vida afetiva e sensitiva, e depois, através destas, também as da vida intelectiva, e por fim culminar [...] na plena contemplação da Verdade”.
II) O homem e a pólis
Ora, é precisamente por tal indigência, por nascer como uma tabula rasa, que o homem é um “animal político”: ele depende não só da família, mas, a princípio, da pólis, da cidade, da sociedade, da civilização (chame-se como se queira), para viver e para atingir seus fins. Portanto, justamente pelo fato de ser composta de entes que, por um lado, nascem tão indigentes, tão absolutamente carentes de toda e qualquer perfeição, mas, por outro, anseiam a plena felicidade que é a posse da verdade e do bem supremos, é que a pólis ou civilização deve não só reunir em si toda a complexa variedade de bens naturais apetecidos pelo homem, ordenados naquela mesma unidade hierárquica segundo a qual ele os apetece, mas também propiciar condições para a consecução de seus bens e fins “transpolíticos”, como propriamente os chama Jorge Martínez Barrera em A Política em Aristóteles e Santo Tomás.
Daí a importância de assinalar não só quais são esses bens e condições, mas também a medida ou proporção em que devem e podem ser fornecidos pela pólis.
Em tempo: Para fazermos alguma ligação entre o tema da série de artigos que começa aqui e o da série de artigos sobre a arte que venho postando no blog, saiba-se que com a revolução francesa, a parteira de todas as formas de liberalismo, se desata uma arte em que o mundo do infernal se torna como que imanente ao próprio homem. Ele próprio passa a ser demoníaco, e não só na aparência; ele e todo o seu mundo estão entregues às forças diabólicas. Exemplos? Eis dois, concomitantes à mesma revolução: a obra do pintor, escultor e gravurista inglês John Flaxman (amigo do poeta e, também, ilustrador William Blake, que escreveu o terrível "Matrimônio do Céu e do Inferno" e era seguidor do não menos daninho Emmanuel Swedenborg) e a fase “escura” da pintura do espanhol Goya, em que o satanismo é explícito. Retenha-se, porém, que o que antes fora esporádico (com, por exemplo, Hieronymus Bosch ou o Paraíso Perdido de Milton), a partir de agora será uma das tônicas. Voltaremos ao assunto.