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sexta-feira, 1 de maio de 2009

LA DISLOCACION DE LA FUNCION MAGISTERIAL DESPUÉS DEL CONCILIO VATICANO II


Romano Amério


Ruunt saecula, stat veritas.Immo, stante veritate,
stat homo, stat mundus.
Circumversamur undique, et deversamur;
sed veritas nos erigit.
Amice, siste fugam, pone te in centro,
ubi nullus motus,
sed vita, immo: vita vivificans.

Transcurren los siglos, pero la verdad permanece.
Y si permanece la verdad,
permanece el hombre, permanece el mundo.
Por todas partes estamos rodeados, y desviados,
pero la verdad nos mantiene rectos.
Amigo, detén la huida, colócate en el centro,
allí donde no hay movimiento
sino vida, sí, vida vivificante

Mi contribución al Congreso teológico de Sí Sí No No consistirá en desarrollar el siguiente principio: la crisis de la Iglesia Católica consiste en una dislocación de la autoridad magisterial, que se transfiere desde la autoridad del Magisterio universal a la autoridad de los teólogos. Esta dislocación fue pronto advertida, porque en los años próximos al Concilio tuvo lugar una viva reacción. Pero en estos seis últimos lustros la gran mayoría de los teólogos han conseguido la reivindicación que entonces se propusieron obtener: ser reconocidos como partícipes en el oficio didáctico de la Iglesia. Dispongo en mi archivo de muchos recortes y pruebas de que esto se sentía como un peligro.
Es preciso decir que sobre este punto el Concilio afirmó la doctrina perenne de la Iglesia, pero dicho peligro se formuló inmediatamente después. No debe olvidarse el gran principio metódico de los innovadores, obispos y peritos conciliares, quienes introdujeron subrepticiamente en los textos propuestos al Vaticano II expresiones anfibológicas, cuya interpretación en sentido innovador se reservaban para cuando fuesen publicados los textos. Es la estrategia perpetrada explícitamente por los modernistas. A este propósito existe una importantísima declaración del dominico holandés Edward Schillebeeckx, quien dice expresamente: "las manifestamos [las ideas que nos impulsan] de una forma diplomática, pero después del Concilio extraeremos las conclusiones implícitas" (De Bazuin, nº 16, 1965; trad. francesa en Itinéraires, nº 155, 1971, pág. 40). Es como decir: utilizamos un estilo diplomático (como dice el vocablo, doble), en el cual las palabras se conforman con vistas a la hermenéutica, iluminando u oscureciendo, respectivamente, las ideas que nos impulsan o las que no nos convienen. Se produjeron así documentos conciliares que, en previsión de una posterior hermenéutica laxista y enervante, tenían por objeto apoyar las opiniones innovadoras. El escándalo principal y radical debe atribuirse a Juan XXIII, quien consintió que los observadores protestantes en el Concilio no solamente asistiesen a los trabajos de las comisiones, sino que cooperasen en ellas, de modo tal que algunos textos del Concilio no sólo son una elaboración de teólogos, en vez de obispos, sino de teólogos protestantes.

Fe y razón
La transferencia de autoridad de la cual queremos hablar es uno de los movimientos de inspiración racionalista, humanista y naturalista más imponentes y arraigados. Su gran principio es que las verdades de fe proceden de las elucubraciones del intelecto humano.
En la doctrina tradicional, la fe es una superación de la razón: según la doctrina de la Iglesia Católica, para creer es preciso salir fuera de la razón, ir más allá de la razón, al ser extrínseco a ella lo que está por encima de la razón. Que esté fuera de ella no quiere decir que le sea opuesto: al contrario, quiere decir que la completa y la apoya, y precisamente por eso está fuera de ella. Sin embargo, según la doctrina moderna la fe es una forma de la razón, es decir, algo intrínseco a ella. Lo cual significa que para creer no es preciso salir de la razón.
La función del Magisterio de la Iglesia consiste en inculcar en el espíritu de los fieles las persuasiones sobrenaturales: enseñarlas, arraigarlas, provocar su adhesión a las mismas. La palabra enseñar quiere decir "obrar de modo tal que uno pase a saber lo que no sabía". La función del Magisterio es también apologética, porque el maestro debe defender lo que enseña. Y lo debe defender alegando tanto motivos ofrecidos por la autoridad bíblica (motivos, por consiguiente, de orden sobrenatural) como motivos de razón natural. Finalmente, enseñar una cosa quiere decir también conseguir que la retengan las mentes a las cuales ha sido enseñada, porque el maestro debe velar para que no se pierdan ni se vean modificadas sus enseñanzas.

El Magisterio del Papa
Como testimonio de la consciencia con que, en tiempos del Concilio, la virtud didáctica que acabamos de recordar se estaba diluyendo en el vacío, puede recordarse aquella autorizada declaración del Card. Heenan, Primado de la Iglesia de Inglaterra, que en una de las primeras sesiones del Concilio se expresaba así: "hoy en la Iglesia ya no existe la enseñanza de los obispos: ya no son un punto de referencia en la Iglesia. El único punto en el cual todavía actúa la función magisterial de la Iglesia es el Sumo Pontífice" (Osservatore Romano, ed. it., 28-4-68). Es decir, donde ya nadie enseña, todos enseñan; y donde ya no hay una verdad que enseñar, se enseñan multitud de opiniones. Pero a treinta años de distancia esa declaración del Primado de Inglaterra suena optimista, porque hoy ni siquiera el Pontificado ejercita ya la función magisterial. Si, como hemos visto, el Magisterio es la manifestación de la Palabra divina de la cual es depositaria la Iglesia y que la Iglesia tiene de oficio el deber de enseñar y predicar, entonces esa manifestación de la Palabra divina está ausente, o cuando menos en decadencia, en el actual Pontificado: yo no habría escrito mi libro Stat Veritas, con sus cincuenta y cinco glosas al documento Tertio Millenio Adveniente, si el Santo Padre hubiese enseñado y manifestado siempre la Palabra divina (que es, ésta sí, el verdadero Magisterio viviente en la Iglesia), en vez de sus propias opiniones, expresándose en una forma que no refleja directa y netamente la verdad. Al contrario, si las he escrito es precisamente porque tampoco el Santo Padre, en el ejercicio de su magisterio, presta el auxilio que los fieles esperan del Sumo Magisterio: él habla, pero no manifiesta lo que le correspondería manifestar. Porque es necesario decir que, incluso en los documentos más vinculantes, no todas las palabras del Papa constituyen Magisterio, sino que con frecuencia son sólo expresión de las opiniones, pensamientos, y consideraciones difundidas hoy en la Iglesia. Incluso el Papa refleja en sus alocuciones todo un sistema de pensamiento, el sistema de pensamiento en el cual se complace hoy el hombre.
Una doctrina privada es elaboración propia de un individuo, pero aquí no se trata de eso: se trata de doctrinas que se han difundido y se han convertido en dominantes en buena parte de la teología. Por ejemplo, en Tertio Millenio Adveniente: "Cristo es el cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo y, por ello mismo, es su única y definitiva culminación" (n. 6); y aún más: "no se habría de descuidar (...) el encuentro del cristianismo con aquellas antiquísimas formas de religiosidad, significativamente caracterizadas por una orientación monoteista" (n. 38); e incluso: "en este diálogo deberán tener un puesto preeminente los hebreos y los musulmanes" (n. 53). Y en Ut unum sint se afirma que la infalibilidad del Papa es una verdad irrenunciable de la Iglesia, pero que deberá encontrarse un modo nuevo de interpretarla (n. 95).
Por consiguiente, también las manifestaciones didácticas del Papa han asumido una característica impropia de la suprema función magisterial. Cuando el Papa no manifiesta la Palabra divina que le ha sido confiada y que tiene la obligación de manifestar, expresa sus opiniones personales en el sentido que hemos clarificado antes.

La decadencia del Magisterio
Nos encontramos pues ante la manifestación de la decadencia del Magisterio ordinario de la Iglesia. El Papa tiene la obligación de custodiar y exponer el depósito de la Fe (la Revelación divina), pero sólo la cumple pálidamente.
Cuando el Papa desiste de cumplir este su primer deber, se abre una gravísima crisis en la Iglesia, porque es el núcleo central de la Iglesia quien la sufre. No existe ningún órgano de corrección superior al Pontífice: de hecho, el Primado del Pontífice romano es uno de los dogmas "fundamentales", si se puede hablar así, de la Iglesia.
En 1969, algunos grupos alemanes sostuvieron, incluso ante el Card. Testa, legado pontificio, que debía ser el Colegio episcopal quien, en los momentos de grave crisis de la Sede Apostólica, asumiese la facultad de corregir al Pontífice o, en último extremo, de deponerlo. Pero esta doctrina incluía un grave error, como es la negación del Primado y por consiguiente de la infalibilidad. El Pontífice es infalible cuando habla ex cathedra, es decir, cuando habla con la autoridad vicaria de maestro infalible.
En los últimos treinta años, centenares de obispos, de superiores religiosos de las más diversas órdenes, de prelados de la Curia, y por último, el Sumo Pontífice, han debilitado progresivamente este fundamento doctrinal, que disuelve la fe y su raíz sobrenatural en una miriada de opiniones privadas y personales. La razón estriba en que, al ser el Pontificado romano el verdadero principio de la Iglesia, si desfallece el Papa desfallece la Iglesia, y si se derrumba el Papa, se derrumba la Iglesia. El principio de autoridad en la Iglesia es único: el Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, que ha recibido de Cristo el mandato de confirmar en la fe a todos los hermanos; "confirmar" quiere decir "reforzar", "hacer firme".

Una "nueva forma" de ejercicio del Primado
En la crisis del Concilio tiene un papel relevante la tentativa de repartir entre el Papa y los Obispos el Magisterio infalible. En conjunto, y a pesar de la Nota praevia a la Constitución Conciliar Lumen Gentium, el movimiento antipapal ha triunfado, porque hoy se encuentra muy difundido ese espíritu antipapal, antirromano y enemigo de la autoridad. Hasta los cristianos están convencidos de que debe interpretarse la infalibilidad de un modo nuevo. Por otra parte, el mismo Juan Pablo II hace declaraciones antipapales, como hemos visto, en el sentido de acoger "la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del Primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva" (Ut unum sint, n. 95). Lo cual viene a ser como decir: es irrenunciable, pero no es irrenunciable; es un principio absoluto, pero no es un principio absoluto. La infalibilidad del Papa es una roca inamovible, pero... Y cuando se dice pero ya ha tenido lugar la concesión: el nuevo modo supondrá en realidad una alteración de la verdad definida como inconmovible. De hecho circulan ya propuestas de teólogos luteranos, apoyadas por teólogos católicos, de que los protestantes podrían admitir la infalibilidad concediendo que permanezca como una costumbre y creencia peculiar exclusiva de la Iglesia romana. Y el Santo Padre, con las palabras citadas, parece acceder a esa idea, en virtud de la cual estaría dispuesto a limitar la infalibilidad de forma tal que, no siendo ya universal, ni siquiera constituiría un dogma de fe. Pero ello quebraría la naturaleza de la Iglesia, porque si unas diócesis creen y otras no, es su naturaleza la que resulta comprometida. La Iglesia y la Fe son una sola cosa, mientras que de ese modo la fe y la Iglesia serían una cosa en Roma y otra en Berlín.

"Nueva evangelización" humanitaria
En los últimos años esta supremacía pontificia ha recibido embates todavía más sórdidos que durante el Concilio. Esta grave herida en lo más excelso del Santuario divino sólo se vé enmascarada por el crecimiento de la autoridad moral del Pontífice en el mundo. Pero dicho crecimiento no tiene ningún significado religioso, y carece de toda forma sobrenatural: se venera al Papa como exponente de la idea humanitaria que debe constituir el fundamento del mundo futuro, esa idea humanitaria condenada con tanta fuerza en el Syllabus de Pío IX (1864): "la Iglesia ha de separarse del Estado, y el Estado de la Iglesia" (LV); "en nuestra edad no conviene ya que la religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de cualesquiera otros títulos" (LXXVII); "el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo, y con la civilización moderna" (LXXX).
Sin embargo el Santo Padre parece secundar esta idea, porque habla siempre de un mundo nuevo, gobernado por la justicia, en el cual los pueblos se aman y se respetan en sus distintas y buenas tradiciones, un mundo fraterno y pacífico donde reinan la paz y el bienestar sobre todos los pueblos. Pero ante los jefes de las naciones el Santo Padre no habla jamás de la autoridad de Cristo en su representante sobre la tierra, no habla jamás de Cristo Rey, jamás. El discurso pronunciado en la ONU es un discurso totalmente humanitario; solamente en algún momento se cita de pasada a Cristo, pero por decirlo así, son alusiones formales, de cumplido: el discurso está embebido, e invita a embeberse, de humanitarismo, porque su fin es humanitario.
El Santo Padre habla también de nueva evangelización, pero o bien esta nueva evangelización consiste en repetir la Buena Nueva, o bien consiste en anunciar alguna novedad. La novedad son las proclamas humanitarias, que prescinden de la idea religiosa católica, a la cual sin embargo se refiere la autoridad de San Pablo: "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Ef. 4, 5). Por el contrario, la novedad aprueba la religiosidad humana en virtud de la cual todas las religiones merecen respeto, y todas ellas cooperan para bien de la humanidad. Pero si nuestra religión se diluye en el sentimiento religioso universal, es una religión que no existe; nuestra religión, si no es un primum, no es nada, y si no es la luz, se identifica con las tinieblas.

Dogma y moral en las palabras del Papa
El único conflicto con el mundo versa sobre puntos de moral, como la indisolubilidad del matrimonio o el aborto: sobre las Tablas de la Ley en general. Sobre estos puntos el Santo Padre perservera en las posiciones a las que está obligado. Pero como hemos visto anteriormente, en todos los demás, es decir, en las posiciones dogmáticas, va creciendo la disolución de la doctrina en sus propias opiniones.
Los éxitos del Santo Padre a lo largo y ancho del mundo son realmente grandiosos: se movilizan miles de periodistas, tienen lugar encuentros con los grandes de la tierra; el Papa, además, participa como uno más en las reuniones ecuménicas. Y todo esto es importante, porque obrando así Juan Pablo II ha conquistado el mundo: el mundo está hoy embebido de sus ideas sobre ecumenismo, sobre la bondad indistinta, intrínseca e igual de todas las religiones (que todas ex sese conducirían a Cristo), sobre la necesidad de que los pueblos se hermanen conservando sus cualidades tradicionales y sus propias convicciones culturales, etc. Se recibe al Santo Padre con entusiasmo, pero no por ser el Pontífice Romano, sino porque se le contempla como el sumo exponente de esta generalizada mentalidad buena de nuestro mundo.
El Papa sólo manifiesta su especificidad y su peculiaridad como soberano sobre los puntos espinosos de la moral que el mundo niega. Pero los niega sin darse cuenta de ello, y sin que nadie le recuerde que la negación de los puntos morales incluye la negación de los puntos dogmáticos, porque la ley moral es la manifestación del Verbo, es decir, de la Razón divina, Razón divina que se ha encarnado y se llama Cristo. La ley moral remite directamente al Verbo. Por consiguiente la negación de la ley moral es una negación implícita, pero no por ello menos real, del Verbo. El principio de la Iglesia y el principio de todas las cosas se llama Cristo, que es el Verbo encarnado, que es la Razón divina, que expresa la moral natural. La ley moral es una ley racional y es la expresión de la Razón divina: la ley moral es sumamente razonable.
El principio de autoridad del Sumo Pontífice existe en cuanto que su palabra es vicaria de la Palabra divina y expresa la ley moral secundando la Encarnación del Verbo.

Exclusividad de la Revelación
Las verdades que se tambalean en los discursos y las encíclicas de Juan Pablo II son verdades centrales, y por encima de todas ellas se encuentra la verdad basal del Cristianismo: que Dios se ha revelado hic et nunc, aquí [hic] y no allí, ahora [nunc] y no antes. Esta verdad primigenia se pone hoy en duda, como hemos leído en la carta Tertio Milennio Adveniente, en cuyos párrafos se desarrolla la doctrina según la cual "Cristo es el cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo" (n. 6). Pero el cristianismo no es una respuesta a estas religiones ("dioses -decía la reina Ester- que nada son", Es. 4, 17k), porque el Cristianismo es la Palabra divina revelada solamente al pueblo elegido en un tiempo concreto y en un lugar concreto, como reza el Salmo 147, 20: "no hizo tal a ninguna nación".
De potencia absoluta, Dios puede salvar sin bautismo a cualquier hombre; pero de potencia ordenada no, porque la salvación sin bautismo no es el sistema, no se inscribe en la economía pensada y querida por Dios. La salvación sin el bautismo es excepcional, extraña al sistema, porque no pertenece al sistema, que se articula sobre Cristo y sobre la Trinidad misma de Dios. Cuando se dice que el hombre puede salvarse sin la gracia, sin el bautismo, en virtud de sus obras de hombre religioso, bueno, pío y justo, se entra en el sistema pelagiano. El sistema pelagiano merecería mucha atención de los teólogos modernos, porque el mundo entero se está pelagianizando.

Ruptura de la unidad de la Fe
Sintetizando mucho, la decadencia en autoridad que va desde la autoridad del Magisterio episcopal a la autoridad de los teólogos gira sobre una realidad concreta: el desarrollo por parte del Papa de sus propias opiniones privadas, en detrimento de la doctrina universal, de la Tradición. Pero además de esta realidad, que afecta a la cumbre, existe una segunda realidad, más universal e impalpable, que puede descubrirse en la desistencia del Magisterio episcopal, encogido en todo el mundo ante la prepotencia de las opiniones teológicas más dispares, diversas, y ricas.
Opiniones dispares, porque se llaman "dispares" las cosas que difieren en algo esencial. Opiniones diversas, porque se llaman "diversas" las cosas que difieren en algo accidental. Dos cosas dispares son dos cosas de distinto género; dos cosas diversas son dos cosas que pueden pertenecer al mismo género. Así ocurre también en las opiniones teológicas que pululan en estos últimos treinta años en el mundo católico postconciliar: divergen de la Doctrina una y santa, porque cuando pertenecen a su mismo género se distancian en los accidentes, y porque la mayoría de las veces no son ni siquiera del mismo género que la doctrina, es decir, no tienen esa misma raíz sobrenatural que hace de la Doctrina católica un unicum. Finalmente, opiniones ricas, en el sentido en que los teólogos mismos hablan de riqueza del pensamiento teológico, cuando a él concurren muchas mentalidades, no sólo la mentalidad de nuestra fe, sino también la mentalidad de las "fes" extrañas a ella (protestante, hebrea, budista, islámica, animista, etc.).
Si converge la mirada sobre este trípode de opiniones dispares, diversas, y ricas, en un cierto sentido se puede decir que hoy la Doctrina de la Fe ya no es una: la unidad de la Iglesia debería ser esencialmente una unidad teórica y doctrinal, porque trata de cosas del intelecto, trata de la actividad teorética: no es en modo alguno una unidad simbólica o aparente. Por lo demás, el Santo Padre sostiene que existe una unidad moral entre las diversas religiones, todas ellas ordenadas a la salvación, y en virtud de la cual todas las religiones y las culturas constituyen "idealmente" una unidad sin que exista una unidad doctrinal; es decir, confesando que son doctrinalmente dispares, diferenciándose en los detalles teóricos.
Unidad de fe: a priori, todos nosotros debemos tener la certeza de que lo que piensan los demás cristianos del mundo, y lo que han pensado a lo largo de los siglos, se identifica con nuestras propias creencias. A priori debo tener la seguridad de creer en todo lo que cree cualquier otro cristiano, sin tener que verificar lo que profesa ese otro cristiano. En mi libro Iota Unum, hablando de la infalibilidad, he dicho también que todo cristiano, cuando enuncia una verdad de fe, es infalible. Por ejemplo: Pío IX afirmó infaliblemente que la Virgen María estuvo exenta del pecado original; pues bien, cuando yo digo que la Santísima Virgen estuvo exenta del pecado original, es decir, cuando repito lo establecido por el Sumo Pontífice, soy infalible, no puedo dudar si me equivoco o no.
Esta doctrina pone en evidencia la univocidad de la dotrina de la fe; univocidad, porque muchas voces, millones de voces de miriadas de hombres, profesan y han profesado siempre la única doctrina, que es el Verbo engendrado por la Mente del Padre: "a Dios nadie le ha visto jamás: el Unigénito Hijo, el que está en el regazo del Padre mirándole cara a cara, Él es quien le dio a conocer" (Jn. 1, 18). Por su propia naturaleza la fe es una y unívoca; hoy, sin embargo, existe la fe de los carismáticos, que no es la de los neocatecumenales, que no es la del Card. Ratzinger, que no es la del Card. Martini, que no es la del Papa. Cada cual acude a la radio o a la televisión, escribe en revistas y libros y da testimonio de su fe "particular". Todos estos testimonios, todas estas manifestaciones de fe, tienen en común entre sí el hecho de tener una cierta relación con la fe católica: son opiniones en el ámbito de la fe católica, pero que a la vez disienten de la fe católica. ¿Podemos seguir sosteniendo que estos teólogos son católicos? Santo Tomás nos conduciría a concluir, con grandísima y lógica preocupación, que "el opinar erróneo [sobre "lo que principalmente se nos ha transmitido divinamente"] cae en la herejía, de modo especial si se añade a eso la pertinacia" (I, q. 32, a.4).

Algunos ejemplos
Con treinta años de distancia es posible comprobar hasta qué punto este movimiento ha triunfado a la perfección, puesto que hoy día el pueblo cristiano cree los artículos de fe según la forma divulgada por estos teólogos.
Como se señala también en mi último Zibaldone [miscelánea de pensamientos], he reflexionado sobre una serie de dogmas de fe que ya no cree hoy el pueblo cristiano, precisamente porque los rechaza la teología moderna, en virtud de la cual los dogmas de Fe ya no son creídos hoy según el Credo del Concilio de Nicea.
¿Qué cree hoy el pueblo cristiano sobre el infierno? Cree lo que debaten los teólogos en Avvenire, periódico del Episcopado italiano, o sostienen las imponentes transmisiones radiofónicas de Radio María: a saber, que el infierno no existe; que, si existe, es una forma de castigo que se va atenuando; que tal vez ni siquiera Judas se condenó, porque quizás se arrepintió su alma en el último momento; y que por consiguiente debe creerse que el infierno probablemente está vacío. Sin embargo, por ejemplo, en una homilía San Gregorio Magno daba por certísima la presencia en el infierno de Herodes Agripa: "luego al punto le hirió un ángel del Señor, por cuanto no había dado gloria a Dios, y, roído de los gusanos, expiró" (Hech. 12, 23).
¿Qué creen hoy los cristianos sobre el Génesis? Creen que se trata de un relato simbólico; todos los cristianos están hoy de acuerdo sobre este punto, despreciando una sentencia de la Pontificia Comisión Bíblica de 1906, que confirmaba con autoridad el carácter histórico de la sagrada narración del Pentateuco.
¿Qué piensan hoy los cristianos de la Eucaristía? Que la Eucaristía consiste en la presencia real del pueblo cristiano, porque el silogismo innovador se construye sobre las siguientes premisas: la Eucaristía es el sacramento en el cual está presente el Señor; pero el Señor que está presente es místicamente el mismo pueblo cristiano; luego el pueblo cristiano está presente en la Eucaristía. La opinión común admite hoy, sí, la Eucaristía como sacramento en el que está presente el Señor: pero el Señor que está presente es el mismo pueblo cristiano.
¿Qué creen hoy los cristianos sobre la predestinación? Es preciso señalar en este punto la deformación completa del concepto de predestinación, porque los teólogos modernos que todavía hablan de él lo entienden como una previsión de las cosas en el hombre, no como la determinación de las cosas en el hombre por parte de Dios. Ahora bien, se trata de una falsificación importante, porque la predestinación, al constituir la parte que corresponde a Dios en el designio de salvación eterna de los hombres, desde el bautismo a la gloria, concierne a nuestro fin último, y nuestro fin último es la cosa más importante que atañe al hombre. Si falsificamos el fin del hombre, ¿qué queda del hombre?
Así pues, se confirma que se ha impuesto la praxis puesta en marcha después del Concilio, invirtiendo las opiniones generales en la cristiandad. Después de treinta años, no puede sino reconocerse que esta tendencia ha triunfado.
La fe católica se ha desmenuzado en miles de opiniones sobre los Novísimos, sobre la virginidad de María, sobre la presencia real en la Eucaristía, sobre los sacramentos, sobre la Iglesia, sobre el Primado de Pedro, e incluso sobre la Trinidad. No hay artículo del Credo, del Símbolo de la fe que todos los domingos se profesa en la Misa, que no sea alcanzado por opiniones, y opiniones proferidas a pesar de la firmeza absoluta de sus artículos, y contra dicha firmeza. Por consiguiente el cristiano pierde la fe, porque pierde la unidad: una fe que no sea una, no existe. Esta dispersión en las opiniones significa la disolución de la fe.

El olvido del principio de contradicción
En la Summa, la dispersión de lo uno en lo múltiple, en cuanto a la verdad, está bien concretada y reconocida: "el objeto de la infidelidad es la Verdad primera, en cuanto que se aparta de ella; su objeto formal, en cambio, al que ella tiende, es la opinión falsa que sigue, y esto da lugar a su diversidad de especies. De ahí que, como es una sola la caridad que nos une al sumo bien, y son, por el contrario, diversos los vicios opuestos que nos apartan de él, dirigiéndonos a distintos bienes temporales, y esto, a su vez, según las relaciones diversas de oposición a Dios, así también la fe es una sola virtud por su relación a sola la verdad primera; son, en cambio, muchas las especies de infidelidad, ya que los infieles siguen opiniones falsas diferentes" (II-II, q.10, a.5, ad.1).
La única diferencia es que quienes niegan hoy los artículos de fe profesados el domingo por la mañana en Misa, ya no lo confiesan, ya no lo dicen: ayer eran los arrianos, los donatistas, los sabelianos; luego, los luteranos, los calvinistas, los valdenses. Hoy los herejes siguen siendo tan católicos como los católicos, porque ya no existe el pavor a la contradicción, el pudor en la distinción entre las cosas católicas y las cosas no católicas.
La contradicción es algo profundo, más bien es uno de los primeros principios, y es la cosa más profunda del ser porque se encuentra en la más estrecha relación con el ser. Si el ser es profundo, es decir, si es un primer principio, su contradicción, su negación, es igualmente profunda, es igualmente primaria. Cuando nos hallamos en este orden de reflexión, estamos en lo más profundo: no se puede ir más allá. Por tanto, convendría tener reparos, temor, pavor a la contradicción. Hoy, por el contrario, la contradicción no causa terror: vamos a su encuentro, la acogemos, la abrazamos; todo puede encontrarse en todo, y los no católicos también son católicos.

Credere Deo, credere Deum, credere in Deum
San Agustín distingue en el acto de fe tres conceptos: credere Deo [creer por Dios], credere Deum [creer a Dios], credere in Deum [creer en Dios]. En cuanto a estos tres aspectos del acto de fe cristiano, ¿en qué posición se encuentran hoy los teólogos que opinan sobre el tema? Me parece que el concepto que se desvanece es el concepto de Dios como cosa creída: credere Deum; es decir, desaparece Dios como materia de fe. Por el contrario, "credere in Dio" ¿¿?? ¿"credere in Deum"? ¿creer a Dios?, es decir, confiarse con un movimiento del espíritu a la voluntad de Dios, es cosa que también sostienen los teólogos modernos; sobrevive aquí el concepto fiduciario de la fe, el más afín al concepto de fe de los luteranos, para el cual "se procede hacia ¿llega hasta? Dios creyendo", como dice Santo Tomás en la Summa (II-II, q.2, a.2), y "de la fe se encarga ¿¿?? la caridad". Pero si no creo en Dios, menos aún creo a Dios. De hecho, si no creo en la existencia de Dios tal como se anuncia en el Símbolo niceno-constantinopolitano, ¿cómo podré creer en la fuerza de su Autoridad?
El fruto de la transferencia de la autoridad didáctica de la Iglesia, desde la Jerarquía del Magisterio al conjunto de los teólogos, es la decadencia de la Autoridad Primera a la cual éstos deberían creer: es la disolución de la Autoridad, creyendo a la cual se especifica la fe, porque la causa de la fe es "creer lo que ha dicho Dios". En efecto, si se duda de la existencia providente de la Autoridad, no se podrá creer con certeza que las Escrituras tengan su origen en ella, y de hecho hoy las Escrituras se leen como un género literario análogo al de las tradiciones islámica, hinduista, o judía: como una tradición humana. Dios no es su causa sino su fruto, su consecuencia.
Pero todos los teólogos creen lo que creen solamente en virtud de lo que sus razonamientos y sus opiniones les autorizan a creer: toda la autoridad está ahí. No es la Autoridad sobrenatural quien se desvela y conduce a creer más allá de la razón, sino una autoridad razonable, reflexiva, científicamente demostrable.

La herejía consiste en la "elección" en materia de Fe
En una cuestión de la Summa (II-II, q.5, a.3) Sto. Tomás se pregunta "si el hereje que rechaza un artículo de fe puede tener fe informe de los otros artículos". La respuesta es negativa, porque los artículos de fe se creen en cuanto revelados por Dios, y el hombre no puede discernir artículo por artículo, y rechazar un artículo aceptando sin embargo los demás, porque obrando así ha renegado ya del principio de la fe, en virtud del cual todos los artículos de fe se creen "porque han sido revelados". Si se excluye uno, es porque se entiende que ése no ha sido revelado, ofendiendo al principio general de la fe, que no está en el hombre, sino fuera de él. Santo Tomás enseña muchas veces que la causa formal de la fe es precisamente la veracidad de Dios.
Hoy el hombre sólo quiere creer lo que alcanza a comprender; de ese modo la fe hunde sus raíces en el hombre y las arranca de donde deben permanecer: en Dios, en Cristo Jesús, en el Verbo que se revela, como recuerda el Apóstol: "no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz a tí" (Rom. 11, 18).
Generalmente se pasa por alto el significado del acto de fe. Se piensa que "creer" constituye una conducta psicológica arbitraria. Muy al contrario, "creer" supone la inmolación del principio supremo del hombre; no podemos realizar un sacrificio más elevado, porque si bien sacrificar los sentidos tiene ciertamente valor, sacrificar el intelecto, que es la parte suprema del hombre, es una acción casi increíble: sólo puede cumplirla la fuerza de la Gracia. La prepotencia de la razón particular se revela en la pretensión de escoger: "esto no lo creo, porque no me parece razonable ni posible; sin embargo esto lo creo, porque lo encuentro razonable o posible". La naturaleza de lo herético puede explicarse, como toda palabra, mediante la etimología. Herejía es un vocablo de origen griego que proviene del verbo airùmai, que quiere decir "tomo, escojo": la herejía es una "elección" de las cosas que se creen. Esta elección se hace en función de un criterio individual, mientras que todos los artículos de fe deben creerse simplemente porque son revelados.
La función de la teología es clarificar y articular bien lo que creemos. Si creemos, por ejemplo, en la Inmaculada Concepción, la teología debe aclarar el concepto de "inmaculada" y el concepto de "concepción", es decir, debe proporcionar múltiples aclaraciones sobre todos los elementos del dogma, para que el dogma sea desvelado en su completitud y profundidad. En el lado opuesto, los teólogos innovadores, los de la nueva evangelización, se basan sobre el principio de que aquello que creemos debe ser inteligible y racional, y para buscar ese elemento de inteligibilidad niegan la sustancia de la fe. Si por ejemplo alguien cree entender el dogma de la Inmaculada Concepción, es un hereje, porque desea entender algo que, siendo por naturaleza suprainteligible, no puede ser comprendido. Si alguien pretende entenderlo y resolverlo en su propia racionalidad, se convierte en herético, porque niega el orden sobrenatural, niega el orden de la fe.

Las causas
¿Existen causas para toda esta disolución de la doctrina en opiniones, para esta transferencia de la enseñanza desde la autoridad episcopal a las luces privadas? Existen las causas generales morales de todo acto: unos lo hacen por soberbia, otros por envidia, otros por cualquier otro motivo irracional; las causas de esta nueva teología son las causas de cualquier aberración del espíritu. Por tanto, sería preciso indicar la causa de cada una de estas causas: ¿por qué uno se hace envidioso? ¿por qué uno se vanagloria y desea destacar? Sería precisa una referencia al diablo. San Gregorio Magno concluía así: "las extravagancias de los innovadores nacen de la vanagloria"; y Santo Tomás recuerda dos veces esta sentencia de San Gregorio precisamente en las cuestiones concernientes a la incredulidad (II-II, q. 10, a. 1).
Sin embargo, en nuestro caso las causas generales no son causas que se puedan concretar, donde se pueda señalar con el dedo aquí y decir "son éstas", o señalar con el dedo allá y decir "son aquéllas". Es el espíritu del mundo, el espíritu del mundo que ha asaltado y penetrado la Iglesia. No se puede indicar un hecho como causa, porque todos los hechos particulares que pudiéramos señalar son ya expresión de ese hecho genérico que, en cuanto genérico, ni siquiera puede denominarse hecho. La sustancia del mundo no se identifica todavía con la sustancia de la Iglesia, pero la ha corrompido y continúa corrompiéndola. ¿Cuál será la conclusión de este proceso? Eso es un secreto escondido en el corazón de Dios.
Las causas genéricas o difusas son la manifestación y la difusión de las causas individuales. Esta atmósfera de error no tiene otra causa que el individuo que yerra, y el error de los individuos es debido a alguna de esas causas comunes propias de la vida moral.

La primacía del Verbum, de la Verdad, del intelecto
Una noche, hace poco tiempo, tuve un sueño. Me encontraba ante el umbral, y el Santo Padre Roncalli (Juan XXIII) lo ocupaba. Había otras personas, que sin embargo yo no podía distinguir. Oí que al volverse a él le llamaban Santidad. En un cierto momento, yo hablé claramente y en voz muy alta, para decir estas palabras: "Santidad, hay algo de lo que el mundo tiene tanta necesidad... tanta, tanta, tanta, tanta [lo dije cuatro veces]: el intelecto, el intelecto, el intelecto, el intelecto [también esto lo dije cuatro veces]. Sin embargo hoy sólo nos predican el amor, ignorando que el Espíritu Santo procede del Verbo, es decir, el Amor procede de la Razón. De esta Razón, Santidad, nuestra religión, o nuestro sacerdocio, ya no hacen mención alguna". Cuando concluí, el Santo Padre, que tenía un libro en la mano, entró dejándolo sobre una mesa.
El primum es el intelecto. He dicho el intelecto, pero podría también decir la razón. Este sueño encubre una doctrina, una doctrina que desprecian hoy los hombres de Iglesia: la doctrina según la cual el primum no es el amor, sino el intelecto; no la voluntad, ni el movimiento, ni los impulsos, ni la piedad, sino la razón, el conocimiento, la verdad, la contemplación, el pensamiento, la idea, el Verbum.
Hoy los teólogos innovadores ya no sostienen como primum el Verbo, sino el Amor. Pero obrando así no puden sostener el Amor en su verdad, y el amor que sostienen es un amor falsificado: si el Amor pierde su relación esencial con la Razón, que es una relación de procedencia, el Amor mismo se desnaturaliza. El amor sin reglas confunde el amor de sí mismo con el amor a los demás y con el amor a cualquier cosa. Porque es precisamente el Verbo quien lo determina, es el Verbo quien establece el límite, el fundamento, el horizonte; el amor, por el contrario, es por sí mismo incapaz de cualquier determinación. Por consiguiente el Amor debe tener siempre una referencia a una cosa anterior al Amor: como un río, debe discurrir por su cauce, sin desbordarse, porque si no las mismas aguas saludables se convertirán en mortales. El Amor procede del Verbo, y su medida es el Verbo.
Romano Amerio

Fonte: Stat Veritas

terça-feira, 21 de abril de 2009

A teologia e a lógica

 

Pe. João Batista de Almeida Prado Ferraz Costa

O grande crítico literário Sílvio Romero, na segunda metade do século XIX, debochou da teologia em sua obra A filosofia no Brasil, fazendo uma classificação das ciências na qual enquadrava a teologia como “pretendida ciência” ao lado da metafísica e da quiromancia. Isso provocou a ira do Pe. Leonel Franca que, no seu precioso livro Noções de história da filosofia, se refere com sarcasmo a Romero como o “filósofo de Lagarto” em alusão à sua terra natal em Sergipe.

Se a classificação de Romero é ridícula e destituída de qualquer valor filosófico, não deixa, entretanto, de ser uma advertência útil para quem pretenda fazer um discurso teológico consistente e com rigor lógico. Na época em que Romero escreveu, sua crítica era totalmente injusta e reveladora da ignorância que grassava em nosso meio.

Quem estuda Aristóteles e Santo Tomás, ainda que não tenha fé, tem de reconhecer a coerência do discurso filosófico e teológico.

Como se sabe, a Igreja, obedecendo a uma longa tradição, à diferença dos cismáticos orientais, faz preceder aos estudos teológicos um estudo de filosofia que forneça maior solidez de raciocínio a quem pretende refletir sobre a revelação divina.

Até meados do século passado, mais precisamente até o Vaticano II, conforme testemunho das mais pessoas mais velhas que tiveram a graça de freqüentar um seminário daqueles bons tempos, era comum o uso de grandes manuais de filosofia escolástica que introduziam o seminarista nos estudos de Aristóteles e Santo Tomás. Hoje esses manuais são raridades bibliográficas que precisariam ser reeditadas e complementadas com notas referentes, sobretudo, àqueles pontos de ligação entre a filosofia e a ciência, como, por exemplo, na área da comologia e antropologia, de maneira que se mostrasse com maior clareza a harmonia entre fé e razão à luz dos avanços da ciência no campo da física, biologia e neurociência.

Via de regra, os referidos manuais iniciavam o estudo da filosofia com uma explicação das leis fundamentais da lógica, quer dizer, ensinavam os primeiros princípios pelos quais a inteligência humana chega ao conhecimento da verdade: princípio de não contradição, princípio de exclusão do meio etc.

A filosofia moderna, fazendo tábula rasa desses primeiros princípios evidentes e indemonstráveis, transforma-se em algaravia com desastrosas conseqüências no plano da teologia. Como se sabe, os teólogos da “nova teologia” condenados por Pio XII na Humani generis (1950) tinham claro desprezo pela escolástica. Queriam uma teologia nova ao sabor da filosofia moderna. Começaram querendo uma teologia à Hegel para terminar querendo uma teologia à Marx. Basta citar o pe. Lima Vaz e o franciscano Boff, da teologia da libertação.

Até aqui chovo no molhado. Agora, desejaria dar minha modesta contribuição para esclarecer a controvérsia, que tem afligido a muitos, sobre se a Fraternidade São Pio X está em comunhão ou não com a Santa Sé.

Examine-se primeiro o problema sob o aspecto lógico e, em seguida, veja-se sua conseqüência teológica. O princípio da exclusão do meio nos ajuda a resolver a questão: entre o estar em comunhão e o não estar em comunhão não há meio. Ora, Roma diz que a Fraternidade Sacerdotal São Pio X tem certa comunhão que se espera venha a ser uma plena comunhão

. O fato é que se afirma a comunhão. O que importa é o substantivo. O adjetivo é secundário. Homem inteligente ou homem burro. O que conta é que homem e, como tal, deve ser tratado. Como se sabe, gramaticalmente falando, a realidade se encontra no substantivo, naquilo que a coisa é, e não no adjetivo que apenas lhe indica um atributo. No caso, afirma-se a comunhão, a qual não pode ser discutida, pois não existe “meia comunhão”. Com efeito, entre o pensar e não pensar não existe “meio pensar”, embora existam o pensamento medíocre e a teologia capenga. O adjetivo, para ser justo, tem de ser condizente com a realidade indicada pelo substantivo seja em seu ser ou em seu agir. Disto se infere quão infeliz e imprecisa a expressão cunhada pela nova eclesiologia “em plena comunhão”.

Por outro lado, a afirmação da Lumen gentium “a Igreja de Cristo subsiste na Igreja Católica” representa um problema, porque subsistir significa estar na sua substância e a Igreja não é uma substância. A Igreja é uma sociedade. Sociedade, como a definem os melhores tratadista, é uma união moral de indivíduos em vista de um fim comum. De maneira que, em rigor, a Igreja Católica é a sociedade fundada por Nosso Senhor Jesus Cristo que congrega todos os batizados unidos entre si pelo vínculo da fé, da disciplina (obediência ao Romano Pontífice) e dos sacramentos.[1]

Na verdade, a tristemente célebre expressão da Lumen gentium, ao induzir a pensar que não existe total identificação entre a Igreja de Cristo e a Igreja Católica, favorece o esfacelamento da Igreja como sociedade e como ordem. Pulveriza a Igreja em inúmeras seitas nais quais subsistiria a Igreja de Cristo. Com razão perguntou um autor: como afirmar que a Igreja de Cristo subsiste ao mesmo tempo na Igreja Católica, que condena a ordenação de sacerdotisas e a união gay, e na Igreja Anglicana que aplaude essas aberrações?

Ademais, com base na Sagrada Escritura, a Igreja Católica sempre disse ser a Esposa de Cristo. Pois bem, se Cristo está “casado” com ela, como poderá também estar casado com as várias seitas cristãs nas quais subsistiria de alguma forma, a não ser que se admita uma poligamia teológica? A lógica é irrefragável: ou se está casado ou não se está. Não existe meio casado. Seria um absurdo e uma blasfêmia dizer que Cristo está “plenamente” casado com a Igreja Católica e “meio” casado com as várias seitas.

Conclui-se, pois, que os modernistas estão acuados. Não têm resposta. Se quiserem negar que a Fraternidade esteja em comunhão (E aqui me refiro não a uma simples comunhão com uma máquina burocrática eclesiástica, mas a uma comunhão fundada nos elementos tradicionais da Igreja), têm de obedecer à lógica, ao princípio da exclusão do meio e condenar a sua própria invencionice teológica da plena comunhão e meia comunhão.

Como se vê, o discurso teológico, se quiser ser respeitado como ciência, tem de obedecer aos primeiros princípios, sob pena de realmente merecer chacotas de mau gosto da parte dos inimigos da Igreja. Consta que Sílvio Romero, na segunda edição da sua obra, retratou-se da sua zombaria. Mas se vivesse hoje, teria um prato cheio para dizer de certa teologia que não passa de pretendida ciência.

Anápolis, 5 de março de 2009


[1] A famosa definição paulina de Igreja como corpo místico supõe, evidentemente, o emprego do vocábulo corpo em sentido analógo. A não ser assim, teríamos de admitir uma concepção organicista de Igreja, com uma unidade física incompatível com a liberdade dos seus membros. Seria exagero indagar se a expressão subsiste, na medida em que implica a idéia de substância, não será a causa da obsessão por padronização e uniformização segundo o modelo progressista que se verifica em amplos setores da Igreja hoje?

Fonte: ASSOCIAÇÃO CIVIL SANTA MARIA DAS VITÓRIAS

quarta-feira, 4 de março de 2009

As lições do jovem Joseph: “…uma Igreja de pagãos que ainda se chamam cristãos quando na verdade viraram pagãos”.

A Igreja da modernidade pós-bélica lhe parecia uma espécie de “Igreja dos pagãos. Não, como em outros tempos, uma Igreja de pagãos que se tornaram cristãos, mas uma Igreja de pagãos que ainda se chamam cristãos quando na verdade viraram pagãos”. Falava de um novo paganismo “que cresce sem parar no coração da Igreja e ameaça demoli-la de dentro para fora”.

Os anos de ensino em Bonn e Münster
Tradição e liberdade: as lições do jovem Joseph

Os primeiros anos de ensino do professor Ratzinger, lembrados por seus alunos. “A sala estava sempre superlotada. Os alunos o adoravam. Ele tinha uma linguagem bela e simples. A linguagem de um homem de fé”

de Gianni Valente

Joseph Ratzinger, numa foto de 1961, enquanto prepara a aula na biblioteca do seminário de Bonn

“Estávamos no início do semestre de inverno de 1959-1960. Na sala 11 da Universidade, lotada de alunos, a porta se abriu e entrou um jovem padre, que à primeira vista poderia parecer o segundo ou o terceiro assistente de qualquer paróquia de cidade grande. Era o nosso professor de Teologia Fundamental, e tinha 32 anos.” Foi assim que o então estudante Horst Ferdinand, falecido há dois anos, depois de passar a vida inteira entre os escritórios administrativos do Parlamento Federal e a diplomacia alemã, anotou em seu inédito manuscrito de memórias o início da carreira universitária de Joseph Ratzinger, pé ante pé. Uma aventura que havia começado alguns meses antes, e que o professor que depois se tornou Papa também descreve em sua autobiografia como um início em que vibravam belas promessas: “Em 15 de abril de 1959, comecei a dar aulas, já como professor titular de Teologia Fundamental na Universidade de Bonn, diante de um amplo auditório que acolheu com entusiasmo o tom novo que acreditava identificar em mim”.
Bonn, naqueles anos, era a capital quase por acaso da Alema­nha de Adenauer. No país amputado, que deixou seus Länder orientais do outro lado da cortina de ferro, o renascimento econômico e social progredia em ritmo vertiginoso. Na eleição de 1957, o Partido Democrata-Cristão alcançou a maioria absoluta no Parlamento. Depois do pesadelo nazista, a Igreja alemã oferecia, com orgulho legítimo, a sua contribuição essencial para o novo início da nação. Num clima que poderia ter induzido ao triunfalismo, o jovem sacerdote-professor Ratzinger sintetizara havia pouco tempo, num artigo escrito em 1958 para a revista Hochland, as reflexões sugeridas por suas breves mas intensas experiências pastorais vividas alguns anos antes como capelão na paróquia do Preciosíssimo Sangue em Bogenhausen, o bairro da alta burguesia de Munique. Ele definia um “engano” estatístico o clichê que descrevia a Europa como “um Continente quase totalmente cristão”. A Igreja da modernidade pós-bélica lhe parecia uma espécie de “Igreja dos pagãos. Não, como em outros tempos, uma Igreja de pagãos que se tornaram cristãos, mas uma Igreja de pagãos que ainda se chamam cristãos quando na verdade viraram pagãos”. Falava de um novo paganismo “que cresce sem parar no coração da Igreja e ameaça demoli-la de dentro para fora”.
Bonn era uma cidade pequena que ainda curava suas feridas de guerra, mas o jovem e brilhante professorzinho bávaro vinha do mundo protegido e familiar de Domberg, o ponto mais elevado de Freising, sobre o qual aparecem juntos, um ao lado do outro, a Catedral, o seminário onde se formou e a Escola de Altos Estudos Teológicos, onde, como professor, deu seus primeiros cursos de Teologia Dogmática e Fundamental a partir de 1958. Assim, a capital às margens do Reno, onde havia sido chamado a ensinar, lhe parecia uma metrópole pulsante e aberta. Escreve ainda em sua autobiografia: “Vinham estímulos de todos os lados, já que a Bélgica e a Holanda ficam bem perto e, tradicionalmente, a Renânia é uma porta aberta para a França”. Para ele, era “quase um sonho” ter sido chamado para ocupar a cátedra perseguida em vão por seu mestre, Gottlieb Sohngen. E a gratificação maior era a acolhida por parte dos alunos.
Um professor especial
Na autobiografia, Ratzinger descreve os primeiros meses de ensino em Bonn como “uma festa de primeiro amor”. Todos os seus alunos daquela época lembram bem os comentários que passavam de boca em boca entre os estudantes e que faziam lotar as aulas daquele enfant prodige teólogo. Conta o estudioso do judaísmo Peter Kuhn, que se tornaria assistente do professor Ratzinger nos anos de ensino em Tubingen: “Eu era um jovem luterano de vinte anos. Freqüentava a Faculdade Teológica Evangélica, depois de ter assistido às aulas de Karl Barth em Basiléia. Conheci o bávaro Vinzenz Pfnür, que freqüentara as aulas de Ratzinger inclusive em Freising. Ele me disse: preste atenção, nós temos um professor interessante, vale a pena ouvi-lo, mesmo que você seja protestante. No primeiro seminário, eu logo pensei: este homem não é realmente como os outros professores católicos que eu conheço”. Horst Ferdinand escreve ainda em seu manuscrito: “As aulas eram milimetricamente preparadas. Ele as dava parafraseando o texto que havia preparado, com formulações que às vezes pareciam construir-se como um mosaico, com uma riqueza de imagens que me lembrava Romano Guardini. Em algumas aulas, como nas pausas de um concerto, daria para ouvir uma agulha cair no chão”. Acrescenta o redentorista Viktor Hahn, que se tornaria o primeiro aluno a “doutorar-se” com Ratzinger: “A sala estava sempre superlotada, os alunos o adoravam. Ele tinha uma linguagem bela e simples. A linguagem de um homem de fé”.
Como é que ele apaixonava tanto os alunos, naquelas aulas expostas num tom suave, concentrado, sem gestos teatrais? É evidente que o que o jovem professor dizia não era farinha do seu saco. Que não era ele o protagonista. “Nunca procurei”, explica o próprio Ratzinger no livro-entrevista O sal da terra, “construir um sistema próprio, uma teologia especial. O que é específico é que, por assim dizer, eu queria simplesmente pensar com a fé da Igreja, e isso significa, sobretudo, pensar com os grandes pensadores da fé”.
Os caminhos sugeridos por Ratzinger aos alunos para que saboreassem a aventura da descoberta da Tradição eram os mesmos que o haviam apaixonado em seus estudos universitários: a historicidade da Revelação, Santo Agostinho, a natureza sacramental da Igreja. Basta ler os títulos de seus cursos e de seus seminários nos primeiros anos de ensino. No semestre de inverno de 1959-1960, o curso se chamava “Natureza e realidade da Revelação”. No semestre seguinte, o título era “A doutrina da Igreja”. No semestre de verão de 1961, seria a vez de “Problemas filosófico-religiosos nas Confissões de Santo Agostinho”...

A Rheinische Friedrich-Wilhelms Universität de Bonn

Se existe um traço distintivo nas aulas de Ratzinger, ele também não está relacionado com uma particular ostentação de erudição acadêmica. A linguagem tinha uma simplicidade límpida, que deixava transparecer imediatamente o coração das questões que eram enfrentadas, mesmo as mais complexas. Conta Roman Angulanza, um dos primeiros alunos dos tempos de Bonn: “De certa forma, ele havia reformulado a maneira de dar aulas. Lia as aulas na cozinha para sua irmã, Maria, que era uma pessoa inteligente, mas que não tinha estudado teologia. E se a irmã gostasse, isso era sinal de que a aula estava boa”. Acrescenta o professor Alfred Läpple, noventa e dois anos, preceptor de Ratzinger no seminário de Freising: “Joseph dizia sempre: quando você dá aulas, o máximo é quando os alunos deixam de lado a caneta e ficam ouvindo o que você diz. Enquanto eles continuarem a tomar notas sobre o que você diz, isso significa que você não os tocou. Mas, quando deixarem de lado a caneta e o­lharem para você enquanto você fala, é possível que você tenha tocado o coração deles. Ele queria falar ao coração dos alunos. Não estava interessado em simplesmente aumentar os conhecimentos deles. Dizia que as coisas importantes do cristianismo só são aprendidas quando aquecem o coração”.
Era precisamente do gosto por redescobrir a Tradição lendo os Padres que brotava no jovem professor uma abertura total e flexível diante das perguntas e da agitação que tornavam vibrante o pensamento teológico daqueles anos. Em Bonn, ainda estavam presentes professores idosos formados com base nos cânones do mais estrito antimodernismo, que se limitavam a propor esquemas acadêmicos da teologia neo-escolástica. Conta Hahn: “Fiquei impressionado quando uma vez, na aula, ele tomou um trecho do Antigo Testamento como pretexto para comparar a imagem de Igreja que circulava naqueles anos com os impérios dos medas e dos persas, que acreditavam que durariam para sempre em virtude da imutabilidade estática de suas leis. E acrescentou, com ímpeto, que era preciso defender-se daquela imagem de Igreja”. Confirma Peter Kuhn: “Os outros professores, em comparação com ele, pareciam rígidos e anquilosados, fechados em seus esquemas, sobretudo com relação a nós, evangélicos. Ele enfrentava todas as questões sem medo. Não temia ir sempre além, enquanto outros professores nunca saíam dos trilhos de uma autocelebração sem nenhuma originalidade”.
A liberdade e a abertura ocupavam um lugar de destaque na sua relação com o mundo protestante. Vários alunos da Faculdade Teológica Evangélica - coisa completamente fora do comum naqueles anos - vinham assistir às aulas do jovem professor católico, que no semestre de verão de 1961 desenvolveu o seminário fundamental intitulado “Igreja, sacramento e fé na Confessio augustana” e, no semestre de inverno de 1962-1963, dedicou seu curso ao Tractatus de potestate papae, de Felipe Melanton. O então estudante Vinzenz Pfnür, que havia acompanhado Ratzinger de Freising a Bonn, recebia a sugestão de elaborar uma tese sobre a doutrina da justificação em Lutero; e, muitos anos depois, como professor de História da Igreja, daria sua contribuição ao acordo católico-luterano sobre a justificação, assinado em Augusta em 31 de outubro de 1999. Ele conta a 30Dias: “Em 1961, Ratzinger escreveu para o Lexicon protestante ‘Die Religion in Geschichte und Genenwart’, um artigo sobre o protestantismo na perspectiva católica. Na época, não era comum que um católico fosse convidado a escrever para aquela publicação. Ratzinger, naquele artigo, registrava os elementos de conflito com a teologia dialética e existencialista que então dominava a esfera protestante. Mas sublinhava que, apesar da distância dos dois “sistemas”, havia uma proximidade naquilo que era transmitido aos fiéis como patrimônio da Igreja, tanto católico quanto protestante, como, por exemplo, na oração”.

A Westfälische Wilhelms Universität de Münster

Ratzinger e Schlier se
tornaram amigos
A liberdade do jovem professor bávaro, que não se enquadrava em nenhum esquema, aparecia também na sua afinidade eletiva com figuras consideradas de fronteira pelo establishment teológico de então. Foi em Bonn que Ratzinger encontrou e começou a conviver com Heinrich Schlier, o grande exegeta luterano que se converteu ao catolicismo em 1953. Explica Pfnür: “Schlier, como discípulo de Rudolf Bultmann, era um mestre do método exegético histórico-filológico. No que diz respeito à questão sobre o Jesus ‘histórico’, Schlier considerava certamente possível reconstruir os traços decisivos daquilo que foi vivido por Jesus, mas dizia que não se podia ter acesso ao Jesus da fé reconstruindo o Jesus histórico; o único meio para isso eram os quatro Evangelhos, como únicas interpretações legítimas. Mas o existencialismo teológico de Bultmann levava ao risco de se reduzir a Ressurreição a um fenômeno interior, mental e psicológico, vivido pelos discípulos no íntimo da sua visão de fé. Enquanto, para Schlier, os Evangelhos, tal como são lidos e interpretados pela Igreja, descreviam acontecimentos reais, e não visões interiores produzidas pelo sentimento religioso dos apóstolos. Foi a partir dessa percepção compartilhada que Ratzinger e Schlier se tornaram amigos”. Uma abordagem que assume e valoriza com discernimento crítico os traços importantes da lição de Bultmann sobre a maneira de se aproximar das Sagradas Escrituras, sem um fechamento apriorístico. Entre o final da década de 1960 e o início da de 1970, os dois professores animaram juntos as semanas de estudo para jovens teólogos organizadas em Bierbronnen, na Floresta Negra. Schlier seria também convidado dos encontros teológicos periódicos do círculo de alunos doutorandos de Ratzinger, inaugurados de forma sistemática a partir do período de ensino em Tubingen. Mas, nos anos de Bonn, a simpatia de Ratzinger pelo grande exegeta não parecia ser compartilhada pelo resto do corpo acadêmico. Depois da sua conversão ao catolicismo, que lhe fechava a possibilidade de lecionar na Faculdade Evangélica, Schlier não encontrou espaço na Faculdade Teológica Católica, e acabou “estacionado” na Faculdade de Filosofia, ensinando Literatura Cristã Antiga. Vinham estudantes de toda a Alemanha, da Holanda e da Bélgica para ouvi-lo. “Mas alguns professores”, lembra Peter Kuhn, “eram hostis a ele. Consideravam suspeito o fato de ter vindo do luteranismo e de ter sido discípulo de Bultmann. E certamente tinham também inveja da amplidão de seu horizonte humano e intelectual”.
Uma outra amizade “de fronteira” que marcou os anos de Ratzinger em Bonn foi a que teve com o indólogo Paul Hacker, cuja genialidade também é pintada com traços fortes na autobiografia de Ratzinger. Partindo do luteranismo, Hacker também se tornaria católico, atravessando um percurso feito “de noites inteiras” passadas “a dialogar com os Padres e com Lutero, diante de uma ou mais garrafas de vinho tinto”. Ratzinger aproveitou o imenso conhecimento de Hacker sobre o hinduísmo quando teve de organizar as aulas de história das religiões que fazem parte do curso de Teologia Fundamental. Naqueles anos, eram sobre o hinduísmo que se concentravam os inte­resses de Ratzinger com relação ao mundo das religiões. “Alguns alunos”, lembra Kuhn, “reclamavam, zombando de tudo aquilo. Diziam: Ratzinger está totalmente mergulhado no hinduísmo, só fala de Rama e de Krishna, não agüentamos mais...”. Mas aconteceria também naqueles anos o primeiro encontro significativo de Ratzinger com uma personalidade do mundo judaico: o rabino Horowitz, que guiava seminários na Faculdade Teológica Evangélica.
Os anos do Concílio
Naqueles anos, na Faculdade de Teologia da capital alemã, muitas cátedras eram ocupadas por professores de prestígio. Lá estava o grande historiador da Igreja Hubert Jedin, que, segundo alguns estudantes da época, teria sido o patrocinador do chamado de Ratzinger a Bonn. Lá estava o historiador dos dogmas Theodor Klauser, a estrela da faculdade, sempre elegante, que rodava pela cidade na sua Mercedes reluzente (Ratzinger usava os meios de transporte público ou ia para a faculdade a pé; podia ser reconhecido de longe por sua infalível boina, que ele mesmo chama com ironia “o meu elmo de prontidão”); lá estava o outro dogmático bávaro, Johann Auer, que Ratzinger encontraria de novo como colega nos anos de ensino em Ratisbone. Ao redor do professor começava a se formar também um pequeno cenáculo de estudantes: Pfnür, Angulanza e poucos outros. Aos domingos, Ratzinger os convidava para o almoço em sua casinha de campo na Wurzerstrasse de Bad Godesberg, para onde se transferira depois de deixar a instalação inicial no colégio teológico Albertinum. Com ele vivia a irmã, Maria, que era também uma ótima cozi­nheira. Algumas vezes, Auer participava também daqueles banquetes bávaros.
Em Bonn, Ratzinger recrutou também seu primeiro assistente: Werner Böckenförde, falecido há dois anos. Um natural de Münster de personalidade forte, que às vezes dava a impressão de querer “dirigir” seu professor. Explica Angulanza: “Böckenförde gostava de Ratzinger como teólogo, mas estava mais interessado nos processos e nos fatos de tipo político-eclesiástico, que analisava de maneira muito crítica. A relação entre os dois era formalmente correta, mas não familiar”.
A atmosfera dinâmica e serena na qual se desenvolvia o trabalho em Bonn estava destinada, porém, a definhar. As centenas de alunos que enchiam as aulas do professor de trinta anos suscitavam inveja por parte de velhos professores como Johannes Botterweck (Antigo Testamento) e Theodor Schäfer (Novo Testamento). Lembra ainda Angulanza: “Eu não saberia julgar Schäfer, pois nunca assisti às suas aulas áridas, onde ele se limitava a citar de maneira pouco original o seu Compêndio à introdução do Novo Testamento. Botterweck, para nós, alunos, parecia cheio de si, presunçoso e polêmico”. A inveja acadêmica cresceu quando João XXIII convocou o Concílio Vaticano II, e o cardeal de Colônia Joseph Frings, depois de ter assistido a uma conferência do jovem docente bávaro sobre a teologia do Concílio, escolheu-o como seu consultor teológico em vista da participação das assembléias conciliares. Frings e seu secretário, Hubert Luthe - futuro bispo de Essen e colega de estudos de Ratzinger na Universidade de Munique - enviaram a seu colaborador os schemata dos documentos redigidos pela Comissão Preparatória para obter seu parecer. Ratzinger, segundo o que ele mesmo conta em sua autobiografia, teve deles “uma impressão de rigidez e pequena abertura, de ligação excessiva com a teologia neo-escolástica, de pensamento demasiadamente professoral e pouco pastoral”. Foi Ratzinger quem escreveu a famosa conferência lida por Frings, em Gênova, a 19 de novembro de 1961, sobre “O Concílio Vaticano II diante do pensamento moderno”, que resumia as expectativas de reforma suscitadas pela iminente assembléia eclesial em boa parte dos episcopados europeus. Quando começou o Concílio, Frings levou seu consultor consigo a Roma e obteve para ele a nomeação oficial a teólogo do Concílio. Teria a sua ajuda na redação dos discursos que viriam a ser representativos das razões expostas pela ala reformista na assembléia conciliar. E daria a seu colaborador a chance de se tornar, nos “bastidores”, um dos protagonistas do Concílio. Mas em Bonn a valorização daquele talento teológico de trinta e cinco anos não agradava a todos. E o ar começou a ficar pesado.

Joseph Ratzinger, perito no Concílio Ecumênico Vaticano II, numa foto do outono de 1964

Invidia clericorum
Do círculo de doutorandos de Ratzinger faziam parte dois estudantes ortodoxos, Damaskinos Papandréou e Stylianos Harkianakis, hoje metropolitas do Patriarcado Ecumênico de Constantinopla. Mas o Conselho de Faculdade recusou o pedido dos dois de se doutorarem na Faculdade Católica. Durante uma viagem de Ratzinger a Roma, para participar do Concílio, as notas das provas de alguns de seus alunos foram abaixadas por seus detratores. A tese do aluno Johannes Dörmann sobre as novas descobertas acerca do evolucionismo introduzidas pelos estudos de Johann Jacob Bachofen (o primeiro a teorizar a existência de um matriarcado originário primitivo) também foi rejeitada, sob o argumento de que não se tratava de um trabalho teológico. Ratzinger lembrou do drama que havia vivido por ocasião de seu exame de habilitação, quando o professor de Teologia Dogmática Michael Schmaus, seu co-examinador, tentou reprovar sua tese sobre São Boaventura, tachando-a de modernismo. E entendeu que era hora de mudar de ares.
Em 1962, a cátedra de Teologia Dogmática na prestigiosa Universidade de Münster ficava vaga: o grande teólogo dogmático Hermann Volk, nomeado bispo de Magonza, pediu então que chamassem Joseph Ratzinger para sucedê-lo. Lembra Viktor Hahn: “O professor, a princípio, recusou aquele chamado: não queria deixar Bonn, entre outras coisas para não se afastar de Colônia, onde havia começado a colaboração com Frings. Mas, quatro meses depois, voltou atrás na sua decisão e aceitou. Certamente, a hostilidade em torno dele havia crescido com a sua nomeação como perito do Concílio. Perguntei ao professor Jedin se os outros professores é que tinham se livrado dele. Ele me respondeu: o senhor pode não estar errado”. Botterweck, nas conversas entre colegas, se vangloriaria de tê-lo “feito fugir” de Bonn.

“Joseph dizia sempre: quando você dá aulas, o máximo é quando os alunos deixam de lado a caneta e ficam ouvindo o que você diz. Enquanto eles continuarem a tomar notas sobre o que você diz, isso significa que você não os tocou. Mas, quando deixarem de lado a caneta e olharem para você enquanto você fala, é possível que você tenha tocado o coração deles. Ele queria falar ao coração dos alunos. Não estava interessado em simplesmente aumentar os conhecimentos deles. Dizia que as coisas importantes do cristianismo só são aprendidas quando aquecem o coração” (Alfred Läpple)

Em Münster, Ratzinger se instalou com a irmã numa casinha na alameda Annette von Droste Hülshoff, perto do lago artificial Aasee. No andar de cima, se alojariam dois alunos seus, os “fidelíssimos” Pfnür e Angulanza, que o assistiam na Universidade como colaboradores científicos. De manhã cedo, ele celebrava a missa na capela de uma casa de repouso perto da sua, e depois ia para a faculdade de bicicleta. Conta Peter Kuhn: “Münster é uma cidade de planície, que não fica muito longe da Holanda; lá, todos andavam de bicicleta, como muitos ainda fazem hoje. Eu pedi a Pfnür que comprasse uma bicicleta para o nosso professor, mas ele é um tipo parcimonioso e acabou arranjando uma usada, em tão mal estado que até hoje eu brinco com ele, dizendo que por culpa daquela bicicleta o Papa ainda sente dor nos joe­lhos...”. Em Münster, ampliou-se o número de alunos que pediam para se doutorar com ele. Com os mais íntimos, ele continuava a tradição dos pequenos almoços bávaros. Algumas vezes, o batalhão de teólogos se encontrava com seu professor para comer numa taberna no lago que parecia feita sob medida para eles: chama-se Zum Himmelreich, Ao Reino dos Céus.
O clima que Ratzinger encontrou na faculdade era cordial e estimulante. “A Faculdade de Münster”, lembra Pfnür, “estava em ascensão, oferecia espaços e possibilidades financeiras supe­riores aos de Bonn. E a teologia dogmática era o campo de ação mais adequado ao professor Ratzinger, onde a sua preparação patrística e escritural era mais bem valorizada”. Os filões “clássicos” do ensino de Ratzinger eram reapresentados à luz do que estava acontecendo no Concílio que se desenrolava em Roma. Em 1963, seus cursos eram dedicados à Introdução à Dogmática e à Doutrina sobre a Eucaristia. O seminário se concentrava sobre o tema “Escritura e Tradição”. Em 1964 e em 1965, os seminários versavam sobre a constituição Lumen gentium do Concílio Vaticano II. No semestre de inverno de 1965-1966, um dos cursos de Teologia Dogmática consistia numa retrospectiva do Concílio que se concluíra havia pouco, enquanto o seminário tomava como ponto de partida a constituição conciliar Dei Verbum, sobre a Revelação.
Com os colegas não havia problemas. Em Filosofia, o professor era Joseph Pieper. Em Teologia, lá estava o combativo Erwin Iserloh, famoso por sua maneira de ser sempre contrário a tudo por princípio. Naqueles anos, juntavam-se ao corpo docente outras jovens promessas da teologia alemã, como Walter Kasper e Johannes Baptist Metz, iniciador da teologia política, com o qual Ratzinger polemizaria nos anos seguintes. Mas, no tempo de Münster, ninguém parecia ter a preferência que os estudantes reservavam a ele. Conta ainda Pfnür: “Havia cerca de 350 inscritos no curso, mas em média 600 ouvintes participavam das aulas. Até estudantes de outras faculdades, como Filosofia e Direito, vinham ouvir Ratzinger. Imprimimos em fascículos o curso de Eclesiologia sobre a centralidade da Eucaristia e vendemos 850 exemplares”. Kuhn ironiza: “Em Münster, Pfnür abriu uma pequena gráfica. Eles transcreviam as aulas e depois mandavam pacotes inteiros delas para toda a Alemanha, para os fãs de Ratzinger espalhados pelas faculdades teológicas”.
A intensa participação no Concílio contribuiu para a fama crescente do professor Ratzinger. Ele escrevia pareceres para seu cardeal e estava encarregado da redação dos esquemas de documentos alternativos aos preparados pela Cúria Romana. Encontrava e colaborava com todos os grandes teólogos do Concílio: Yves Congar, Henri de Lubac, Jean Daniélou, Gérard Philips, Karl Rahner. “A nós, alunos”, lembra Pfnür, “ele contava que o que o impressionava de maneira particular eram os teólogos e os bispos latino-americanos”. Quando voltou para a Alemanha ao final das sessões romanas, ofereceu resumos públicos dos traba­lhos conciliares em conferências superlotadas. Oportunidades de reflexão, nas quais o juízo de Ratzinger mostrava-se distante do novo triunfalismo progressista e da excitação polêmica que já pareciam contagiar os outros teólogos “reformistas” do Concílio. “Todas as vezes que eu voltava de Roma”, conta em sua autobiografia, “encontrava na Igreja e entre os teólogos um estado de espírito cada vez mais agitado. Crescia cada vez mais a impressão de que não havia nada estável na Igreja, de que tudo podia ser objeto de revisão”. Explica hoje Pfnür: “Os primeiros indícios do caos se registravam não tanto na Faculdade, mas nas paróquias. Os párocos começavam a mudar a liturgia a seu bel-prazer, e sobre isso ele deu juízos muito críticos desde o início”.
Na faculdade, as coisas continuavam a caminhar na direção certa. Ratzinger gozava da estima unânime dos colegas e alunos. Hahn conta a 30Dias um episódio emblemático: “Um dia encontrei a sala cheia: todos queiram assistir a uma disputatio pública entre o professor Metz e o teólogo suíço Hans Urs von Balthasar, que criticava a sua teologia política. Metz pediu a Ratzinger que coordenasse o debate. O nosso professor, entre uma declaração e outra dos dois contendores, sintetizava o pensamento deles com uma riqueza de exposição que tornava claras e interessantes até as passagens mais obscuras dos dois. No final, a platéia aplaudiu com respeito tanto Metz quanto Von Balthasar. Mas os aplausos mais demorados e entusiasmados foram reservados para o árbitro”.
Os cursos lotados, a estima dos colegas, as relações que se iniciavam com bispos e teólogos do mundo inteiro... O que impeliu Ratzinger a deixar Münster?

Ratzinger, professor de Teologia Dogmática na Escola de Altos Estudos Filosófico-Teológicos de Freising, em 1959

O “chamado” de Küng
O professor de fama já mundial não era daqueles que se escravizavam e passavam por cima dos próprios entes queridos para seguirem o ídolo da carreira acadêmico-eclesiástica. A irmã, Maria, que se mantinha a seu lado com dedicação quase maternal, não conseguiu ambientar-se na bela cidadezinha da Vestefália. Para ela, o lugar mais belo de Münster era a estação, de onde partiam muitos trens para a Baviera. Conta Hahn: “Alguns anos depois, quando lhe perguntei o porquê de sua partida, ele me confirmou que a irmã não estava feliz em Münster. Ela havia dedicado a vida a ele, e ele não podia deixar de levar em conta a saudade que ela sentia”. Assim, quando, em 1966, chegou um convite para a segunda cátedra de Teologia Dogmática da Faculdade de Teologia Católica de Tubingen, Ratzinger não pensou duas vezes sobre o assunto. Na primeira viagem para a cidade, tinha como acompanhante o costumeiro Pfnür, que se encarregaria da mudança. Para acolhê-lo, lá estava um teólogo que Ratzinger conhecia desde 1957, e que encontrou também no Concílio. Alguém que o estimava e que interveio perante seus colegas de faculdade para tê-lo em Tubingen. Convidou-os para o almoço e se mostrou cheio de solicitude e cordialidade perante a nova aquisição da Faculdade de Tubingen. Seu nome era Hans Küng.
continua...
(colaborou Pierluca Azzaro)

Fonte: 30 Dias

terça-feira, 27 de janeiro de 2009

Actas del Magistério – Dom Marcel Lefebvre

Introducción

Un programa pontificio completo:

«Instaurarlo todo en Cristo»

¿Para qué estudiar los documentos del magisterio de la Iglesia? Sencillamente para conocer la si-tuación actual de la Iglesia. Nos damos cuenta que desde hace casi tres siglos los Papas han conde-nado siempre los mismos errores, a los que llamaban “errores modernos”.

El liberalismo es el fundamento de todos esos errores (protestantismo, “sillonismo”, progresismo e incluso socialismo y comunismo) que envenenan almas y entendimientos, y han provocado la si-tuación actual. Desde hace tiempo, los Papas han procurado designar y denunciar el error, pues su función es proclamar la Verdad, como dice el Papa Pío IX en el primer párrafo de su encíclica Quanta Cura, del 8 de diciembre de 1864:

«Con cuánto cuidado y pastoral vigilancia cumplieron en todo tiempo los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, la misión a ellos confiada por el mismo Cristo Nuestro Señor, en la persona de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles —con el encargo de apacentar las ovejas y corderos, ya nutriendo a toda la grey del Señor con las enseñanzas de la fe, ya imbuyéndola con sanas doctrinas y apartándola de los pastos envenenados—, de todos, pero muy especialmente de vosotros, Vene-rables Hermanos, es perfectamente conocido y sabido. Porque, en verdad, Nuestros Predecesores, defensores y vindicadores de la sacrosanta religión católica, de la verdad y de la justicia, llenos de solicitud por el bien de las almas en modo extraordinario, nada cuidaron tanto como descubrir y condenar con sus Cartas y Constituciones, llenas de sabiduría, todas las herejías y errores que, con-trarios a nuestra fe divina, a la doctrina de la Iglesia católica, a la honestidad de las costumbres y a la eterna salvación de los hombres, levantaron con frecuencia graves tormentas, y trajeron lamenta-bles ruinas así sobre la Iglesia como sobre la misma sociedad civil. Por eso Nuestros Predecesores, con apostólica fortaleza resistieron sin cesar a las inicuas maquinaciones de los malvados que, lan-zando como las olas del fiero mar la espuma de sus conclusiones, y prometiendo libertad, cuando en realidad eran esclavos del mal, trataron con sus engañosas opiniones y con sus escritos pernicio-sos de destruir los fundamentos del orden religioso y del orden social, de quitar de en medio toda virtud y justicia, de pervertir todas las almas, de separar a los incautos —y, sobre todo, a la inexper-ta juventud— de la recta norma de las sanas costumbres, corrompiéndola miserablemente, para en-redarla en los lazos del error y, por último, arrancarla del seno de la Iglesia católica».

Para poder juzgar los acontecimientos tan graves que vivimos hoy, es indispensable conocer lo que los Papas han enseñado y condenado.

La sociedad sin Dios

Estamos sumergidos en un ambiente que ya no es católico. Los que tienen la gracia de haber naci-do en una familia cristiana tienen que darle gracias a Dios, pues yo diría que gracias a ella han co-nocido un pequeño oasis de lo que la Iglesia desea y pide a los padres cristianos. Fuera de ella, en la escuela, en los colegios y en la universidad, los jóvenes frecuentan personas que no creen y que ni siquiera tienen una idea de la religión católica.

La sociedad está tan imbuida de los errores modernos, que ya parecen algo normal. No es fácil desprenderse de algunos prejuicios.

Un ejemplo es el indiferentismo religioso que los Papas han condenado. Ahora es una idea difun-dida incluso en los medios católicos: “Todas las religiones son iguales y válidas, y el hombre tiene libertad para escoger su religión y practicar la que quiera; no se puede imponer a nadie una reli-gión”…

Sin embargo, los hombres no tienen libertad ni son libres en esto, porque Dios mismo ha fundado una religión. ¿Acaso le pueden decir los hombres: “tu religión no me interesa; yo prefiero otra: la de Mahoma, la de Buda o la de Lutero…”? Eso no puede ser. Nuestro Señor Jesucristo ha fundado la religión católica y le ha dado el santo sacrificio de la Misa, los sacramentos, una jerarquía y un sa cerdocio. ¿Tenemos la libertad de decirle: “no necesito nada de eso y prefiero buscar mi religión en otra parte”?

Sin embargo, hoy el indiferentismo ha pasado a las constituciones de los Estados. Después del Concilio, la Santa Sede invitó a los que aún eran católicos o en los que la religión católica era reco-nocida oficialmente, a que acabaran con esa postura. Hasta tal punto llega el espíritu del liberalismo religioso. Vivimos en un ambiente en el que reina el error.

La Iglesia y el Estado

Otro ejemplo lo tomo de mi propia experiencia. Cuando entré en el seminario francés de Roma en 1923, si alguien me hubiese preguntado sobre la separación de la Iglesia y del Estado, le hubiera respondido: “Sí: tiene que haber una separación; la Iglesia y el Estado no tienen la misma finalidad y cada uno tiene que permanecer en su propio terreno”. Fue necesario que los sacerdotes del semi-nario francés me hiciesen descubrir las encíclicas, en particular las de León XIII y las de San Pío X, para corregir mi error. No: la Iglesia no tiene que estar separada del Estado, por lo menos en princi-pio, pues en los hechos a menudo hay que tolerar una situación que no se puede cambiar. Pero es sí la Iglesia y el Estado tienen que estar unidos y trabajar juntos para la salvación de las almas. El Es-tado ha sido creado por Dios y su creación es divina; no puede, pues, ser indiferente en materia reli-giosa.

Hace pocos años, un buen número de países: Italia, Irlanda (del Sur), España, países de América del Sur, y los Estados suizos católicos del Valais, Tesino y Friburgo, en el primer artículo de su constitución antes afirmaban su carácter oficialmente católico; pero esto ya se acabó. Ahora ya no quieren soportar la presión que podría ejercer un Estado católico para disminuir la propagación de las religiones protestante, musulmana o budista. Hay que dar libertad a todas las religiones.

Es una locura. Esas mismas religiones tienen Estados en donde se les proclama como religión ofi-cial y no desean para nada que se cambie su constitución. Inglaterra tiene una constitución protes-tante, lo mismo Suecia, Noruega, Dinamarca y los estados suizos de Ginebra y Zurich. Los Estados musulmanes son tales sin ninguna concesión. La religión forma parte de la sociedad. ¿Qué decir de los estados comunistas, pues el comunismo es una religión? No se puede ser miembro del gobierno sin serlo del Partido.

Y nosotros los católicos, ¿vamos a pensar que se puede separar a la Iglesia del Estado? ¡Qué error! ¡Cuántas consecuencias para la sociedad, la familia y todos los ámbitos!

Tenemos que volver a empaparnos de la fe católica, y para esto estudiar las encíclicas. ¿Qué pien-san los Papas sobre los grandes principios? ¿Cómo han visto y juzgado el mundo en su época?

Nos damos cuenta de que lo que ellos han condenado son los mismos errores y deficiencias que vemos hoy, de modo que nos podemos apoyar en sus declaraciones oficiales para combatir los erro-res de nuestra época y explicar cómo destruyen el plan de Dios respecto a la sociedad.

Plan de nuestro estudio

Vamos a empezar con una encíclica de San Pío X porque encomendamos tanto nuestra enseñanza como nuestra Fraternidad bajo la protección de quien ha sido el Papa de nuestra época, el único ca-nonizado desde San Pío V. Este Papa de principios de este siglo ha sido considerado por la Iglesia como la luz de su tiempo. Recurrimos a esta luz y le pedimos a San Pío X que nos dé la luz que ne-cesitamos. Vamos a empezar, pues, con la primera encíclica de este Papa santo, que contiene las grandes líneas directivas de su pontificado.

Luego veremos que los Papas han señalado la raíz de los errores modernos y los sitios en que se han elaborado, que son las sociedades secretas y la masonería. Hay muchas encíclicas sobre este tema. Hoy son desconocidas y no se habla de ellas. Sin embargo, estos documentos son luminosos y explican cómo se han podido difundir a través del mundo esos errores y cómo han llegado a trastor-nar la sociedad, pues los masones han llegado a transformarlo todo no sólo con la revolución arma-da sino con una revolución total de ideas. Infundiendo ideas falsas, han cambiado la sociedad y aho ra, en cierta medida, están cambiando a la Iglesia.

En toda una serie de documentos, de los cuales el primero de Clemente VII, data de 1738, los Pa-pas Pío VII, Benedicto XIV, León XII, Pío IX y León XIII han estudiado de una manera muy perti-nente y profunda las sectas, que son el origen del mal actual.

Luego nos detendremos en las encíclicas que condenan el liberalismo y también, como su conse-cuencia, el socialismo, el comunismo y el modernismo: las encíclicas de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y San Pío X. Estos textos son de una importancia capital, pues yo no me niego a lo que me pide ahora la Santa Sede: “leer el Concilio Vaticano II a la luz del magisterio constante de la Iglesia”. Este magisterio está en los documentos de estos Papas, de modo que si en el Concilio hay cosas que no están de acuerdo con ellos y los contradicen, ¿cómo podemos aceptarlas? No puede haber contradicciones. Los Papas enseñan con mucha claridad y nitidez. El Papa Pío IX escribió in-cluso un Syllabus, es decir, un catálogo de verdades que hay que abrazar. San Pío X hizo otro tanto en su decreto Lamentabili. ¿Cómo podríamos, pues, aceptar estas verdades enseñadas por siete u ocho Papas y al mismo tiempo aceptar una enseñanza impartida por el Concilio que contradice lo que han afirmado esos Papas de modo tan explícito?

Durante dos siglos, los Papas no han enseñado ni han dejado que se enseñen errores. Eso no debi-era suceder. Puede ocurrir que lo hagan momentáneamente, o que ellos mismos los abracen, como por desgracia el Papa Pablo VI o ahora el Papa Juan Pablo II; eso sí puede ser, pero en ese caso es-tamos obligados a resistir, apoyados en el magisterio constante de la Iglesia desde hace siglos.

Fonte: STAT VERITAS

terça-feira, 20 de janeiro de 2009

Acerbo nimis

SS Pius X

Acerbo nimis

Carta encíclica de San Pío X sobre la enseñanza del Catecismo

15 de abril de 1905

Los secretos designios de Dios Nos han levantado de Nuestra pequeñez al cargo de Supremo Pastor de toda la grey de Cristo en días bien críticos y amargos, pues el enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Efeso: Sé que... os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño (1).

De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, Venerables Hermanos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas.

Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores (2).

Necesidad de instrucción

2. ¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! -Al decir "pueblo cristiano", no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es más triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvación; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvación- les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre -por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.

Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos (3).

3. Siendo esto así, Venerables Hermanos, ¿qué tiene de sorprendente, preguntamos, que la corrupción de las costumbres y su depravación sean tan grandes y crezcan diariamente, no sólo en las naciones bárbaras, sino aun en los mismos pueblos que llevan el nombre de cristianos?

Con razón decía el apóstol San Pablo escribiendo a los de Efeso: La fornicación y toda especie de impureza o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde a santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhanerías (4). Como fundamento de este pudor y santidad, con que se moderan las pasiones, puso la ciencia de las cosas divinas: Y así, mirad, hermanos, que andéis con gran circunspección; no como ncios sino como prudentes... Por lo tanto, no seáis indiscretos, sino atentos sobre cuál es la voluntad de Dios (5).

Sentencia justa; porque la voluntad humana apenas conserva algún resto de aquel amor a la honestidad y la rectitud, puesto en el hombre por Dios creador suyo, amor que le impulsaba hacia un bien, no entre sombras, sino claramente visto. Mas, depravada por la corrupción del pecado original y olvidada casi de Dios, su Hacedor, la voluntad humana convierte toda su inclinación a amar la vanidad y a buscar la mentira. Extraviada y ciega por las malas pasiones, necesita un guía que le muestre el camino para que se restituya a la vía de la justicia que desgraciadamente abandonó. Este guía, que no ha de buscarse fuera del hombre, y del que la misma naturaleza le ha provisto, es la propia razón; mas si a la razón le falta su verdadera luz, que es la ciencia de las cosas divinas, sucederá que, al guiar un ciego a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.

El santo Rey David, glorificando a Dios por esta luz de la verdad que le había infundido en la razón humana, decía: Impresa está, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro. Y señalaba el efecto de esta comunicación de la luz, añadiendo: Tú has infundido la alegría en mi corazón (6), alegría con la que, ensanchado el corazón, corre por la senda de los mandatos divinos.

Efectos de la "doctrina"

4. Fácilmente se descubre que es así, porque, en efecto, la doctrina cristiana nos hace conocer a Dios y lo que llamamos sus infinitas perfecciones, harto más hondamente que las fuerzas naturales. ¿Y qué más? Al mismo tiempo nos manda reverenciar a Dios por obligación de fe, que se refiere a la razón; por deber de esperanza, que se refiere a la voluntad, y por deber de caridad, que se refiere al corazón, con lo cual deja a todo el hombre sometido a Dios, su Creador y moderador. De la misma manera sólo la doctrina de Jesucristo pone al hombre en posesión de su verdadera y noble dignidad, como hijo que es del Padre celestial, que está en los cielos, que le hizo a su imagen y semejanza, para vivir con El eternamente dichoso. Pero de esta misma dignidad y del conocimiento que de ella se ha de tener, infiere Cristo que los hombres deben amarse mutuamente como hermanos y vivir en la tierra como conviene a los hijos de la luz: No en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas ni envidias (7). Mándanos, asimismo, que nos entreguemos en manos de Dios, que se cuida de nosotros; que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros enemigos y prefiramos los bienes eternos del alma a los perecederos del tiempo. Y sin tocar menudamente a todo, ¿no es, acaso, doctrina de Cristo la que recomienda y prescribe al hombre soberbio la humildad, origen de la verdadera gloria? Cualquiera que se humillare, ése será el mayor en el reino de los cielos (8). En esta celestial doctrina se nos enseña la prudencia del espíritu, para guardarnos de la prudencia de la carne; la justicia, para dar a cada uno lo suyo; la fortaleza, que nos dispone a sufrir y padecerlo todo generosamente por Dios y por la eterna bienaventuranza; en fin, la templanza, que no sólo nos hace amable la pobreza por amor de Dios, sino que en medio de nuestras humillaciones hace que nos gloriemos en la cruz. Luego, gracias a la sabiduría cristiana, no sólo nuestra inteligencia recibe la luz que nos permite alcanzar la verdad, sino que aun la misma voluntad concibe aquel ardor que nos conduce a Dios y nos une a El por la práctica de la virtud.

5. Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la corrupción de las costumbres no puedan coexistir con el conocimiento de la religión. Pluguiese a Dios que la experiencia no lo demostrara con tanta frecuencia. Pero entendemos que, cuando al espíritu envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, ni la voluntad puede ser recta, ni sanas las costumbres. El que camina con los ojos abiertos, podrá apartarse, no se niega, de la recta y segura senda; pero el ciego está en peligro cierto de perderse. -Además, cuando no está enteramente apagada la antorcha de la fe, todavía queda esperanza de que se enmiende la corrupción de costumbres; mas cuando a la depravación se junta la ignorancia de la fe, ya no queda lugar a remedio, sino abierto el camino de la ruina.

El primer ministerio

6. Puesto que de la ignorancia de la religión proceden tantos y tan graves daños, y, por otra parte, son tan grandes la necesidad y utilidad de la formación religiosa, ya que, en vano sería esperar que nadie pueda cumplir las obligaciones de cristiano, si no las conoce; conviene averiguar hora a quién compete preservar a las almas de aquella perniciosa ignorancia e instruirlas en ciencia tan indispensable. -Lo cual, Venerables Hermanos, no ofrece dificultad alguna, porque ese gravísimo deber corresponde a los pastores de almas que, efectivamente, se hallan obligados por mandato del mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas, que les están encomendadas. Apacentar es, ante todo, adoctrinar: Os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con la ciencia y con la doctrina (9).

Así hablaba Jeremías, inspirado por Dios. Y, por ello, decía también el apóstol San Pablo: No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar (10), advirtiendo así que el principal ministerio de cuantos ejercen de alguna manera el gobierno de la Iglesia consiste en enseñar a los fieles en las cosas sagradas.

7. Nos paree inútil aducir nuevas pruebas de la excelencia de este ministerio y de la estimación que de él hace Dios. Cierto es que Dios alaba grandemente la piedad que nos mueve a procurar el alivio de las humanas miserias: mas, ¿quién negará que mayor alabanza merecen el celo y el trabajo consagrados a procurar los bienes celestiales a los hombres, y no ya las transitorias ventajas materiales? Nada puede ser más grato -según sus propios deseos- a Jesucristo, Salvador de las almas, que dijo de Sí mismo por el profeta Isaías: Me ha enviado a evangelizar a los pobres (11).

Importa mucho, Venerables Hermanos, asentar bien aquí -e insistir en ello- que para todo sacerdote éste es el deber más grave, más estricto, que le obliga. Porque ¿quién negará que en el sacerdote a la santidad de vida debe irle unida la ciencia? En los labios del sacerdote ha de estar el depósito de la ciencia (12).

Y, en efecto, la Iglesia rigurosamente la exige de cuantos aspiran a ordenarse sacerdotes. Y esto, ¿por qué? Porque el pueblo cristiano espera recibir de los sacerdotes la enseñanza de la divina ley, y porque Dios les destina para propagarla. De su boca se ha de aprender la ley, puesto que él es el ángel del Señor de los ejércitos (13). Por lo cual, en las sagradas Ordenes, el Obispo dice, dirigiéndose a los que van a ser consagrados sacerdotes: Que vuestra doctrina sea remedio espiritual para el pueblo de Dios, y los cooperadores de nuestro orden sean previsores, para que, meditando día y noche acerca de la ley, crean lo que han leído y enseñen lo que han creído (14).

Si no hay sacerdote, al que esto no sea aplicable, ¿qué diremos de los que, añadiendo al sacerdote el nombre y la potestad de predicadores, tiene a su cargo el regir las almas, así por su dignidad como por un pacto contraído? Estos han de ser puestos en algún modo en el rango de los pastores y doctores que Jesucristo dio a los fieles para que no sean como niños fluctuantes ni se dejen llevar doquier por todos los vientos de opiniones y por la malignidad de los hombres..., antes bien viviendo según la verdad y en la caridad, en todo vayan creciendo hacia Cristo, que es nuestra Cabeza (15).

Disposiciones de la Iglesia

8. Por lo cual, el sacrosanto Concilio de Trento, hablando de los pastores de almas, declara que la primera y mayor de sus obligaciones era la de enseñar al pueblo cristiano (16). Dispone, en consecuencia, que por lo menos los domingos y fiestas solemnes den al pueblo instrucción religiosa, y durante los santos tiempos de Adviento y Cuaresma diariamente, o al menos tres veces por semana. Ni esto sólo: porque añade el Concilio que los párrocos están obligados, al menos los domingos y días de fiesta, a enseñar, por sí o por otros, a los niños las verdades de fe y la obediencia que deben a Dios y a sus padres. Asimismo manda que, cuando hayan de administrar algún sacramento, instruyan, acerca de su naturaleza, a los que van a recibirlo, explicándolo en lengua vulgar e inteligible.

9. En su constitución Etsi minime, Nuestro predecesor Benedicto XIV resumió tales prescripciones y las precisó claramente, diciendo: Dos obligaciones impone principalmente el Concilio de Trento a los pastores de almas: una, que todos los días de fiesta hablen al pueblo acerca de las cosas divinas; otra, que enseñen a los niños y a los ignorantes los elementos de la ley divina y de la fe.

Con razón dispone este sapientísimo Pontífice el doble ministerio, a saber: la predicación, que habitualmente se llama explicación del Evangelio, y la enseñanza de la doctrina cristiana. Acaso no falten sacerdotes que, deseosos de ahorrarse trabajo, crean que con las homilías satisfacen la obligación de enseñar el Catecismo. Quienquiera que reflexione, descubrirá lo erróneo de esta opinión; porque la predicación del Evangelio está destinada a los que ya poseen los elementos de la fe. Es el pan, que debe darse a los adultos. Mas por lo contrario, la enseñanza del Catecismo es aquella leche, que el apóstol San Pedro quería que todos los fieles habían de desear sinceramente, como los niños recién nacidos. -El oficio, pues, del catequista consiste en elegir alguna verdad relativa a la fe y a las costumbres cristianas, y explicarla en todos sus aspectos. Y, como el fin de la enseñanza es la perfección de la vida, el catequista ha de comparar lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen realmente; después de lo cual, y sacando oportunamente algún ejemplo de la Sagrada Escritura, de la historia de la Iglesia o de las vidas de los Santos, ha de aconsejar a sus oyentes, como si la señalara con el dedo, la norma a que deben ajustar la vida, y terminará exhortando a los presentes a huir de los vicios y a practicar la virtud.

Instrucción popular

10. No ignoramos, en verdad, que este método de enseñar la doctrina cristiana no es grato a muchos, que lo estiman en poco y acaso impropio para conseguir alabanza popular; pero Nos declaramos que semejante juicio pertenece a los que se dejan llevar de la ligereza más que de la verdad. Ciertamente no reprobamos a los oradores sagrados que, movidos por sincero deseo de gloria divina, se emplean en la defensa de la fe o en hacer el panegírico de los Santos; pero su labor requiere otra preliminar -la de los catequistas- pues, faltando ésta, no hay fundamento, y en vano se fatigan los que edifican la casa. Harto frecuente es que floridos discursos, recibidos con el aplauso de numeroso auditorio, sólo sirvan para halagar el oído, no para conmover las almas. En cambio, la enseñanza catequística, aunque sencilla y humilde, merece que se le apliquen estas palabras que dijo Dios por Isaías:

Al modo que la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven allá, sino que empapan la tierra y la penetran y la fecundan, a fin de que dé simiente que sembrar y pan para comer, así será de mi palabra salida de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que obrará todo aquello que yo quiero y ejecutará felizmente aquellas cosas a que yo la envié (17).

El mismo juicio ha de formarse de aquellos sacerdotes que, por mejor exponer las verdades de la religión, publican eruditos volúmenes; son dignos, ciertamente, de copiosa alabanza. Mas ¿cuántos son los que consultan obras de esa índole y sacan de ellas el fruto correspondiente a la labor y a los deseos de sus autores? Pero la enseñanza de la doctrina cristiana, bien hecha, jamás deja de aprovechar a los que la escuchan.

11. Conviene repetir -para inflamar el celo de los ministros del Señor- que ya es crecidísimo, y aumenta cada día más, el número de los que todo lo ignoran en materia de religión, o que sólo tienen un conocimiento tan imperfecto de Dios, de la fe cristiana que, en plena luz de verdad católica, les permite vivir como paganos. ¡Ay! Cuán grande es el número, no diremos de niños, pero de adultos y aun ancianos que ignoran absolutamente los principales misterios de la fe, y que, al oír el nombre de Cristo, responden: ¿Quién es... para que yo crea en él? (18). -De ahí el que tengan por lícito forjar y mantener odios contra el prójimo, hacer contratos inicuos, explotar negocios infames, hacer préstamos usurarios y cometer otras maldades semejantes. De ahí que, ignorantes de la ley de Cristo -que no sólo prohibe toda acción torpe, sino el pensamiento voluntario y el deseo de ella- muchos que, sea por lo que quiera, casi se abstienen de los placeres vergonzosos, alimentan sus almas, que carecen de principios religiosos, con los pensamientos más perversos, y hacen el número de sus iniquidades mayor que el de los cabellos de su cabeza. -Y ha de repetirse que estos vicios no se hallan solamente entre la gente pobre del campo y de las clases bajas, sino también, y acaso con más frecuencia, entre gentes de superior categoría, incluso entre los que se envanecen de su saber, y, apoyados en una vana erudición, pretenden burlarse de la religión y blasfemar de todo lo que no conocen (19).

12. Si es cosa vana esperar cosecha en tierra no sembrada, ¿cómo esperar generaciones adornadas de buenas obras, si oportunamente no fueron instruidas en la doctrina cristiana? -De donde justamente concluimos que, si la fe languidece en nuestros días hasta parecer casi muerta en una gran mayoría, es que se ha cumplido descuidadamente, o se ha omitido del todo, la obligación de enseñar las verdades contenidas en el Catecismo. Inútil sería decir, como excusa, que la fe es dada gratuitamente y conferida a cada uno en el bautismo. Porque, ciertamente, los bautizados en Jesucristo, fuimos enriquecidos con el hábito de la fe, mas esta divina semilla no llega a crecer... y echar grandes ramas (20), abandonada a sí misma y como por nativa virtud. Tiene el hombre, desde que nace, facultad de entender; mas esta facultad necesita de la palabra materna para convertirse en acto, como suele decirse. También el hombre cristiano, al renacer por el agua y el Espíritu Santo, trae como en germen la fe; pero necesita la enseñanza de la Iglesia para que esa fe pueda nutrirse, crecer y dar fruto.

Por eso escribía el Apóstol: La fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Cristo (21). Y para mostrar la necesidad de la enseñanza añadió: ¿Cómo... oirán hablar, si no se les predica? (22).

Normas

13. De lo expuesto hasta aquí puede verse cuál sea la importancia de la instrucción religiosa del pueblo; debemos, pues, hacer todo lo posible para que la enseñanza de la Doctrina sagrada, institucion -según frase de Nuestro predecesor Benedicto XIV- la más útil para la gloria de Dios y la salvación de las almas (23), se mantenga siempre floreciente, o, donde se la haya descuidado, se restaure. -Así, pues, Venerables Hermanos, queriendo cumplir esta grave obligación del apostolado supremo y hacer que en todas partes se observen en materia tan importante las mismas normas, en virtud de Nuestra suprema autoridad, establecemos para todas las diócesis las siguientes disposiciones, que mandamos sean observadas y expresamente cumplidas:

I) Todos los párrocos, y en general cuantos ejercen cura de almas, han de instruir, con arreglo al Catecismo, durante una hora entera, todos los domingos y fiestas del año, sin exceptuar ninguno, a todos los niños y niñas en lo que deben creer y hacer para alcanzar la salvación eterna.

II) Los mismos han de preparar a los niños y a las niñas, en épocas fijas del año, y mediante instrucción que ha de durar varios días, para recibir dignamente los sacramentos de la Penitencia y Confirmación.

III) Además, han de preparar con especial cuidado a los jovencitos y jovencitas para que, santamente, se acerquen por primera vez a la Sagrada Mesa, valiéndose para ello de oportunas enseñanzas y exhortaciones, durante todos los días de Cuaresma, y si fuere necesario, durante varios otros después de la Pascua.

IV) En todas y cada una de las parroquias se erigirá canónicamente la asociación, llamada vulgarmente Congregación de la Doctrina Cristiana. Con ella, principalmente donde ocurra ser escaso el número de sacerdotes, los párrocos tendrán colaboradores seglares para la enseñanza del Catecismo, que se ocuparán en este ministerio, así por celo de la gloria de Dios, como por lucrar las santas indulgencias con que los Romanos Pontífices han enriquecido esta asociación.

V) En las grandes poblaciones, principalmente donde haya Facultades mayores, Institutos y Colegios, fúndense escuelas de religión para instruir en las verdades de la fe y en las prácticas de la vida cristiana a la juventud, que frecuente las aulas públicas, en las que no se mencionan las cosas de religión.

VI) Porque, en estos tiempos, la edad madura, no menos que la infancia, necesita la instrucción religiosa, los párrocos y cuantos sacerdotes tengan cura de almas, además de la acostumbrada homilía sobre el Santo Evangelio, que han de hacer todos los días de fiesta en la misa parroquial, escojan la hora más oportuna para que concurran los fieles -exceptuando la destinada a la doctrina de los niños- y den la instrucción catequística a los adultos, con lenguaje sencillo y acomodado a su inteligencia. Para ello se servirán del Catecismo del Concilio de Trento, de tal modo que, en el espacio de cuatro a cinco años, expliquen cuanto se refiere al Símbolo, a los Sacramentos, al Decálogo, a la Oración y a los Mandamientos de la Iglesia.

VII) Venerables Hermanos, esto mandamos y establecemos en virtud de Nuestra autoridad apostólica. Ahora, obligación vuestra es procurar, cada cual en su propia diócesis, que estas prescripciones se cumplan enteramente y sin tardanza. Velad, pues, y, con la autoridad que os es peculiar, procurad que Nuestros mandatos no caigan en olvido, o -lo que sería igual- se cumplan con negligencia y flojedad. Para evitar esa falta habéis de emplear las recomendaciones más asiduas y apremiantes a los párrocos, para que no expliquen el Catecismo sin la previa preparación, y que no hablen el lenguaje de la sabiduría humana, sino que con sencillez de corazón y con sinceridad delante de Dios (24) sigan el ejemplo de Cristo, pues aunque expusiese cosas que estuvieron ocultas desde la creación del mundo (25), sin embargo, las decía todas al pueblo por medio de parábolas, o ejemplos y sin parábolas no les predicaba (26). Sabemos que lo mismo hicieron los Apóstoles, enseñados por Jesucristo; y de ellos decía San Gregorio Magno: Pusieron todo cuidado en predicar a los pueblos ignorantes cosas sencillas y accesibles, y no cosas altas y arduas (27). Y en las cosas de religión, una gran parte de los hombres de nuestra edad ha de tenerse por ignorante.

El trabajo de la enseñanza

14. Pero no quisiéramos que alguien, en razón de esta misma sencillez que conviene observar, imaginase que la enseñanza catequística no requiere trabajo ni meditación; al contrario, los pide mayores que cualquier otro asunto. Es más fácil hallar un orador que hable con abundancia y brillantez, que un catequista cuya explicación merezca plena alabanza. Por lo tanto, todos han de tener en cuenta que, por grande que sea la facilidad de conceptos y de expresión de que se hallen naturalmente dotados, ninguno hablará de la doctrina cristiana con provecho espiritual de los adultos ni de los niños, si antes no se prepara con estudio y seria meditación. Se engañan los que, confiados en la inexperiencia y rudeza intelectual del pueblo, creen que pueden proceder negligentes en esta materia. Al contrario; cuanto más incultos los oyentes, mayor celo y cuidado se requiere para lograr que las verdades más sublimes, tan elevadas sobre el entendimiento de la generalidad de los hombres, penetren en la inteligencia de los ignorantes; los cuales, no menos que los sabios, necesitan conocerlas para alcanzar la eterna bienaventuranza.

15. Séanos permitido, Venerables Hermanos, deciros al terminar esta Carta, lo que dijo Moisés: El que sea del Señor, júntese conmigo (28). Observad, os lo rogamos y pedimos, cuán grandes estragos produce en las almas la sola ignorancia de las cosas divinas. Tal vez hayáis establecido, en vuestras diócesis, muchas obras útiles y dignas de alabanza, para el bien de vuestra grey; pero, con preferencia a todas ellas, y con todo el empeño, afán y constancia que os sean posibles, cuidad esmeradamente de que el conocimiento de la Doctrina cristiana penetre por completo en la mente y en el corazón de todos. Comunique cada cual al prójimo -repetimos con el apóstol San Pedro- la gracia según la recibió, como buenos dispensadores de los dones de Dios, los cuales son de muchas maneras (29).

Que, mediando la intercesión de la Inmaculada y Bienaventurada Virgen, vuestro celo y piadosa industria se exciten con la Bendición Apostólica, que amorosamente os concedemos a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado, y sea testimonio de Nuestro afecto y prenda de los divinos dones.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de abril de 1905, segundo año de Nuestro Pontificado.

Notas

1. Act. 20, 29. [Regresar]

2. Os. 4, 1 ss. [Regresar]

3. Instit. 27, 18. [Regresar]

4. Eph. 5, 3 ss. [Regresar]

5. Ibid. vv. 15 ss. [Regresar]

6. Ps. 4, 7. [Regresar]

7. Rom. 13, 13. [Regresar]

8. Mat. 18, 4. [Regresar]

9. Ier. 3, 15. [Regresar]

10. 1 Cor. 1, 17. [Regresar]

11. Luc. 4, 18. [Regresar]

12. Mal. 2, 7. [Regresar]

13. Ibid. [Regresar]

14. Pontif. Rom. [Regresar]

15. Eph. 4, 14. 15. [Regresar]

16. Sess. 5, c. 2 de refor.; sess. 22, c. 8; sess. 24, c. 4 et 7 de refor. [Regresar]

17. Is. 55, 10. 11. [Regresar]

18. Io. 9, 36. [Regresar]

19. Iudas 10. [Regresar]

20. Marc. 4, 32. [Regresar]

21. Rom. 10, 17. [Regresar]

22. Ibid. v. 14. [Regresar]

23. Const. Etsi minime 13. [Regresar]

24. 2 Cor. 1, 12. [Regresar]

25. Mat. 13, 35. [Regresar]

26. Ibid. v. 34. [Regresar]

27. Moral. 17, 26. [Regresar]

28. Ex. 32, 26. [Regresar]

29. 1 Pet. 4, 10. [Regresar]