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domingo, 18 de janeiro de 2009

¿HABRÁ QUE HACERSE PROTESTANTE PARA SER BUEN CATÓLICO?

 

 

"Vae mihi si non evangilzavero"

(I Corintios, IX, 16)

Sin referirnos a las vías inesperadas en las que se vieron los Padres del Concilio al tratarse ciertos esquemas desarraigados del magisterio de la Iglesia pretendemos en las páginas que siguen hacernos eco de aquella palabra que los Padres del Concilio no han podido olvidar: ¡Caveamus" (cuidémonos).

Cuidémonos de que nos influya un espíritu absolutamente inconciliable con el que los Pontífices romanos y los precedentes Concilios se esforzaron incansablemente por difundir entre los cristianos. No se trata de un espíritu de progreso, sino de ruptura y de suicidio.

Las declaraciones de algunos Padres a ese respecto son orientadoras: unos afirman que entre las declaraciones pasadas y las de los autores de determinados esquemas no existe contradicción, porque las circunstancias se han modificado. Cuanto el Magisterio de la Iglesia ha afirmado hace cien años regía para aquellos tiempos, pero no para los nuestros.

Hay otros que se refugian en el misterio de la Iglesia.

Otros consideran que un Concilio tiene por objeto modificar la doctrina de los Concilios anteriores.

Por último, otros sostienen que todo el Concilio está por encima del magisterio ordinario, por lo cual puede prescindir de éste t bastarse por sí solo.

Se oye, además la voz de la prensa liberal afirmando que por fin la Iglesia admite la evolución del dogma.

¿Es posible discernir el motivo, al menos aparente, que permitió a esas tesis revolucionarias instalarse oficialmente en las deliberaciones del concilio? Nos creemos con autoridad para afirmar que ello se produjo a favor de un ecumenismo presentado primero como católico y que, durante el curso de las Sesiones, se transformó en ecumenismo racionalista.

Ese espíritu de ecumenismo no católico ha sido el instrumento del cual manos misteriosas se sirvieron para intentar quebrar y pervertir la doctrina enseñada desde los tiempos envangélicos hasta nuestros días, doctrina por la que ha corrido y sigue corriendo tanta sangre de mártires.

Por inconcebible que parezca, así ha sucedido: de ahora en adelante, en la historia de la Iglesia se hablará siempre de esas tesis contrarias a la doctrina que, so pretexto de ecumenismo, se presentaron a los Padres conciliares del Vaticano II.

De esa manera, se hicieron esfuerzos para elaborar esquemas que atenúen o incluso hagan desaparecer ciertos puntos de doctrina específicamente católica que pudieran desagradar a los ortodoxos y, especialmente, a los protestantes. 70

Quisiéramos abordar algunos ejemplos de las nuevas tesis propuestas. Nos parece útil desarrollar las tesis católicas tradicionales sobre tales puntos, pues se trata de una doctrina conocida por todos, enseñada en nuestros catecismos, que nutre nuestra Liturgia y que ha sido objeto de las más firmes y luminosas enseñanzas de los Papas desde hace un siglo.

Expresar el dolor que experimentaron los Padres firmemente aferrados a la continuidad de la doctrina al escuchar la exposición de las nuevas tesis hecha por los relatores oficiales de las Comisiones, es tarea imposible. Pensábamos en las voces de los Papas cuyos cuerpos yacían sepultados en el preciso lugar donde nos encontrábamos. Pensábamos en el inmenso escándalo que pronto haría la prensa por su manera de transmitir esas exposiciones.

La Primacía de Pedro

Veamos primero la Primacía de Pedro, a la cual se quiere desplazar en beneficio de una colegialidad mal definida y mal comprendida, que culmina en un desafío al sentido común. ¡Cuánto mejor y más provechoso hubiera sido señalar la función del obispo en la Iglesia con relación a su grey particular bajo la vigilancia de Pedro, y mostrar cómo -a través de esa grey particular- se debe por caridad a la Iglesia universal, comenzando por las Iglesias que le son próximas, siguiendo por las de las misiones, y luego por la Iglesia entera, pero en dependencia inmediata de Pedro, ¡qué es el único que se debe en justicia y directamente a todas las Iglesias y a toda la Iglesia!

Pero veamos la tesis nueva y las dos afirmaciones que contiene:

1) Todo, absolutamente todo poder sobre la Iglesia ha sido confiado solamente a Pedro.

2) Todo ese mismo poder ha sido confiado también a Pedro y a los Apóstoles colectiva-mente.

Si verdaderamente todo el poder ha sido confiado sólo a Pedro, lo que los otros puedan tener lo habrán recibido de él. Si los obispos tienen con Pedro una parte en el gobierno universal, parte que Pedro no puede quitarles, ya Pedro no tiene todo el poder él solo.

¡Que no hablen de misterio! La contradicción, es manifiesta. En el segundo caso, Pedro no tiene sino la cuota mayor del poder, lo cual ha sido condenado por el Vaticano I: "Si alguien dijere que el Pontífice romano no tiene sino las potiores partes y no la plenitud del poder supremo, que sea anatema".

Después de Pedro, se ataca a la Curia, que es considerada secretaría del Papa, cuando en realidad es la parte más noble de la Iglesia particular de Roma, Iglesia cuya fe es indefectible y que es Madre y Maestra de todas las Iglesias. Hacia ella deben dirigirse las miradas de los Padres, porque pueden estar ciertos de que allí encontrarán la verdad.

¿Por qué se pretende que la Iglesia de Roma calle? ¿De dónde nos vendría la luz si los Padres conciliares de la Iglesia de Roma enmudecieran?

Por otra parte, intercalar entre el obispo de Roma y la Iglesia el cuerpo episcopal de la Iglesia Universal en forma institucionalizada significaría quitar a la Iglesia de Roma su título de Madre de todas las Iglesias.

Con eso no queremos contradecir la posibilidad de que el Soberano Pontífice consulte más frecuentemente a los obispos y modifique, si lo considera conveniente, algunas modalidades o estructuras de la Curia.

Pero el propósito de quienes aspiran a crear una institución jurídica nueva ceñida a una colegialidad siempre en ejercicio, podría hacer de la nueva institución el cuerpo electoral del Soberano Pontífice. Porque es inconcebible que el Papa no resulte elegido por su clero dado que debe ser Obispo de Roma para ser luego sucesor de Pedro.

La Virgen María

Con imprudencia increíble, a despecho del deseo explícito del Santo Padre, el esquema propuesto suprime el título de María Madre de la Iglesia; los ecumenistas lamentan que la Virgen María sea nombrada Mediadora.

Sin embargo, cabe esperar que la devoción de los Padres a María restablecerá el honor que el Concilio debe a la Virgen, proclamándola solemnemente Madre de la Iglesia y consagrando el mundo a Su Corazón Inmaculado.

La Eucaristía

Se habrá observado que a propósito de la Eucaristía – aunque este tema no ha sido tratado ex professo – existen dos alusiones tendientes a disminuir la estimación de la Presencia Real de Nuestro Señor.

Al final del esquema sobre las Sagradas Escrituras, se pone a la Eucaristía en un mismo pie de igualdad con las Escrituras. ¡Cómo no pensar en todos esos evangelios que desde entonces han reemplazado a la Eucaristía en los altares mayores de nuestras Iglesias!

Se afirma, por otra parte, que los protestantes carecen de "la plena realidad de la Eucaristía". ¿De qué Eucaristía se trata? Ciertamente no puede ser de la Eucaristía católica, pues la presencia real ésta no está...

La Revelación

En todos los esquemas relativos a la Revelación se tiende a minimizar el valor de la Tradición en provecho de la Escritura. Se reprocha exageradamente a los fieles y a los sacerdotes no alentar una mayor devoción a la Sagrada Escritura.

En efecto, las Escrituras han sido destinadas a la Comunidad del pueblo de Dios en sus jefes y no a cada miembro individual aisladamente, como sostiene los protestantes. Por eso la iglesia, como una madre, brinda la leche de la doctrina a sus hijos mediante su feliz presentación en la Liturgia, en el catecismo, en la homilía dominical. Está dentro del orden de la naturaleza que la Escritura nos sea enseñada por personas autorizadas. Así lo ha querido Nuestro Señor. Nada tenemos que tomar de los protestantes, cuya historia ha demostrado suficientemente que por sí sola la Escritura no puede mantener la unidad ni preservar del error.

La Verdad de la Iglesia

La Verdad de la Iglesia tiene, evidentemente, consecuencias que molestan a los protestantes y también a ciertos católicos imbuidos de liberalismo.

En lo sucesivo el nuevo dogma que ocupará el lugar que correspondía a la Verdad de la Iglesia será el de la dignidad de la persona humana junto con el bien supremo de la libertad: dos nociones que se evita definir con claridad.

De ello se sigue, según nuestros novadores, que la libertad de manifestar públicamente la religión de su propia conciencia es un derecho estricto de toda persona humana que ninguna otra persona del mundo puede prohibir. Que sea una religión verdadera o falsa, que promueva virtudes o vicios, poco les importa. ¡El único límite será un bien común que evitan celosamente definir!

Por consiguiente, se haría necesario revisar los acuerdos entre el Vaticano y las naciones que con toda justicia reconocen una situación preferencial a la religión católica.

El Estado debería ser neutro en materia de religión. Habría que revisar muchas constitucio-nes de Estado, no solamente en las naciones de religión católica. ¿Habrán pensado esos nuevos legisladores de la naturaleza humana que el Papa también es jefe de Estado? ¿Se lo invitará a laicizar el Vaticano?

Según ello, los católicos perderían el derecho de obrar para establecer o restablecer un 72

Estado católico. Su deber sería mantener el indiferentismo religioso del Estado.

Recordando a Gregorio XVI, Pío IX calificó esa actitud de "delirio", y, más aún, de "libertad de perdición" (Quanta Cura, 8 de diciembre de 1864).

León XIII trató el tema en su admirable Encíclica Libertas præstantissimum. ¡Pero todo eso era adecuado para su época, no para mil novecientos sesenta y cuatro!

La libertad que desean quienes la consideran un bien absoluto es quimérica. Si se admite que la libertad suele estar restringida en el orden moral, ¡cuánto más no lo estará en el orden de la elección intelectual! Dios ha atendido admirablemente las deficiencias de la naturaleza humana por medio de las familias que nos rodean: aquella en la cual hemos nacido y que debe educarnos, es decir, la patria, cuyos dirigentes deben facilitar el desarrollo normal de las familias hacia la perfección material, moral y espiritual; la Iglesia, mediante sus diócesis cuyo Padre es el Obispo, cuyas parroquias forman células religiosas donde las almas nacen a la vida divina y se alimentan en esta vida con los sacramentos.

Definir la libertad como ausencia de coacción significa destruir todas las autoridades colocadas por Dios en el seno de esas familias para facilitar el buen uso de la libertad que nos ha sido dada para buscar espontáneamente el Bien y eventualmente para proporcionarlo, como ocurre con los niños y asimilados.

La verdad de la Iglesia es la razón de ser de su celo evangelizador, de su proselitismo, y -por ende- la razón profunda de las vocaciones misioneras, sacerdotales y religiosas que exigen generosidad, sacrificio, perseverancia en las aflicciones y en las cruces.

Ese celo, ese fuego que quiere abrazar al mundo molesta a los protestantes. Se trazará, pues, un esquema sobre la Iglesia en el mundo que evitará celosamente hablar de evangelización. ¡Toda la ciudad terrestre podrá construirse sin que se dé en ella intervención a los sacerdotes, religiosos o religiosas, sacramentos, Sacrificio de la Misa, instituciones católicas, como escuelas, obras espirituales y materiales de caridad!...

En semejante espíritu un esquema sobre las Misiones se hace muy difícil. ¿Pensarán los novadores llenar así los seminarios y noviciados?

La Verdad de la Iglesia es también razón de ser de las escuelas católicas. Con el nuevo dogma se insinúa que sería preferible fusionarlas con las demás escuelas en tanto éstas observen el derecho natural (sic).

Evidentemente, no queda lugar para Hermanos ni Hermana docentes... ¡La admirable Encíclica de Pío XI sobre la educación de la juventud era para mil novecientos veintinueve, no para mil novecientos sesenta y cuatro!...

La doctrina social de la Iglesia

También la doctrina social de la Iglesia molesta al ecumenismo.

Por ello se nos dirá "que la distribución de la propiedad está librada a la prudencia de los hombres y a las instituciones de los pueblos, dado que ninguna parte de la tierra ni ningún bien ha sido conferido por Dios a ningún hombre en particular". ¡Así la doctrina también afirmada por Juan XXIII de la propiedad privada como derecho esencial de la naturaleza humana no tendría fundamen-to sino en el derecho positivo!.

La lucha de clases y de naciones sería necesaria para el progreso y para la evolución continua de las estructuras sociales.

El bien común sería una noción en continua evolución y "puesto que nadie es universal, nadie tendría una visión completa del bien común", del cual, sin embargo, se da una nueva definición: "La libertad y la plenitud de la vida humana".

¿Qué queda de las enseñanzas de los Papas acerca de a doctrina social de la Iglesia: Rerum 73

Novarum, Quadragesimo Anno, Pacem in Terris

? Estamos en mil novecientos setenta y cuatro. Que nos digan, entonces que pasará mañana con las enseñanzas de mil novecientos sesenta y cuatro en mil novecientos setenta y cuatro...

Estos ejemplos bastan para demostrar que en las comisiones prevalece una mayoría de miembros ganados por un ecumenismo que no sólo es ajeno a lo católico sino que, según propia confesión, se parece extrañamente al modernismo condenado por San Pío X y del cual el Papa Pablo VI nos dice en su Encíclica Ecclesiam Suam que ha comprobado su resurgimiento.

La prensa liberal se ha adueñado de esas tesis antes de que las mismas hayan sido propuestas no bien se las presentó en los esquemas y, particularmente, cuando obtuvieron mayoría importante en la sala conciliar.

Una vez obtenida la victoria, quedó abierta la vía a todos los diálogos, esto es, a todas las transacciones. Por fin concluían la "papolatría" y el régimen monárquico de la Iglesia, el Santo Oficio y el Index, las conciencias quedaban liberadas, etcétera.

¿Qué corresponde que hagamos ante ese desenfreno, ante esa tempestad?

1) Guardar indefectiblemente nuestra fe, nuestra adhesión a todo lo que la Iglesia nos ha enseñado siempre, sin turbarnos ni descorazonarnos. Nuestro Señor pone a prueba nuestra fe, como lo hizo con los apóstoles, como lo hizo con Abraham. Para ello es preciso que nos domine realmente la sensación de que vamos a perecer. De ese modo, la Victoria de la Verdad será auténticamente la victoria de Dios y no la nuestra.

2) Ser objetivo. Reconocer los aspectos positivos que se manifiestan en los deseos de los Padres conciliares, deseos que desgraciadamente y como a su pesar han sido utilizados para establecer textos jurídicos que sirven a tesis que la mayoría de los mismos Padres ni habían imaginado.

Intentemos definir esos deseos del siguiente modo:

Deseo profundo de colaboración mayor en pro de una más intensa eficacia del apostolado: colaboración entre pastores y con el Pastor Supremo. ¿Quién podría condenar semejante deseo?

Deseo de manifestar a los hermanos separados y al mundo entero su gran caridad a fin de que todos acudan a Nuestro Señor y a Su Iglesia.

Deseo de dar a la Iglesia mayor sencillez, en su Liturgia, en el comportamiento habitual de los pastores y, en particular, de sus obispos, en la formación de los clérigos que los preparen más directamente para su ministerio pastoral. Tendencia esta motivada por el temor de ya no ser escuchados ni comprendidos por el conjunto del pueblo fiel.

Estos deseos tan legítimos y oportunos podrían manifestarse perfectamente en textos admirables y orientaciones adaptadas a nuestro tiempo sin la colegialidad, mal fundada y mal definida; sin la libertad religiosa, falsa; sin la declaración sobre los judíos, inoportuna; sin indicios de demolición de la autoridad del Papa, sin negar el título de Madre de la Iglesia a la Virgen María, y sin calumniar a la Curia romana.

No son, en conjunto, los Padres del Concilio quienes alentaron esos textos con semejante redacción que expresa una doctrina nueva, sino un grupo de Padres y de periti que aprovecharon los muy legítimos deseos de los Padres para introducir sus doctrinas.

Los esquemas, gracias a Dios, no tiene todavía redacción definitiva. El papa aún no los ha aprobado en sesión pública. Por lo demás, el Concilio ha afirmado su voluntad de no definir ningún dogma nuevo, sino de ser un Concilio pastoral y ecuménico. La iglesia de Roma, única indefectible entre todas las Iglesias particulares, permanece firmemente en la fe; la mayoría de los cardenales no aprueba las nuevas tesis. Los Padres conciliares que desempeñan tareas importantes en la iglesia romana, así como la mayoría, sin la casi totalidad de los teólogos romanos, no se colocan junto a los novadores. Eso es fundamental, pues los fieles del mundo entero deben unirse en torno de esa Iglesia de Roma, Maestra de Verdad; ya lo afirmó así San Ireneo. 74

3) Afirmar nuestra fe públicamente sin desfallecimientos: en la prensa, en nuestras conversaciones, en nuestra correspondencia; y estar dispuestos a obedecer al Papa y permanecer indefectiblemente unidos a él.

4) Orar y hacer penitencia. Orar a la Virgen María, Madre de la Iglesia, pues Ella está en el centro de todos los debates y ha vencido siempre todas las herejías. En Ella encontrarán los Padres conciliares unanimidad, como los hijos alrededor de su Madre. Ella vela sobre el Sucesor de Pedro y actuará de manera que Pedro confirme siempre a sus hermanos en la fe, en la fe que fue la de los Apóstoles y de Pedro en particular y de todos sus sucesores.

Hay que hacer penitencia para merecer los auxilios de la gracia de Nuestro Señor; penitencia en el cumplimiento de nuestros deberes de estado sin desfallecimientos, sin abandono, sin desánimo, a pesar del ambiente infernal de libertinaje, de impudicia, de desprecio por la autoridad, de atropello a uno mismo y al prójimo.

Tengamos confianza: Dios es todopoderoso y ha dado a Nuestro Señor todo poder en el cielo y en la tierra. Esos poderes, ¿serán menores en 1964 que en 1870, menores en el último Concilio que en todos los anteriores? Nuestro Señor no abandonará las promesas de asistir perpetuamente a la Santa Iglesia Católica y Romana.

"Confidite, ewgo sum, nolite timere" (Mc. 6, 50).

¡Oh, María, Madre de la Iglesia, mostrad que sois nuestra Madre!

11 de octubre de 1964, en la

Fiesta de la Maternidad de la Virgen

[Nota Complementaria]

No hemos modificado en nada este texto, y creemos que hoy corresponde reflexionar particularmente sobre la realidad expresada por el título: en efecto, no se puede negar que en todos los dominios de la iglesia se ha producido un peligroso deslizamiento hacia el protestantismo.

El más grave es el que concierne a la fe a causa de la redacción de los nuevos catecismos, a partir del de Holanda hasta llegar al italiano pasando por los de Francia, Alemania y en particular el inverosímil catecismo de Canadá. Todos están impregnados de la doctrina expuesta en el primer esquema de "la Iglesia en el mundo", el cual, se impone decirlo, no es católico. La fe, la Palabra de Dios, el Espíritu, el Pueblo de Dios son explicados a la manera modernista y protestante, esto es, racionalista. A la Revelación se la reemplaza por la conciencia, que bajo el soplo del Espíritu se expresa mediante el profetismo. Ese profetismo que corresponde a todo el pueblo de Dios se manifiesta particularmente en la Liturgia de la Palabra. El bautismo y los sacramentos son más expresiones de la Fe que causas de la gracia y de las virtudes. No acabaríamos de señalar todos los peligros involucrados en esos catecismos, todos referidos al Vaticano II. Y no hay duda que en el Concilio, especialmente en el documento Gaudium et Spes, pueden encontrarse frases equívocas y un espíritu surgido del primer esquema.

Según el magisterio, también el ministerio sacerdotal se atribuye a todo el Pueblo de Dios, que en virtud del mismo, constituye la Asamblea Eucarística y cumple el culto comunitario, cuyo sacerdote es el presidente, que pronto será su delegado electo. Su carácter sacerdotal y su celibato ya no tienen razón de ser. No puede negarse que las reformas litúrgicas concurren a esa orientación. Los comentarios correspondientes se expresan según la modalidad protestante, minimizando la función del sacerdote, la realidad del sacrificio y la presencia real y permanente de Nuestro Señor en la Eucaristía.

Por último, el gobierno conferido por Nuestro Señor al Sacerdocio se transforma en el poder real del Pueblo de Dios, esto es, la "democratización" de la autoridad en la Iglesia por la Colegiali-75

dad entendida a la manera del Cardenal Suenens, por los Sínodos nacionales en los cuales todas las instituciones de la Iglesia se someten a los votos del Pueblo de Dios, profeta, sacerdote y rey.

De este modo, en los tres poderes confiados al Sacerdocio por Nuestro Señor se introduce el virus protestante, racionalista, naturalista y liberal. Esos poderes destinados a humanizar las personas recreadas por Nuestro Señor a la imagen de Dios, minadas por el virus del racionalismo, deshumani-zan y lanzan a personas y sociedades a todos los vicios de la humanidad caída.

Debemos luchar por la salvaguarda del sacerdocio tal como Nuestro Señor lo ha instituido, en la integridad de su magisterio, de su ministerio y de su gobierno.

Debemos enseñar la fe de siempre, adorar la Eucaristía y venerar el Santo Sacrificio de la Misa como lo enseñan la Escritura y la Tradición, respetar las personas de nuestros sacerdotes, de nuestros obispos y del Vicario de Jesucristo porque llevan en ellos el Sacerdocio y la Misión de Nuestro Señor Jesucristo y no porque sean delegados del Pueblo de Dios.

Se preparan Sínodos nacionales después de los de Holanda y Copenhagen. Si tiene los mismos efectos, pronto habrá otras tantas sectas protestantes. Eso es de esperar, dada la oposición entre las conclusiones de esos Sínodos y las directivas de la Santa Sede. El momento es muy grave. Corremos el riesgo de que la elección impuesta a los fieles holandeses y a los daneses se no imponga mañana a nosotros. Ya se impone en los catecismos y en ciertas formas de culto litúrgico, en las orientaciones de algunos obispos o asociaciones de obispos contrarias a las dictadas por el Sucesor de Pedro, por ejemplo en materia de moral familiar y de celibato sacerdotal.

Recordemos que Pedro vela por todos los Pastores y por todas las ovejas, y que en caso de contradicción entre la fe de nuestro Pastor y la de Pedro, Pedro no ha advertido contra el catecismo holandés y por consiguiente contra todos los nuevos catecismos de él derivados. Pedro nos ha dictado la moral familiar. Pedro nos ha afirmado en el Credo. Pedro nos ha prescripto el manteni-miento del celibato sacerdotal. Nuestros Pastores no tiene derecho a minimizar esas enseñanzas del Pastor de los Pastores.

Recordemos también que las autorizaciones concedidas en el terreno de la Liturgia no son obligatorias; eso vale para la Misa de cara al pueblo, la concelebración, la comunión bajo las dos especies, la comunión de pie, la recepción de la Santa Eucaristía en la mano.

La actitud de vigilancia se ha tornado necesaria a causa de los escándalos de que somos testigos, acontecidos dentro de la misma Iglesia. No podemos desconocer los hechos, los escritos, los discursos, que tienden al sometimiento de la Iglesia de Roma y a su aniquilación como Madre y Maestra de todas las Iglesias, y que buscan transformarnos en protestantes. Resistir a esos escánda-los significa vivir la fe, conservarla pura de todo contagio, mantener la gracia en nuestras almas. No resistir significa dejarnos intoxicar lenta pero seguramente y volvernos protestantes sin saberlo.

En la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús,

Roma, 5 de junio de 1970.

Fonte: Stat Veritas – Cartas Pastorales e outros escritos – Dom Lefebvre

segunda-feira, 3 de novembro de 2008

R E S P O N D E O nº 1

 

http://www.permanencia.org.br/Respondeo/missanova1.htm

1. Os tradicionalistas extrapolam ao afirmar que a Missa Nova é protestantizada. Na verdade queriam chamá-la herética e inválida!

Resposta: O Novus Ordo é um rito protestantizado. São vários os motivos que nos obrigam dizê-lo:

  • a intenção dos reformistas.

  • A acolhida dos protestantes.

  • O escandaloso convite feito aos protestantes.

  • O parecer de eminentes teólogos.

  • A comparação com as reformas litúrgicas de Lutero e Zwinglio.

  • O problema da tradução do Missal.

  • A adoção de novas linguagens e práticas.

a) A INTENÇÃO DOS REFORMISTAS

O escritor francês Jean Guitton, amigo próximo de Paulo VI, escreveu: “O Papa Paulo VI me confiou que era sua intenção assemelhar o mais possível a nova liturgia ao culto protestante” [3]. Também possuímos a declaração do pde. Anibal Bugnini, talvez o principal nome por trás do Novus Ordo Missae: “A oração da Igreja não deve ser um motivo de constrangimento para ninguém", logo "[é preciso] arredar toda a pedra que poderia constituir qualquer sombra de risco de tropeço ou de desprazer para os nossos irmãos separados" (L´Osservatore Romano, 19 de março de 1965). Grifos nossos.

b) A ACOLHIDA DOS PROTESTANTES

Lutero dizia: "Eu afirmo que todos os lupanares, os homicídios, os roubos, os adultérios, são menos maus que esta abominável Missa!"

Após o Novus Ordo, entretanto, os protestantes abandonaram a costumeira hostilidade e encheram-se de simpatia pelo rito da Igreja. Por que não se entusiasmavam com o antigo missal e sim com este? Por que recusavam firmemente rezar pela Missa de Sempre, mas não têm escrúpulos em utilizar a Missa Nova? A razão, acreditamos, não pode ser outra senão a de que a "reforma litúrgica deu um passo notável para a frente e houve uma aproximação das formas da Igreja luterana" (L´Osservatore Romano, 13/10/1967).

Vejamos algumas declarações públicas de protestantes, declarações essas que constituem sinal evidentíssimo de que há algo errado com a nova missa: [4]

- Max Thurian, da Comunidade protestante de Taizé: “Um dos frutos do novo Ordo será talvez que as comunidades não católicas poderão celebrar a santa ceia com as mesmas orações da Igreja católica. Teologicamente é possível” (“La Croix”, 30-5-69).

- “Agora, na Missa renovada, não há nada que possa verdadeiramente perturbar o cristão evangélico” (Siegevalt, Prof. de Dogmática na Faculdade protestante de Strasbourg, “Le Monde”, 22-11-69).

- “As novas orações eucarísticas católicas abandonaram a falsa perspectiva de um sacrifício oferecido a Deus” (“La Croix”, 10-12-69, palavras que Jean Guitton diz ter lido em revista protestantes muito apreciada).

- “Se toma em consideração a evolução decisiva da liturgia eucarística católica, a possibilidade de substituir o cânon da Missa por outras orações litúrgicas, o afastamento da idéia segundo a qual a Missa constituiria um sacrifício, a possibilidade de comungar sob as duas espécies, não há mais razão para as igrejas da Reforma" (Roger Mehl, protestante, em “Le Monde”, 10-9-70).

- “Nós nos atemos à utilização das novas preces eucarísticas nas quais nós nos encontramos e que têm a vantagem de matizar a teologia do sacrifício que tínhamos o hábito de atribuir ao catolicismo. Estas preces nos convidam a encontrar uma teologia evangélica do sacrifício” (Trecho de um documento emanado do Consistório superior da Confissão  de Augsbourg e da Lorena, datado  de 8-12-73, publicado em “L’Église en Alsace”, número de janeiro de 1974).

- “A maior parte das reformas que Lutero desejava. Existem doravante no interior mesmo da Igreja Católica” – (...) “Por que não se reunir?” (Seppo A. Teonen, teólogo luterano, professor de Dogmática na Universidade de Helsiqui, jornal “La Croix” de 15-5-72).

Acrescente-se ainda as declarações feitas em 1983 pela Comissão Mista católico-luterana, oficialmente reconhecida por Roma:

"Outras exigências que Lutero tinha formulado em seu tempo podem ser consideradas como sendo satisfeitas na teologia e na prática da Igreja de hoje", tais como: "o emprego da língua vulgar na liturgia, a possibilidade da comunhão sob as duas espécies e a RENOVAÇÃO DA TEOLOGIA E DA CELEBRAÇÃO DA EUCARISTIA"[5] . (grifos nossos)

c) O ESCANDALOSO CONVITE FEITOS AOS PROTESTANTES

Seis pastores protestantes foram convidados para a Comissão da Reforma Litúrgica e dela participaram como adidos qualificados. Paulo VI deixou-se fotografar com os mesmos na cerimônia de encerramento do CONSILIUM, em 10/4/70 e a foto foi reproduzida em La Documentation Catholique. Ora, estes pastores não se limitaram a assistir, mas tiveram participação ativa.

A intervenção ativa destes ‘observadores’ é corroborada por declarações de Mons. W.W.Baum, “diretor executivo” dos assuntos ecumênicos da conferência episcopal americana”: “Eles não lá estiveram como simples observadores, mas como consultores, e participaram plenamente das discussões sobre a renovação litúrgica católica. Não faria muito sentido caso se contentassem em ouvir, mas eles puderam contribuir” (Detroit News, 27 de junho de 1967).”[6]

Ademais, como afirmou Mons. Lefebvre, por que os protestantes teriam sido convidados para a Comissão da Reforma Litúrgica senão para que dissessem “se estavam satisfeitos ou não, ou se havia alguma coisa que lhes não agradava, se eles podiam rezar conosco?”[7]

Essa escandalosa participação dos protestantes teve um precedente notório: o Concílio Vaticano II:

Os protestantes, integrando um grupo que foi chamado de "OBSERVADORES NÃO-CATÓLICOS", já estavam presentes na Aula Conciliar desde o primeiro dia da Primeira Sessão do Concílio Vaticano II, e a importância de sua participação foi logo enfatizada, pois no programático discurso de abertura do Concílio (11/10/62), o Santo Padre João XXIII anunciou formalmente que uma das grandes finalidades do encontro seria a união dos cristãos.

“Esses "OBSERVADORES NÃO-CATÓLICOS" participaram do início ao fim do Concílio e no final deste, ou seja, no dia 4 de dezembro de 1965, estavam presentes em uma cerimônia ecumênica, na qual o Papa Paulo VI, "com evidente satisfação" e dirigindo-se a tais "observadores", disse:

"... Sabeis, Irmãos, que de muitas maneiras o nosso próprio Concílio Ecumênico pôs-se em movimento em direção a vós: da consideração que os Padres Conciliares não deixaram de manifestar pela vossa presença, que tão cara lhes era, até o esforço unânime para evitar toda expressão que não fosse cheia de deferências para convosco; da alegria espiritual de vermos vosso grupo de escol associado às cerimônias religiosas do Concílio, até a formulação de expressões doutrinais e disciplinares aptas a arredar os obstáculos e a abrir sendas tão largas e aplainadas quanto possível para uma melhor valorização do patrimônio religioso que conservais e desenvolveis: a Igreja Romana, como vedes, testemunhou a sua boa vontade de vos compreender e de se fazer compreender; não pronunciou anátemas, senão invitações; não traçou limites à sua espera, como tampouco os traça ao seu oferecimento fraterno de continuar um diálogo que a empenha."[8] (grifos nossos)

d) O PARECER DE EMINENTES TEÓLOGOS E AUTORIDADES DA IGREJA

Cardeal Ottaviani, outrora Prefeito da Congregação da Doutrina e da Fé, oficialmente encarregado pela defesa da Fé e da moral: “A nova forma da missa foi substancialmente rejeitada pelo Sínodo Episcopal, nunca foi submetida ao júri das Conferências Episcopais e nunca foi reivindicada pelo povo. Além do mais possui todas as possibilidades de satisfazer aos mais modernistas dos Protestantes.”[9] (grifos nossos).

Cardeal Sticker: “O lugar importante dado às leituras e à pregação na nova missa, a possibilidade mesma deixada ao padre de acrescentar explicações e palavras pessoais é uma reflexão a mais sobre o que é legítimo chamar de uma adaptação à idéia protestante de culto..." (grifos nossos)

Cardeal Silvio Oddi: “Quando o Cânon II foi publicado, os protestantes da famosa comunidade de Taizé, que têm uma liturgia muito diferente da liturgia católica, disseram: “Este nós também podemos usar”. Isto quer dizer que pode ser interpretado sem a presença real de Cristo na Eucaristia. Portanto, alguma coisa não era clara (...) Tenho a impressão de que as pessoas escolhidas para efetuar todas essas reformas litúrgicas não estavam muito preocupadas com a pureza do dogma e da doutrina. Tentaram apresentar as coisas para agradar alguém, por uma concepção ecumênica errônea”.[10] (grifos nossos)
Cardeal Fernando Antonelli
, membro do Consilium, organismo encarregado da reforma litúrgica: "Tenho a impressão de que se concedeu muito, sobretudo em matéria de sacramentos, à mentalidade protestante" (grifos nossos)

Mons. Klaus Gamber, bispo de Ratisbona e perito em Liturgia: “A reforma litúrgica de Paulo VI foi mais radical que a de Lutero”.

Pde. Raymond Dullac: “Este rito possui um PECADO ORIGINAL que circuncisão alguma será capaz de suprimir: o pecado de se ter querido fabricar uma “missa” passe-partout, apta a  ser celebrada tanto por um católico como por um protestante”

Um grupo de teológicos publicou em 1969 um artigo na conceituada revista Pensée Catholique: “O Ordo Missae tenderia a instaurar na Igreja católica romana um ofício por demais semelhante à ceia das igrejas protestantes. Sinal característico? É a Ceia e não a Cruz que figura no frontispício do livro vermelho, na página 2”[11].

Outro interessante testemunho nos foi dado pelo escritor Julien  Green, convertido do anglicanismo: “A primeira vez que ouvi a Missa em francês, tive dificuldade em crer que se tratava de uma Missa Católica. Apenas a Consagração me tranqüilizou, embora ela fosse, palavra por palavra, semelhante à consagração anglicana”.

No mesmo livro, o autor conta a impressão que ele e sua irmã tiveram diante de uma Missa televisionada: Pareceu-lhes uma imitação grotesca do ofício anglicano. No fim ele perguntou à sua irmã: “por que é que nos convertemos?” (op. cit., p. 138)[12].

e) A COMPARAÇÃO COM A REFORMA LITÚRGICA DE LUTERO

― É espantosa a comparação entre o culto dos reformadores e o Novus Ordo. A citação seguinte foi tirada do livro de Arnaldo Xavier da Silveira, “Considerações sobre o Ordo Missae de Paulo VI”. Os negritos são nossos:

“Na quinta-feira santa, 13 de abril de 1525, bem como na sexta-feira santa e no domingo de Páscoa seguintes, sob as abóbadas estarrecidas do “Grand Muenster”, o culto se processou de maneira absolutamente nova. A língua alemã expulsava totalmente o latim da liturgia. Os coros não cantavam mais (...) A ceia substituía a missa.

“As espécies da refeição sagrada encontravam-se sobre uma mesa de tipo comum. Zwinglio oficiava voltado para a assembléia, em vez de permanecer, como na liturgia romana, de frente para o altar. A seu tempo, acólitos distribuíam o pão ao longo dos bancos dos fiéis, que com suas próprias mãos tomavam um pedaço e o levavam à boca. O cálice, trazido da mesma maneira, circulava em seguida, passando de um comungante a outro. Zwinglio fizera questão de que o vinho fosse pôsto em cálices de madeira, a fim de repudiar abertamente todo o fausto. (...)”[13].

― “...a primeira medida de Lutero contra o caráter sacrifical da Missa, foi a supressão do ofertório, que mais explicitamente o expressa. Depois fez as outras mudanças. Foi igualmente o que fez Paulo VI na nova missa, transformando o ofertório em uma simples apresentação de dons conforme prática judaica na suas sinagogas.

“Em seguida, Lutero alterou as palavras da instituição, fazendo da parte consacratória e da narrativa, que são bem distintas, uma só, e mandando pronunciar tudo em tom narrativo e em voz alta. Tudo para suprimir qualquer idéia de ação pessoal do celebrante e pois, toda a idéia de sacrifício, e assim inculcar nos assistentes a idéia protestante de simples ceia-memorial.

“Também a reforma de Paulo VI, do rito da Missa, alterou a forma da Consagração, transpondo para fora dela as palavras “Mysterium fidei”, e suprimindo o ponto gráfico que separava bem a parte narrativa, da parte consecratória, de modo que o celebrante é levado a pronunciar tudo em tom narrativo como quem apenas conta um fato acontecido no passado, e não como quem faz uma ação pessoal, que torna de novo presente a mesma realidade operada por Jesus Cristo, e por Ele ordenada que fosse renovada perpetuamente mediante o ministério do sacerdote (Lc. 22,19).

“Vê-se pois, por essa pequena amostra – e há muitos outros pontos nos quais a missa nova não é mais a pura expressão da Fé Católica – como é de suma importância a nossa fé nesse aspecto da Missa como sacrifício. Aí está a prova. Os protestantes tomam ares de festa com a sua supressão, através da Missa nova.”[14]

― “Lutero suprimiu qualquer referência aos Santos. Também na Missa Nova, dos seus quatro Cânones, somente o chamado Romano menciona alguns Santos, e mesmo assim, é livre a sua menção pelo celebrante. Mais um motivo por que vários pastores protestantes afirmam poder celebrar a sua ceia-memorial usando o texto da Missa Nova”.[15]

― “Para Lutero, a Missa é somente um banquete de comemoração da última Ceia. Daí ser celebrado em uma mesa, e com o celebrante voltado para o povo, na postura dos comensais de refeição comum, como se faz na Missa Nova”[16].

f) O PROBLEMA DA TRADUÇÃO

Outro aspecto que deve ser estudado é o da tradução do Novus Ordo para o vernáculo. Problema que ocorreu em maior ou menor grau por todo o mundo. No Brasil, os "erros" de tradução foram motivo de polêmica pública, envolvendo sacerdotes e diversos intelectuais católicos. [17] Ora, analisando os “erros” diversos de tradução para o português (o padre D´Elboux listou na época nada menos que 150 e, segundo narrou o mesmo, Dom Fernandes, de Londrina, relacionou número ainda maior de "erros"), verifica-se que vão freqüentemente numa direção muito agradável aos protestantes. Ora, o fortuito não pode ser repetitivo. Vejamos alguns exemplos:

1. Nas referências à Nossa Senhora, todas as vezes em que se lia beata Virgo Maria no original latino do Novus Ordo, traduziu-se simplesmente por "Virgem Maria", omitindo o bem-aventurada que pedia o latim. Isto ocorre nos parágrafos 3, 45, 54, 78, 85 e 94. Notamos que, no parágrafo 85, lia-se: in primis cum beatissima Virgine, Dei Genitrice, Maria. Eliminados o superlativo beatissima e o in primis ("antes de tudo"), ficou a tradução abreviada para: "Virgem Maria, mãe de Deus".

Ainda neste ponto, encontramos as omissões seguintes:  

— no parágrafo 30: "Virgo Mater inefabili dilectione sustinuit", torna-se: "a Virgem esperou com amor de Mãe". Enquanto no latim, estava amor inefável e não, de Mãe;

— no parágrafo 45 e no 53, "virginitatis gloria permanente" e "in primis gloriosae semper Virginis Mariae", respectivamente no latim. Não aparece na tradução o gloria da primeira frase, nem o gloriosae, da segunda;  

— no parágrafo 46: "Deiparae Virgini Sponsus" fica traduzido como "esposo à Virgem Mãe", enquanto Deiparae pedia "à Virgem Mãe de Deus".

2. Com relação aos Apóstolos, Santos e Mártires ocorre fenômeno parecido com o que se viu acima. No parágrafo 47, "beatos Apostolos", no texto latino, traduz-se simplesmente "dos Apóstolos"; no parágrafo 69 traduz-se "tuis sanctis Apostolis" por "apóstolos"; mais grave, no parágrafo 78 simplesmente omite-se a menção aos santos ("et omnibus Sanctis qui tibi a saeculo placuerunt", torna-se "e todos os que neste mundo vos serviram" — sem mencionar a tradução de "placuerunt" por "serviram"). Ainda no parágrafo 85 vê-se novas omissões: "cum beatis Apostolis tuis et gloriosis Martyribus" é transformado em "os vossos apóstolos e mártires".

3. Com relação à Igreja: Por duas vezes suprime-se o adjetivo "católica" ao referir-se à Igreja e, em uma vez, omite-se o adjetivo "santa". "Quae tibi offerimus pro Ecclesia tua sancta catholica" passou a ser "Nós as oferecemos (omitiu-se in primis) pela vossa Igreja (omitiu-se sancta e catholica) dispersa pelo mundo".

4. A tradução de "pro multis", na formula mesma da Consagração, por "por todos" (mais gravemente, na tradução oficial de 1969, publicada sob a aprovação da CNBB, "por todos os homens"), cuja correção apenas recentemente foi ordenada.

5. No início da agora chamada "Oração Eucarística I" [...] vê-se traduzido haec dona, haec munera, haec sancta sacrificia illibata por "estas oferendas", simplificação excessiva e mutiladora, exatamente porque aquelas ofertas são matéria do "sacrifício ilibado", da Vítima Perfeita, Cristo. A missa é essencialmente sacrifício: não assembléia, nem memorial.

Poder-se-ia arrolar ainda muitos outros exemplos de infelizes omissões, como a do parágrafo 63, onde "et hunc praeclarum calicem" é traduzido, tão pobremente, por "o cálice"; ou a igualmente infeliz omissão em dois lugares de adjetivos que indicam perpetuidade quando se refere a danação ou vida eterna (parágrafos 43 e 60); ou as diversas passagens em que se eliminou ou se atenuou expressões referentes aos Anjos e à hierarquia angélica; ou a tradução do “Orate frates”, ou do “Et cum spiritu tuo”.

É de espantar a franqueza com que D. Clemente Isnard OSB, Secretário Nacional de Liturgia no tempo em que foram feitas as traduções, narra como conseguiu a aprovação de Roma ao texto traduzido (grifos nossos):

"Resolvi então proceder por própria conta" - coisa de admirar mas não de imitar - e que tanto irritou Dom Geraldo Fernandes, que chegou a ser Vice-Presidente da CNBB. "Apresentei em Roma, e a Congregação para o Culto Divino aprovou nossa versão. Nossa sorte é que no momento não havia na Congregação perito em língua portuguesa. Desta forma obtivemos aprovação da simplificação do Cânon Romano, que tinha sido apresentada pelos franceses e negada... Nós simplesmente havíamos copiado a proposta francesa."[18]

g) NOVA LINGUAGEM, NOVAS PRÁTICAS

- “É sabido que a Eucaristia tem dois aspectos, um de Sacramento, outro de Sacrifício. O 1º é chamado “Eucaristia”; o 2º é a Santa Missa. É de fé que a Missa é Sacrifício; o próprio termo “Missa” já indica o seu caráter sacrifical, pois é o particípio do verbo latino “mittere”: enviar. Significa que, ao fim da Missa, a oblação sacrifical já foi enviada (Sto. Tomás)

“Por isso, Lutero suprimiu a palavra “Missa”, em sua reforma litúrgica; queria apagar da mente dos fiéis até a idéia de Sacrifício que lhe é conexa. “Chamemo-la, dizia ele, Benção, Eucaristia, Ceia do Senhor”. E hoje, seguindo a preferência da “Institutio generalis”, que promulgou a Missa Nova, está sendo chamada, de preferência, Eucaristia.

- “Para Lutero, todo homem, só pelo batismo, já é sacerdote, porque, para ele, não há qualquer diferença entre ser cristão e ser sacerdote. Por isso, os seus pastores são meros presidentes das assembléias reunidas para celebrar a sua ceia meramente memorial. É muito sintomático que, na Missa Nova, o “Confiteor” não seja mais rezado, primeiro, pelo celebrante sozinho e só depois pelos fiéis juntos. Esta mudança insinua igualdade entre os padres e os leigos. E o próprio Institutio Generalis (no. 7) chama o celebrante de presidente da “assembléia do povo de Deus”, na qual o povo reunido sob sua presidência é que celebra o “Memorial do Senhor”. Só diante da reclamação dos fiéis por causa desse grave erro é que Roma fez um arremedo de correção, pois o celebrante continuou a ser presidente da Assembléia e o povo não deixou de ser quem celebra, ou con-celebra (com o presidente)...”[19]

Podemos citar ainda aqui:

- O grave problema da definição da Missa como Ceia no “Institutio Generalis”;

- As concelebrações;

- A substituição do latim pelo vernáculo;

- A comunhão dada na mão;

- A substituição do gregoriano por músicas populares, o emprego de instrumentos de percussão e cordas nas Igrejas;

- As missas-show, carismáticas etc.

CONCLUSÃO

"O Novus Ordo foi concebido com o propósito de favorecer um falso ecumenismo, esmaecendo a fé", "a Nova Missa pode ser lícita e válida, mas a intenção que presidiu a sua elaboração a torna intrinsecamente perversa e perigosa". A essas objeções, Dom Guy Oury, do célebre mosteiro de Solesmes, comentou: "Se fosse realmente assim, compreender-se-ia que os católicos fiéis estivessem justamente alarmados em sua fé; a resistência tornar-se-ia mesmo um dever"

Ora, como nota Louis Salleron, ainda que estas duas objeções devessem ser formuladas um pouco diferentemente, é realmente assim. Por isso, a resistência é um dever. [20]

* * *

Encerramos deixando ao leitor a tarefa de julgar. As evidências são copiosas. Como negar, sem má-fé, que é protestantizante o novo rito, não apenas em sua intenção, não apenas no entender dos protestantes, mas naquilo mesmo que o constitui?

O leitor desejoso de se aprofundar no assunto poderá ler alguns dos trabalhos que foram publicados nesse sentido:

- A Missa de Lutero, por Mons. Lefebvre;

- Protestantização Litúrgica (Sim Sim Não Não, no. 69);

- Carta Aberta aos Católicos Perplexos, cap. IV, de Mons. Lefebvre.

- “A Teologia do Sacrifício da Missa”, por D. Licínio Rangel (Sim Sim Não Não, Julho/2001);

- "Solesmes et la Messe" (Itinéraires, no. 195), "En quoi la Nouvelle Messe est un échec " (no. 194), Louis Salleron.

- La Nouvelle Messe de Paul VI: Qu´en penser?”, Ia parte, cap. 5. de Arnaldo Xavier da Silveira “

- “A Missa Nova, uma caso de Consciência” e “Católicos, Apostólicos, Romanos”, padres de Campos.

Sobre a Missa tradicional, oferecemos ainda vários textos no nosso índice Missa de São Pio V

* * *

Finalmente, jamais alegamos que a Nova Missa fosse herética ou inválida. A esse respeito, citamos palavras do próprio Mons. Lefebvre: “Evidente que a reforma litúrgica atual se inspira na reforma de Lutero. Eu disse isso, em Roma, a muitos Cardeais: Vossa nova Missa é a Missa de Lutero!” A isso me foi respondido: Mas então ela é herética!” E eu respondi: Não, ela não é herética, mas é ambígua, equívoca, pois um pode celebrá-la com a católica integral do Sacrifício, da Presença Real, da Transubstanciação e outro pode celebrá-la sem ter essa intenção e, nesse caso, a Missa não será mais válida. As palavras que ele pronuncia e os gestos que ele faz não o contradizem. Ela é equívoca, sim, equívoca. E certamente Lutero, durante muitos anos, a celebrou validamente, quando ele ainda não estava contra o Sacrifício, quando ele era ainda mais ou menos católico. Porém, mais tarde, quando ele recusou o Sacrifício, o Sacerdócio, a Presença Real, então sua Missa passou a não ter mais validade[21].

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Notas:

[3] Emission de Radio-Courtoisie, 19/12/1993. “A intenção de Paulo VI, a respeito da liturgia católica, foi reformá-la de modo a quase coincidir com a liturgia protestante (...) Repito, Paulo VI fez tudo quanto estava em seu poder para aproximar a missa católica – afastando-se do Concílio de Trento – da Ceia protestante (...) Há em Paulo VI uma intenção ecumênica de apagar, ou ao menos de corrigir, ou de abrandar, o que na Missa há de demasiadamente católico, no sentido tradicional, e de aproximar a Missa católica da missa calvinista”.

[4] “A missa nova, um problema de consciência”, padres de Campos

[5] - Como consta de “La Documentation Catholique”, de 3 julho de 1983, n.1085, páginas 696 e 697. Citado em “A Renovação da Celebração da Missa”, Francisco Lafayette.

[6] “La nouvelle messe est d´esprit protestant”, Mons. Lefebre, “La Libre Belgique”, 25/9/76. Reproduzido de “Le mouvement Liturgique”, Abbé Didier Bonneterrre, ed. Fideliter.

[7] A Missa de Lutero, conferência de Mons. Lefebvre.

[8] A “Renovação” da celebração da Missa, Francisco Lafayette.

[9] A Intervenção Ottaviani (http://www.permanencia.org.br/revista/atualidades/ottaviani.htm)

[10] Em entrevista para a revista “30 dias”, julho de 1991.

[11] Publicado em La Pensée Catholique, no. 122.

[12] “A missa nova, um problema de consciência”, padres de Campos.

[13] Jean Rilliet, “Zwingle, le Troisième Homme de la Réforme”, 1959 – citado por “La Contre-Réforme Catholique au XX Siècle”, no. 26, novembro de 1969, p. 1.

[14] “A Teologia do Sacrifício da Missa”, D. Licínio Rangel.

[15] A Missa da Tradição e a Missa Nova, nov/2001, Sim Sim Não Não.

[16] Ibidem.

[17] Além do Padre d'Elboux, escreveram Gustavo Corção, Gladstone Chaves de Melo ("A Tradução da Nova Missa" e "Ainda a Nova Missa", respectivamente 2/01 e 3/01/70; "Ainda a Missa", Mar/70; "Erros e Heresias Acobertados pela Tradução Brasileira da Missa", Jun/70), o Cônego Ludovico Rosano ("Traduttore, Traditore" em 17/02;"Carta de Uma Padre Católico" em 7/03/70). Como relata ainda o mesmo Pe. D'Elboux ("Ainda a tradução do Novo Missal", Set/73), Dom Fernandes, de Londrina, chegara a preparar uma lista de "erros" de tradução ainda maior que a sua.

[18]  Conferência pronunciada no Encontro dos Liturgistas do Brasil. in A Sagrada Liturgia — 40 anos depois", estudos da CNBB no. 87. Editora Paulus, São Paulo, 2003.

[19] “A Missa da Tradição e a Missa Nova”, nov/01, Sim Sim Não Não.

[20] "Solesmes et la Messe", Louis Salleron, Itinéraires, 195.

[21] “A Missa de Lutero”, Mons. Lefebvre.

sexta-feira, 24 de outubro de 2008

Rahner teólogo gnóstico

Pe Júlio Meinvielle

En el número 117 de «La Pensée Catholique»1 se publica un artículo crítico del teólogo dominico Michel Guérard des Lauriers2 sobre la doctrina de otro teólogo, el célebre jesuita Karl Rahner3. Creemos que este trabajo es de una importancia singular y está llamado a suscitar un diálogo doctrinal inevitable. El P. R. es up teólogo «famoso» en la Iglesia de hoy; sus obras constituyen un verdadero «éxito».

No hace mucho, el no menos célebre Hans Urs von Balthasar, en un librito-librazo en que descubre y describe la grave situación actual de la lglesia, la «amenaza de perder la continuidad con el cristianismo tal como se lo entendía hasta ahora»4, señala a R. como enraizado y comprometido con el idealismo alemán, que está a la base del neomodernismo fundamental que asuela a la lglesia y carcome los cimientos de la vida cristiana.

“¿Quién no apela a Rahner — dice allí — de una manera o de otra, cuando se trata de ampliar el dogma en un sentido liberal, de transformar su contenido en algo «no objetivo», algo que.. . es en todo caso susceptible de cambio?”.

El diagnóstico de von Balthasar aparece ahora más certero a la luz de la lectura que G. d. L. nos ofrece de la doctrina teológica del P. R.

El artículo que comentamos es de una sobriedad ejemplar. Su «objeto» son los textos
rahnerianos, su obra fundamental, «Escritos de Teología»5. Cada afirmación de G. d. L. responde a una cita de R. . Su intención es descubrir los principios de la inspiración teológica del P. R. y demostrar cómo toda su doctrina, es decir, su interpretación de la doctrina cristiana, procede sistemáticamente de esos principios. Parece haber dado con la clave, con la vertebración interna del pensamiento rahneriano, de lo quo el jesuita alemán llama su «hermenéutica trascendental» (su método teológico, podríamos decir).
Para G. d. L. ese principio de inspiración es una tesis del orden de la teoría del conocimiento, tesis que determina la antropología de R. y a través de ella, con lógica rigurosa, la teología fijada en sus escritos. Encuentra tal principio en la conclusión de «El Espíritu en el Mundo»6: «Para Santo Tomas, abstractio y conversio son lo mismo: el Hombre». R. identifica (y atribuye incorrectamente esa identificación al Doctor Angélico) el proceso de formación o proferición del verbo mental (el término del
acto de intelección ), que pone al espíritu en posesión de la realidad, de la esencia, del «logos» u ordenación íntima del ser, con el “retorno al fantasma” o imagen sensible, es decir, con el proceso por el cual se adquiere conciencia de la configuración del acto intelectual en cuanto que tal acto procede de un término sensible y singular. Es decir, identifica la objetividad, la estructura del ser que puede ser concebida y proferida en una definición, con la subjetividad, la contemplación de la organización interna del acto cognoscitivo, de su origen y del lazo que lo enraíza en lo sensible y singular.

“La realidad sólo es captada como inmanente al Hombre: he allí todo el rahnerismo”G sentencia G. d. L. El hombre se convierte así en la medida de todas las cosas, de toda relación entre lo creado y Dios. El hombre rahneriano está abierto al infinito, pero en virtud de una «auto-trascendencia» de orden entitativo, de naturaleza ontológica, quo le es inmanente y connatural (t. V p. 192).

Según G. d. L., la teología de R. es una interpretación de toda la doctrina cristiana en función de tal concepción del hombre y de su poder inmanente de auto-trascendencia. Esa es la norma, la “hermenéutica trascendental”, aunque R. invoque a la Escritura, al Magisterio eclesiástico y a la doctrina tradicional.
A continuación G. d. L., examina las formulaciones que R. propone de los dogmas de la
Encarnación, la Redención, la Trinidad y la Eucaristía. Nosotros seguiremos su razonamiento y su presentación de los textos.

La Encarnación

Señala en primer lugar Guérard des Lauriers que R. concibe las relaciones de la Persona del Verbo con la Naturaleza divina y con la naturaleza humana como relaciones del mismo orden. Ambas relaciones desempeñarían el mismo papel respecto de la Persona divina. “La fe —dice Rahner— profesa una unidad substancial, durable, indisoluble, hipostática, y la desapropiación de dos naturalezas en virtud de la misma Persona” (t. Ip. 195).

El Verbo, así como es El mismo según la Naturaleza divina (y permaneciendo en sí inmutable), deviene verdaderamente El mismo en virtud de la naturaleza humana, en cuanto se constituye (por la Encarnación) diferente de sí y unido a sí mismo (t. I p. 202).

La naturaleza humana —concluye G. d. L.— condiciona al Verbo en su Ser, así como la Naturaleza divina es idéntica a su Ser. Y acopia una serie de textos rahnerianos para avalar esta conclusión.
Veamos.

“¿Qué significa ( la comunicación de idiomas) si la realidad humana verdadera, atribuida al Verbo en cuanto que El es una Persona, no lo cambia; como si esa humanidad no lo convirtiera en aquello que sin ella El no sería?”. (t. I p. 200).

Hay un cambio en el Verbo. Dios, aun siendo inmutable, puede ser sujeto de un devenir “Dios puede devenir algo, Aquel que es inmutable en sí mismo puede ser cambiado en otro”, (t. IV p. 147). El Verbo se cambia en la naturaleza humana. “Es necesario decir (ya que Dios es en sí inmutable) que el Dios inmutable en sí mismo puede cambiar, hacerse otro (propiamente: puede devenir hombre); y «cambiarse a sí mismo en otro» no está en contradicción con la inmutabilidad divina ni es, por otra parte, reductible a un «cambio del otro» (t. IV p. 147, nota 3).

Más todavía, o dicho de otro modo, la naturaleza humana de Cristo, a semejanza de la
Naturaleza divina, es la realidad misma del Verbo. “La humanidad de Cristo —arguye R.— en su realidad concreta (de ningún modo abstracta) sólo puede tener importancia teológica si ella es, como tal y no únicamente en cuanto formalmente unida al Verbo a posteriori, la manifestación de Dios en el mundo. Porque ella es la realidad del Verbo, forma una unidad con el Verbo” (t. I; p. 212).

Así, por presentar a la naturaleza humana en paridad con la Naturaleza divina en su referencia al Verbo, R. concibe de manera contradictoria la humanidad de Cristo. Por un lado, esa naturaleza humana es la realidad misma del Verbo. Por otro, esa humanidad de Dios considerada en sí misma, “no puede recibir ni de hecho recibe la gracia de aproximarse y encontrar a Dios de una manera esencialmente outra o esencialmente superior a la que, por la gracia, está reservada efectivamente a cada hombre” (t. IV, p.
145). Más aún, esbozando una especie de Kenósis invertida, R. explica: “Dios há asumido una naturaleza humana porque ésta es en sí misma abierta y asumible; porque sólo ella (a diferencia de los seres no trascendentes, objeto de definición) puede existir en un total desprendimiento de sí, que le permite realizar el acabamiento de su tendencia esencial, la cual es incomprensible” (t. IV; p. 143).

Por fin, cuál es el significado de la Encarnación en la interpretación rahneriana? “Que Dios suscite la auto-trascendencia del hombre y lo induzca a penetrar en su propio seno, que Dios por otra parte obre así en virtud de su absoluta auto-comunicación, que las dos cosas concurran a realizar la promesa hecha a todos los hombres y acabada en un solo: eso es la Unión hipostática” (t. V, p. 210).

G. d. L., entiende que según R., Cristo es simplemente el Hombre que en un individuo alcanza la perfección de la cual lleva en sí una exigencia connatural: “Cristo es el caso único y supremo del cumplimiento de la realidad humana en su esencia: este cumplimiento consiste en que el hombre exista renunciando a sí mismo” (t. IV, p. 142). Se trata —siempre siguiendo la lectura de G. d. L. — de un ascenso del hombre (y no de un descenso de Dios) insertado en un evolucionismo generalizado (cf. t. V pp. 191, 193).

La Redención

De acuerdo con su interpretación del misterio de la Encarnación, la Redención (el don de la gracia) es considerada por el P. R. como un resultado, para cada hombre, de una potencia de la humanidad a la auto-comunicación de Dios. Es obrada por Dios, pero resulta de una fuerza inmanente al Hombre, entiende G. d. L. He aquí el texto rahneriano: “Si se admite que esta comunicación original de la gracia ha sido hecha a la humanidad antes del pecado, no solamente como una exigencia sino como una potencialidad ya firmemente establecida, dada que en su misma fuente estaba ordenada a la Encarnación y por consiguiente a la irrevocable auto-comunicación de Dios a toda la humanidad (y no en razón de que ya había comenzado a actuarse en Adán) ... entonces se tiene la idea exacta de la redención cristiana...” (t. V, p. 216).

La Trinidad

Según R., la tesis que pone en luz al misterio de la Trinidad “como misterio de salvación (en su realidad y no solamente en cuanto doctrina) podría formularse así: la Trinidad de la economía de la salvación es la Trinidad inmanente, e inversamente” (t. IV, p. 115).

G. d. L., observa que esa identificación de la Trinidad en sí misma con la Trinidad en cuanto manifestada en la historia de la salvación, es un error que proviene del subjetivismo de R. Señala tres jalones:

•Teniendo en cuenta que en el mundo se ha producido algo (la Encarnación) “que pertenece únicamente al Verbo, que es la historia de una de las Personas divinas y no de las otras” (t. IV, p. 116), R. concluye que todo lo que concierne a la “economía” (el designio salvífico de Dios realizado en la historia) “puede ser dicho del Dios Trino en su conjunto y de cada persona en particular” (ib.). G. d. L., advierte una contradicción en la deducción rahneriana, pues si el Verbo es una Persona distinta (lo cual se manifiesta en la “economía”), también el Padre y el Espíritu Santo son Personas distintas. Y como el Verbo solo se encarnó, resulta evidente que la manifestación de la Trinidad en la historia de la salvación no es siempre, sin más, la Trinidad inmanente.

• R. sostiene que “no se puede distinguir adecuadamente entre la doctrina de la Trinidad y la doctrina de la economía” (ib.). Pero en realidad —objeta G. d. L.—, hay afirmaciones que conciernen a la Trinidad en sí misma, distintamente, aunque de hecho esas afirmaciones se hallen ligadas mas o menos directamente a la historia de la salvación. Es lo que la tradición ha entendido a partir de la palabra del Señor en Juan 8,38: “Yo digo lo que he visto junto a mi Padre”.

• R. pone en duda una verdad metafísica fundamental: Dios no puede tener una relación o referencia real a una realidad distinta de El (cf. t. IV, p. 116, nota 15). G. d. L., deduce que de la tesis rahneriana se desprende necesariamente la negación misma de esta verdad. En efecto, si se identifica la Trinidad inmanente con la Trinidad de la “economía”, y por consiguiente al Verbo encarnado según su humanidad con el Logos íntimo de la Trinidad, entonces las relaciones quo el Verbo encarnado tiene según su humanidad con algo distinto de El mismo, relaciones que pertenecen al orden de lo creado, se convierten en relaciones de Dios a lo creado.

Si no se acepta su tesis —arguye finalmente R. — no se puede captar el misterio de Dios mas que “de una manera verbal y nocional, por pura revelación verbal, opuesta a una revelación por la acción salvífica de Dios en nosotros”. G. d. L. responde: “Otra vez R. ha suplantado el verbo por el fantasma impuesto como autosuficiente; ya que la verdad es que en esta tierra «la Trinidad inmanente que el creyente abraza en su verbo está absolutamente por encima de cualquier manifestación por íntima que sea de la Trinidad percibida por el creyente en su propia interioridad».”

La Eucaristía

Sobre la Presencia de Cristo en el Sacramento de la Cena del Señor (t. IV, p. 357-385), distingue R. dos tipos de interpretación. Una quo llama lógica y que consiste en analizar en sí mismas la palabra “Esto es mi Cuerpo”, es la explicación expresada en las formulas dogmáticas. Y otra, la explicación óntica, que corresponde a su “hermenéutica trascendental”, excluye tal análisis y consiste en relacionar con otros hechos el hecho constituido por la pronunciación de esas palabras.

Su interpretación, que él mismo dice expresar en tono polémico, la encuentra G. d. L., en el siguiente texto (t. IV, p. 379-380) :
“Se quiere circunscribir la acción de Dios a la esfera puramente divina; entonces esa acción no está más presente y transformante en las cosas del mundo (la paz, la moral, el sepulcro, etc.) De ese modo, tal acción permanece no solo mas allá de la experiencia del que no cree (lo cual siempre es verdadero ), sino también más allá de las realidades mismas de la tierra; Dios queda en el cielo; donde está el pan, no pasa nada. En esas condiciones, me parece más coherente decir:
Cristo (el de la Eucaristía) no está más que en la fe, sólo en virtud de la fe está presente”.

Por otra parte, continúa R., los teólogos católicos podrían aprender algo de los cristianosevangélicos y de su teoría de la presencia “in usu”, es decir, durante la celebración del Sacramento (t. IV, p. 383).

En cuanto a la Presencia real después de la comunión, R. sostiene que “la Presencia real de Cristo subsiste solamente mientras la unidad sensible del pan constituye un dato humano” (t. IV, p. 390). O sea que cesa inmediatamente después de la deglutición, ya que el pan no puede ser percibido entonces como tal por los sentidos externos (cf. t. IV, p. 390).

G. d. L., objeta coma deformación subjetivista el apoyo que R. busca en la enseñanza de Santo Tomás (la Presencia cesa si una partícula es demasiado pequeña) y responde que el criterio de la Presencia real es objetivo como la Presencia misma (que solo cesa si la partícula corresponde a una desintegración de la molécula).

Hasta aquí llega este asombroso examen. La conclusión la ha expresado G. d. L., a lo largo de su artículo, y ya está dicha en la detectación de la “inspiración” del R. teólogo. Según el avisado dominico sentencia, esta inspiración es la antigua y siempre renovada inspiración de la gnosis: el Hombre, que se va convirtiendo evolutivamente hacia la fuerza divina que connaturalmente lo habita, es la medida de todas las cosas, incluso la medida del misterio de Dios.

En cuanto a nosotros, tendremos que volver a leer, con paciencia y atención los “Escritos Teológicos” de Rahner. . .

Julio Meinvielle
1 La Pensée Catholique - Cahiers de Synthése, París, n° 117 (1968), p. 78-93.
2 Abreviamos G. d. L.
3 Abreviamos R.
4 Hans Urs von Balthasar. Cordula oder der Ernstfall; Einsiedeln, Johannes Verlag, 1966. Fue traducido al
español bajo el título de “Seriedad con las cosas” (Córdula o el caso auténtico).
5 Karl Rahner. Schriften zur Theologie; Einsiedeln; Benziger Verlag, t.I-VI,1954-1965. Las citas, donde se
indica tomo y página, responden a esta edición. Hay una traducción española en ed. Taurus.
6 K. Rahner. Geist ist in Welt. Zur Metaphysik der endlichen Erkenntniss bet Thomas
von Aquin. Kösel Verlag, München 1957 (Zweite Auflage), p. 407). Ha sido traducido al español por ed.
Herder.

http://www.juliomeinvielle.org/libros.asp?ID=614&seccion=577&titulo=Rahner+teol%F3go+gn%F3stico

segunda-feira, 20 de outubro de 2008

Os três dias da luz invisível

1. Os dias do temor, da verdade e do amor.
Chegamos, o quanto Deus se dignou conceder-nos, ao conhecimento das coisas invisíveis partindo das visíveis. Retorne agora a nossa mente a si mesma e examine que utilidade possa tirar deste conhecimento.
De que nos servirá conhecer em Deus a elevação de sua majestade, se com isto não recolhermos para nós utilidade alguma?

Que poderemos, porém, trazer conosco ao retornarmos da intimidade da contemplação divina? O que traremos, ao retornarmos da região da luz, senão luz? Se viemos da região da luz, é conveniente e conveniente e necessário que tragamos conosco luz para dissolver nossas trevas. E quem poderá saber onde estivemos, se não retornarmos iluminados? Que se torne manifesto, portanto, que lá estivemos; que se torne manifesto o que lá contemplamos.

Se lá vimos a potência, tragamos a luz do temor divino. Se lá vimos a sabedoria, tragamos a luz da verdade. Se lá vimos a benignidade, tragamos a luz do amor. Que a potência incentive os tíbios ao amor; que a sabedoria ilumine os cegos pelas trevas da ignorância; que a benignidade inflame os gélidos pelo calor da caridade.

Olhai, vos peço, o que seja a luz, senão o dia; e o que sejam as trevas, senão a noite. Assim como os olhos do corpo têm os seus dias e suas noites, assim também os olhos do coração têm os seus dias e as suas noites.

Três são os dias da luz invisível, pelos quais se distingue o curso interior da vida espiritual. O primeiro dia é o temor, o segundo a verdade, o terceiro é a caridade.

O primeiro dia tem o seu Sol, e este é a potência; o segundo dia tem o seu Sol, é a sabedoria; o Sol do terceiro dia é a benignidade. A potência pertence ao Pai, a sabedoria ao Filho, a benignidade ao Espírito Santo.

Os dias que temos externamente diferem dos que temos internamente. Nossos dias exteriores, mesmo que não o queiramos, haverão de passar. Os interiores, porém, se assim o quisermos, poderão permanecer para sempre. Está escrito sobre o temor de Deus que "permanece pelos séculos dos séculos" (Salmo 18). Quanto à verdade, também, não pode haver dúvida sobre sua eterna permanência, pois, iniciando-se ainda nesta vida, alcançará em nós sua perfeição e plenitude quando Aquele que é a verdade se fizer manifesto após o término desta vida. Da caridade está escrito que "nunca passará" (I Cor. 13).

Bons dias são estes que nunca haverão de passar. Maus são os dias que não somente não permanecem para sempre, como nem sequer podemos retê-los ainda que por pouco tempo. Foi destes dias que disse o Profeta:

"O homem é como o feno,
e seus dias declinaram como a sombra".
Salmo 102

Estes são os dias merecidos pela culpa; aqueles os dias concedidos pela graça. Daqueles dias disse o profeta:

"Nos meus dias O invocarei".
Salmo 114

Este foi o mesmo que disse em outro lugar:

"Levantava-me no meio da noite
para que a ti me confessasse".
Salmo 118

O profeta o chama de seus dias, porque aos outros não tem amor. Foi assim que também disse Jeremias:

"Senhor, tu sabes que não desejei
o dia do homem".
Jer. 17

Estes são os dias de que Jó foi rico, do qual foi escrito que

"morreu velho e cheio de dias".
Jó 42

De fato, não poderia ser cheio dos outros dias, porque estes já tinham passado e já não mais eram.

Os maus conheceram somente os dias que existem externamente; quanto aos bons, que mereceram ver os interiores, estes não apenas não amam aos externos, como também os maldizem:

"Pereça",

disse o bem aventurado Jó,

"o dia em que nasci,
e a noite em que foi dito:
um homem foi concebido.
Converta-se em trevas este dia,
não o tenha em conta Deus,
lá no alto, e não o ilumine de luz".
Jó 3

Devemos, pois mais amar aqueles dias que são interiores, onde à luz não se seguem as trevas, onde os olhos interiores do coração puro são iluminados pelos esplendores do Sol eterno.

Foi também a estes dias que se referiu o salmista ao contar:

"Anunciai dia após dia
a sua salvação".
Salmo 95

O que é a sua salvação, senão o Jesus? Pois assim se traduz o nome de Jesus, ele significa o Salvador. Ele é dito o Salvador, porque por ele o homem é regenerado, para a salvação. Dele falou João, dizendo:

"A Lei foi dada por Moisés,
a graça e a verdade foram feitas
por Jesus Cristo".
Jo. 1

Ademais, Paulo Apóstolo chama Cristo Jesus de

"virtude de Deus
e sabedoria de Deus".
I Cor. 2

Se, pois, Jesus Cristo é a sabedoria de Deus, e por Jesus Cristo veio a verdade, conclui-se que a verdade provém da sabedoria divina. O dia, pois, da sabedoria é a verdade.

A própria sabedoria fala deste seu dia aos judeus, dizendo:

"Vosso pai Abraão exultou
por ver o meu dia,
viu-o e rejubilou".
Jo. 8

A verdade de Deus é a redenção do gênero humano, a qual foi primeiramente prometida. Ao manifestar-se posteriormente, o que mais fez senão mostrar-se veraz? Esta verdade foi cumprida, pois, de modo conveniente pela sabedoria, de quem provém toda verdade. Não foi enviado para cumprir a verdade outro senão aquele em quem reside toda a plenitude da verdade. Com justa razão Abraão exulta pelo dia da verdade, pois deseja que se cumpra a verdade, tendo visto este dia em espírito ao ter conhecido a vinda na carne do Filho de Deus para a redenção do gênero humano.

Que se diga, pois:

"Anunciai dia após dia
a sua salvação".

O dia segundo, do dia primeiro ao dia terceiro; o dia da verdade, do dia do temor ao dia da caridade.

O primeiro dia era o dia do temor; vem depois o outro dia, o dia da verdade. E dissemos que vem, não que o sucede, porque o anterior não cessa. Eis, então, já dois dias; o mesmo ocorre com o dia terceiro, com o dia da caridade, pois vindo este, aos anteriores não expulsa.

Bem aventurados sejam estes dias, que podem fazer a riqueza dos homens; onde chegando os futuros, os presentes não passam; onde aumentando o número, multiplica-se o resplendor.

2. Os três dias na história da salvação.
Os homens compreenderam, em primeiro lugar, terem caído sob o jugo do pecado ao ter-lhes sido dada a Lei, tendo daí começado a temer a Deus como juiz por conhecerem suas iniqüidades. Temê-lo já era conhecê-lo, porque de maneira alguma poderiam temê-Lo se dEle nada conhecessem. Este conhecimento já era alguma luz; já era dia, mas não era dia claro, escurecido que estava pelas trevas do pecado.
Veio então o dia da verdade, o dia da salvação, que destruiria o pecado, iluminaria a claridade do dia anterior, e não tiraria o temor, mas o mudaria para melhor.

Mas esta claridade não seria ainda plena até que a caridade não se acrescentasse à verdade. De fato, foi a própria Verdade que disse:

"Muito tenho ainda para vos dizer,
mas não o poderíeis suportar.
Quando vier o Espírito da verdade,
vos ensinará toda a verdade".
Jo. 14

Toda a verdade, pois, para que removesse o mal e restaurasse o bem.

Eis o que são os três dias: o dia do temor, que manifesta o mal; o dia da verdade, que remove o mal; o dia da caridade, que restitui o bem.

O dia da verdade clarifica o dia do temor; o dia da caridade clarifica o dia do temor e o dia da verdade; até que a caridade se torne perfeita e toda verdade seja perfeitamente manifestada e o temor da pena se transforme no temor da reverência.

3. Os três dias na morte e ressurreição de Cristo.
"Anunciai",

pois,

"dia após dia,
a sua salvação".
Salmo 95

Destes dias falou o profeta Oséias, ao dizer:

"Vivificar-nos-á depois de dois dias;
no terceiro dia nos reerguerá".
Os. 6

Ora, todos nós ouvimos como Nosso Senhor Jesus Cristo, ao ressuscitar no terceiro dia, vivificou-nos e re-ergueu-nos da morte, e com isto exultamos. Justo é agora que o recompensemos pelo seu benefício. De uma certa forma já tínhamos ressuscitado nEle ao ter ressurgido no terceiro dia; resta agora que nós, por causa dele e por Ele, ressuscitemos também no terceiro dia fazendo com que ele ressuscite em nós.

Não é de se crer que não queira ser retribuído naquilo que antes quis nos dar. Assim como ele quis ter três dias para realizar em si e por si a nossa salvação, assim também nos concedeu três dias para que realizemos, por meio dele, a nossa salvação. Aquilo, porém, que se realizou nele não foi apenas remédio, mas também exemplo e sacramento; foi necessário, pois, que se realizasse externamente e de modo visível, para que significasse aquilo que em nós deveria realizar-se de modo invisível. Seus dias foram exteriores; nossos dias devem ser buscados internamente.

Temos, portanto, três dias interiores pelos quais nossa alma se ilumina. Ao primeiro dia pertence a morte; ao segundo, a sepultura; ao terceiro, a ressureição. O primeiro dia é o temor, o segundo a verdade, o terceiro dia é a caridade.

O dia do temor é o dia da potência, é o dia do Pai; o dia da verdade é o dia da sabedoria, dia do Filho; o dia da caridade é o dia da benignidade, dia do Espírito Santo.

O dia do Pai, o dia do Filho e o dia do Espírito Santo, no resplendor da divindade são um só dia; mas na iluminação da nossa mente, o Pai, o Filho e o Espírito Santo têm como que dias distintos; não para se crer que a Trindade, inseparável na sua natureza, possa ser separada em sua operação, mas para que a distinção das pessoas possa ser compreendida na distinção das obras.

Quando, pois, nosso coração exulta ao considerar com admiração a onipotência de Deus, é o dia do Pai. Quando a sabedoria de Deus, examinada pelo conhecimento da verdade, ilumina nosso coração, é dia do Filho. Quando se nos apresenta a benignidade de Deus a inflamar o nosso coração, é dia do Espírito Santo.

A potência faz tremer, a sabedoria ilumina, a benignidade alegra.

No dia da potência morremos pelo temor. No dia da sabedoria somos sepultados pela contemplação da verdade da pompa deste mundo. No dia da benignidade ressuscitamos pelo amor e pelo desejo dos bens eternos.

Foi por isto que Cristo morreu no sexto dia da semana, no sétimo ficou no sepulcro e ressuscitou no oitavo. É de modo semelhante que no seu dia a potência nos mata pelo temor para os fortes desejos da carne; em seguida a sabedoria no seu dia nos sepulta no esconderijo da contemplação; finalmente, em seu dia a benignidade, vivificando-nos pelo desejo do amor divino, nos faz ressuscitar; pois o dia sexto pertence ao trabalho, o sétimo ao repouso, e o oitavo à ressurreição.

Hugo de São Vítor

Fonte: www.cristianismo.org.br

quinta-feira, 8 de maio de 2008

Lamentabili Sine Exitu
Papa S. Pio X
(DECRETO "LAMENTABILI")
Decreto do Papa S. Pio X sobre os erros do "Modernismo"


Das proposições dos modernistas condenadas pela Igreja Decreto da Sagrada Inquisição Romana e Universal3 de julho de 1907

Autoridade das decisões doutrinais da Igreja
Sagrada Escritura
Filosofia Religiosa da Nova Escola
Cristologia de Loisy
Origem dos Sacramentos
Nova teoria sobre a Igreja
Evolucionismo absoluto e ilimitado

Quarta-feira, 3 de julho de 1907.

Com êxito verdadeiramente Lamentável, a nossa idade, desmandando-se no indagar as razões supremas das coisas, vai não raras vezes atrás de novidades por tal forma, que deixa de parte o que é como herança do gênero humano, para se precipitar em erros gravíssimos. Erros esses que serão muito mais perniciosos, quando se trata das ciências sagradas, ou da interpretação da Sagrada Escritura, ou dos principais mistérios da fé.

E é para lamentar profundamente que também entre os católicos se encontrem não poucos escritos que, ultrapassando os limites demarcados pelos santos Padres e pela própria Santa Igreja, a pretexto de mais elevados conhecimentos e em nome de considerações históricas, procuram esse progresso dos dogmas, que, na realidade, não é senão a sua corruptela.

Para impedir que esses erros, que todos os dias se vão difundindo entre os fiéis, criem raízes em seus corações e corrompam a sinceridade de sua fé, aprouve a nosso Santíssimo Padre por divina providência Papa Pio X que, por ofício desta Sagrada Inquisição Romana e Universal, fossem notados e condenados os principais dentre esses erros.

Por isso, depois de diligentíssimo exame e do parecer prévio dos Reverendos Senhores Consultores, os Eminentíssimos e Reverendíssimos Senhores Cardeais, Inquisidores Gerais em matéria de fé e de costumes, julgaram que deviam ser condenadas e proscritas, como de fato ficam condenadas e proscritas as seguintes proposições:

AUTORIDADE DAS DECISÕES DOUTRINAIS DA IGREJA

1. A lei eclesiástica, que manda submeter à prévia censura os livros que tratem das Divinas Escrituras, não se estende aos cultores da crítica e da exegese científica dos Livros do Antigo e do Novo Testamento.

2. A interpretação dada pela Igreja aos Livros Sagrados, conquanto se não deva desprezar, está todavia sujeita a mais apurado juízo e a correção dos exegetas.

3. Pela sentenças e censuras eclesiásticas fulminadas contra a exegese livre e mais adiantada, pode se concluir que a fé proposta pela Igreja está em contradição com a história e que os dogmas católicos não podem realmente harmonizar-se com as verdadeiras origens da religião cristã.

4. O magistério da Igreja não pode determinar o sentido genuíno das Sagradas Escrituras, nem mesmo por meio de definições dogmáticas.

5. Visto que no depósito da fé se contêm somente as verdades reveladas, não compete a Igreja, sob nenhum respeito, proferir juízo sobre as asserções das ciências humanas.

6. Na definição de verdades, a Igreja discente e a docente colaboram de tal modo, que nada mais resta à Igreja docente senão sancionar as conjecturas comuns da discente.

7.A Igreja, quando proscreve erros, não pode de maneira nenhuma exigir que os fiéis aceitem seus juízos com assentimento interno.

8. Devem ser considerados imunes de toda culpa os que nenhum caso fazem das condenações proferidas pela Sagrada Congregação do Índice, ou pelas outras Sagradas Congregações Romanas.

SAGRADA ESCRITURA

9. Demasiada simplicidade ou ignorância revelam os que crêem que Deus é verdadeiramente o autor das Sagradas Escrituras.

10. A inspiração do livros do Antigo Testamento consistiu em terem os escritores israelitas ensinado doutrinas religiosas sob um aspecto peculiar, desconhecido ou pouco conhecido dos pagãos.

11. A inspiração divina não se estende a toda Sagrada Escritura a ponto de preservar de todo erro todas e cada uma de suas partes.

12. O exegeta, se quiser aplicar-se com proveito aos estudos bíblicos, deve antes de tudo abstrair de qualquer opinião preconcebida sobre a origem sobrenatural da Sagrada Escritura e interpretá-la do mesmo modo que os outros documentos meramente humanos.

13. Foram os próprios Evangelistas e os cristãos da segunda e terceira geração, que artificiosamente elaboraram as parábolas evangélicas e assim deram a razão do pouco fruto da pregação de Cristo entre os judeus.

14. Em diversas narrações, os Evangelistas referiram não tanto o que era verdade, quanto o que, embora falso, julgaram ser mais proveitoso a seus leitores.

15. Os Evangelhos sofreram continuas adições e correções até que fosse estabelecido e constituído o cânon definitivo; portanto, da doutrina cristã não subsiste neles senão um vestígio vago e incerto.

16. As narrações de São João não são propriamente história, são uma contemplação mística do Evangelho; os discursos contidos em seu Evangelho são meditações teológicas sobre o mistério da salvação, destituídas de verdade histórica.

17. O quarto Evangelho exagerou os milagres não só para que eles parecessem mais extraordinários, como também para que se tornassem mais aptos para revelar a obra e a glória do Verbo Encarnado.

18. É certo que João reivindica para si o caráter de testemunha de Cristo; na realidade, porém, ele foi apenas uma excelente testemunha da vida cristã, ou da vida de Cristo na Igreja, nos fins do primeiro século.

19. Os exegetas heterodoxos interpretaram o verdadeiro sentido das Escrituras com mais fidelidade que os exegetas católicos.

FILOSOFIA RELIGIOSA DA NOVA ESCOLA

20. A revelação não podia consistir em outra coisa, senão em ter o homem adquirido consciência de sua relação para com Deus.

21. A revelação, que constitui o objeto da fé católica, não se completou com os Apóstolos.

22. Os dogmas que a Igreja apresenta como revelados não são verdades caídas do Céu; são uma certa interpretação de fatos religiosos que a inteligência humana logrou alcançar à custa de laboriosos esforços.

23. Pode existir e realmente existe oposição entre os fatos relatados na Sagrada Escritura e os dogmas da Igreja que nele se baseiam; de modo que o crítico pode rejeitar, como falsos, fatos que a Igreja crê como certíssimos.

24. Não deve ser condenado o exegeta que estabelece premissas, das quais se segue que os dogmas são historicamente falsos ou duvidosos, contanto que ele não negue diretamente os mesmos dogmas.

25. O assentimento da fé, em última análise, baseia-se num acervo de probabilidades.

26. Os dogmas da fé devem ser considerados somente segundo o sentido prático, isto é, como norma de proceder e não como norma de crer.

CRISTOLOGIA DE LOISY

27. A divindade de Jesus Cristo não se prova pelos Evangelhos; é um dogma que a consciência cristã derivou da noção do Messias.

28. Jesus, quando exercia seu ministério, não falava com o intuito de ensinar que era o Messias, nem os seus milagres tinham por fim demostrá-lo.

29. Pode conceder-se que Cristo, tal como história o representa, é muito inferior ao Cristo, objeto da fé.

30. O nome de Filho de Deus, em todos os textos evangélicos, equivale somente ao nome de Messias; não significa, porém, que Cristo seja Filho verdadeiro e natural de Deus.

31. A doutrina sobre Cristo, que ensinada por S. Paulo, S. João e pelos Concílios de Nicéia, de Éfeso e de Calcedônia, não é a ensinada por Jesus; é a que a consciência cristã ideou a respeito de Jesus.

32. O sentido natural dos textos evangélicos é inconciliável com o que ensinam os nossos teólogos sobre a consciência e ciência infalível de Jesus Cristo.

33. É evidente para quem se não deixa levar por preconceitos que, ou Jesus professou o erro acerca do próximo advento do Messias, ou não tem autenticidade a maior parte de sua doutrina, contida nos Evangelhos Sinóticos.

34. O crítico não pode atribuir a Cristo uma ciência inteiramente ilimitada senão na hipótese, inconcebível historicamente e que repugna ao senso moral, isto é, de ter Cristo, possuído como homem a ciência de Deus, e no entanto, não ter querido comunicar a seus discípulos e à posteridade o conhecimento de tantas coisas.

35. Nem sempre Cristo teve consciência de sua dignidade messiânica.

36. A ressurreição do Salvador não é propriamente um fato de ordem histórica, mas de ordem meramente sobrenatural que não foi demostrado, nem é demonstrável, e que a consciência cristã insensivelmente deduziu de outros fatos.

37. A fé na ressurreição de Cristo consistia a princípio não tanto no próprio fato da ressurreição quanto na vida imortal de Cristo junto de Deus.

38. A doutrina sobre a morte expiatória de Cristo não é evangélica, mas somente paulina (de S. Paulo).

ORIGEM DOS SACRAMENTOS

39. As opiniões de que se achavam imbuídos os Padres de Trento, sobre a origem dos sacramentos, e que sem dúvida influíram em seus Cânones dogmáticos, estão muito distantes das que hoje sustentam os investigadores históricos do cristianismo.

40. Os sacramentos tiveram sua origem dos Apóstolos e seus sucessores que, por inspiração e impulso das circunstâncias e dos acontecimentos, interpretaram alguma idéia e intenção de Cristo.

41. Os sacramentos têm por fim único despertar na mente do homem a idéia da presença sempre benéfica do Criador.

42. A comunidade cristã introduziu a necessidade do batismo, adotando-o como um rito necessário e anexando-lhe as obrigações da profissão cristã.

43. A prática de conferir o batismo às crianças foi uma evolução disciplinar, que concorreu como uma das causas para que este sacramento se desdobrasse em dois, a saber: Batismo e Penitência.
44. Nada há que prove que o rito do sacramento da Confirmação tivesse sido usado pelos Apóstolos; ao contrário, a distinção formal do dois sacramentos, Batismo e Confirmação, não tem nenhuma relação com a história do cristianismo primitivo.

45. Nem tudo o que narra S. Paulo sobre a instituição da Eucaristia (1 Cor. 11, 23-25), pode ser aceito historicamente.

46. Não existia na Igreja primitiva o conceito do cristão pecador cristiano reconciliado pela autoridade da Igreja, mas só muito lentamente ela se afez a este conceito. Além disso, ainda mesmo depois que a Penitência foi reconhecida como uma instituição da Igreja, não se lhe chamava sacramento, porque seria tido como um sacramento infamante.

47. As palavras do Senhor: Recebei o Espírito Santo; os pecados que perdoardes, serão perdoados, e os que retiverdes serão retidos (João, 20, 22. 23), não se referem ao sacramento da Penitência, por mais que o tenham querido os Padres de Trento.

48. S. Tiago, em sua carta (5, 14. 15) não intentou promulgar nenhum sacramento de Cristo, mas de recomendar um pio costume; e se nesse costume ele vê talvez algum meio de graça, não o toma com o rigor com que o tomaram os teólogos que determinaram a noção e o número dos sacramentos.

49. A Ceia Cristã, assumindo a pouco e pouco a índole de cerimônia litúrgica, foi causa de que aqueles que tinham por costume presidi-la adquirissem o caráter sacerdotal.

50. Os anciãos, que exerciam o ministério da vigilância, nas assembléias cristãs, correspondia ou oficio de vigiar, foram instituídos pelos Apóstolos como presbíteros ou bispos para atender à organização necessária das crescentes comunidades, mas não propriamente para perpetuar a missão e poder dos Apóstolos.

51. O Matrimônio só muito tarde pôde tornar-se na Igreja sacramento da nova lei; pois, para que o matrimônio fosse considerado sacramento era necessário que precedesse uma completa explicação teológica sobre a doutrina da graça e dos sacramentos.

NOVA TEORIA SOBRE A IGREJA

52. Cristo não pensou constituir a Igreja como uma sociedade destinada a durar na terra por uma longa série de séculos; além disso, na mente de Cristo, o reino dos céus juntamente com o fim do mundo já deveria ter chegado.

53. A constituição orgânica da Igreja não é imutável; a sociedade cristã assim como a sociedade humana, está submetida a uma perpétua evolução.

54. Os dogmas, os sacramentos e a hierarquia, tanto em sua noção quanto em sua realidade, não passam de interpretações e evoluções do pensamento cristão que, por meio de incrementos externos, desenvolveram e aperfeiçoaram um pequeno germe que existia em estado latente no Evangelho.

55. Simão Pedro verdadeiramente nunca supôs que Cristo lhe confiara o primado na Igreja.

56. A Igreja Romana não por disposição da divina providência, mas em virtude de circunstâncias meramente políticas, tornou-se a cabeça de todas as Igrejas.

EVOLUCIONISMO ABSOLUTO E ILIMITADO

57. A Igreja mostra-se inimiga dos progressos das ciências naturais e teológicas.

58. A verdade não é mais imutável que o homem, pois que evolui com ele, nele e por ele.

59. Cristo não ensinou um determinado corpo de doutrina, aplicável a todos os tempos e a todos os homens; inaugurou em vez certo movimento religioso que se adapta, ou que deve ser adaptado aos diversos tempos e lugares.

60. A doutrina cristã, em seu princípio, foi judaica; mas, por sucessivas evoluções tornou-se primeiro paulina, depois joânica, e finalmente helênica e universal.

61. Pode-se dizer, sem paradoxo que nenhum capítulo da Escritura, desde o primeiro do Génesis até o último do Apocalipse, contém doutrina inteiramente idêntica à que sobre o mesmo ponto ensina Igreja; e por conseguinte nenhum capítulo da Escritura tem o mesmo sentido para o crítico e para o teólogo.

62. Os principais artígos do Símbolo dos Apóstolos não tinham a mesma significação entre os os cristãos dos primeros tempos do que a que tem entre os cristãos de nossos dias.

63. A Igreja se mostra incapaz de defender eficazmente a moral evangélica, porque adere obstinadamente a doutrinas imutávels que não podem conciliar-se com o progresso moderno.

64. O progresso das ciências exige que se reformem os conceitos da doutrina cristã sobre Deus, sobre a Criação, sobre a Revelação, sobre a Pessoa do Verbo Encarnado e sobre a Redenção.

65. O catolicismo atual não pode conciliar-se com a verdadeira ciência, a não ser que se transforme num cristianismo sem dogmas, isto é, num protestantismo amplo e liberal.

E na quinta-feira imediata, dia 4 do mesmo mês e ano, tendo-se feito de tudo isto minuciosa relação a nosso Ssmo. Padre o Papa Pio X, Sua Santidade aprovou e confirmou o Decreto dos Eminentíssimos Padres e mandou que todas e cada uma das proposições acima referidas fossem tidas por todos como condenadas e proscritas.

PEDRO PALOMBELLI

Notário da S. I. R. U.


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