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segunda-feira, 26 de janeiro de 2009

Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros

 

Comentarios de los Documentos Pontificios que condenan los errores modernos

«Con la Declaración sobre la Libertad Religiosa no se pueden condenar los documentos del Ma-gisterio que condenan el Liberalismo».

Mons. Marcel Lefebvre

Prefacio [As Actas de Magisterio]

Desde el principio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Mons. Lefebvre instituyó, para la formación impartida a los seminaristas, un curso muy especial que recibían durante su primer año, titulado Actas del Magisterio. Este curso expone las grandes encíclicas de los Sumos Pontífices y los documentos pontificios que tratan sobre el orden social cristiano y la realeza social de Nuestro Señor. Tiene como finalidad colocar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio en el contexto concreto de la situación de la Iglesia actual y poscristiana, marco de su futuro apostolado y santificación.

Durante los años 1979-1982, S. Ex. Mons. Marcel Lefebvre enseñó personalmente esta materia en el seminario de Ecône, mostrando así la importancia capital de nuestra lucha contra los errores modernos, especialmente el liberalismo, el modernismo y el comunismo y sus propagadores, en particular la Masonería. Así mostraba también su adhesión filial e indefectible a las enseñanzas de los Sumos Pontífices, al Magisterio de la Iglesia y a la Roma eterna.

El gran dolor de su vida fue ver a la Iglesia invadida por todos los errores del Concilio Vaticano II —al que muchas veces llamaba su “tercera guerra mundial”—, sus puestos principales ocupados por los enemigos, y que los Papas conciliares y posconciliares se apartaban de las enseñanzas de sus predecesores. Fue también para él una gran tristeza ver en ruinas el sacerdocio católico, cómo se difundía la libertad religiosa y cómo los estados católicos se iban secularizando en nombre de esta misma libertad proclamada por el Concilio.

Pero él no cedió. Al contrario, su curso sobre las Actas del Magisterio es una ilustración única de su declaración del 21 de noviembre de 1974, que empieza así: «Nos adherimos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma a la Roma Católica, guardiana de la fe católica y de las tradicio-nes necesarias para mantenerla, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y verdad. Nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se ha manifestado claramente en el Concilio Vaticano II, y después del Concilio en todas las reformas que provienen de él».

Aquí transcribimos, gracias al trabajo del señor André Cagnon y su esposa, el curso que dio en 1980-1981, aunque con ciertos retoques tomados del curso de 1979-1980 sobre Quanta cura y el Syllabus. Mons. Tissier de Mallerais ha arreglado un poco la forma del texto y ha añadido algunas precisiones, aunque guardando el estilo hablado para dejar la exposición lo más clara y ordenada posible. No podemos más que agradecerles y felicitarles por su trabajo, que pone en manos de los católicos a finales del siglo XX un libro tan útil y precioso. El lector hallará en él todos los juicios del mismo Dios vivo, pronunciados por boca de los Pontífices, sobre los errores contemporáneos, sus propagadores y seguidores. También hallará en él luz y valor, y sacará de esta lectura el amor a la Santa Iglesia Católica Romana, maestra de verdad.

Dígnese la Santísima Virgen, Mediadora de todas las gracias, hacer que esta obra traiga frutos abundantes para todo el Cuerpo Místico de su Divino Hijo.

Menzingen, Miércoles Santo, 30 de marzo de 1994

Franz Schmidberger

Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

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«Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros»

Nos acordamos que los obispos franceses habían calificado a Ecône como “seminario salvaje”, cosa completamente falsa, pues Mons. Charrière, obispo de Friburgo, había aprobado con un do-cumento oficial del 1º de noviembre de 1970, la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en su diócesis, y el cardenal Wright, prefecto de la Congregación para el Clero, le había dirigido una carta laudatoria a Mons. Lefebvre el 18 de febrero de 1971.

Sin embargo, las persecuciones iban a desencadenarse rápidamente. Una comisión creada por Pablo VI y compuesta por los cardenales Garrone, Wright y Tabera envió a Ecône dos visitadores apostólicos, Mons. Descamps y Mons. Onclin, cuyas actitudes y palabras fueron tan repulsivas que provocaron la famosa declaración de Mons. Lefebvre del 21 de noviembre de 1974.

Unas diez semanas después, Monseñor fue invitado por esta comisión a hablar sobre algunos puntos que ofrecían alguna perplejidad.

«Respondiendo a esta invitación —contaba Monseñor— acudí a la cita el 13 de febrero de 1975 en la Congregación para la Educación católica. Sus Eminencias los cardenales Garrone, Wright y Tabera, junto con un secretario, me invitaron a sentarme a la mesa. S. Ex. el cardenal Garrone me preguntó si no había ningún inconveniente en que se grabase la conversación (…)

»Después de manifestarme la buena impresión habían tenido los visitadores apostólicos, no se habló más ni de la Fraternidad ni del seminario. Solamente se habló de mi declaración del 21 de noviembre (…)

»El cardenal Garrone me reprochó duramente esta declaración, llegando incluso a tratarme de “loco” y diciendo que yo me hacía “un Atanasio”, y esto durante veinticinco minutos. El cardenal Tabera insistió, diciéndome: “Lo que Vd. hace es peor que todo lo que hacen los progresistas”, y que yo había roto la comunión con la Iglesia, etc.

»¿Eran interlocutores, o más bien jueces?

» (…) Tuve la impresión de haber sido engañado. Me habían invitado a una conversación y de hecho estaba ante un tribunal decidido a condenarme.

» (…) Pedí una copia de la grabación. El cardenal Garrone respondió que era muy justo que yo tuviese una copia, que era mi derecho (…) Esa misma tarde envié a una persona con los aparatos necesarios, pero el secretario le dijo que sólo se trataba de una trascripción. Al día siguiente yo mismo fui a pedir esa copia. El secretario fue a ver al cardenal y volvió para decirme que se trata-ba sólo de una trascripción; me la prometió para el día siguiente en la tarde. Para asegurarme que estaría lista, llamé al día siguiente por la mañana, y el secretario me dijo que no era que me iban a dar una trascripción, sino que podía ir a consultarla entre las 5 y las 8 de la tarde. Ante este pro-cedimiento, no fui».

(Monseñor nunca pudo tener una copia de esta grabación ni tampoco la relación de los dos visi-tadores apostólicos; más tarde, tampoco pudo tener la del cardenal Gagnon).

«Hubo que esperar tres años y medio, hasta el 23 de noviembre de 1979, para que se iniciara una investigación más profunda sobre la doctrina que profesaba Mons. Lefebvre y que se enseñaba en Ecône. El 28 de enero, el cardenal Seper, prefecto del antiguo Santo Oficio, envió a Ecône un cues-tionario muy extenso (…) Era el principio de la investigación (…)

» A los encargados de la Congregación para la Doctrina de la fe que me acusaban de dividir a la Iglesia, les respondí en resumidas cuentas: “Señores: ustedes tienen un conocimiento de la historia de la Iglesia de estos últimos siglos más amplio quizás que el mío. Esta historia nos hace ver que hay en la Iglesia una división desde hace por lo menos dos siglos entre católicos y liberales, y estos últimos han sido condenados siempre por los Papas hasta el Concilio Vaticano II, en que por un misterio insondable de la Providencia, los liberales han podido hacer triunfar sus ideas y ocupar los lugares más importantes de la Curia romana. Cuando pienso que estamos en el edificio del San-to Oficio, que es el testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la fe católica, no puedo dejar de pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, al que vosotros llamáis ‘el tradicionalista’, quien tendría que juzgaros (…) Un día la Verdad volverá a recuperar sus derechos”».

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(Cf. revista francesa: Itineraires, números de diciembre de 1976 y nº 233 de mayo de 1979;

y revista Fideliter, nº 55 de enero-febrero de 1987 y nº 59 de septiembre-octubre de 1987)

Fonte: Stat Veritas

sexta-feira, 23 de janeiro de 2009

EL COMUNISMO ATEO Y MATERIALISTA

Carta Pastoral nº 8

S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre


San Pablo, en su segunda epístola a Timoteo, lo anima a predicar la palabra de Dios: “predica la Pala-bra, insta a tiempo y a destiempo, reprende, censura, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá el tiempo en que no soportarán más la sana doctrina, antes bien con prurito de oír se amontonarán maestros con arreglo a sus concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, pero se volverán a las fábulas (IV, 2-4).
Si bien se puede decir que, desde que San Pablo pronunció estas palabras, ya varias veces en el curso de la historia se han hecho realidad, jamás quizás tanto como hoy los hombres se han dirigido hacia las fábulas. ¿0 acaso alguna vez más que en nuestros días se han propagado doctrinas que pretenden trastornar todo lo que el espíritu humano conoce acerca de las realidades divinas y de las humanas, todo lo que forma la base de su vida individual y social, haciendo tabla rasa de la familia, del Estado y de la religión en particular?
Queridos hermanos, ustedes ya adivinan que se trata de ese monstruoso error, ya varias veces condenado por los soberanos pontífices: el comunismo ateo y materialista. Su Santidad Pío IX, ya en 1846, lanzó una solemne condena contra “esta doctrina nefasta” – son sus propias palabras – que se llama comunismo, radicalmente contrario al derecho natural mismo. Tal doctrina, una vez admitida, será la ruina completa de todos los derechos, de las instituciones, de las propiedades y de la sociedad misma.
El Papa León XIII lo definía así: “Una peste mortal que ataca la médula de la sociedad humana, y que la aniquilaría”.
Pío IX lo caracteriza como un sistema lleno de errores y de sofismas; doctrina subversiva del orden so-cial, puesto que destruye sus fundamentos mismos; sistema que desconoce el verdadero origen, la naturaleza y el fin del Estado, así como los derechos de la persona, su dignidad y su libertad.
Mis queridos hermanos, hemos pensado que no es inútil; más aún, que sería muy oportuno atraer vuestra atención y la de todos. aquellos que nos escuchan en ese vicariato y más allá, sobre esta plaga que actúa no solamente allí donde domina y gobierna, sino en todos los países del mundo y en estas regiones africanas, sembrando inquietudes allí donde reina la paz, aprovechándose de todo lo que puede dividir a los hombres entre sí para activar y atizar odios y luchas.
Pensamos que muchos que simpatizan con esa doctrina, y que hasta se afilian a ciertas organizaciones que se inspiran en ella, lo hacen por ignorancia de toda la perversidad que este error lleva en su seno, por complacencia con todo lo que es nuevo, y se dejan atrapar por las promesas falaces de aquella serpiente que es exactamente la misma que sedujo a nuestros primeros padres, puesto que el comunismo también promete un paraíso... soviético.
En pocas palabras, describiremos ese error y develaremos la táctica de sus falsos profetas, a fin de ani-mar: a nuestros fieles, a que se fortalezcan; a los que dudan y a los indiferentes, a buscar la verdad; a los que hayan prestado inconscientemente su consenso a esa plaga abominable, a que se recuperen y desvíen de aquella doctrina su espíritu y su corazón para siempre.
El comunismo se presenta como un nuevo evangelio diametralmente opuesto al de Nuestro Señor. Se-gún sus autores, hay que formarse una concepción puramente materialista del mundo, hasta el mismo pensa-miento habría salido de la materia.
“La historia, dice Marx, es el desarrollo perpetúo, bajo la influencia de fuerzas internas que se oponen, que luchan. El desarrollo de esta materia consiste en la lucha de los contrarios que, como en una transforma-ción química, terminan por producir un nuevo elemento más perfecto: el pensamiento. Éste puede apurar la lucha y la oposición de los contrarios y provocar una nueva etapa hacia un estado aún más perfecto”.
Ese estado perfecto sería el paraíso soviético, donde no habría más propiedad, ni familia, ni sociedad, sino un mundo donde cada uno trabajaría para todos, y donde todos tendrían parte en los bienes comunes, donde no habría ni patria, ni sociedad, privada ni pública.
Entonces, hay que activar la lucha contra todo lo que se opone a esta liberación total del hombre, de to-das las contingencias, de todas las servidumbres. Hay que aniquilar lo que en el espíritu del hombre moderno no se conforma con ese último umbral que debe franquear la humanidad; hay que formar un hombre nuevo que prepare el comunismo perfecto: religión, propiedad, familia, estado, son obstáculos que deben ser erradicados.
“El mundo socialista edificado en la Unión Soviética -dice Politzer, uno de sus teóricos- está destinado también él a desaparecer, salta a la vista que se está transformando”.
“Las clases subsisten -afirma Lenin- y subsistirán en todo lugar durante años después de la conquista del poder por el proletariado. Aniquilar las clases no consiste solamente en expulsar de ellas a los propietarios de hipotecas y a los capitalistas, lo que nos ha sido relativamente fácil, sino también aniquilar a los pequeños productores”.
La religión en particular, es el gran mal para el comunismo, y especialmente la religión católica. He aquí algunas declaraciones recientes del Partido Comunista en Yugoslavia.
El 2 de marzo de 1952, el órgano oficial del Partido Comunista de Skopia escribió: “Nuestro Partido nunca ha sido indiferente ante la ideología religiosa y la Iglesia; pero hoy se trata de organizar la lucha ideológica, sistemática, diaria, por medio de la prensa, de las organizaciones de masas, de las instituciones culturales, para destruir todas las concepciones religiosas del universo, todos los prejuicios, todas las tradiciones religiosas”. El Estatuto de la Unión de los Comunistas de Yugoslavia declara: “La pertenencia a la Unión de los Comunistas de Yugoslavia es incompatible con la profesión de la religión y con el cumplimiento de los ritos religiosos”.
El 30 de abril de 1952, el mismo Mariscal Tito declaraba: “Sé que en el extranjero se nos critica por alejar a la juventud de Dios y de la Iglesia; pero no podemos permitirnos que estos hombres practiquen la superstición, puesto que todo eso es supersticioso. Debemos luchar contra la superstición”.
El 22 de febrero de 1952, el “Vjeinik” de Zagreb informaba que numerosos estudiantes habían sido ex-pulsados de las escuelas secundarias croatas por delitos religiosos, es decir, por haber estado ausentes de los cursos en el día de Navidad. Han sido expulsados 32 estudiantes de las escuelas normales de Maribor durante los primeros meses de 1952, porque frecuentaban la Iglesia.
Numerosos fieles han sido atacados por la prensa y expulsados de su empleo por los siguientes crímenes: haber contraído matrimonio religioso, haber hecho bautizar a sus hijos, haber estado ausentes del trabajo en los días de fiesta.
Pero todas esas declaraciones y esos hechos no bastan para revelamos la táctica verdaderamente satánica de los dirigentes del Partido: como la lucha de los elementos opuestos es una necesidad para urgir el adveni-miento de la liberación del hombre, hay que provocarla universalmente y por todos los medios.
“La táctica, escribe Lenín, debe ser trazada a sangre fría, con objetividad rigurosa, teniendo en cuenta todas las fuerzas. No hay que evitar los sacrificios, y se deben usar todas las estratagemas y la astucia. La más estricta aplicación de las ideas comunistas debe unirse al arte de consentir los compromisos prácticos, los rodeos, los zigzagueos, las maniobras de conciliación y de retiro”.
A fin de formar al hombre nuevo, hay que reemplazar el contenido religioso original, por un contenido marxista; hay que conciliar en la conciencia un fermento de lucha, de disgregación; provocar la lucha en la familia, haciendo que los padres acusen a los hijos y viceversa; avivar la lucha de clases, de los proletarios contra los propietarios, con riesgo de hacer expulsar a los nuevos ocupantes por los antiguos para evitar que los primeros se vuelvan demasiado poderosos; suscitar la lucha en la religión, de los fieles contra los sacerdo-tes, y de los sacerdotes contra los obispos. Esto es lo que el comunismo se esfuerza por practicar en todos los lugares en donde detenta el gobierno.
Misioneros que han vuelto de China, que han asistido a estás maniobras, a los procesos, a los debates públicos, a todo lo que el régimen puede hacer sufrir a los humanos, dicen que es inimaginable el desorden de las conciencias y de los espíritus a los cuales se imponen. Todos los medios de propaganda y de publicidad en favor de sus doctrinas son, empleados con tal insistencia que los individuos que la sufren, terminan por perder su personalidad, por abdicar de todo propósito personal, y por transformarse en números perfectamente alineados.
Si queremos evitar esta abominación, la peor que la historia haya conocido jamás, evitemos todo lo que puede ayudar a favorecer al comunismo entre nosotros.
El Papa Pío XI decía ya en 1937: “Los promotores del comunismo no dejan de aprovechar los antago-nismos de raza, las divisiones y las oposiciones que provienen de los diferentes sistemas políticos”.
Y luego agregaba unas palabras que tendrían que meditar hoy todos aquellos que tienen responsabilida-des políticas o sociales: “Para entender cómo el comunismo logró hacerse aceptar por las masas obreras, hay que recordar que los trabajadores ya estaban preparados para esta propaganda por el abandono religioso y moral en el cual fueron expuestos por la economía liberal”.
“El sistema de los equipos de trabajo no les daba el tiempo para cumplir ni los más importantes debe-res religiosos en los días de fiesta. Nada se hizo por construir iglesias cerca de las fábricas, ni por facilitar la tarea del sacerdote. Por el contrario, se favoreció el laicismo y éste ha seguido adelante... Entonces, no hay que extrañarse de que, en un mundo ya largamente descristianizado, se propague el error comunista”.
Lo que nuestro Santo Padre decía especialmente de los países de Europa, ¿no se les puede aplicar hoy a nuestras ciudades africanas, y en particular a Dakar? ¿Se preocupan por las masas obreras desde el punto de vista religioso y social? Se levantan ciudades sin preocuparse por la construcción de iglesias, y estamos sin embargo en países profundamente religiosos. Se favorece el laicismo, principio del comunismo. ¡Cuántas dificultades para construir escuelas! Pero sin duda se prefiere preparar el camino hacia el comunismo empe-zando su obra: arrancar de los espíritus toda idea de religión, como lo pide el Mariscal Tito. Qué responsabili-dad para aquellos que dicen traer a estos queridos países africanos la verdadera civilización, y que les quiten el primer elemento de civilización: la religión.
Pero nosotros, queridos hermanos, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para cerrar el paso al comunismo, instruimos sobre sus errores doctrinales meditando las enseñanzas de la Iglesia y especialmente la encíclica “Divini Redemptoris”, del Papa Pío XI.
Que en los grupos de Acción Católica, en los círculos de estudios, se aprenda a conocer esa plaga de la humanidad a fin de entender mejor su perversidad.
Que por la prensa y por la folletería se difunda la refutación, de estos errores, contrarios al buen sentido y a la doctrina revelada. Que se muestre todo lo opuesta que es esta doctrina a la enseñanza del Evangelio, pues con algo de él ella intenta falsamente revestirse.
Que todos aquellos que tienen responsabilidades sociales y están buscando mejorar la situación de los trabajadores, colaboren para lograr una sociedad con más justicia y con más caridad cristiana. No es función de los gobiernos subvencionar todas las necesidades y todas las miserias de las poblaciones, sino más bien favorecer y promover las iniciativas privadas, animarlas y buscarlas.
Que los sindicalistas, y con ellos todos aquellos que tienen el admirable deseo de favorecer la justicia social, no por medio de luchas estériles, sino por medios dignos de gente honesta y consciente de sus derechos y deberes, eviten alinear su actitud sobre aquella de los comunistas, que no tienen otro fin más que la turba-ción y la revolución.
Que no busquen para todos los trabajadores una liberación de toda autoridad, pues “todo poder viene de lo Alto”, sino la liberación de la miseria, del hambre, del mañana incierto, a fin de que, en medio de las alegrías de un hogar feliz, puedan elevar su alma hacia Dios, liberar su espíritu de la ignorancia y del error y su corazón de las pasiones y de los vicios, que puedan darles a sus familias el alimento y una vivienda digna, y la educación que eleva el corazón y el alma hacia Aquel que es el autor de todo bien.
Haga el Señor que por nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, podamos poseer la verdadera feli-cidad y ya desde aquí abajo la compartamos con nuestro prójimo.
Jesús no promete el paraíso a los hombres venideros, mediante años de infierno para aquellos que los preceden, sino que por su gracia y su presencia en las almas justas y rectas, les da ya el gusto de las alegrías del paraíso en medio de las pruebas de esta vida, pues como dice San Juan en el Apocalipsis (21, 22): “No vi templo en la ciudad, pues su templo es el Señor Dios todopoderoso”.
S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre
(Carta pastoral, Dakar, 25 de enero de 1953)

domingo, 18 de janeiro de 2009

¿HABRÁ QUE HACERSE PROTESTANTE PARA SER BUEN CATÓLICO?

 

 

"Vae mihi si non evangilzavero"

(I Corintios, IX, 16)

Sin referirnos a las vías inesperadas en las que se vieron los Padres del Concilio al tratarse ciertos esquemas desarraigados del magisterio de la Iglesia pretendemos en las páginas que siguen hacernos eco de aquella palabra que los Padres del Concilio no han podido olvidar: ¡Caveamus" (cuidémonos).

Cuidémonos de que nos influya un espíritu absolutamente inconciliable con el que los Pontífices romanos y los precedentes Concilios se esforzaron incansablemente por difundir entre los cristianos. No se trata de un espíritu de progreso, sino de ruptura y de suicidio.

Las declaraciones de algunos Padres a ese respecto son orientadoras: unos afirman que entre las declaraciones pasadas y las de los autores de determinados esquemas no existe contradicción, porque las circunstancias se han modificado. Cuanto el Magisterio de la Iglesia ha afirmado hace cien años regía para aquellos tiempos, pero no para los nuestros.

Hay otros que se refugian en el misterio de la Iglesia.

Otros consideran que un Concilio tiene por objeto modificar la doctrina de los Concilios anteriores.

Por último, otros sostienen que todo el Concilio está por encima del magisterio ordinario, por lo cual puede prescindir de éste t bastarse por sí solo.

Se oye, además la voz de la prensa liberal afirmando que por fin la Iglesia admite la evolución del dogma.

¿Es posible discernir el motivo, al menos aparente, que permitió a esas tesis revolucionarias instalarse oficialmente en las deliberaciones del concilio? Nos creemos con autoridad para afirmar que ello se produjo a favor de un ecumenismo presentado primero como católico y que, durante el curso de las Sesiones, se transformó en ecumenismo racionalista.

Ese espíritu de ecumenismo no católico ha sido el instrumento del cual manos misteriosas se sirvieron para intentar quebrar y pervertir la doctrina enseñada desde los tiempos envangélicos hasta nuestros días, doctrina por la que ha corrido y sigue corriendo tanta sangre de mártires.

Por inconcebible que parezca, así ha sucedido: de ahora en adelante, en la historia de la Iglesia se hablará siempre de esas tesis contrarias a la doctrina que, so pretexto de ecumenismo, se presentaron a los Padres conciliares del Vaticano II.

De esa manera, se hicieron esfuerzos para elaborar esquemas que atenúen o incluso hagan desaparecer ciertos puntos de doctrina específicamente católica que pudieran desagradar a los ortodoxos y, especialmente, a los protestantes. 70

Quisiéramos abordar algunos ejemplos de las nuevas tesis propuestas. Nos parece útil desarrollar las tesis católicas tradicionales sobre tales puntos, pues se trata de una doctrina conocida por todos, enseñada en nuestros catecismos, que nutre nuestra Liturgia y que ha sido objeto de las más firmes y luminosas enseñanzas de los Papas desde hace un siglo.

Expresar el dolor que experimentaron los Padres firmemente aferrados a la continuidad de la doctrina al escuchar la exposición de las nuevas tesis hecha por los relatores oficiales de las Comisiones, es tarea imposible. Pensábamos en las voces de los Papas cuyos cuerpos yacían sepultados en el preciso lugar donde nos encontrábamos. Pensábamos en el inmenso escándalo que pronto haría la prensa por su manera de transmitir esas exposiciones.

La Primacía de Pedro

Veamos primero la Primacía de Pedro, a la cual se quiere desplazar en beneficio de una colegialidad mal definida y mal comprendida, que culmina en un desafío al sentido común. ¡Cuánto mejor y más provechoso hubiera sido señalar la función del obispo en la Iglesia con relación a su grey particular bajo la vigilancia de Pedro, y mostrar cómo -a través de esa grey particular- se debe por caridad a la Iglesia universal, comenzando por las Iglesias que le son próximas, siguiendo por las de las misiones, y luego por la Iglesia entera, pero en dependencia inmediata de Pedro, ¡qué es el único que se debe en justicia y directamente a todas las Iglesias y a toda la Iglesia!

Pero veamos la tesis nueva y las dos afirmaciones que contiene:

1) Todo, absolutamente todo poder sobre la Iglesia ha sido confiado solamente a Pedro.

2) Todo ese mismo poder ha sido confiado también a Pedro y a los Apóstoles colectiva-mente.

Si verdaderamente todo el poder ha sido confiado sólo a Pedro, lo que los otros puedan tener lo habrán recibido de él. Si los obispos tienen con Pedro una parte en el gobierno universal, parte que Pedro no puede quitarles, ya Pedro no tiene todo el poder él solo.

¡Que no hablen de misterio! La contradicción, es manifiesta. En el segundo caso, Pedro no tiene sino la cuota mayor del poder, lo cual ha sido condenado por el Vaticano I: "Si alguien dijere que el Pontífice romano no tiene sino las potiores partes y no la plenitud del poder supremo, que sea anatema".

Después de Pedro, se ataca a la Curia, que es considerada secretaría del Papa, cuando en realidad es la parte más noble de la Iglesia particular de Roma, Iglesia cuya fe es indefectible y que es Madre y Maestra de todas las Iglesias. Hacia ella deben dirigirse las miradas de los Padres, porque pueden estar ciertos de que allí encontrarán la verdad.

¿Por qué se pretende que la Iglesia de Roma calle? ¿De dónde nos vendría la luz si los Padres conciliares de la Iglesia de Roma enmudecieran?

Por otra parte, intercalar entre el obispo de Roma y la Iglesia el cuerpo episcopal de la Iglesia Universal en forma institucionalizada significaría quitar a la Iglesia de Roma su título de Madre de todas las Iglesias.

Con eso no queremos contradecir la posibilidad de que el Soberano Pontífice consulte más frecuentemente a los obispos y modifique, si lo considera conveniente, algunas modalidades o estructuras de la Curia.

Pero el propósito de quienes aspiran a crear una institución jurídica nueva ceñida a una colegialidad siempre en ejercicio, podría hacer de la nueva institución el cuerpo electoral del Soberano Pontífice. Porque es inconcebible que el Papa no resulte elegido por su clero dado que debe ser Obispo de Roma para ser luego sucesor de Pedro.

La Virgen María

Con imprudencia increíble, a despecho del deseo explícito del Santo Padre, el esquema propuesto suprime el título de María Madre de la Iglesia; los ecumenistas lamentan que la Virgen María sea nombrada Mediadora.

Sin embargo, cabe esperar que la devoción de los Padres a María restablecerá el honor que el Concilio debe a la Virgen, proclamándola solemnemente Madre de la Iglesia y consagrando el mundo a Su Corazón Inmaculado.

La Eucaristía

Se habrá observado que a propósito de la Eucaristía – aunque este tema no ha sido tratado ex professo – existen dos alusiones tendientes a disminuir la estimación de la Presencia Real de Nuestro Señor.

Al final del esquema sobre las Sagradas Escrituras, se pone a la Eucaristía en un mismo pie de igualdad con las Escrituras. ¡Cómo no pensar en todos esos evangelios que desde entonces han reemplazado a la Eucaristía en los altares mayores de nuestras Iglesias!

Se afirma, por otra parte, que los protestantes carecen de "la plena realidad de la Eucaristía". ¿De qué Eucaristía se trata? Ciertamente no puede ser de la Eucaristía católica, pues la presencia real ésta no está...

La Revelación

En todos los esquemas relativos a la Revelación se tiende a minimizar el valor de la Tradición en provecho de la Escritura. Se reprocha exageradamente a los fieles y a los sacerdotes no alentar una mayor devoción a la Sagrada Escritura.

En efecto, las Escrituras han sido destinadas a la Comunidad del pueblo de Dios en sus jefes y no a cada miembro individual aisladamente, como sostiene los protestantes. Por eso la iglesia, como una madre, brinda la leche de la doctrina a sus hijos mediante su feliz presentación en la Liturgia, en el catecismo, en la homilía dominical. Está dentro del orden de la naturaleza que la Escritura nos sea enseñada por personas autorizadas. Así lo ha querido Nuestro Señor. Nada tenemos que tomar de los protestantes, cuya historia ha demostrado suficientemente que por sí sola la Escritura no puede mantener la unidad ni preservar del error.

La Verdad de la Iglesia

La Verdad de la Iglesia tiene, evidentemente, consecuencias que molestan a los protestantes y también a ciertos católicos imbuidos de liberalismo.

En lo sucesivo el nuevo dogma que ocupará el lugar que correspondía a la Verdad de la Iglesia será el de la dignidad de la persona humana junto con el bien supremo de la libertad: dos nociones que se evita definir con claridad.

De ello se sigue, según nuestros novadores, que la libertad de manifestar públicamente la religión de su propia conciencia es un derecho estricto de toda persona humana que ninguna otra persona del mundo puede prohibir. Que sea una religión verdadera o falsa, que promueva virtudes o vicios, poco les importa. ¡El único límite será un bien común que evitan celosamente definir!

Por consiguiente, se haría necesario revisar los acuerdos entre el Vaticano y las naciones que con toda justicia reconocen una situación preferencial a la religión católica.

El Estado debería ser neutro en materia de religión. Habría que revisar muchas constitucio-nes de Estado, no solamente en las naciones de religión católica. ¿Habrán pensado esos nuevos legisladores de la naturaleza humana que el Papa también es jefe de Estado? ¿Se lo invitará a laicizar el Vaticano?

Según ello, los católicos perderían el derecho de obrar para establecer o restablecer un 72

Estado católico. Su deber sería mantener el indiferentismo religioso del Estado.

Recordando a Gregorio XVI, Pío IX calificó esa actitud de "delirio", y, más aún, de "libertad de perdición" (Quanta Cura, 8 de diciembre de 1864).

León XIII trató el tema en su admirable Encíclica Libertas præstantissimum. ¡Pero todo eso era adecuado para su época, no para mil novecientos sesenta y cuatro!

La libertad que desean quienes la consideran un bien absoluto es quimérica. Si se admite que la libertad suele estar restringida en el orden moral, ¡cuánto más no lo estará en el orden de la elección intelectual! Dios ha atendido admirablemente las deficiencias de la naturaleza humana por medio de las familias que nos rodean: aquella en la cual hemos nacido y que debe educarnos, es decir, la patria, cuyos dirigentes deben facilitar el desarrollo normal de las familias hacia la perfección material, moral y espiritual; la Iglesia, mediante sus diócesis cuyo Padre es el Obispo, cuyas parroquias forman células religiosas donde las almas nacen a la vida divina y se alimentan en esta vida con los sacramentos.

Definir la libertad como ausencia de coacción significa destruir todas las autoridades colocadas por Dios en el seno de esas familias para facilitar el buen uso de la libertad que nos ha sido dada para buscar espontáneamente el Bien y eventualmente para proporcionarlo, como ocurre con los niños y asimilados.

La verdad de la Iglesia es la razón de ser de su celo evangelizador, de su proselitismo, y -por ende- la razón profunda de las vocaciones misioneras, sacerdotales y religiosas que exigen generosidad, sacrificio, perseverancia en las aflicciones y en las cruces.

Ese celo, ese fuego que quiere abrazar al mundo molesta a los protestantes. Se trazará, pues, un esquema sobre la Iglesia en el mundo que evitará celosamente hablar de evangelización. ¡Toda la ciudad terrestre podrá construirse sin que se dé en ella intervención a los sacerdotes, religiosos o religiosas, sacramentos, Sacrificio de la Misa, instituciones católicas, como escuelas, obras espirituales y materiales de caridad!...

En semejante espíritu un esquema sobre las Misiones se hace muy difícil. ¿Pensarán los novadores llenar así los seminarios y noviciados?

La Verdad de la Iglesia es también razón de ser de las escuelas católicas. Con el nuevo dogma se insinúa que sería preferible fusionarlas con las demás escuelas en tanto éstas observen el derecho natural (sic).

Evidentemente, no queda lugar para Hermanos ni Hermana docentes... ¡La admirable Encíclica de Pío XI sobre la educación de la juventud era para mil novecientos veintinueve, no para mil novecientos sesenta y cuatro!...

La doctrina social de la Iglesia

También la doctrina social de la Iglesia molesta al ecumenismo.

Por ello se nos dirá "que la distribución de la propiedad está librada a la prudencia de los hombres y a las instituciones de los pueblos, dado que ninguna parte de la tierra ni ningún bien ha sido conferido por Dios a ningún hombre en particular". ¡Así la doctrina también afirmada por Juan XXIII de la propiedad privada como derecho esencial de la naturaleza humana no tendría fundamen-to sino en el derecho positivo!.

La lucha de clases y de naciones sería necesaria para el progreso y para la evolución continua de las estructuras sociales.

El bien común sería una noción en continua evolución y "puesto que nadie es universal, nadie tendría una visión completa del bien común", del cual, sin embargo, se da una nueva definición: "La libertad y la plenitud de la vida humana".

¿Qué queda de las enseñanzas de los Papas acerca de a doctrina social de la Iglesia: Rerum 73

Novarum, Quadragesimo Anno, Pacem in Terris

? Estamos en mil novecientos setenta y cuatro. Que nos digan, entonces que pasará mañana con las enseñanzas de mil novecientos sesenta y cuatro en mil novecientos setenta y cuatro...

Estos ejemplos bastan para demostrar que en las comisiones prevalece una mayoría de miembros ganados por un ecumenismo que no sólo es ajeno a lo católico sino que, según propia confesión, se parece extrañamente al modernismo condenado por San Pío X y del cual el Papa Pablo VI nos dice en su Encíclica Ecclesiam Suam que ha comprobado su resurgimiento.

La prensa liberal se ha adueñado de esas tesis antes de que las mismas hayan sido propuestas no bien se las presentó en los esquemas y, particularmente, cuando obtuvieron mayoría importante en la sala conciliar.

Una vez obtenida la victoria, quedó abierta la vía a todos los diálogos, esto es, a todas las transacciones. Por fin concluían la "papolatría" y el régimen monárquico de la Iglesia, el Santo Oficio y el Index, las conciencias quedaban liberadas, etcétera.

¿Qué corresponde que hagamos ante ese desenfreno, ante esa tempestad?

1) Guardar indefectiblemente nuestra fe, nuestra adhesión a todo lo que la Iglesia nos ha enseñado siempre, sin turbarnos ni descorazonarnos. Nuestro Señor pone a prueba nuestra fe, como lo hizo con los apóstoles, como lo hizo con Abraham. Para ello es preciso que nos domine realmente la sensación de que vamos a perecer. De ese modo, la Victoria de la Verdad será auténticamente la victoria de Dios y no la nuestra.

2) Ser objetivo. Reconocer los aspectos positivos que se manifiestan en los deseos de los Padres conciliares, deseos que desgraciadamente y como a su pesar han sido utilizados para establecer textos jurídicos que sirven a tesis que la mayoría de los mismos Padres ni habían imaginado.

Intentemos definir esos deseos del siguiente modo:

Deseo profundo de colaboración mayor en pro de una más intensa eficacia del apostolado: colaboración entre pastores y con el Pastor Supremo. ¿Quién podría condenar semejante deseo?

Deseo de manifestar a los hermanos separados y al mundo entero su gran caridad a fin de que todos acudan a Nuestro Señor y a Su Iglesia.

Deseo de dar a la Iglesia mayor sencillez, en su Liturgia, en el comportamiento habitual de los pastores y, en particular, de sus obispos, en la formación de los clérigos que los preparen más directamente para su ministerio pastoral. Tendencia esta motivada por el temor de ya no ser escuchados ni comprendidos por el conjunto del pueblo fiel.

Estos deseos tan legítimos y oportunos podrían manifestarse perfectamente en textos admirables y orientaciones adaptadas a nuestro tiempo sin la colegialidad, mal fundada y mal definida; sin la libertad religiosa, falsa; sin la declaración sobre los judíos, inoportuna; sin indicios de demolición de la autoridad del Papa, sin negar el título de Madre de la Iglesia a la Virgen María, y sin calumniar a la Curia romana.

No son, en conjunto, los Padres del Concilio quienes alentaron esos textos con semejante redacción que expresa una doctrina nueva, sino un grupo de Padres y de periti que aprovecharon los muy legítimos deseos de los Padres para introducir sus doctrinas.

Los esquemas, gracias a Dios, no tiene todavía redacción definitiva. El papa aún no los ha aprobado en sesión pública. Por lo demás, el Concilio ha afirmado su voluntad de no definir ningún dogma nuevo, sino de ser un Concilio pastoral y ecuménico. La iglesia de Roma, única indefectible entre todas las Iglesias particulares, permanece firmemente en la fe; la mayoría de los cardenales no aprueba las nuevas tesis. Los Padres conciliares que desempeñan tareas importantes en la iglesia romana, así como la mayoría, sin la casi totalidad de los teólogos romanos, no se colocan junto a los novadores. Eso es fundamental, pues los fieles del mundo entero deben unirse en torno de esa Iglesia de Roma, Maestra de Verdad; ya lo afirmó así San Ireneo. 74

3) Afirmar nuestra fe públicamente sin desfallecimientos: en la prensa, en nuestras conversaciones, en nuestra correspondencia; y estar dispuestos a obedecer al Papa y permanecer indefectiblemente unidos a él.

4) Orar y hacer penitencia. Orar a la Virgen María, Madre de la Iglesia, pues Ella está en el centro de todos los debates y ha vencido siempre todas las herejías. En Ella encontrarán los Padres conciliares unanimidad, como los hijos alrededor de su Madre. Ella vela sobre el Sucesor de Pedro y actuará de manera que Pedro confirme siempre a sus hermanos en la fe, en la fe que fue la de los Apóstoles y de Pedro en particular y de todos sus sucesores.

Hay que hacer penitencia para merecer los auxilios de la gracia de Nuestro Señor; penitencia en el cumplimiento de nuestros deberes de estado sin desfallecimientos, sin abandono, sin desánimo, a pesar del ambiente infernal de libertinaje, de impudicia, de desprecio por la autoridad, de atropello a uno mismo y al prójimo.

Tengamos confianza: Dios es todopoderoso y ha dado a Nuestro Señor todo poder en el cielo y en la tierra. Esos poderes, ¿serán menores en 1964 que en 1870, menores en el último Concilio que en todos los anteriores? Nuestro Señor no abandonará las promesas de asistir perpetuamente a la Santa Iglesia Católica y Romana.

"Confidite, ewgo sum, nolite timere" (Mc. 6, 50).

¡Oh, María, Madre de la Iglesia, mostrad que sois nuestra Madre!

11 de octubre de 1964, en la

Fiesta de la Maternidad de la Virgen

[Nota Complementaria]

No hemos modificado en nada este texto, y creemos que hoy corresponde reflexionar particularmente sobre la realidad expresada por el título: en efecto, no se puede negar que en todos los dominios de la iglesia se ha producido un peligroso deslizamiento hacia el protestantismo.

El más grave es el que concierne a la fe a causa de la redacción de los nuevos catecismos, a partir del de Holanda hasta llegar al italiano pasando por los de Francia, Alemania y en particular el inverosímil catecismo de Canadá. Todos están impregnados de la doctrina expuesta en el primer esquema de "la Iglesia en el mundo", el cual, se impone decirlo, no es católico. La fe, la Palabra de Dios, el Espíritu, el Pueblo de Dios son explicados a la manera modernista y protestante, esto es, racionalista. A la Revelación se la reemplaza por la conciencia, que bajo el soplo del Espíritu se expresa mediante el profetismo. Ese profetismo que corresponde a todo el pueblo de Dios se manifiesta particularmente en la Liturgia de la Palabra. El bautismo y los sacramentos son más expresiones de la Fe que causas de la gracia y de las virtudes. No acabaríamos de señalar todos los peligros involucrados en esos catecismos, todos referidos al Vaticano II. Y no hay duda que en el Concilio, especialmente en el documento Gaudium et Spes, pueden encontrarse frases equívocas y un espíritu surgido del primer esquema.

Según el magisterio, también el ministerio sacerdotal se atribuye a todo el Pueblo de Dios, que en virtud del mismo, constituye la Asamblea Eucarística y cumple el culto comunitario, cuyo sacerdote es el presidente, que pronto será su delegado electo. Su carácter sacerdotal y su celibato ya no tienen razón de ser. No puede negarse que las reformas litúrgicas concurren a esa orientación. Los comentarios correspondientes se expresan según la modalidad protestante, minimizando la función del sacerdote, la realidad del sacrificio y la presencia real y permanente de Nuestro Señor en la Eucaristía.

Por último, el gobierno conferido por Nuestro Señor al Sacerdocio se transforma en el poder real del Pueblo de Dios, esto es, la "democratización" de la autoridad en la Iglesia por la Colegiali-75

dad entendida a la manera del Cardenal Suenens, por los Sínodos nacionales en los cuales todas las instituciones de la Iglesia se someten a los votos del Pueblo de Dios, profeta, sacerdote y rey.

De este modo, en los tres poderes confiados al Sacerdocio por Nuestro Señor se introduce el virus protestante, racionalista, naturalista y liberal. Esos poderes destinados a humanizar las personas recreadas por Nuestro Señor a la imagen de Dios, minadas por el virus del racionalismo, deshumani-zan y lanzan a personas y sociedades a todos los vicios de la humanidad caída.

Debemos luchar por la salvaguarda del sacerdocio tal como Nuestro Señor lo ha instituido, en la integridad de su magisterio, de su ministerio y de su gobierno.

Debemos enseñar la fe de siempre, adorar la Eucaristía y venerar el Santo Sacrificio de la Misa como lo enseñan la Escritura y la Tradición, respetar las personas de nuestros sacerdotes, de nuestros obispos y del Vicario de Jesucristo porque llevan en ellos el Sacerdocio y la Misión de Nuestro Señor Jesucristo y no porque sean delegados del Pueblo de Dios.

Se preparan Sínodos nacionales después de los de Holanda y Copenhagen. Si tiene los mismos efectos, pronto habrá otras tantas sectas protestantes. Eso es de esperar, dada la oposición entre las conclusiones de esos Sínodos y las directivas de la Santa Sede. El momento es muy grave. Corremos el riesgo de que la elección impuesta a los fieles holandeses y a los daneses se no imponga mañana a nosotros. Ya se impone en los catecismos y en ciertas formas de culto litúrgico, en las orientaciones de algunos obispos o asociaciones de obispos contrarias a las dictadas por el Sucesor de Pedro, por ejemplo en materia de moral familiar y de celibato sacerdotal.

Recordemos que Pedro vela por todos los Pastores y por todas las ovejas, y que en caso de contradicción entre la fe de nuestro Pastor y la de Pedro, Pedro no ha advertido contra el catecismo holandés y por consiguiente contra todos los nuevos catecismos de él derivados. Pedro nos ha dictado la moral familiar. Pedro nos ha afirmado en el Credo. Pedro nos ha prescripto el manteni-miento del celibato sacerdotal. Nuestros Pastores no tiene derecho a minimizar esas enseñanzas del Pastor de los Pastores.

Recordemos también que las autorizaciones concedidas en el terreno de la Liturgia no son obligatorias; eso vale para la Misa de cara al pueblo, la concelebración, la comunión bajo las dos especies, la comunión de pie, la recepción de la Santa Eucaristía en la mano.

La actitud de vigilancia se ha tornado necesaria a causa de los escándalos de que somos testigos, acontecidos dentro de la misma Iglesia. No podemos desconocer los hechos, los escritos, los discursos, que tienden al sometimiento de la Iglesia de Roma y a su aniquilación como Madre y Maestra de todas las Iglesias, y que buscan transformarnos en protestantes. Resistir a esos escánda-los significa vivir la fe, conservarla pura de todo contagio, mantener la gracia en nuestras almas. No resistir significa dejarnos intoxicar lenta pero seguramente y volvernos protestantes sin saberlo.

En la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús,

Roma, 5 de junio de 1970.

Fonte: Stat Veritas – Cartas Pastorales e outros escritos – Dom Lefebvre

sábado, 10 de janeiro de 2009

Terceiro segredo de Fátima: Uma contradição

 

Acompanhamos pela Mídia comoções gerais provocadas por supostas manifestações de Nossa Senhora. Multidões se deslocam para ver santa que chora mel, aparece em janelas, escreve em folhas, etc. Causa me espanto não observar o mesmo em relação ao famoso Terceiro Segredo de Fátima. É muito mais importante ouvir o que Nossa Senhora tem a nos dizer através dos três Pastorinhos, do que ver uma Santa que chora mel ou aparece em janelas.

O Concílio Vaticano II, trouxe um conceito novo a Igreja, o do chamado "Povo de DEUS". Desde então nos textos e falas das autoridades eclesiásticas, existe uma exaltação e uma disposição em se servir o " Povo de DEUS". É dificíl entender como estas mesmas autoridades, que exaltam e servem o "Povo de DEUS", neguem-lhe o direito fundamental de saber tudo, o que Nossa Senhora revelou aos três pastorinhos em Fátima.

Os dois primeiros segredos de Fátima* foram publicados 4 anos antes do término da segunda guerra mundial (1941). Resumidamente, o primeiro segredo tratava das almas e o segundo das nações. O terceiro segredo, deveria ter sido publicado em 1960, por ordem de Nossa Senhora e foi publicado parcialmente apenas em 13 de maio do ano 2000, pelo Cardeal Ãngelo Sodano. Como era previsto, o terceiro segredo, tratava sobre a Igreja, mas a parte que foi publicada não apresenta a mesma claridade dos dois primeiros segredos. O que demonstra que ele não foi publicado na íntegra!

Evidentemente, "os profetas de desgraças" (como se referiu João XXIII aos Três pastorinhos no discurso de abertura do Concílio Vaticano II) profetizaram alguma desgraça que ocorreria na Igreja. A existência dessa desgraça, é evidente em discursos do Papa Paulo VI. No discurso de 7 de Dezembro de 1968, ele dirá:

" A igreja atravessa, hoje, um momento de inquietação. Alguns se exercem na auto crítica, dir-se-ia que até na auto demolição. É como se houvesse um revolvimento interior agudo e complexo, que ninguém teria esperado depois do Concílio. Pensava-se que haveria um florescimento, uma expansão serena dos conceitos amadurecidos na grande assembléia conciliar. Existe também esse aspeto na Igreja, existe o florescimento, mas... nota-se mais ainda o aspeto doloroso. A Igreja é golpeada também por quem faz parte dela". (Paulo VI, Dicurso em 7 de Dezembro de 1968)

Em outros discursos:

" Por alguma brecha a fumaça de Satanás entrou no templo de Deus: existe a dúvida, a incerteza, a problemática, a inquietação, o confronto. Não se tem mais confiança na Igreja; põe-se confiança no primeiro profeta profano que nos vem falar em algum jornal ou em algum movimento social, para recorrer a ele pedindo-lhe se ele tem a fórmula da verdadeira vida. E não advertimos, em vez disso, sermos nós os donos e os mestres [dessa fórmula]. Entrou a dúvida nas nossas consciências, e entrou pelas janelas que deviam em vez disso, serem abertas à luz...". " Também na Igreja reina este estado de incerteza. Acreditava-se que, depois do Concílio, viria um dia de sol para a história da Igreja. Em vez disso, veio um dia de nuvens, de tempestade, de escuridão, de busca, de incerteza. Pregamos o ecumenismo, e nos distanciamos sempre mais dos outros. Procuramos cavar abismos em vez de aterrá-los. Como aconteceu isso ? Confiamo-vos um Nosso Pensamento: houve a intervenção de um poder adverso. Seu nome é o Diabo" (Paulo VI, Discurso em 29 de Junho de 1972)

Auto-demolição, nuvens e a fumaça de satanás, indicam a presença de um castigo na Igreja, a "desgraça", nas palavras de João XXIII. Sabemos qual a causa do castigo das almas e das nações, mas a parte publicada do terceiro segredo, não revela a causa do castigo da Igreja e muito menos algum meio para suavizá-lo, como nos dois primeiros segredos. Portanto falta alguma coisa que temos o direito de saber para fazermos aquilo que Nossa Senhora pediu. Desconfia-se que essa parte que falta, seja uma proibição a convocação de um Concílio, a mudança da teologia e da litúrgia católica. Talvez seja essa a razão pela qual tanta Cautela na publicação em relação ao terceiro segredo, por parte das autoridades eclesiásticas.

Todo católico tem o dever de cobrar aos Padres, Bispos, Cardeais e ao Papa, o direito fundamental de saber a mensagem de Fátima na íntegra. As autoridades que desejam servir o "Povo de DEUS", não podem continuar negando ao mesmo povo que pretende servir, este direito fundamental de todo Católico. Publiquem o segredo, não neguem aos filhos o direito de ouvir e obedecer a mãe!

* O conteúdo dos segredos podem ser lidos no artigo "Fátima: um "segredo" contendo um enigma envolto em um mistério" (http://www.montfort.org.br/index.php?secao=cadernos&subsecao=religiao&artigo=fatima3&lang=bra#fatima2).

quinta-feira, 23 de outubro de 2008

Uma Litúrgia sem Cristo

Caríssimos,
abaixo segue mais um texto que demonstra na prática a apostasia da Igreja no Brasil. Nele os músicos são orientados a dar primazia a assembléia em detrimento de Cristo, se eles são orientados a isto, os Padres também não recebem idêntica orientação?

Lamentável... a CNBB ensina a todos como não ter fé pelo própio mau exemplo dos Bispos que não a defendem. Coforme se lê em outra instrução, a Missa não é mais a repetição do sacrificío do calvário, é apenas um ato simbólico:

"Nossas celebrações são acontecimentos simbólicos".

"Nossas celebrações são Memorial e Mistério. Recordando, em palavras e gestos, os fatos
salvíficos do passado, a assembléia celebrante goza da certeza de que o Deus de ontem, o Deus de hoje e de sempre, aí está presente." A natureza sacramental da música litúrgica http://www.cnbb.org.br/ns/modules/mastop_publish/files/files_48d24f20640a7.pdf

A CNBB engana os católicos, os pobres e toda sociedade ao rejeitar sua própia identidade. Estamos diante de algo completamente diferente do Evangelho de Cristo pregado pelos apóstolos, para ser bem claro, diante de um anátema. Nosso Senhor Jesus Cristo fez opção preferencial pelos pecadores, não pelos pobres, a finalidade era uma ascenção espiritual e não social. Todos os Apóstolos de bom grado se desligaram das sociedades para se integrarem e integrar as pessoas na cidade de DEUS.

Na Idade Média os efeitos desta opção, foi a conversão de centenas de nobres que venderam todos os seus bens partilhando-os com os pobres e a Igreja. Hoje faz a CNBB faz exatamente o contrário e não produz os mesmos resultados nos áureos tempos do cristianismo. Nosso Senhor não aboliu a lei, mas a CNBB em seu apoio ao MST, demonstra que "não cobiçar os bens do teu próximo", não é mais algo válido. Deve ter evoluído para a inexistência de propriedade privada... caíram em todas as tentações que nosso Senhor venceu e não existe sequer um Bispo fiel que faça oposição a apostasia que infelizmente contemplamos.

Ainda temos uma analogia bem interessante a do grito dos excluídos. Pressupõe-se que na rejeição a exclusão eles também não aceitem a pena do inferno. Logo, pode se dizer que a revolução de satanás é também um "grito dos excluídos.' Justamente por isso não se prega mais a doutrina da Igreja, não se combatem doutrinas heréticas como a teologia da libertação e afasta-se os dogmas, como o da transubstanciação substituído pelo simbolismo, o ato sacrifical substituído pelo memorial e o altar pela mesa eucaristica.* Tudo que foi excluído ao longo dos séculos, foi incluído pela CNBB ao longo de poucas décadas para agradar os homens, ou seja, as heresias que são pregadas, não a sã doutrina.

Os Bispos pela sua amizade e serviço ao mundo, testemunham inimizade para com DEUS, não acreditam naquilo que pregam, negam o oficío epsicopal por não combaterem os erros e vivem em função do povo, não de Cristo. A entidade CNBB, é pior que todas as entidades heréticas que surgiram no seio da Igreja, ela é a síntese de todas as heresias. Todo católico no Brasil deveria afastar-se disto para não participarem da apostasia e cisma infudidos por esta entidade no meio católico.

Não a morte pior para a alma que a liberdade do erro, dizia Santo Agostinho. Aqui no Brasil tudo é licíto, porque tudo convém aos ideários "ocultistas" da CNBB. Em matéria religiosa, ela nada tem a dizer aos que tem fé. É como disse o Pe Paulo, "a Igreja no Brasil sofre de AIDS espiritual" e isto tem começo na adoção da Teologia da Libertação. Lamentável...





A PRIMAZIA DA ASSEMBLÉIA
http://www.cnbb.org.br/ns/modules/mastop_publish/files/files_48d24f3c1dc0a.pdf

Aos recém-batizados das comunidades primitivas, o Apóstolo Pedro escrevia: “...vocês também, como pedras vivas vão entrando na construção do templo espiritual, e formando umsacerdócio santo, destinado a oferecer sacrifícios espirituais que Deus aceita por meio de Jesus Cristo... Vocês são raça eleita, sacerdócio régio, nação santa, povo adquirido por Deus, para proclamar as obras maravilhosas daquele que chamou vocês das trevas para a sua luz maravilhosa” (1 Pd 2,5.9).

Reunidos em nome de Jesus, os fiéis gozam da certeza maior de sua presença (Mt 18,20) e dele recebem o mandato de repetir seus gestos e palavras em sua memória (1 Co 11,23-25), dando graças ao Pai, de quem procede qualquer dom precioso e qualquer dádiva perfeita (Tg 1,17);

Esta assembléia sacerdotal, manifestação privilegiada do Corpo de Cristo (Rm 12,3-13; 1 Co 12,12-13), deve ser a referência mais importante dos autores, compositores e demais agentes litúrgico-musicais.

Foram estas convicções elementares que levaram a renovação da música litúrgica católica a compreender e a insistir no primado da assembléia!

. “Servir à assembléia é a base de toda liturgia verdadeiramente pastoral. Servir não quer dizer que se satisfaçam não importa quaisquer desejos manifestados na comunidade. Trata-se de introduzi-la sempre mais, pela fé, no mistério de Jesus Cristo. Mas como fazê-lo sem conhecer a comunidade, sem levá-la em conta, para que ela, toda ela, se ponha em marcha?”
“Levar em consideração a assembléia celebrante, com suas possibilidades, sua riqueza e seus limites, é a primeira preocupação de uma liturgia verdadeiramente pastoral. É o caminho mais seguro para se chegar a uma celebração cheia de vida, significativa e personalizada, sobretudo quando se trata de música e canto”
( GELINEAU, Canto e Música no culto cristão. Cfr. também SC 27).

E este primado da assembléia se torna, assim um princípio fecundo e rico de múltiplas conseqüências ou implicações para a música na liturgia:

Servir à assembléia, não a indivíduos ou tendências

A assembléia litúrgica não é apenas a soma dos indivíduos que a compõem. Ela é a Igreja inteira a se manifestar naqueles que estão reunidos aqui e agora. Aí está o Cristo presente e agindo. Claro que se trata de pessoas, mas em comunhão, e não, uma ao lado da outra. O que se quer é servir a essa comunhão entre as pessoas. E essa compreensão mística determina a prática do agente litúrgico-musical:

Não tem sentido, por exemplo, escolher os cantos de uma celebração em função de alguns, que se apegam a um repertório tradicional, ou ainda de outros que cantam somente as músicas próprias de seu grupo ou movimento, nem de outros que querem cantar exclusivamente cantos ligados à realidade sócio-política, se isto vai provocar rejeição de parte da assembléia.

Pois todos têm o direito de compreender e participar, com gosto, sobretudo os mais desprovidos.

É preciso que se pense em todos, e em cada um na comunhão com os demais;
Não é coisa fácil conhecer as necessidades verdadeiras, as capacidades reais e os gostos especiais de uma assembléia. O pior que pode acontecer é achar que tudo se resolve entre quem preside e o regente ou animador do canto. E o melhor será uma prática comunitária e democrática, onde as pessoas recebem as informações e a formação necessárias em matéria de liturgia e música, trocam seus pontos de vista, e com critérios e bom senso fazem seu discernimento, avaliam permanentemente sua prática e vão encontrando a feição musical e litúrgica da assembléia. E é bom estar atento para o fato de que nem sempre o que se pensa e o que se diz, coincide com o que se sente e se vive. Nossa escuta tem que ser mais profunda do que simplesmente perguntar às pessoas o que elas acham, sobretudo porque há toda uma massa de silenciosos.

2
Integrar a todos

Celebrar com uma assembléia homogênea não é algo que aconteçe sempre, nem parece ser o mais significativo. É bem mais fácil escolher cantos, música ou coreografia com ou para uma comunidade monástica, um grupo de jovens, um encontro da Pastoral Operária ou um retiro de catequistas... Mas não é esse tipo de celebração o que melhor revela a feição católica, isto é, universal, da Igreja, onde ninguém é mais do que ninguém, onde todos cabem e são acolhidos com suas diferenças, seus valores e seus dons, para formarem o único Corpo de Cristo.

Normalmente, nossas assembléias litúrgicas são heterogêneas, misturadas. Aí estão, não apenas indivíduos diferentes, mas segmentos ou grupos diferentes de pessoas, que têm algo de comum entre si e formam minorias específicas dentro da grande assembléia:

• numa assembléia em ambiente urbano de centro: gente de classe média, gente da periferia, gente de etnia, cultura, idade e sexo diferentes...
• numa Comunidade de Base da periferia urbana ou de meio rural: crianças da catequese, adolescentes que se preparam para a Confirmação, grupos diversos (de jovens, de casais, da pastoral dos enfermos, de idosos, etc).

Sob o pretexto de não se fazer acepção de pessoas, não se pode ignorar essas diferenças de ordem sócio-psicológica. Optar por uma neutralidade indiferente a tudo isso, com o propósito de atender a todos por igual, correria o risco de não atingir a ninguém. Pelo contrário, seria melhor empenhar-se em ir ao encontro de cada situação, tornando-se “servo de todos , a fim de ganhar o maior número possível” (1 Co 9,19):

⇒ Imaginemos uma assembléia de adultos, na qual há uma presença importante de adolescentes, a quem os cantos litúrgicos do gosto de seus pais, parecem “cafonas” e
enfadonhos... Sem privar os mais velhos de seus cantos tradicionais, por que não introduzir, em momentos estratégicos da celebração, cantos litúrgicos de um outro estilo, com os quais os mais jovens se identifiquem e através dos quais se expressem mais a gosto? Em momentos assim, eles vão entrar de cheio e toda a celebração, de repente, vai tomar um outro aspecto para eles e, quem sabe, vai mudar o clima geral da mesma para todos.
⇒ Imaginemos uma igreja freqüentada pela classe média, freqüentada também por gente de um bairro pobre vizinho, mas onde comparece um grupo de pessoas de cultura erudita em matéria de música... Seria oportuno incluir na celebração, sem prejuízo do canto da assembléia, algum momento especial, onde um coral, um órgão ou outros instrumentos poderão proporcionar um instante de poesia e contemplação, e uma oportunidade de enlevo espiritual para todos os demais.

⇒ Imaginemos ainda uma comunidade eclesial de base na periferia da cidade, ou mesmo alguma igreja de centro, onde sempre costuma haver uma presença significativa de negros ou mestiços: seria bom inserir em toda celebração alguns cantos, alguma música, alguma coreografia do recente, mas já rico e significativo repertório afro-brasileiro.

Ao garantir-se que as riquezas de cada um, de cada grupo ou minoria sejam colocadas à serviço de todos, leva-se a sério a assembléia concreta e real. Todo mundo vai se sentir levado em conta, pelo menos num ou noutro momento com o qual se identifica mais. Cada um vai se acostumando a reconhecer na assembléia a presença dos demais, a respeitar as diferenças e prestigiar os valores de cada grupo ou expressão cultural.
Uma outra possibilidade seria, por exemplo, confiar cada celebração à animação de algum grupo especial:

• às crianças com seus/suas catequistas ou acompanhantes;
• Aos adolescentes, que se preparam para a Confirmação ou participam de grupos, com
seus/suas catequistas ou acompanhantes;
3
• Aos jovens que participam de grupos na comunidade;
• Aos adultos, dos Grupos da Comunidade;
• Ou a algum grupo ligado a uma pastoral ou movimento. Em todo caso, não faz sentido a celebração dominical a cargo de um determinado grupo: enfraquece a dimensão comunitária na vida do grupo e empobrece a vida da comunidade.

Em princípio, a celebração será sempre de toda a comunidade. Isto porém, não exclui a oportunidade de, cada vez, um grupo se manifestar com seu jeito, suas riquezas, seus valores e se fazer acolher pelos demais. Ao longo da caminhada, todos vão se sentindo contemplados e valorizados. Todo mundo vai aprendendo a respeitar e valorizar todo mundo. Nada mais católico, nada mais parecido com a experiência da comunidade cristã primitiva, onde “todos os que abraçaram a fé eram unidos e colocavam em comum todas as coisas... Louvavam a Deus e eram estimados por todo o povo” (At 2,44.47).

Contar com os agentes disponíveis
Uma assembléia litúrgica supõe necessariamente tarefas e papéis formais, a serem desempenhados por agentes previstos de antemão e preparados devidamente para tais papéis ou tarefas. Deles é que vai depender o desenrolar harmonioso da celebração. E isso é particularmente evidente quando se trata de canto, música, dança ou coreografia. É do animador do canto, do coral, dos instrumentistas, do grupo de dança, da capacidade vocal e musical dos que presidem ou coordenam a celebração, que depende todo o desempenho musical de uma assembléia. Tem que se levar em conta as possibilidades concretas de cada assembléia, de cada comunidade e seus agentes ou ministros.
Ter em vista a experiência de fé
A função própria do rito é ser sinal da fé. A celebração cristã da vida é essencialmente uma celebração da fé. Para que um rito cantado funcione como tal, não basta que a obra seja executável, que todo mundo cante, que a música seja bonita. É preciso, sobretudo, que o canto, a música, propicie uma experiência de Jesus Cristo, presente e atuante no meio dos seus, que sua Palavra seja anunciada e acolhida, que se realize uma comunhão no seu Espírito.

A questão principal e decisiva será sempre: que significa para esta assembléia o fato de se cantar tal canto, e de cantá-lo desta maneira? Questão particularmente difícil de ser respondida, cuja resposta sempre nos escapará em parte. Mas de todo imprescindível, pois dela depende o sentido mesmo do que fazemos, ao nos reunirmos em assembléia para celebrar nossa vida à luz da fé. Não basta contentar-se com uma bela cerimônia, com haver executado belas músicas, com haver realizado um encontro agradável. Trata-se mais de haver acolhido em profundidade a Palavra que liberta e transforma, que faz morrer e reviver, que nos abre para o Outro e para os outros, segundo o espírito das Bem-Aventuranças!

Tocar, cantar e dançar muita ou pouca música... escolher entre este ou aquele repertório... não vale igualmente para todo tipo de assembléia. O critério decisivo não será jamais a própria música, mas a assembléia que se reúne para cantar, tocar e dançar, ao celebrar sua fé.

.O canto litúrgico enraizado na assembléia
Nada mais sem graça e enfadonho do que uma celebração-robô, um “enlatado” litúrgico, sem o rosto da comunidade que celebra, sem raiz nos acontecimentos que marcam a sua vida, sem atualidade, fora do tempo e do espaço. Ao pretender agradar a todos, termina sendo de ninguém. Pelo contrário, onde se tem experiência de uma celebração significativa e interessante, há sempre por trás uma equipe de celebração, capaz de encontrar, com a assembléia por ela animada, o seu próprio estilo. Mas para chegar-se a este ponto não basta a personalidade de quem preside, a qualidade do coral, a competência dos instrumentistas, a riqueza de um repertório ou a escolha acertada dos cantos... É preciso que haja uma certa coerência entre as pessoas e as ações; um ajustamento percebível entre a arquitetura e o jeito de celebrar, entre as mensagens e a música, entre a cultura e a fé dos participantes. É preciso, sobretudo, uma profunda harmonia entre aquele que preside, os demais ministros, o (a) regente ou animador(a) do canto, o coral, os instrumentistas e o povo.

É justamente por isso que as assembléias que se exprimem com cantos criados dentro delas e para elas - para um tal público, tais intérpretes, tais instrumentos, tal espaço, tal
arrumação - parecem muito mais autênticas e cheias de vida. E não é por nada que das composições recentes, as melhores, são quase sempre as que surgem de uma assembléia particular ou de uma circunstância especial. Elas se enraízam num tempo ou num espaço determinados... elas têm húmus. A tradição do “Cantor”, que compõe para as celebrações de sua comunidade, é ,sem dúvida, a hipótese mais interessante. Da mesma forma, o instrumentista, capaz de improvisar em certos momentos de uma determinada celebração... ou o salmista, encontrando, em determinada circunstância, o jeito melhor de salmodiar ou cantilar.

Se essa for, então, a nossa compreensão do afazer litúrgico, consequentemente teremos que admitir como positiva e desejável a mais ampla e rica diversidade em matéria de desempenho musical de nossas assembléias. É necessário e suficiente garantir os elementos essenciais da celebração cristã e alguns cantos comuns, especialmente no âmbito de uma mesma região cultural, de modo a permitir que os que aí chegam de passagem, consigam se situar na celebração local. Nada a temer, nada a perder, se cada assembléia tem sua personalidade musical, como cada pessoa tem seu rosto, seu semblante, desde que se possa reconhecer sob traços tão diferentes, o único semblante da Esposa de Cristo, a sua Igreja.

• O primado da Assembléia, com todas estas implicações, questionam sob algum aspecto sua prática como autor, compositor ou agente litúrgico-musical?
• Ao prestar o seu serviço musical, sua preocupação maior é servir ao conjunto, levando em conta os gostos e o jeito de ser de cada uma das das minorias aí presentes?
• Você utiliza toda a riqueza de seus talentos, tendo bem presente as reais possibilidades da Assembléia para quem você compõe ou presta algum outro tipo de serviço litúrgicomusical?
• Você se preocupa em aprofundar sua experiência de fé, de tal maneira que sua arte e seu serviço musical, ao brotarem de uma tal experiência, possa alimentar a fé de sua comunidade?
• Você é dos que se alegram com a variedade da vida, ou parte para uma uniformidade, que empobrece e sufoca?
• Ficou clara para você a resposta à pergunta “Quem canta, toca e dança na celebração litúrgica?”
(Extraído do Doc. 7 - CNBB : PASTORAL DA MÚSICA LITÚRGICA NO BRASIL. Texto de estudo)

domingo, 12 de outubro de 2008

O catolicismo social no século XIX


Parece-me necessário completar nossa constelação de sinais com outro aspecto da luta da Igreja, que também tem sido objeto da mais divulgada das calúnias. Refiro-me à "questão social" e ao papel que o povo de Deus (agora os membros da Igreja) tiveram na tentativa de defender, contra a avidez de toda uma nova civilização, a causa dos pobres, e principalmente na tentativa de subtrair esse pretexto aos socialistas que, movidos por paixão de poder ou por avidez do vazio, quiseram fazer das chagas dos pobres degraus de sua dominação do mundo. Sem esquecer as condenações vindas do Magistério Extraordinário, é com apoio nas obras dos leigos que a Igreja combate o socialismo com seu magistério ordinário. Referime atrás aos movimentos em favor dos pobres no século passado, e agora creio estar ouvindo um clamor de vozes indignadas de nosso bravo século:

— Assistencialismo! Paternalismo! Obras de misericórdia! Caridade!
Respondeo dicendum:

—• Exatameate, minhas senhoras e meus senhores: assístencialismo, paternalismo, obras de misericórdia e de caridade, mesmo porque acho matematicamente impossível, fisicamente impossível, metafisicamente impossível e moralmente impossível melhorar um pouco as asperezas do mundo sem muito assistencialismo, muito
paternalismo, muitas obras de misericórdia e muitíssimas obras de santa caridade. Os socialistas apregoam que só será possível construir um mundo melhor com mudanças radicais de "estruturas" sociais, a começar, todavia, por um arrasamento total. Nós outros, católicos, acreditamos modestamente no "mundo melhor"; mas só
acreditamos nesse digno e preceptivo ideal a partir de um aperfeiçoamento interior do homem, isto é, a partir do melhor aproveitamento dos dons de Deus transformados em virtudes morais e teologais, para uma vida humana mais dignamente vivida com vistas à vida eterna, pela qual e por nós Nosso Senhor Jesus Cristo padeceu.
Não ignoramos que o problema do aperfeiçoamento humano, tanto na ordem de pedagogia como na das reformas sociais, deve sempre contar com a primordial autonomia do educando ou dos pobres. Sabemos que a "atividade imanente do educando" é o principal fator no dinamismo da ascensão humana. Sabemos que o melhor modo de ajudar o pobre é o de nele ativar essa atividade, ou de nele despertar o gosto de se ajudar a si mesmo, sem o qual será dificílimo ajudá-lo. Há um abismo entre essas noções e a filosofia que só vê possibilidade de ascensão humana pelo processo de "conscientização" em que a autonomia é despertada para o ódio e para a luta de classes.
Karl Marx, o messias do Século do Nada, conclamou a união de todos os proletários para a luta de classes no seu manifesto de 1848 que terminava com este grito: "Operários do mundo inteiro, uni-vos!"
Seria mais didático ter dito: "Operários do mundo inteiro, desunivos da humanidade comum". E é ainda Augustin Cochin, no termo da Introdução da obra atrás citada, quem nos dirá uma palavra lúcida sobre a união na revolução:

As três formas de opressão que correspondem aos três estados das "sociétés de pensée" — a socialização do pensamento, a socialização da vida pública e a socialização da vida privada — não são um efeito do temperamento do indivíduo nem um acaso, mas a condição da própria existência das sociedades que armam o princípio da liberdade absoluta na ordem intelectual, moral e sensível.

Toda sociedade de pensamento é opressão intelectual pelo simples fato de denunciar todo dogma como opressão. Porque ela não pode, sem_ cessar de ser, renunciar a toda unidade de opinião. Ora, uma disciplina intelectual sem objeto que lhe responde, sem ideia, é a própria definição de opressão intelectual. Toda sociedade de iguais é privilégio pelo simples fato de renunciar em princípio a qualquer direção pessoal, porque ela não pode existir sem unidade de direção. Ora, uma direção sem responsabilidade, o poder sem autoridade, isto é, a obediência sem o respeito, eis a própria definição da opressão moral.

Toda sociedade de irmãos é luta e ódio pelo fato de denunciar, como egoísta, qualquer independência pessoal: porque ela não pode deixar de ligar seus membros uns aos outros, e não pode deixar de manter uma coesão social. Ora, a união sem o amor é a própria definição de ódio.

E aí está como o liberalismo se transmuda em socialismo, e a mística da liberdade produz, como produziu, a opressão.
O "catolicismo social" só se manterá católico enquanto mantiver, paralelo ao seu atendimento dos pobres, uma vigilante luta contra os que exploram os pobres em nome da justiça, e portanto contra os pregadores da união no ódio.
O Século do Nada, Cap. III A revolução se avoluma; O Catolicismo social no Século XIX, pag 145-146, Gustavo Corção.

sábado, 4 de outubro de 2008

Traidores de Cristo

Atualmente podemos contemplar até mesmo autoridades que dizem ser possível encontrar salvação em outras religiões, filosofias e ciências. Judas Iscariotes, também pensava encontrar salvação fora de Cristo, porque a sua salvação dependia da libertação do julgo romano, ou seja, dependia da salvação material de Israel. Morreu ele, juntamente com sua esperança, pois no lugar para onde foi a esperança não entra.
Infelizmente a postura de Judas, é a mesma adotada pela Teologia da Libertação, com o consentimento episcopal; o modelo de messias de Judas Iscariotes, é o triunfalista que deveria libertar Israel do julgo Romano. O modelo da Igreja brasileira vai nessa linha, é um modelo socialista/marxista que visa a libertação do julgo capitalista. Evidentemente que tal modelo de Igreja é ecumênico, pois sobretudo, o ponto comum de todas as religiões é o "bem social." No entanto, não a traição maior a fé do que professar a salvação fora da Igreja, pois a porta que conduz a salvação é ESTREITA.
São Cipriano de Cartago, expressou muito bem esta estreiteza no dogma 'Extra Ecclesia Nulla Sallus.' O mesmo ainda diz que 'não pode ter DEUS por Pai quem não tem a Igreja por mãe' e Santo Agostinho referindo-se a Igreja, diz basicamente o mesmo, quando disse 'Cristo prega Cristo', ele também dizia que ela era a porta. Portanto a Igreja é a porta estreita, ela é necessária, não útil a salvação como dizem os protestantes e muitos católicos hoje em dia.
Se a Igreja fosse apenas útil a salvação, sua existência seria contingente, ela não necessitaria da promessa de não prevalecência dos portôes do inferno contra a mesma.
No caso do protestantismo, os portões do inferno triunfam em cada protestante que funda uma nova Igreja. Se todos os protestantes resolverem fundar Igrejas como seus pastores e mestres fundaram, já não haverá mais Igreja, mas sim o triunfo dos portões do inferno, por este motivo para os reformistas a Igreja é útil e sua existência contingente.
Em ano Paulino, é bom lembrar que a cruz era loucura para os gregos e escândalo para os judeus. Tais palavras podem se aplicar muito bem hoje a Bispos, Padres e Leigos Católicos, que tem a cruz como escândalo e loucura. Específicamente os modernistas, que são os membros autênticos da Sinagoga de Satanás.

quinta-feira, 2 de outubro de 2008

O LIBERALISMO É PECADO II

Dom Felix Sardá y Salvany

II. – Que é o Liberalismo?

Ao estudar um objeto qualquer, depois da pergunta: an sit? Faziam os antigos escolásticos a seguinte: quid sit? E esta é a que vai ocupar-nos no presente capítulo.
Que é o Liberalismo? Na ordem das idéias é um conjunto de idéias falsas; na ordem dos fatos é um conjunto de fatos criminosos, conseqüência prática daquelas idéias.

Na ordem das idéias o Liberalismo é o conjunto do que se chamam princípios liberais, com as conseqüências lógicas que deles se derivam. Princípios liberais são: a absoluta soberania do indivíduo com inteira independência de Deus e de sua autoridade; soberania da sociedade com absoluta independência do que não nasça dela mesma; soberania nacional, isto é, o direito do povo para legislar e governar com absoluta independência de todo critério que não seja o de sua própria vontade, expressa primeiro pelo sufrágio e depois pela maioria parlamentar; liberdade de pensamento sem limitação alguma em política, em moral ou em Religião; liberdade de imprensa, assim absoluta ou insuficientemente limitada; liberdade de associação com iguais amplitudes. Estes são os chamados princípios liberais em seu radicalismo mais cru.

O fundo comum deles é o racionalismo individual, o racionalismo político e o racionalismo social. Derivam-se deles a liberdade de cultos mais ou menos restringida; a supremacia do Estado em suas relações com a Igreja; o ensino leigo ou independente sem nenhum laço com a Religião; o matrimônio legalizado e sancionado pela única intervenção do Estado: sua última palavra, que todo o abarca e sintetiza, é a palavra secularização, isto é, a não intervenção da Religião em ato algum da vida pública, verdadeiro ateísmo social, que é a última conseqüência do Liberalismo.

Na ordem dos fatos o Liberalismo é um conjunto de obras inspiradas por aqueles princípios e reguladas por eles. Como, por exemplo, as leis de desamortização; a expulsão das ordens religiosas; os atentados de todo gênero, oficiais e extra-oficiais, contra a liberdade da Igreja; a corrupção e o erro publicamente autorizado na tribuna, na imprensa, na diversões, nos costumes; a guerra sistemática ao Catolicismo, ao que se apoda clericalismo, teocracia, ultramontanismo, etc., etc.

É impossível enumerar e classificar os fatos que constituem o procedimento prático liberal, pois compreendem desde o ministro e o diplomata que legislam ou intrigam, até o demagogo que perora no clube ou assassina na rua; desde o tratado internacional ou a guerra iníqua que usurpa do Papa seu principado temporal, até a mão cobiçosa que rouba o dote da monja ou se apropria da lâmpada do altar; desde o livro profundo e pedante que se dá de texto na universidade ou instituto, até a vil caricatura de que se riem os libertinos nas tavernas. O Liberalismo prático é um mundo completo de máximas, modas, artes, literatura, diplomacia, leis, maquinações e atropelos inteiramente seus. É o mundo de Luzbel, disfarçado hoje em dia com aquele nome, e em radical oposição e luta com a sociedade dos filhos de Deus, que é a Igreja de Jesus Cristo.

Eis aqui, pois, retratado, como doutrina e como prática, o Liberalismo.

terça-feira, 17 de junho de 2008

LIBERTAS PRAESTANTISSIMUM

CARTA ENCÍCLICA DO SUMO PONTÍFCE LEÃO XIII

LIBERTAS PRAESTANTISSIMUM

SOBRE A LIBERDADE HUMANA


Aos Veneráveis Irmãos Patriarcas, Primazes, Arcebispos, e todos os Bispos do Orbe Católico em comunhão com a Sé Apostólica: Sobre a liberdade humana.

Veneráveis Irmãos: Saudação e Benção Apostólica.

Exórdio: Excelência e conceito da liberdade.

1. A liberdade, excelente bem da natureza e exclusivo apanágio dos seres dotados de inteligência ou de razão, confere ao homem uma dignidade em virtude da qual ele é colocado entre as mãos do seu conselho e se torna senhor de seus atos. E o que, todavia, é principalmente importante nesta prerrogativa é a maneira como ela se exerce, porque do uso da liberdade nascem os maiores males, assim como os maiores bens. Sem dúvida, está no poder do homem obedecer à razão, praticar o bem, caminhar direito ao seu fim supremo. Mas pode também seguir outra direção diferente, e, seguindo espectros de bens falazes, destruir a ordem legítima e correr para uma perdição voluntária.

O libertador do gênero humano, Jesus Cristo, tendo restaurado e aumentado a antiga dignidade da nossa natureza, fez sentir sua influência principalmente sobre a vontade mesma do homem; e, pela sua graça, que lhe prodigalizou os socorros, pela felicidade eterna, de que lhe abriu a perspectiva no Céu, elevou-o a um estado melhor. E, por um motivo semelhante a Igreja bem mereceu sempre deste dom excelente da nossa natureza, e não cessará de bem merecer dele, pois que é a ela que pertence assegurar aos benefícios, que nós devemos a Jesus Cristo, a sua propagação em toda a consecução dos séculos. — E, contudo, há um grande número de homens que crêem que a Igreja é adversária da liberdade humana. A causa disto está na idéia defeituosa, e como ao avesso, que se faz da liberdade; porque, com esta mesma alteração da sua noção, ou com a exagerada extensão que se lhe dá, chega-se a aplica-la a muitas coisas, nas quais o homem, a julgar segundo a reta razão, não pode ser livre.

Erros sobre a liberdade.

2. Já falamos algures, e principalmente na Encíclica Immortale Dei (sobre a Constituição Cristã dos Estados. DP 14), daquilo a que chamam as liberdades modernas; e, distinguindo nelas o bem daquilo que lhe é oposto, Nós estabelecemos ao mesmo tempo que tudo o que essas liberdades contêm de bom é tão antigo como a verdade, como um elemento corrompido, produzido pela perturbação dos tempos e pelo desordenado amor da inovação. Mas, visto que muitos se obstinam em ver nestas liberdades, mesmo no que elas contêm de vicioso, a mais bela glória da nossa época e o necessário fundamento das constituições políticas, como se sem elas se não pusesse imaginar o governo perfeito, pareceu-Nos necessário para o interesse público, em face do qual Nós Nos colocamos, tratar expressamente esta questão.

A) A LIBERDADE MORAL NO INDIVÍDUO.

3. O que diretamente Nós temos em vista é a liberdade moral, considerada quer nos indivíduos, quer na sociedade. É bom, entretanto, dizer em primeiro lugar algumas palavras sobre a liberdade natural, a qual, apesar de ser completamente distinta da liberdade moral, é contudo a fonte e o princípio donde toda a espécie de liberdade dimana por si mesma e como espontaneamente.

A liberdade natural é própria dos seres racionais.

4. Esta liberdade, que certamente é para nós a voz da natureza, o juízo e senso comum de todos os homens não a reconhecem senão aos seres que têm o uso da inteligência ou da razão, e é nela que consiste manifestamente a causa que nos faz considerar o homem responsável pelos seus atos. E não podia ser doutra maneira; porque, ao passo que os animais não obedecem senão aos sentidos e não são impelidos senão pelo instinto natural a procurar o que lhes é útil ou a evitar o que lhes seria prejudicial, o homem tem, em cada uma das ações de sua vida, a razão para o guiar. Ora, a razão, relativamente aos bens deste mundo, diz-nos de todos e de cada um que eles podem indiferentemente ser ou não ser; donde se conclui que, não lhes parecendo nenhum deles absolutamente necessário, ele dá à vontade o poder de opção para escolher o que lhe apraz. Mas se o homem pode julgar da contingência, como se diz, dos bens de que Nós falamos, é porque ele tem uma alma simples de sua natureza, espiritual e capaz de pensar; uma alma que, sendo tal, não tira sua origem das coisas corpóreas, visto que delas não depende na sua conservação; mas que, criada imediatamente por Deus e ultrapassando com uma imensa distância a condição comum dos corpos, tem o seu modo próprio e particular de vida e de ação: donde resulta que, compreendendo pelo seu pensamento as razões imutáveis e necessárias da verdade e do bem, vê que estes bens particulares não são de modo algum bens necessários. Assim provar que a alma humana está desligada de todo o elemento mortal e é dotada da faculdade de pensar, é estabelecer ao mesmo tempo a liberdade natural sobre o seu mais sólido fundamento.

A Igreja Defensora da Liberdade.

5. Ora, esta doutrina da liberdade como a da simplicidade, espiritualidade e imortalidade da alma humana, ninguém a prega mais algo e a afirma com mais constância do que a Igreja Católica; ela tem-na ensinado em todos os tempos e a defende como um dogma. Mais ainda: perante os ataques dos heréticos e dos fautores de novas opiniões, a Igreja tem tomado a liberdade sob a sua proteção e tem salvado da ruína este grande bem do homem. A este respeito, os monumentos da história testemunham a energia com repeliu os esforços insanos dos Maniqueus e outros; e, em tempos mais recentes, ninguém ignora com que zelo e força, quer no Concílio de Trento, quer mais tarde contra os sectários de Jansênio, ela combateu pela liberdade do homem, não deixando, em nenhum tempo e lugar, tomar incremento ao Fatalismo.

Noção de liberdade.

6. A liberdade, portanto, é, como temos dito, herança daqueles que receberam a razão ou a inteligência em partilha; e esta liberdade, examinando-se a sua natureza, outra coisa não é senão a faculdade de escolher entre os meios que conduzem a um fim determinado. É neste sentido que aquele que tem a faculdade de escolher uma coisa entre alguma outra, é senhor de seus atos. Ora, toda a coisa aceita com o fim de obter por ela uma outra, pertence ao gênero do bem que se chama útil; e tendo o bem como característica operar propriamente sobre o apetite, é mister concluir daí que o livre arbítrio é a característica da vontade, ou antes é vontade mesma, enquanto nos seus atos ela tem a faculdade de escolher. Mas é impossível à vontade mover-se, se o conhecimento da inteligência, como uma luz, não a esclarece primeiramente: isto é, que o bem desejado pela vontade é necessariamente o bem quanto conhecido pela razão. E isto tanto mais que, em toda a volição, a escolha é sempre precedida dum juízo sobre a verdade dos bens e sobre a preferência que devemos conceder a um deles sobre os outros. Ora, julgar é da razão, não da vontade; não se pode razoavelmente duvidar disto. Admitido, pois, que a liberdade reside na vontade, que por sua natureza é um apetite obediente à razão, segue-se que ela, como a vontade, tem por um bem conforme à razão.

Perfeição e imperfeição da liberdade.

7. Todavia, não possuindo cada uma destas faculdades a perfeição absoluta, pode suceder, e sucede freqüentemente, que a inteligência proponha à vontade um objeto que, em lugar duma bondade real, não tem senão a aparência, uma sombra de bem, e que a vontade contudo se aplique. Mas assim como o poder enganar-se, e enganar-se realmente, é uma falta que acusa a ausência da perfeição integral na inteligência, assim também aderir a um bem falso e enganador, ainda que seja um indício de livre arbítrio, constitui contudo um defeito da liberdade, como a doença o é da vida. Igualmente a vontade, só pelo fato de que depende da razão, cai num vício radical que não é senão a corrupção e o abuso da liberdade. Eis por que Deus, a perfeição infinita, que, sendo soberanamente inteligente e a bondade por essência, é também soberanamente livre, não pode de nenhuma forma querer o mal moral. E o mesmo sucede com os bem-aventurados do céu, graças à intuição que têm do soberano bem. É esta a justíssima observação que Santo Agostinho e outros faziam contra os Pelagianos: “Se a possibilidade de enganar-se no bem fosse da essência e da perfeição da liberdade, então Deus, Jesus Cristo, os Anjos, os Bem-aventurados, entre os quais este poder não existe, ou não seriam livres, ou, pelo menos, o não seriam tão perfeitamente como o homem em seu estado de prova e imperfeição” — O Doutor Angélico ocupou-se freqüente e longamente desta questão; e da sua doutrina resulta que a faculdade de pecar não é uma liberdade, mas uma escravidão. Muito sutil é a sua argumentação sobre as palavras do Senhor Jesus: Aquele que comete o pecado é escravo do pecado (Jo 8, 34). “Todo ser é o que lhe convém segundo a natureza. Logo, quando se move por um agente exterior, não age por si mesmo, mas pelo impulso de outrem, o que é próprio de escravo. Ora, segundo a natureza, o homem é racional. Por isso quando se move segundo a razão, é por um movimento próprio que ele se move, e opera por si mesmo, o que é essência da liberdade; mas, quando peca, procede contra a razão, e então é como se fosse posto em movimento por um outro e sujeito a uma dominação estranha. É por isto que “aquele que comete o pecado é escravo do pecado”. — Era isto o que havia visto claramente a filosofia antiga, aquela principalmente cuja doutrina era que ninguém é livre como o sábio, e que reservava, como é sabido, o nome de sábio àquele que se tivesse acostumado a viver constantemente segundo a natureza, isto é, na honestidade e na virtude.

Proteção e auxílios da liberdade. A lei.

8. Sendo tal a condição da liberdade humana, era necessário ministrar-lhe auxílios e socorros capazes de dirigir todos os seus movimentos para o bem e de desvia-los do mal. Sem isto, a liberdade teria sido para o homem uma coisa muito prejudicial. E primeiramente era-lhe necessária uma lei, isto é, uma norma do que era preciso fazer e omitir. Falando com propriedade, não pode dar-se isto entre os animais que operam por necessidade, porque todos os seus atos os realizam sob o impulso da natureza, sendo-lhes impossível adotar por si mesmos outro modo de ação. Mas os seres que gozam de liberdade têm por si mesmos o poder de operar ou não, proceder de tal ou qual forma, visto que o objeto da sua vontade não o escolhem senão quando intervenha o juízo da razão, de que Nós falamos. Este juízo diz-nos não somente o que é bem em si ou o que é o mal, mas também o que é bom e por conseguinte se deve realizar, ou o que é mau e por conseguinte se deve evitar. É, com efeito, a razão que prescreve à vontade o que ela deve procurar ou de que deve fugir para que o homem possa um dia atingir esse fim supremo, para o qual deve dirigir todos os seus atos. Ora, esta ordenação da razão é o que se chama lei. Se, pois, a lei é necessária ao homem, é no seu mesmo livre arbítrio, isto é, na necessidade que tem de não se pôr em desacordo com a reta razão, que é preciso procurar, como na sua raiz, a causa primeira. E nada se pode dizer ou imaginar de mais absurdo e mais contrário ao bom senso do que esta asserção: o homem sendo livre por natureza, deve estar isento de toda lei. Se assim fosse, resultaria que é necessário, para a liberdade, não estar de acordo com a razão, quando a verdade é inteiramente o contrário, isto é, o homem deve estar sujeito à lei precisamente por que é livre por natureza. Assim, pois, é a lei que guia o homem nas suas ações e é ela também que, pela sanção das recompensas e das penas, o leva a praticar o bem e o afasta do pecado.

Tal é, acima de todas, a lei natural que está escrito e gravada no coração de cada homem, porque é a razão mesma do homem que lhe ordena a prática do bem e lhe interdiz o pecado. Mas esta prescrição da razão humana não poderia ter força de lei, se ela não fosse órgão e intérprete duma razão mais alta à qual o nosso espírito e a nossa liberdade devem obediência. Sendo, na verdade, a missão da lei impor deveres e atribuir direitos, a lei assenta completamente sobre a autoridade, isto é, sobre um poder verdadeiramente capaz de estabelecer esses deveres e definir esses direitos, capaz também de sancionar as suas ordens por castigos e recompensas; coisas todas que não poderiam evidentemente existir no homem, se ele desse a si próprio, como legislador supremo, a regra dos seus próprios atos. Disto se conclui, pois, que a lei natural outra coisa não é senão a lei eterna gravada nos seres dotados de razão, inclinando-os para o ato e o fim que lhes convenha; e este não é senão a razão eterna de Deus, Criador e Governador do mundo.

A graça de Deus.

9. A esta regra de nossos atos, a estes freios ao pecado, a bondade de Deus quis ajuntar certos auxílios, singularmente próprios para defender e guiar a vontade do homem. Sobressai, no primeiro lugar destes auxílios, o poder da graça divina, a qual esclarecendo a inteligência e inclinando incessantemente para o bem moral a vontade salutarmente reforçada e fortificada, torna ao mesmo tempo mais fácil e mais seguro o exercício da nossa liberdade natural. E seria afastar-se completamente da verdade imaginar que, por meio desta intervenção de Deus, os movimentos da vontade perdem a sua liberdade; porque a influência da graça divina alcança o íntimo do homem e se harmoniza com a sua propensão natural, pois que tem sua fonte n’Aquele que é o autor da nossa alma e da nossa vontade e move todos os seres duma maneira conforme à natureza deles. Pode mesmo dizer-se que a graça divina, como observa o Doutor Angélico, por isso mesmo que dimana do autor da natureza é maravilhosa e naturalmente apta para proteger todas as naturezas individuais e para conservar a cada uma o seu caráter, a sua ação, a sua energia.

B) A LIBERDADE MORAL NA SOCIEDADE.

A lei humana.

10. O que acaba de ser dito da liberdade dos indivíduos, é fácil aplica-los aos homens que a sociedade civil une entre si; porque o que a razão e a lei natural fazem para os indivíduos, a lei humana, promulgada para o bem comum dos cidadãos, o realiza para os homens que vivem em sociedade. — Mas, entre as leis humanas, há as que têm por objeto o que é bem ou mal naturalmente, acrescentando à prescrição de praticar um e evitar o outro uma sanção conveniente. Tais leis não têm de modo algum sua origem na sociedade dos homens; porque, assim como não foi a sociedade que criou a natureza humana, também não foi ela que fez com que o bem esteja em harmonia e o mal em desacordo com essa natureza; mas tudo isto é anterior à própria sociedade humana, e deve absolutamente estar ligado à lei natural e portanto à lei eterna. Como se vê, os preceitos de direito natural compreendidos nas leis dos homens não têm somente o valor da lei humana, mas supõem primeiro que tudo essa autoridade muito mais elevada e muito mais augusta que brota da lei natural e da lei eterna. Neste gênero de leis, a missão de legislador civil reduz-se a obter, por meio duma disciplina comum, a obediência dos cidadãos, punindo os maus e os viciosos, com o fim de os afastar do mal e de os chamar ao bem, ou ao menos de os impedir de ferir a sociedade e de lhe ser prejudicial.

11. Quanto às outras prescrições do poder civil, não procedem imediata ou diretamente do direito natural; são dele conseqüências mais afastadas e indiretas, e têm por fim precisar os pontos diversos sobre os quais a natureza não se tinha pronunciado senão duma maneira vaga e geral. Assim, a natureza ordena aos cidadãos que contribuam com o seu trabalho para a tranqüilidade e prosperidade pública: em que medida, em que condições, sobre que objetos, estabelece-o a sabedoria dos homens e não a natureza. Ora estas regras particulares de proceder, criadas por uma razão prudente e intimadas por um poder legítimo, constituem o que propriamente se chama lei humana. Visando o fim próprio da comunidade, esta lei ordena a todos os cidadãos que concorram para ele, e proíbe-lhes que dele se afastem; e enquanto segue a natureza e se harmoniza com as suas prescrições, ela conduz-nos ao que é bem e afasta-nos do oposto. Por onde se vê que é absolutamente na lei eterna de Deus que é mister buscar a regra e a lei da liberdade, não somente para os indivíduos, mas também para as sociedades humanas.

A lei eterna, norma e regra da liberdade.

12. Numa sociedade de homens, portanto, a liberdade digna deste nome não consiste em fazer tudo o que nos apraz: isso seria uma confusão extrema no Estado, uma perturbação que conduziria à opressão. A liberdade consiste em que, com o auxílio das leis civis, possamos mais facilmente viver segundo as prescrições da lei eterna. E para aqueles que governam, a liberdade não é o poder de mandarem ao acaso e segundo seu bel-prazer: isso seria uma desordem não menos grave e extremamente perigosa para o Estado; mas a força das leis humanas consiste em que elas sejam olhadas como uma derivação da lei eterna e que não há nenhuma das suas prescrições que não seja contida nela como no princípio de todo direito. Santo Agostinho disse com muita sabedoria (De lib. Arb., lib. I, c. 4, n. 15): “Eu penso, e vós bem vedes também, que, nesta lei temporal, nada há de justo e de legítimo que os homens não tenham ido haurir na lei eterna”. Suponhamos, pois, uma prescrição dum poder qualquer que esteja em desacordo com os princípios da reta razão e com os interesses do bem público: não teria força alguma de lei, porque não seria uma regra de justiça e afastaria os homens do bem, para o qual a sociedade foi formada.

13. Por sua natureza, pois, e sob qualquer aspecto que seja considerada, quer nos indivíduos, quer nas sociedades, e entre os superiores não menos que entre os subordinados, a liberdade humana supõe a necessidade de obedecer a uma regra suprema e eterna; e esta regra não é outra senão a autoridade de Deus impondo-nos as suas ordenações ou as suas proibições, autoridade soberanamente justa que, longe de destruir ou de diminuir, de qualquer modo, a liberdade dos homens, a protege e a leva à sua perfeição; porque a verdadeira perfeição de todo o ser é tender e atingir o seu fim: ora, o fim supremo, para o qual deve tender a liberdade humana, é Deus.

A ação da Igreja.

14. São estas máximas de doutrina, muito verdadeira e muito elevada, conhecidas mesmo pela luz da razão, que a Igreja, instruída pelos exemplos e pela doutrina do seu Divino Autor, tem propagado e afirmado por toda a parte, e segundo os quais ela jamais tem cessado de regrar a sua missão e de informar as nações cristãs. Pelo que toca aos costumes, as leis evangélicas não somente se avantajam muito a toda a sabedoria pagã, mas elas chamam o homem e o formam verdadeiramente numa santidade desconhecida dos antigos; e, aproximando-o de Deus, levam-no à posse duma liberdade mais perfeita.

É assim que sempre se tem evidenciado o maravilhoso poder da Igreja para a proteção da liberdade civil e política dos povos. Não há necessidade de enumerar os seus benefícios deste gênero. Basta lembrar a escravidão, essa velha vergonha das nações pagãs, que os seus esforços e principalmente a sua feliz intervenção fizeram desaparecer. O equilíbrio dos direitos, como a verdadeira fraternidade entre os homens, foi Jesus Cristo quem primeiro a proclamou; e à sua voz respondeu a dos seus Apóstolos, declarando que não há nem Judeu, nem Grego, nem Bárbaro, nem Cita, mas que todos são irmãos em Cristo. Sobre este ponto o ascendente da Igreja é tão grande e tão reconhecido que, aonde quer que chega a sua influência — tem-se a experiência disso — a grosseria dos costumes não pode subsistir por muito tempo. À brutalidade sucede em breve a doçura, às trevas da barbárie a luz da verdade. E a Igreja não tem cessado jamais de fazer sentir mesmo aos povos, educados pela civilização, seus benefícios, resistindo aos caprichos da iniqüidade, afastando a injustiça da cabeça dos inocentes ou dos fracos, e empregando-se, enfim, em estabelecer as coisas públicas uma organização que possa, pela sua equidade, tornar-se amada dos cidadãos, ou fazer-se temer dos estrangeiros pelo seu poder.

A Igreja, defensora da autoridade.

15. É, além disso, um dever real respeitar o poder e submeter-se a leis justas; donde deriva que a autoridade vigilante das leis preserva os cidadãos das empresas criminosas dos maus. O poder legítimo vem de Deus, e aquele que resiste ao poder, resiste à ordem estabelecida por Deus; assim é que a obediência adquire uma nobreza maravilhosa, pois que se não inclina senão da mais justa e mais alta das autoridades. Mas, desde que falta o direito de mandar, ou o mandato é contrário à razão, à autoridade de Deus, então é legítimo desobedecer aos homens a fim de obedecer a Deus. Deste modo, achando-se as vias da tirania fechadas, o poder não chamará tudo a si; estão salvaguardados os direitos de cada cidadão, os da sociedade doméstica, os de todos os membros da nação; e todos enfim participam da verdadeira liberdade, aquela que consiste, como demonstramos, em que cada um possa viver segundo as leis e segundo a reta razão.

A falsa liberdade.

16. Se, nas discussões que travam sobre a liberdade, se entendesse esta liberdade legítima e honesta, tal como a razão e a Nossa palavra a acabam de descrever, ninguém ousaria lançar à Igreja a censura que se lhe lança com uma soberana injustiça, a saber: que ela é inimiga da liberdade dos indivíduos ou da liberdade dos Estados. Mas há um grande número de homens que, a exemplo de Lúcifer, — de quem são estas palavras criminosas: Não obedecerei, — entendem pelo nome de liberdade o que não é senão pura e absurda licença. Tais são aqueles que pertencem à escola tão espalhada e tão poderosa desses homens que foram tirar o seu nome à palavra liberdade, querendo ser chamados Liberais.

O Liberalismo radical.

17. E, com efeito, o que são os partidários do Naturalismo e do Racionalismo em filosofia, os fautores do Liberalismo o são na ordem moral e civil, pois que introduzem nos costumes e na prática da vida os princípios postos pelos partidários do Naturalismo. — Ora, o princípio de todo o racionalismo é a supremacia da razão humana, que, recusando a obediência devida à razão divina e eterna e pretendendo não depender senão de si mesma, se arvora em princípio supremo, fonte e juiz da verdade. Tal é a pretensão dos sectários do Liberalismo, de que Nós falamos: não há, na vida prática, nenhum poder divino ao qual se tenha de obedecer, mas cada um é para si sua própria lei. Daí procede essa moral que se chama independente, e que, sob a aparência da liberdade, afastando a vontade da observância dos preceitos divinos, conduz o homem a uma licença ilimitada.

É o que, finalmente, resulta disto, principalmente nas sociedades humanas, é fácil de ver; porque uma vez fixada essa convicção no espírito de que ninguém tem autoridade sobre o homem, a conseqüência é que a causa eficiente da comunidade civil e da sociedade deve ser procurada, não num princípio exterior ou superior ao homem, mas na livre vontade de cada um, e que o poder público dimana da multidão como sendo a sua primeira fonte; além disso, tal como a razão individual é para o indivíduo a única lei que regula a vida particular, a razão coletiva deve sê-lo para a coletividade na ordem dos negócios públicos; daí o poder pertence ao número, e as maiorias criam o direito e o dever.

18. Mas a oposição de tudo isto com a razão resulta suficientemente do que dissemos. Efetivamente, pretender que não há nenhum laço ente o homem ou a sociedade civil e Deus criador e, por conseguinte, supremo legislador de todas as coisas, repugna absolutamente à natureza, e não somente à natureza do homem, mas à de todo o ser criado; pois todo o efeito está necessariamente unido por algum laço à causa de que procede; e convém a toda a natureza e pertence à perfeição de cada uma que permaneça no lugar e no plano que lhe é marcado pela ordem natural, isto é, que o ser inferior se submeta e obedeça àquele que lhe é superior.

19. Mas, ainda, tal doutrina traz o maior dano, tanto ao indivíduo como à sociedade. Realmente, se o homem faz depender só e unicamente do juízo da razão humana o bem e o mal, suprime a diferença essencial entre o bem e o mal; o honesto e o desonesto já não diferem na realidade, mas somente na opinião e no juízo de cada um: o que agrada será permitido. Desde que se admita semelhante doutrina moral, que não basta para reprimir ou pacificar os movimentos desordenados da alma, dá-se acesso a todas as corrupções da vida. Nos negócios públicos, o poder de governar separa-se do princípio verdadeiro e natural que lhe dá toda a sua força para procurar o bem comum; a lei que determina o que se deve fazer e o que é necessário evitar é abandonada aos caprichos da maioria, que é o mesmo que preparar o caminho à dominação tirânica. Quando se repudia o poder de Deus sobre o homem e sobre a sociedade humana, é natural que a sociedade deixe de ter religião, e tudo o que toca à religião torna-se desde então objeto da mais completa indiferença. Armada, pois, da idéia da soberania, a multidão facilmente entrará no caminho da sedição e das desordens, e, não existindo já o freio do dever e da consciência, nada mais resta do que a força, que é bem fraca, por si só, para conter as paixões populares. Temos a prova disto nessas lutas quase diárias empenhadas contra os Socialistas e outras seitas sediciosas que trabalham há tanto tempo para arrasar o Estado até aos seus alicerces. Julguem, pois, e digam os que possuem a justa inteligência das coisas, se tais indivíduos aproveitam à liberdade e dignidade do homem, ou se não são antes dela a destruição completa.

O Liberalismo mitigado.

20. Sem dúvida, tais opiniões, espantosas pela sua mesma enormidade e sua oposição manifesta com a verdade, bem como a imensidade dos males, de que vimos elas serem causa, impedem os partidários do Liberalismo de aderirem todos a elas. Constrangidos mesmo pela força da verdade, muitos deles não hesitam em reconhecer, confessam-no até espontaneamente, que, entregando-se a tais excessos, com desprezo da verdade e da justiça, a liberdade se vicia e degenera abertamente em licença, sendo necessário, portanto, que ela seja dirigida e governada pela reta razão, e, por conseqüência, que se submeta ao direito natural e à lei divina e eterna. Mas julgam dever parar aqui, e não admitem que o homem livre deva submeter-se às leis que a Deus apraz impor-nos por uma outra via que não a razão natural.

21. Mas nisto estão absolutamente em desacordo consigo mesmos. Pois se é necessário, como eles próprios convêm (e quem poderá razoavelmente deixar de convir nisto?), se é necessário obedecer à vontade de Deus legislador, — pois o homem todo inteiro depende de Deus e deve tender para Deus, — daqui se segue que ninguém pode pôr limites ou condições à sua autoridade legislativa, sem, com isso mesmo, se colocar em oposição com a obediência devida a Deus. Ainda mais: se a razão humana se arroga a pretensão de querer determinar quais os direitos de Deus e os seus deveres para com Ele, o respeito pelas leis divinas terá nela mais aparência que realidade; e o seu juízo valerá mais que a autoridade e a providência divinas.

É, pois, necessário que a regra da nossa vida seja por nós constante e religiosamente pedida não somente à lei eterna, mas também a todas e a cada uma das leis que Deus, na sua infinita sabedoria, no seu infinito poder e pelos meios que lhe aprouveram, quis transmitir-nos e que nós podemos conhecer com segurança por sinais evidentes e não deixam nenhum lugar à dúvida. E isto tanto melhor que essas espécies de leis, tendo o mesmo princípio, o mesmo autor que a lei eterna, harmonizam-se perfeitamente com a razão e aperfeiçoam o direito natural: além de que, aí encontramos incluído o magistério do próprio Deus que, para impedir que a nossa inteligência e a nossa vontade caiam no erro, as conduz e guia a ambas com a mais benévola direção. Deixemos, pois, santa e inviolavelmente reunido aquilo que não pode nem deve ser separado, e que Deus nos encontre, em todas as coisas, segundo o ordena a própria razão natural, submissos e obedientes às suas leis.

Liberalismo do Estado.

22. Outros são um pouco mais moderados, mas sem serem mais conseqüentes consigo mesmos. Segundo estes, as leis divinas devem regular a vida e o modo de proceder dos particulares, mas não o dos Estados; é permitido, nas coisas públicas, desviar-se das ordens de Deus e legislador sem as ter em conta alguma. Donde nasce esta perniciosa conseqüência da separação da Igreja e do Estado. Mas o absurdo destas opiniões facilmente se compreende. É necessário, — a própria natureza o proclama — é necessário que a sociedade dê aos cidadãos os meios e as facilidades de passarem a sua vida segundo a honestidade, isto é, segundo as leis de Deus, pois que Deus é o princípio de toda a honestidade e de toda a justiça. Repugnaria, pois, absolutamente que o Estado pudesse desinteressar-se destas mesmas leis ou ir mesmo contra elas, fosse no que fosse.

23. Demais, aqueles que governam os povos devem certamente procurar à causa pública, pela sabedoria das suas leis, não somente as vantagens e os bens exteriores, mas também e principalmente os bens da alma. Ora, para conseguir estes bens, nada mais eficaz pode imaginar-se do que essas leis de que Deus é o autor; e, por isso, aqueles que não querem, no governo dos Estados, ter em conta alguma as leis divinas, desviam realmente o poder político da sua instituição, e da ordem prescrita pela natureza.

Mas há uma observação ainda mais importante e que Nós mesmos temos recordado mais de uma vez em outras ocasiões: e é que o poder civil e o poder sagrado, conquanto não tenham o mesmo fim e não marchem pelos mesmos caminhos, devem contudo encontrar-se algumas vezes, no desempenho das suas funções. Ambos, com efeito, exercem a sua autoridade sobre os mesmos súditos e, mais duma vez, sobre as mesmas matérias, embora sob pontos de vista diferentes. O conflito, nesta ocorrência, seria absurdo e repugnaria inteiramente à infinita sabedoria dos conselhos divinos. Deve, portanto, necessariamente haver um meio, um processo para fazer desaparecer as causas de conflitos e lutas, e estabelecer o acordo na prática. E este acordo não é sem razão que foi comparado à união que existe entre a alma e o corpo, e isto para maior vantagem de ambos, pois a separação é particularmente funesta ao corpo, porque o priva da vida.

C) CONSEQÜÊNCIAS DO LIBERALISMO.

Liberdade de culto nos particulares.

24. Mas, para evidenciar melhor estas verdades, é mister consideremos separadamente as diversas espécies de liberdades que se dão como conquistas da nossa época. — E primeiramente, a propósito dos indivíduos, examinemos esta liberdade tão contrária à virtude da religião, a liberdade de culto, como lhe chamam, liberdade que se baseia no princípio de que é lícito a cada qual professar a religião que mais lhe agrade, ou mesmo não professar nenhuma. — Mas, precisamente ao contrário, sem dúvida alguma, entre todos os deveres do homem, o maior e o mais santo é aquele que ordena ao homem que renda a Deus um culto de piedade e de religião. E este dever não é senão uma conseqüência do fato de nós estarmos pela vontade e providencia de Deus, e de que, saídos d’Ele, devemos voltar a Ele.

25. Deve-se acrescentar que nenhuma virtude digna deste nome pode existir sem a religião, pois a virtude moral é aquela cujos atos têm por objeto tudo o que conduz a Deus considerado como supremo e soberano bem do homem; e por isso é que a religião, que “pratica os atos tendo por fim direto e imediato a honra divina” (S. Th. 2-2, q. 81, a 6), é a rainha e ao mesmo tempo a regra de todas as virtudes. E se se pergunta qual, entre todas essas religiões opostas que têm curso, se deve seguir com exclusão das outras, a razão e a natureza unem-se para nos responder: a que Deus prescreveu e que é fácil de distinguir, graças a certos sinais exteriores pelos quais a divina Providência a quis tornar reconhecível, pois que em coisa de tanta importância o erro acarretaria conseqüências muito desastrosas. É por isso que oferecer ao homem a liberdade de que falamos, é dar-lhe o poder de desvirtuar ou abandonar impunemente o mais santo dos deveres, afastando-se do bem imutável, a fim de se voltar para o mal. Isto, já o dissemos, não é liberdade, mas uma depravação da liberdade, e uma escravidão da alma na abjeção do pecado.

Liberdade de culto no Estado.

26. Encarada sob o ponto de vista social, esta mesma liberdade quer que o Estado não renda culto algum a Deus, ou que não autorize nenhum culto público; que nenhuma religião seja preferida a outra, que todas sejam consideradas como tendo as mesmos direitos, sem mesmo ter atenção para com o povo, até quando esse mesmo povo faz profissão de catolicismo. Mas, para que assim fosse justo, seria necessário que realmente a comunidade civil não tivesse nenhum dever para com Deus, ou que, tendo-o, pudesse impunemente afastar-se dele: duas coisas manifestamente falsas. Com efeito, não se pode pôr em dúvida que a reunião dos homens em sociedade seja obra da vontade de Deus; e isto quer se considere em seus membros, na sua forma que é autoridade, na sua causa, ou em número e importância das vantagens que ela procura ao homem. Foi Deus quem fez o homem para a sociedade e o uniu aos seus semelhantes, a fim de que as necessidades da sua natureza, às quais os seus esforços isolados não poderiam dar satisfação, a possam encontrar na comunidade. Eis aí por que a sociedade civil como sociedade deve necessariamente reconhecer Deus como seu princípio e seu autor, e, por conseguinte, render ao seu poder e à sua autoridade a homenagem do seu culto. Veda-o a justiça, e veda-o a razão que o Estado seja ateu, ou, o que viria a dar no ateísmo, esteja animado a respeito de todas as religiões, como se diz, das mesmas disposições e conceder-lhes indistintamente os mesmos direitos.

27. Visto, pois, que é necessário professar uma religião na sociedade, deve-se professar a única que é verdadeira e que se reconhece, sem dificuldade, pelo menos nos países católicos, pelos sinais de verdade que com tão vivo fulgor ostenta em si mesma. Esta religião, os chefes de Estado a devem pois conservar e proteger, se querem, como é obrigação sua, prover prudente e utilmente aos interesses da comunidade. Pois o poder público foi estabelecido para utilidade daqueles que são governados, e conquanto ele não tenha por fim próximo senão conduzir os cidadãos à prosperidade desta vida terrestre é, contudo, para ele um dever não diminuir, mas pelo contrário aumentar, para o homem, a faculdade de atingir esse bem supremo e soberano, no qual consiste a eterna felicidade dos homens: o que se torna impossível sem a religião.

28. Mas tudo isso já Nós o dissemos detalhadamente em outra parte. A única observação, que agora queremos fazer, é que uma liberdade deste gênero é muito prejudicial à liberdade verdadeira, quer dos governantes quer dos governados. A religião, pelo contrário, é-lhe maravilhosamente útil, porque faz remontar ao próprio Deus a origem primária do poder; porque impõe com gravíssima autoridade aos príncipes a obrigação de não esquecerem os seus deveres, e de conduzirem os povos com bondade e quase com um amor paternal.

Por outro lado, ela recomenda aos cidadãos a submissão do poder legítimo como aos representantes de Deus; une-os ao Chefe do Estado pelos laços, não somente de obediência, mas do respeito e do amor, proibindo-lhes a revolta e todas as empresas que possam perturbar a ordem e a tranqüilidade do Estado, e que, em resumo, dão ocasião de reprimir com restrições mais fortes a liberdade dos cidadãos. Nada dizemos dos serviços prestados pela religião aos bons costumes, e pelos bons costumes à própria liberdade. Pois a razão o prova e a história o confirma: a liberdade, a prosperidade e o poder duma nação aumentam em proporção da sua moralidade.

Liberdade da palavra e da imprensa.

29. E agora continuemos estas considerações a respeito da liberdade de exprimir pela palavra ou pela imprensa tudo o que se quiser. Se esta liberdade não for justamente temperada, se ultrapassar os devidos limites e medidas, desnecessário é dizer que tal liberdade não é seguramente um direito. Pois o direito é uma faculdade moral, e, como dissemos e como se não pode deixar de repetir, seria absurdo crer que esta faculdade cabe naturalmente, e sem distinção nem discernimento à verdade e à mentira, ao bem e ao mal. A verdade e o bem há o direito de os propagar no Estado com liberdade prudente, a fim de que possam aproveitar o maior número; mas as doutrinas mentirosas, que são para o espírito a peste mais fatal, assim como os vícios que corrompem o coração e os costumes, é justo que a autoridade pública empregue toda a sua solicitude para os reprimir, a fim de impedir que o mal alastre para ruína da sociedade.

30. Os extravios dum espírito licencioso que, para a multidão ignorante, se convertem facilmente em verdadeira opressão, devem justamente ser punidos pela autoridade das leis, não menos que os atentados da violência cometidos contra os fracos. E esta repressão é tanto mais necessária, quanto é impossível ou dificílimo à parte, sem dúvida, mais numerosa da população precaver-se contra os artifícios de estilo e as sutilezas de dialética, principalmente quando tudo isso lisonjeia as paixões. Concedei a todos a liberdade de falar e escrever, e nada será poupado, nem mesmo as verdades primárias, esses grandes princípios naturais que se devem considerar como um nobre patrimônio comum a toda a humanidade. Assim, a verdade é, pouco e pouco, invadida pelas trevas e, o que muitas vezes sucede, estabelece-se com facilidade a dominação dos erros mais perniciosos e mais diversos. Tudo o que a licença então ganha perde a liberdade; pois ver-se-á sempre a liberdade crescer e consolidar-se à medida que a licença seja mais refreada.

31. Mas se se trata de matérias livres, que Deus deixou entregues às discussões dos homens, a todos é permitido emitir sobre elas a sua opinião e exprimi-la livremente. A natureza não se opõe a isto, porque com esta liberdade os homens não são levados a oprimir a verdade, antes é ela muitas vezes ocasião de a procurar e faze-la conhecer.

Falsa liberdade de ensino.

32. Quanto ao que chamam liberdade de ensino, também não é preciso julga-la por modo diverso. Só a verdade deve penetrar nas almas, pois que é só nela que as naturezas inteligentes encontram o seu bem, o seu fim, a sua perfeição. Por isso, o ensino só deve ter por objeto coisas verdadeiras, e isto quer se dirija aos ignorantes quer aos sábios, a fim de que leve a uns o conhecimento da verdade, e aos outros a fortaleça. Por este motivo, o dever de todo aquele que se dedica ao ensino é, sem contradição, extirpar o erro dos espíritos e opor fortes barreiras à invasão das falsas opiniões. É, pois, evidente que a liberdade de que estamos tratando, arrogando-se o direito de tudo ensinar a seu modo, está em contradição flagrante com a razão e nasceu para produzir um transtorno completo nos espíritos. O poder público não pode consentir tal licença na sociedade senão com desprezo do seu dever. Tanto mais verdade é isto, que todos sabem de quanto peso é para os ouvintes a autoridade do professor, e quão raro é que um discípulo possa julgar pó si mesmo da verdade do ensino do mestre.

Conceito da verdadeira liberdade de ensino.

33. Eis aí, por que também esta liberdade, para que seja honesta, tem necessidade de ser restringida em determinados limites. É, pois, necessário que a arte do ensino não possa impunemente converter-se num instrumento de corrupção. Ora, a verdade, que deve ser o único objeto de ensino, é de duas espécies: a verdade natural e a sobrenatural. As verdades naturais, às quais pertencem os princípios da natureza e as conclusões próximas que deles deduz a razão, constituem como que o patrimônio comum do gênero humano; são como que o sólido fundamento sobre que assentam os costumes, a justiça, a religião e a própria existência da sociedade humana; e seria desde logo a maior das impiedades, a mais desumana das loucuras, deixa-las violar e destruir impunemente. Mas é necessário pôr não menos escrúpulo em conservar o magno e sagrado tesouro das verdades que o próprio Deus nos fez conhecer. Por um grande número de argumentos luminosos, muitas vezes repetidos pelos apologistas, foram estabelecidos certos pontos principais de doutrina, por exemplo: há uma revelação divina; o Filho único de Deus fez-se homem para dar testemunho da verdade; por Ele foi fundada uma sociedade perfeita, isto é, a Igreja, de que Ele mesmo é o Chefe e com a qual prometeu estar até a consumação dos séculos.

34. A esta sociedade quis Ele confiar todas as verdades que ensinara, com a missão de as guardar, de as desenvolver com autoridade legítima; e, ao mesmo temo, ordenou a todas as nações que obedecessem aos ensinamentos da sua Igreja como a Ele mesmo, sob pena de perda eterna para aqueles que isto transgredissem. Daqui ressalta claramente que o melhor e mais seguro mestre, para o homem, é Deus, fonte e principio de toda a verdade; é o Filho único que vive no seio do Pai, caminho, verdade, vida e luz verdadeira que esclarece todos os homens; e cujos ensinamentos devem ter por discípulos todos os homens: E eles serão todos ensinados por Deus (Jo 6, 45). Mas para a fé e regra dos costumes Deus fez a Igreja partícipe do seu divino privilegio de infalibilidade. Eis ai por que ela é grande e segura mestra dos homens e tem em si um direito inviolável à liberdade de ensinar. E, de fato, a Igreja, que nos ensinamentos recebidos do Céu encontra o seu próprio sustentáculo, nada tem tido tanto a peito como desempenhar, religiosamente a missão que Deus lhe confiou, e, sem se deixar intimidar pelas dificuldades que, por toda parte, a cercam, não tem cessado em tempo algum de combater pela liberdade do seu magistério. Foi por este meio que todo o mundo, liberto da miséria das suas superstições, encontrou na sabedoria cristã a sua regeneração.

35. Mas como a própria razão o ensina claramente: entre as verdades divinamente reveladas e as verdades naturais não pode haver real oposição, de sorte que toda a doutrina que contradiga àquelas será necessariamente falsa, segue-se que o divino magistério da Igreja, longe de pôr obstáculos ao amor do saber e ao desenvolvimento das ciências, ou de retardar por qualquer modo o progresso da civilização, é, pelo contrário, para estas coisas, uma vivíssima luz e uma segura proteção. E, por esta mesma razão, o próprio aperfeiçoamento da liberdade humana aproveita não pouco com a sua influência, segundo a máxima de Jesus Cristo Salvador, que o homem se torna livre pela verdade: Conhecereis a verdade, e a verdade vos fará livres (Jo 8, 32).

Não há, pois, motivo para que a genuína liberdade se indigne e a ciência verdadeira se irrite contra as leis justas e necessárias, que devem regular os ensinamentos humanos, como o reclamam acordes a Igreja e a razão. Há mais: e é, que a Igreja, dirigindo principal e especialmente a sua atividade para a defesa da fé cristã, aplica-se também em favorecer o gosto de bons estudos em si mesmos têm alguma coisa de bom, de louvável, de desejável; e, demais, toda a ciência, que é fruto da reta razão e corresponde à realidade das coisas, é duma utilidade não medíocre até para esclarecer as verdades reveladas por Deus. E de fato, que imensos serviços a Igreja não prestou com o admirável cuidado com que conservou os monumentos da ciência antiga, com os asilos que abriu, por toda parte, às ciências, com o estímulo que sempre deu a todos os progressos, favorecendo dum modo particular as próprias artes que são a glória da civilização da nossa época.

36. Enfim, é necessário não esquecer que ainda há imenso campo aberto em que a atividade humana pode dilatar-se e exercer-se livremente a razão: referimo-Nos às matérias que não têm uma conexão necessária com a doutrina da fé e dos costumes cristãos, ou sobre as quais a Igreja, não usando da sua autoridade, deixa aos sábios toda a liberdade de suas opiniões. Por estas considerações se vê de que espécie e de que qualidade e, neste particular, a verdade que os partidários do liberalismo reclamam e proclamam com igual ardor. Por um lado, atribuem a si mesmos, assim como ao Estado, uma licença tal que não há opinião, por mais perversa que seja, à qual não abram a porta e não dêem livre passagem; por outro, suscitam à Igreja obstáculos sobre obstáculos, encerrando a liberdade dela nos limites mais estreitos que podem, quando aliás nenhum inconveniente há a recear dos ensinamentos da Igreja, e antes se devem esperar deles as maiores vantagens.

Liberdade de consciência.

37. Uma outra liberdade que também muito alto se proclama, é aquela a que dão o nome de liberdade de consciência. Se por isso se entende que cada qual pode indiferentemente, a seu bel-prazer, prestar ou deixar de prestar culto a Deus, os argumentos acima apresentados bastam para a sua refutação. Mas pode-se tomar no sentido de que o homem, no Estado tem o direito de seguir, segundo a consciência do seu dever, a vontade de Deus, e de cumprir os seus preceitos, sem que ninguém possa impedi-lo. Esta liberdade verdadeira, esta liberdade digna dos filhos de Deus, que protege tão gloriosamente a dignidade da pessoa humana, está acima de toda a opressão e de toda a violência, e foi sempre o objeto dos votos da Igreja e do seu particular afeto. Foi esta liberdade que os apóstolos reivindicaram com tanta constância, que os apologistas têm defendido nos seus escritos, que uma multidão inumerável de mártires consagrou com o seu sangue. E eles tiveram razão: o grande e justíssimo poder de Deus sobre os homens, e, por outro lado, o grande e supremo dever dos homens para com Deus encontram ambos nesta liberdade cristã um brilhante testemunho.

38. Ela nada tem de comum com disposições facciosas e rebeldes, e de nenhum modo se poderá apresenta-lo como refratária à obediência devida ao poder público; pois ordenar e exigir obediência às leis é um direito do poder humano somente enquanto este não está em desacordo com o poder divino, e se contém dentro dos limites que Deus lhe marcou. Ora, quando se dá uma ordem que está em aberta contradição com a vontade divina, então se afasta muito desses limites, e põe-se em conflito com a autoridade divina: portanto, é então justo não obedecer.

39. Mas os partidários do Liberalismo, que atribuem ao Estado um poder despótico e sem limites e proclamam que não é preciso ter Deus em conta alguma no modo de nos conduzirmos na vida, desconhecem absolutamente esta liberdade de que falamos tão intimamente unida à honestidade e à religião; e tudo quanto se faz para a conservar, eles o consideram como feito em detrimento e contra o Estado. Se o que dizem fosse verdade, não haveria dominação, por tirânica que fosse, que se não devesse aceitar e sofrer.

D) A TOLERÂNCIA DA IGREJA.

40. O mais vivo desejo da Igreja seria, sem dúvida, ver penetrarem, de fato e em prática, em todas as ordens do Estado estes princípios cristãos que acabamos de expor sumariamente. Pois eles possuem uma eficácia maravilhosa para curar os males do tempo presente, esses males cujo número e gravidade se não podem dissimular, nascidos em grande parte dessas liberdades tão decantadas, e nas quais se havia querido ver encerrar os germes da salvação e da glória. Esta esperança foi desmentida pelos fatos. Em lugar de frutos doces e salutares vieram frutos amargos e envenenados. Se se procura o remédio, busque-se restabelecimento de sãs doutrinas, únicas de que se pode esperar confiadamente a conservação da ordem e, por isso mesmo, a garantia da verdadeira liberdade.

41. Todavia, em sua apreciação maternal, a Igreja tem em conta o peso acabrunhador da fraqueza humana e não ignora o movimento que na nossa época arrasta os espíritos e as coisas. Por estes motivos, não concedendo direitos senão àquilo que se é verdadeiro e honesto, a Igreja ainda assim não se opõe à tolerância do que os poderes públicos crêem poder usar a respeito de certas coisas contrárias à verdade e à justiça, em face dum mal maior a evitar, ou dum maior bem a obter ou conservar. O próprio Deus em sua providência, conquanto infinitamente bom e onipotente, permite não obstante a existência de certos males no mundo, ou seja para não impedir bens maiores ou seja para evitar maiores males. Convém, quanto ao governo dos Estados, imitar Aquele que governa o mundo. Mais ainda: reconhecendo-se impotente para impedir todos os males particulares, a autoridade dos homens deve permitir e deixar impunes muitas coisas que não obstante atraem com justo motivo a vindica da Providencia divina (S. Agost. De lib. arb., lib. I, c. 6, n. 14).

42. Todavia, se nestas conjunturas, com a mira no bem comum e só por este motivo, a lei dos homens pode e mesmo deve tolerar o mal, contudo nunca ela pode nem deve aprova-lo nem quere-lo em si mesmo, pois que o mal, sendo de si mesmo a privação do bem, é oposto ao bem comum que o legislador deve querer e defender do melhor modo que possa. E ainda nisto a lei humana deve propor-se imitar a Deus que, deixando existir o mal no mundo, não quer nem que o mal suceda, nem que o mal não suceda, mas quer permitir que o mal suceda. E isto é bom (S. Th. p. I, q. 19, ª 9, ad 3). Esta sentença do Doutor Angélico contém, numa fórmula breve, toda a doutrina sobre a tolerância do mal. Mas é necessário reconhecer, para que o nosso juízo seja exato, que quanto mais preciso for tolerar o mal em um Estado, mais longe estão da perfeição as condições desse Estado; e, além disto, que a tolerância do mal, pertencendo aos princípios da prudência política, deve ser rigorosamente circunscrita aos limites exigidos pela sua razão de ser, isto é, pela salvação pública. E por isso, se ela é nociva à salvação pública ou se é para o Estado causa dum mal maior, a conseqüência é que deixa de ser lícita, porque nestas condições falta a razão do bem. Mas se, em vista duma condição particular do Estado, a Igreja condescende com certas liberdades modernas, não é porque as prefira em si mesmas,mas porque julga conveniente permiti-las; melhorada a situação, usará evidentemente da sua liberdade, empregando todos os meios, persuasões, exortações e rogos, para desempenhar, como é seu dever, a missão que recebeu de Deus: proporcionar aos homens a salvação eterna. Em todo o caso fica sempre de pé uma verdade, e é que essa liberdade concedida indiferentemente a todos e para tudo, não é desejável por si mesma, como muitas vezes o termo repetido, pois repugna a razão que o falso e o verdadeiro tenham os mesmos direitos.

Intolerância do Liberalismo.

43. E no que toca à tolerância, é estranho ver quanto se distanciam da equidade e da prudência da Igreja aqueles que professam o Liberalismo. Com efeito, concedendo aos cidadãos, em todos os pontos de que acabamos de falar, uma liberdade sem limites, ultrapassam dum salto a medida, e chegam ao ponto em que parece não haver mais atenções com a virtude e a verdade do que com o erro e o vício. E quando a Igreja, coluna e sustentáculo da verdade, mestra incorruptível dos costumes, crê contra uma tolerância tão cheia de desordens e de excessos, e impedir o criminoso uso dela, acusam-na de faltar à paciência e à delicadeza. Procedendo assim, nem sequer advertem que fazem um crime daquilo precisamente que é mérito. De resto muitas vezes sucede que estes grandes defensores da tolerância são duros e intransigentes na prática, quando se trata do Catolicismo: pródigos de liberdades para todos, recusam a cada passo deixar à Igreja a sua liberdade.

E) RECAPITULANDO.

Origens do Liberalismo. Suas formas.

44. Mas para recapitular com brevidade, e para maior clareza, todo este discurso com suas conseqüências, Nós dizemos, em resumo, que o homem deve necessariamente permanecer todo inteiro em uma dependência real e incessante a respeito de Deus, e que, por conseqüência, é absolutamente impossível compreender a liberdade do homem sem a submissão a Deus e a sujeição à sua vontade. Negar esta soberania de Deus ou recusar a submissão a ela, não é modo de agir de homem livre, mas de quem abusa da liberdade com a revolta; e é precisamente duma tal disposição da alma que se constitui e nasce o vício do Liberalismo. De resto podem-se distinguir muitas espécies de liberalismo, porque existem para a vontade mais duma forma e mais dum grau na recusa da obediência devida a Deus ou àqueles que participam da sua autoridade divina.

45. A insurreição completa contra o império supremo de Deus e recusar-lhe absolutamente toda a obediência, quer seja na vida pública, quer na vida particular e doméstica, é a um tempo, sem dúvida alguma, a maior depravação da liberdade e a pior espécie de liberalismo. É sobre ela que devem cair, sem restrição, todas as censuras que até aqui temos formulado.

46. Imediatamente depois vem o sistema daqueles que, concedendo que se deve depender de Deus, autor e senhor do universo, pois que toda a natureza é regida pela sua Providência, ousam repudiar as regras da fé e da moral que, ultrapassando a ordem da natureza, nos vêm da própria autoridade de Deus; ou pretendem, pelo menos, que não é preciso tê-las em conta, principalmente nos negócios públicos do Estado. Qual a gravidade do seu erro e quão pouco de acordo estão consigo mesmos, também o vimos acima. É esta doutrina que deriva, como da sua fonte e princípio, o pernicioso erro da separação da Igreja e do Estado; quando, pelo contrário, é manifesto que estes dois poderes, embora diferentes na sua missão e na sua dignidade, devem todavia entender-se na concórdia da sua ação e na reciprocidade dos seus bons ofícios.

47. A este erro, como a um gênero, se liga uma dupla opinião. — Muitos, com efeito, querem uma separação radical e total entre a Igreja e o Estado: consideram estes que, em tudo o que diz respeito ao governo da sociedade humana, nas instituições, nos costumes, nas leis, nas funções públicas, na instrução da juventude, se não deve fazer caso da Igreja como se ela não existisse; apenas deixam aos membros individuais da sociedade a faculdade de cumprirem particularmente, se quiserem, os deveres da religião. Contra estes conservam toda a sua força os argumentos pelos quais refutamos a opinião da separação da Igreja e do Estado, com a agravante de que é completamente absurdo que a Igreja seja, ao mesmo tempo, respeitada pelo cidadão e desprezada pelo Estado.

48. Os outros não põem em dúvida a existência da Igreja, o que lhes seria impossível, mas tiram-lhe o caráter e os direitos próprios duma sociedade perfeita, e querem que o seu poder, privado de toda a autoridade legislativa, judicial e coercitiva, se limite a dirigir pela exortação e pela persuasão aqueles que de bom grado e por sua própria vontade se submetem a ela. E assim, nesta teoria, o caráter desta divina sociedade é completamente desvirtuado, a sua autoridade, o seu magistério, toda a sua ação é diminuída e restringida, ao mesmo temo que a ação e a autoridade do poder civil é por eles exagerada até ao ponto de quererem que a Igreja de Deus, como qualquer outra associação voluntária, seja colocada sob a dependência e dominação do Estado. — Para os convencer de erro, os apologistas têm empregado poderosos argumentos que Nós mesmo não deixamos no olvido, deles se conclui que, pela vontade de Deus, a Igreja possui todas as qualidades e todos os direitos que caracterizam uma sociedade legítima, soberana e, em todos os pontos, perfeita.

49. Muitos, finalmente, não aprovam esta separação da Igreja e do Estado, mas julgam que é necessário induzir a Igreja a ceder às circunstancias, fazer com que ela se acomode e se preste ao que reclama a prudência destes tempos no governo das sociedades. Esta opinião é boa quando entendida dum certo modo eqüitativo de proceder, conforme com a verdade e com a justiça, a saber: que a Igreja, na expectativa certa dum grande bem, se mostre indulgente e conceda às circunstâncias do tempo o que pode conceder sem violar a santidade da sua missão. Mas sucede o contrário com as práticas e doutrinas que a relaxação dos costumes e os erros correntes introduziram contra o direito. Não pode haver época alguma sem religião, verdade e justiça; e como estas grandes e santas coisas Deus as colocou sob a guarda da Igreja, nada há tão estranho como pretender que deixe passar sem reparo o que é falso ou injusto, ou que se torne conivente com o que prejudicar a religião.

Conclusões da doutrina católica.

50. Destas considerações segue-se, portanto, que de nenhum modo é permitido pedir, defender ou conceder sem discernimento a liberdade de pensamento, de imprensa, de ensino, de religião, como se fossem outros tantos direitos que a natureza conferisse ao homem. Se em verdade a natureza os houvesse conferido, haveria o direito de nos subtrairmos à soberania de Deus, e nenhuma lei poderia moderar a liberdade humana. — Segue-se também que estas diversas espécies de liberdade podem, por justas causas, ser toleradas, contanto que uma justa moderação as impeça de degenerarem até à licença e à desordem. — Finalmente, nos países em que os usos puseram estas liberdades em vigor, os cidadãos devem servir-se delas para fazer o bem e ter a respeito delas os mesmos sentimentos que a Igreja tem; porque uma liberdade não se deve reputar legítima senão quando aumenta a nossa faculdade de fazer o bem. Fora disto, nunca.

51. Quando se está sob o domínio ou a ameaça dum governo que tem a sociedade debaixo da pressão duma violência injusta ou que priva a Igreja da liberdade legítima, é permitido buscar outra organização política sob a qual se possa proceder com liberdade. Com efeito, neste caso o que se reivindica não é essa liberdade sem medida e sem regra, mas sim um certo alívio para bem de todos; e o que se procura unicamente é chegar a que, onde toda a licença é dada ao mal, não se ponham obstáculos à prática do bem.

52. Além disto, preferir para o Estado uma constituição temperada pelo elemento democrático não é em si contrária ao dever, com a condição todavia de que se respeite a doutrina católica sobre a origem e o exercício do poder público. Das diversas formas de governo, contanto que sejam em si mesmas aptas para proporcionar o bem aos cidadãos, a Igreja não rejeita nenhuma, mas quer, e a natureza põe-se de acordo com ela para o exigir, que seja constituída de tal modo que não viole o direito de ninguém e respeite particularmente os direitos da Igreja.

53. É louvável tomar parte na administração dos negócios públicos, a menos que em certos lugares, por circunstâncias particulares de coisas e de tempo, se não imponha outro modo de proceder. A Igreja mesma aprova que todos unam os seus esforços para o bem comum, e que cada um, segundo a sua possibilidade, trabalhe para a defesa, conservação e aumento da coisa pública.

54. A Igreja também não condena que se queira libertar o país do poder estrangeiro ou dum déspota, contanto que isto se possa fazer sem violar a justiça. Finalmente, muito menos ela censura aqueles que trabalham para dar aos municípios o beneficio de se regerem pelas suas próprias leis, e aos cidadãos todas as facilidades para o aumento do seu bem-estar. Para todas as liberdades civis isentas de excesso, a Igreja teve sempre o costume de ser uma fidelíssima protetora, o que é atestado principalmente pelas cidades italianas, que encontraram sob o regime municipal a prosperidade, o poder e a glória, quando a influência salutar da Igreja, sem encontrar oposição alguma, penetrava todas as partes do corpo social.

Exortação final.

55. Estes ensinamentos, que, inspirados pela fé e pela razão, o dever do Nosso cargo apostólico Nos levou a transmitir-vos, Veneráveis Irmãos, serão úteis a um grande número, temos nisto confiança, graças principalmente à união dos vossos esforços com os Nossos. Pela Nossa parte, na humildade do Nosso coração, elevamos para Deus as Nossas vistas suplicantes, rogando-lhe instantemente que se digne espalhar entre os homens a luz da sua sabedoria e do seu conselho, a fim de que, pela virtude destas graças, eles possam ver a verdade em pontos duma tal importância, e, conseqüentes, com uma inquebrantável constância saibam conformar, em todos os tempos, a sua vida particular e pública com a mesma verdade.

Como penhor dos favores celestiais e em prova da Nossa benevolência, Nós vos concedemos, com um terno afeto, a Vós, Veneráveis Irmãos, assim como ao clero e ao povo de que cada um de vós tem a direção, a Bênção Apostólica no Senhor.

Dada em Roma, junto de S. Pedro, a 20 de junho o ano de 1888, undécimo do Nosso Pontificado.

LEÃO XIII, PAPA.
Fonte: Capela